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FOLLETÍN DE A B C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN -Es usted un hombre terrible. -Feroz, como el perro que defiende la propia esu amo. El marqués estrechó las manos de Delrue, que aparentó una emoción perfectamente fingida. -No hablemos más de la banca de Bressieu, puesto que sus convicciones de usted le impiden entrar en ella. -Me lo impiden en absoluto. Me encontraría allí cogido entre dos traiciones, y yo no sirvo para eso. -Le felicito á usted. Ahora, continuemos nuestra empresa. Puesto que mi hijo trabaja por su parte, trabajemos nosotros por la nuestra. Si podemos reembolsar á Bressieu, la boda resultará, más conecta. -Y la dote más positiva- y más en claro, porque debo confesar q e no acierto á entender las cuentas del baróa. Y á pro, pósito; me había olvidado decir á usted que he cobrado con ími firma un cheque al portador. Era preciso. -Ha hecho usted bien. Pero hablemos de otra cosa. Parece que conoce usted el paradero de Juana Le Brenn, la protegida de mi mujer. Andrés estaba preocupado con sus proyectos bursátiles y se felicitaba del giro que había tomado la conversación con el marqués. Rechazado, amenazado, despedido por Sidonia, nada arriesgaba prescindiendo de la b anca del bulevar Haussniann para sacrificarse por los Kermor. Parado el golpe que le podía amenazar por el cobro del cheque, sin compromiso para las ventajas logradas, su papel estaba ya bien definido: debía combatir al barón; su fortuna estaba en la ruina de Bressieu. De pronto, la sencilla pregunta del marqués echaba por tierra todos sus planes: ¿Sabe usted dónde estaJuana Le Brenn? ¿Habría tenido razón Bressieu al decir que no hay cárcel mas segura que el sepulcro? Si Juana era encontrada, si llegaba á hablar, la verdad resplandecería refulgente y le anonadaría. ¿No me contesta usted, Delrue? -Creo que vivía en lo alto áelfaubourg del Temple. -No, en la parte beja. Mi esposa conoce sus señas y me lo 1 ha dicho. Delrue se espantó más todavía. Ignoraba que la f carquesa hub era encontrado el rastro de Juana. Si era asi, él estaba perdido, porque conociendo la pista era cosa fácil averiguarlo todo, ya qne la portera no ignoraría mucho tiempo que la inqujlina había sido detenida. El marqués se impacientaba. -No me venga usted con ocultaciones, Sabe usted que el disimulo es cosa que no me agrada. No hay para qué hablar del faubourg del Temple, porque Juana no vive ya allíj sino de su domicilio e. ectivo; Enrique lo conocía, usted también lo conoce seguramente. Andrés hubiera querido estar en aquel momento á cien codos bajo tierra ó á mil leguas de aquel sitio. ¿Qué podría responder? Y había que responder algo. La mirada del marqués, insistentemente fija en él, le azoraba más cada vez. -Comprendo que un sentimiento de delicadeza le obliga a usted á callarse, porque le repugna descubrir lo que Enrique tenía tan oculto; pero entendámonos bien; ahora soy yo quien habla: Mi hijo hubiera contestado lealmente. ¿No es así? -El podría hacerlo, pero yo no soy más que su confidente, su compañero. Me he comprometido á no decir nada, suceda lo que suceda, y ya comprende usted que mi situación es muy difícil. -Bueno, yo destruiré esos escrúpulos sólo con enterar á usted de los propósitos de mi esposa, que son los míos. Usted no j ñora que Enrique quería á Juana con pasión inmensa. -He hecho cuanto estaba en mi mano para evitarlo. -No lo dudo. Ahora se trata de una obra de caridad, de un salvamento, si aún es posible. Queremos arrancar á Juana Le Brenn de su vida de perdición y de deshonra. Nada más. -No hay que pensar en ello, señor marqués. ¿Por qué? -Sería tentar al infierno. Hay caídas sin rehabilitación posible. Juana se encuentra ahora tan sobrada de dinero que ha abandonado sus ahorros aquí. Y en cuanto á buenos c onsejos... -No importa. Lo intentaremos en descargo de nuestra con ciencia. Queremos encontrar á esa pobre muchacha. Cuando la hayamos encontrado, la marquesa intentará atraerla ai camino del bien. Si no nos da usted sus señas efectivas, las ave- riguaremos por la Policía, y no tardaremos mucho en saberlas. Delrue quedo aterrado, üra cierto. í or semejante medio ei marqués estaría rápida y minuciosamente informado. ¿Cómo lo podría evitar? Las ideas se agolpaban en su cerebro. Era preciso concluir á todo trance, y se atrevió- á jugar el todo por el todo, como lo había hecho la víspera en el asunto de las minas de oro. Tal vez saldría ganando de esta manera. -Señor marqués, la pregunta tan precisa y tan delicada que usted me dirige, no puede ser dirigida á su secretario intendente. -No; solicito la respuesta á título amistoso, humanitario, si usted lo prefiere. -Pues permítame usted que le conteste que me encargo aesde este momento de ese salvamento desesperado. ¿Cuáles son los propósitos de la señora marquesa? -Eso es otra cosa. Al fin podremos entendernos. ¿Cree usteá que si la ofrecen una dote accederá Juana á marcharse á su tierra? ¡Hum... Algo influiría el interés, porque no se vive por gusto en un pueblo malo. ¿Hasta ese punto? -Esa es la razón que impedía á Enrique contestar á su madre, y la que me contiene para no cometer una indiscreción- -Confieso que, por mi parte, agradezco á usted que me excuse de una gestión taa ingrata. No preguntaré más. Si las señas de Juana son el secreto de Enrique, no lo descubra usted. Delrue sentía impulsos de vociferar su alegría, pero se contuvo y la disimuló más hábilmente aún de lo que había disimulado el miedo. El marqués le dejó solo y fue á yer S su esposa. -Elena- -la dijo, -Enrique tenía razones sólidas para ocultarte el domicilio de Juana. Hay que dejar á Delrue que intente el... salvamento. El se encarga de que fleguen hasta ella sus ahorros y tus consejos, que ya le resultarán superitaos. La marquesa, emocionada, se limitó á exclamar: ¡Pobre niña! Vil! SEPARADAS Sí, ¡pobre niña! La idea de volver á casa de los Kermor; de eacontrarse ante la madre de Enrique, la avergonzaba de tal modo que hubiera preferido recurrir al suicidio para evitarse la escena. Optó por sacrificar á su única amiga, á la cariñosa Luisa, que acababa de salvarle más que la vida: el honor. Cuando volvió en sí de su desmayo, no quiso abrir los ojos en seguida para tener más tiempo de reflexionar. Luego, na vez que hubo resuelto o que había de hacer, miró á su afligida compañera, y se sonrió. lío ha sido nada. Ya lo ves. Ya me encuentro bien, y lo que ahora me urge es cobrar fuerzas y salir de esta desgraciada aventura. Ya estoy harta de París, y voy á volver á Bretaña. Sient la nostalgia de mi tierra. Allí seré dichosa. Luisa quiso decir que la acompañaría, pero no se atrevió. Juana era una muchacha honrada, pira como el lirio, en tanto que ella... Al pensar en esto sintió no haber matado á Delrue. Tendremos que separarnos- -continuó Juana- -y aceptar cada una nuestra suerte. Estoy segura de que tú serás dichosa. La recomendación que te han dado, es de buen augurio. En cuanto salgamos á la calle, vete á ver á esa señora. No te arrepentirás. No dejes de decirle todo lo que sabes hacer; pero no hables de mí á nadie, ¿lo entiendes? A nadie. -Sí, lo entiendo; tranquilízate. La pobre Luisa, ahogada por las lágrimas, bajaba 3 a cabeza como la miserable despreciada por todos y arrojada de todas partes. Había contestado maquinalmente, porque lo cierto era que no entendía, ó mejor, que entendía todo lo contrario de lo que quería decir Juana. Esta se puso en pie. Luisa la ayudo a arreglarse. Quedamos en que irás á ver á la marquesa de Kermor, ao es eso? -Sí, ¡ya lo creo! La pobre Negra ideaba el medio de estar en correspondencia con su compañera de infortunio, de poder verla alguna vez. ¡Era muy difícil! Luego se reprochaba su desconfianza. ¿Por qué no haber revelado su triste secreto de amor á Juana? Sin duda por las mismas razones que hacían á ésta callar el suyo. Cada una ocultaba su incurable herida. Crujió, al abrirse, la puerta de la asida, y una voz imperiosa dijo: -Luisa Rieux, saiga usted. Continuará.