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FOLLETÍN DE A 8 C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN VJ EL DESPERTAR DE JUANA Todo el martirioi de la prisión había sido para Luisa, j uaná vivía aquellas horas terribles en una triste inconscieneia, en un letargo del alma que su compañera no acertó á explicarse al principio. Luego, por algunas incoherencias en que incurrió la Rubia durante el interrogatorio, pudo comprender Luisa que Juana estaba bajo la influencia de algún narcótico, y recordó vagamente la poción calmante de Mad. Victoria. Se consideraba feliz la hija del coronel Rieux por haber salvado á su amiguita, poniendo en fuga con su puñal amenazador al falso príncipe Doumeskol, al inmundo Dr. Magnus. Vale más estar en la cárcel pensaba. Aquí estamos á cubierto de las asechanzas de esos infames. Como no hemos hecho nada malo, nos pondrán en seguida en libertad, y entonces veremos. Los ancianos tienen el sueño ligero, sobre todo cuando viven en el cielo, como Ife ocurría á la digna Santa Francisea, la superiora de las religiosas guardianas de la cárcel de mujeres. Cuando llegaron los coches con las últimas detenidas de la noche, Santa Francisca estaba ya ó quizá estaba todavía en su puestoAquella santa mujer tenía un admirable golpe de vista y pronto clasificó á las nuevas detenidas: Mad. Victoria fue enviada á una celda, como Amelia la Peste; las demás pasaron á un dormitorio común, excepto Juana y Luisa, á las cuales se destinó á una celda doble que contenía dos camas de hierro pequeñas... ¡Cuánto sufro, Dios mío! -dijo Juana débilmente. ¿Dónde estatuó Luisa? Esto es una pesadilla, ¿verdad? -Sí, nermanita. Mañana hablaremos. Ahora te conviene acostarte, dormir, descansar. Así fue. Sor Francia que las vigilaba, opservó que Luisa re zaba antes de aeostarse. Cuanc o la vio dormida entró en la celda donde Luisa velaba. ¿Es hermana de usted: -preguntó. -No; pero la quiero como si lo fuera. -Parece que está muy débil. ¿Qaé tiener- -Habría que preguntárselo á nuestra maestra- -replicó Luisa encolerizada. ¡A esa sí que había que cortarle el pescuezo -No hay que cortar el pescuezo á nadie. No sea usted 11 UU, Sido iia empujó una puerta y levantó un cortinaje. En la habitación que al otro lado se veía estaban sentadas dos monjas á la cabecera de una cama, en la cual yacía el barón apoplético, desfigurado, monstruoso. -Mire usted su obra, mírela usted bien. Luego, sm transición, con un relámpago de amenaza en el mirar p- netró en la estancia y cerró la puerta, dejando áDelrue al otro Jado. Aquella put rta le pareció i Delrue que pesaba como la losa de an sepulcro, y acobardado, temeroso de lo desconocido, salió de la casa lentamente. Elane de la calle le confortó; volvió asentir la alegría del triunfo. ¡Bah! Li jettatwa es un mito. Si no lo fuera, ya podía temer á la mirada de la Roja. ¡Y me echa la culpa de todo! Til marqués había ido á buscar á su esposa al vasto jardín del pa acio, donde ella se complacía en pasear. -Querida Elena; tengo noticias frescas de Enrique. 2 né le ha sucedido- -preguntó ella alarmada. -Vada grave. Se convierte en hombre de negocios. -Sí. Entérate de su carta. La marquesa cogió temblando la misiva de su hijo y la leyó en iin ni omento. Pobre Enrique! ¡Pobre Sidonia! ¡Qué lejos veo su boda! -l o mismo he pensado yo. La pobre muchacha va á sufrir una enorme desilusión. Pero ya se conformará, y luego, cuando x u prometido regrese, su felicidad será mayor. -No lo creo. -c Por qué has de ser pesimista? -Ya ves cómo los acontecimientos me dan la razón. Enrique ha a imprometido su palabra y no puede cumplirla. ¿De modo que crees que aquellos amoríos persisten? -No eran amoríos; era pasión, una pasión profunda, que le costará, la vida. ¡Por Dios, Elena, no digas eso! -exclamó el marques, COH un tono tan afectuoso como hacía mucho tiempo no lo oía su esposa- -No lo dudes Enrique ha huido de su boda como de una pn 3i ór Se ha escapado aprovechando la primera oportunidad y llevando con él el recuerdo de la desgraciada Juana. -t Desgraciada dices? ¿Qué le ha sucedido? -I,o ignoro. Enrique lo sabía. Y no se lo has preguntado? -Sí: pero se ha negado á contestarme, diciendo que lo nacía por respeto hacia mí. jpHso significa que ha dejado de ser una muchacha honrada, -L, o temo. x- -Me parece muy raro. No lo hacía sospechar ella por su conducta ni por sus inclinaciones. -Es cierto, pero en este abismo parisiense... Enrique me indicó algo de un individuo abyecto. -Habrá sido víctima de algún miserable. Pero tai vez sea tic, io aún de evitar su completa caída, y esa sería una obra di de tu inagotable caridad. i- -Tienes un corazón muy noble y te adelantas á mis deseos. S be Dios á qué abismos habré de bajar! ¿Dónde estará? N o tienes ningún indicio? -Sólo sé que ha vivido en el faubourg del Temple; que tiene al 1 tiún sus muebles, pero que. no habita la casa. ues es bastante para punto de partida. -He dado instrucciones á la portera, pero sin resultado. Y nadie más que Enrique sabe de ella? ¿No tiene notieias De me? -ü e creo que lo sabe todo; pero no me ha parecido convenicnte, después de lo que me ha dicho nuestro hijo, hablar con él dei asunto. -L, o comprendo, pero yo le voy á preguntar lo, que sepa en cuanto regiese. Le he enviado á casa de Bressieu... Pero retírate á casa, que está empezando á llover. Kntraron en el palacio, y al entrar se cruzaron con Delrue, que volvía de casa del banquero. -Traigo graves noticias- -dijo, saludando respetuosamente. -El barón de Bressieu padece un ataque de apoplejía. Ante la desgracia de que tan bruscamente se les daba noticia, no era posible que siguieran pensando en Juana los marqueses de ei mor. Sin perder momento mandaron enganchar un coche y s caminaron al bulevar Haussmann. marquesa tenía el presentimiento de que todos aquellos suctsos consecutivos marcaban las etapas de una sola tragedi Su deber maternal la imponía la obligación de velar por SU xiiju. -cei? diciendo esto satio sor francisca, y á poco volvió acompañada de un médico, que examinó con atención á la niña rubia dormida. -Indudablemente la nan hecho tomar algo; pero su sueño es tranquilo. Lo mejor es dejarla descansar. ¿Y usted? ¿No se acuesta? -preguntó la madre. -Prefiero velaí á mi amiguita. -Entonces, velaremos juntas. Hubo una pausa y á poco volvió á hablar la superiora. -No es que la interrogue á usted, joven, la ruego únicamente que me diga, en interés de su amiguita de usted, que me lo inspira inu sincero, lo que ha pasado esta noche. ¿Quiere usted, Luisa? ¿Usted sabe que me llamo Luisa? -Sólo sé que he oído á esta joven que la llamaba a usted por ese nombre; pero si es un secreto esté usted tranquila, que á nadie he de revelarlo. La hija del coronel Rieux necesitaba expansionarse, sincera: e de las sospechas injuriosas que podían pesar sobre ella, y, sobre todo, ardía en deseos de defender á Juana, de vengarla, si era posible. Habló con sor Francisca largamente. No dijo lo que era Jua na antes de ir á parar á casa de Mad. Victoria, porque apenas lo sabía; ocultó lo referente á su propia familia, á su pasado, á su falta; pero denunció eL odioso lazo que tendía madame Victoria á las desdichadas! muchachas sin trabajo. Sor Francisca la dejó hablar sin interrumpirla, y sólo cuando acabó, la dijo: ¿Qué piensan ustedes hacer ahora cuando salgan de aquí? -Buscaremos trabajo, y tal vez tengamos más suerte que esta última vez. -Yo les ayudaré á ustedes. Conozco personas muy caritativas Tenga usted, aquí tengo precisamente las señas de una de las mejores. Tan emocionada estaba ante aquella suerte inesperada la pobre Luisa, que apenas si pudo dar las gracias balbuciendo: Juana se despertó ya muy entrada la mañana. Tenía pesada la cabeza, doloridosi los ojos y sentía zumbidos en los oídos, í. oía oír voces, repicar de timbres, ruido de pasos por todas partes ¿Dónde estoy? -dijo como en los despertares trágicos. -Estas conmigo- -la contestó Luisa tranquilizándola. -Nos ha ocurrido un percance muy raro; hemos caído en una emboscada... Mad. Victoria y la Pesie están detenidas también como nosotras, sólo que á nosotras nos pondrán en libertad en seguida y ellas se quedarán encerradas sabe Dios para cuánto tiempo. ¿De modo que 110 estoy soñando? ¿Estamos presas? Continuara.