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DE ABRIL DE 3908. EDUC 1O N 2. a PAG. 7, Comisión pef mácente de los Ayuntamientos los concejales delegados, desechada la enmienda, sSe pasa á discutir el art. 59. Acéptase una enmienda del Sr. BEIr TRAN y parte de otra del Sr. BENITEZ DE LUGO al 60, Ks aceptada también otra del Sr. MONTES SIERRA y retira una el Sr. IRANZO ni 61. El Sr. AZCAR 4 TE solicita que se susperda el debate por haberse ausentado algunos dinutados de Madrid, El presidente del CONGRESO y el del CONSEJO manifiestan que no se puede acceder á esta pretensión porque no es reglamentaria. El Sr. AZCARATE defiende una enmienda del Sr. Pedregal al art. 62, y le contesta, impugnándola, el presidente del CONSEJO DE MINISTROS. A petición de los republicanos se vota nominalmente la enmienda y es desechada por JJ votos contra 39. Se suspende el debate, y se aprueban definitivamente varios proyectos de ley. El Congreso pasa á reunirse en secciones. Dada cuenta del resultado de las mismas 3 fijada la orden del día para la próxima, se levanta la sesión á las siete. I as Comisiones elegidas lian sido las si guientes: t oposiciones de ley incluyendo en el plan general de carreteras una del dique del puerto de Rosas á enlazar con la red general de las de Gerona; otra de la de Villarrobledo á la de Almagro á Alcaraz á Tomelloso; otra del puente de Rivera de Onza á la estación de San Nicolás (Sevilla) otra de Sarreal á Ciutadilla; otra de la de Beceite á la de Gandesa á Tortosa á empalmar con la de Caspe; otra del kilómetro 5 de la de Gondar á Villagarcía á la playa de Pontellas; otra de Tárrega á Arbeca; otra de la de Albacete á Cartagena á lá de Puente Nuevo á la de Torf evieja á Balsicas; otra de Sincu á Algaida (Baleares) y otra de Algaida á Inca (Baleares) Proposiciones de ley autorizando: la concesión de un ferrocarril de Matallana á Poniedo, y la construcción de una dársena de refugio en I,lo ret de Mar (Gerona) Proyecto de ley del Senado sobre ingreso, ascenso y separación de los funcionarios técnicos de la Subsecretaría del ministerio de Giacia. y Justicia. ne de acordarme con pena de aquellos tiempos de libertad y alegría, cual recordaban á sa Jerusaléa los israelitas cautivos, colgando las cítaras de las ramas de los sauces superflumina Babylonis? Vino con sus galas Abril. Por el balcóü de la salita en que trabajo entra un rayo del sol matutino, como á curiosear entre los revueltos papeles de mi mesa. Salgo á ese balcón paia devolver su amorosa visita al astro rey, amigo por igual de los pobres y de los ricos, ¿a mañana es deliciosa, aun siendo madrileña. Respiro con deleite y llénanme los pulmones y el alma los gratos efluvios de la nueva primavera. Vienen de lejos, de lejos: han pasado por un píuar; han salido de las flores últimas de los habares y de las primeras de un campo de olivos. Cerca de mí, casi enfrente de mi atalaya, álzanse unas casas de seis pisos, con muchos balcones, todo á escuadra, todo cuadriculado: construcción de malas abejas que ignoran la gracia de lo exagemal; hay unas acacias jóvenes plantadas á trechos iguales junto á las aceras, y en mitad de la calle, por toda representación de la fauna primaveral, cuatro ó seis gorriones de los que viven en poblado y á lo picaro. ¡Mi primavera de muchacho era muy otra! Su flora solía ser toda la de los risueños campos andaluces y, en especial, sus cien plantas aromáticas, que llenan el aire de fragancias exquisitas: tomillo, romero, poleo, mastranto, almoraduj, hinojo, orégano, azándar... ¡los árboles en flor, que brindan en esperanza el fruto cierto -T ó el arroyo yeno. -Pues que se enlirie er liríero, alejándose de un yoletío á buscar agua me- nos peligrosa. Sucede con los pájaros lo que con los hombres: que cada cual habla como quien es. Así, mientras que el avefría sólo dice: Nieve. Nieve, a? donde un amante desdeñado caoí ba; El avefría en el campo claramente dice Nieve y eso ¡o dice por ti, sabiendo que á nadie quieres, v el codicioso francolín, á principios de Mayó, cuando las cerezas empiezan á madurart canta: Tres, tres seresas; pero no convida á los caminantes hasta ques llegado Junio, abundan que es una bendi- j. ción, Entonces dicen: ¿Queréis? ¿Queréis seresas... Al cerrojillo, que cuando canta, agua lleva en la garganta auxilia el cagachín, otro barómetro viviente, en lo de anunciar lé lluvia; pero éste, por dar contento á los la- í bradores, que casi siempre la apetecen, siem- pre la s u p o n e inmediata. Preguntante: Cagachín, ¿lloverá? Y él responde, corno niño que aún no sabe hablar bien: Chi, cheñó; chi, cheñó; chi, cheñó. LO LOS PÁJAROS Aunque me encerrasen en sitio donde, como dice la vulgar coplilla, ni sol ni luna entraran -y aunque tampoco entrase en él, llevando aromas y sonidos, ni un soplo de la brisa campestre, yo couocería cu Indo seiba acercando y cuándo era llegada la primavera. Conoceríalo en mi alma: en un sin fin de sentimientos vagos que se apoderan de ella y la sumen en honda melancolía al llegar la estación de las flores. Eu la jerga, mental que cada uno usa para entenderse consigo propio, yo, con desdén más simulado que real, llamo niñerías á esta mezcla de suaves añoranzas, vagas tristezas y anhelos indefinidos é Indefinibles, porque, con efecto, en las unas y en los otros reviven toda mi niñez y toda mi adolescencia, tan remotas ya; pero, niñerías y todo, me avasallan el espíritu y me lo llenan de nostalgia. Lo mejor de aquel bien pretérito era ¡la d a cu el campo! Condenado á la villa, ala ciudad después y á la corte luego, condenado de por vida á hacer que aren con reja- en campo blauco, toda la jornada de ocho ó más liorns, los cincofoueyes de la adivinanza populan sacando mi pan de un tintero y medio sepultado entre unos libros, ¿cómo no y, en resolución, toda la vistosa gama de verdores con que el divino pincel matizó y hermoseó el mundo vegetal. Y por lo que hace á la fauna de aquellas primaveras, á la ornitológica especialmente, no se diga: todo elogio habría de parecerme chico encarecimiento. Pero ¿qué mucho que cada año hable deleitoso á mi memoria el recuerdo de aquella dichosa edad en qve, aun no siendo la de Esopo, los pájaros hablaban onomatopéyica y folk- Úricamente á la viva imaginación infantil, poblándola de graciosas imágenes y de poéticos cuentecillos, y dejando en ella una como solera, de arte delk á cuyo contacto se hace generoso to J vino, todo pensamiento que por ella pasa? Eos pájaros andaluces ¡claro! hablan como aquellos campesinos. Y ¡cosa rara! tiran á hablar en verso semirrimado. Así, cuando yo y otros sujetos de igual laya armábamos y enterrábamos en los barbechos las costillas, de manera que sólo se viese el grano de trigo atado á la trampa, al acudir tal cual vez una cogujada inexperta, cantaba desde lejos otra madrigada y astuta delatando el grave peligro, y decía en su canto: Piqué un día. No piques, cuja, que as picardía. Entretanto, el alcaraván, sollispado des de que cierto tatarabuelo suyo pereció de mala muerte, á dientes, que no á manos, de una astuta zorra (antiguo y triste suceso que anda historiado en el libro de Calila e Dymna) luego que veía el menor asomo da peligro huía y gritaba á sus compañeros: ¡Al carril! ¡AI carril! Y así vino á tornarse falso aquel antiguo refrán que decía: Alcaraván zancudo, para otros consejo y para ti no ninguno y se modificó la antigua fábula, que ya termina con este dialoguillo: -Alcaraván conu. A otro; que no á mí. A todo esto, las cordonices, acabadas de llegar de su penoso viaje anuo, y sin quitarse siquiera el polvo del camino, empiezaa por anunciar cortésmente su visita: ¡Huéspedes! ¡Huéspedes! siguen por admirarse de la lozanía de la sementeras: ¡Buen pan hay! ¡Buen pan hay Y como picase 3 cávese en la costilla la otra, agregaba: Picó. Cayó. ¿No te lo decía yo? También los pajarillos llamados trigueros avisaban el peligro á sus camaradas, cantándoles al pasar volando: Mira por ti, mira por ti; que por poquito no me perdí, y al reparar, llegado el celo, en que el caza dor tiende la traicionera red y procura atraerlas tocando un pito de reclamo, se indignan y están á punto de soltar u n a interjección malsonante; pero, al cabo, por no pecar de soeces, la disfrazan y dulcificar de esta manera: ¡Cascaras! ¡Cascaras! ¡Cascaras! Días después, en la fuga del celo, y a no repararán en peligro ninguno; que el amor arrastra por igual á codornices y hombres adonde no pensara el mismísimo 1 diablo. Ese propio ardor del erótico ce o y el v i vificante calor del sol primavera sacan de sus casillas y pone rijosos y más valientes que diez Roldanes al ya mencionado cagachín y al microscópico esculcamatas. E n trambos pajarillos se yetguen ea las ramas con gentil gallardía, como desafiando al mundo, y cantan cuan ruidosamente pueden; Si er sielesito se cayera con mis patitas lo mantubiera. Gancioncilla que acaso les vendría heredada de abolengo, como aprendida por algún triguero del siglo xv que hubiese oído cantar á un soldado: Velador que el castilio velas, vela por ti, vela por ti; que velando en él me perdí. Pero poco les dura el brío; porque apenas asoma las narices ti otoño y se destempla el aire, mudan de letra y de música, y el cagachín dice apagadamente: Yo no pueo resistir; éste es mucho trio pa ui cagachín, Otras veces la cogujada, columbrando al tío Pepe el pajarero medio escondido á treinta pasos del arroyo de una cañada, y sospechosa de que en él hubiese puesto sus espartos llenos de liga ó liria, aguantaba la sed v. nresrantaba y su -espondía picaresea- Vio Pepe! Tío Pepe, ¿hay liria? mientras que el esculcamatas se dirige ea súplica al Todopoderoso, diciéndole coa voz desfallecida: Señor, ¿para qué tanto rigor? ¿Para un pobre eseurcamatas, que tan delgadas tiene 1 patas? A 3 a cuenta, estas dos avecillas aprendieron sus canciones de su amiga el av de San Martín, pequeña como un i- uiseñor, que ha las piernas muy fermosas á manera de