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A B C. V I E R N E S T c T D E ÁBRILTDE T 908. E D I C I Ó N i. 9 P A G 1 T. que hacía falta, y con varios puntos de sutura, todo quedó perfectamente en regla. 1 Mientras duró la operación, Truc dio muestras de un gran valor. Sonreía dichoso al pensar en el servicio que prestaba á su idolatrado amigo. Pero grande fue la sorpresa del cirujano Contemplaba satisfecho su obra, cuando vio en la mejilla restaurada una multitud de diminutas picaduras que no había obser- vado antes. Esas picaduras constituían un tatuaje, y ese tatuaje, de reciente fecha, era una d edi- catoria, tan corta como sentida, que decía lo siguiente: A su amigo Irou, s 1 agradecido, TRUC. BERNARD C Í E R V A I S E Rafael Rafael le dijo al amigo que había de Trou iba á merendar al campo él era hecf o la presentación: quien llevaba las provisiones, brincando de- -Oye, dile que no diquelo en esa lengua. gozo por voluminosas que éstas fueran. i Y el amigo, haciendo de intérprete, le contestó: -Dice que siente muchísimo no haber podido admiiarte y aplaudirte cuando matabas toros, -Pues dile- -replicó tiuerra, lijando su turada en la ancha figura del ministro tur; o- -que no tengo inconveniente en matar lignitos más, pero á condición de que me os pique él. Pobre Izzet- Baja, ¿qué habrá hecho para que le prenda su Sultán? ¿Habrá picado? AEMECE- s CUENTOS ILUSTRADOS L A DEDICATORIA I iichando valerosamente contra la mala voluntad de las cartas, Truc había jugado todo el dinero que poseía, y lo había perdido. También habían desaparecido sus alhajas, y hasta sus muebles. De manera que un día, hacia las euatro de la mañana, comprendió que ya no tenía nada que perder. i Recordó de repente que aún le quedaoa, como último recurso, su palabra de honor, y la lanzó sin titubear sobre el tapete verde, contia una suma de 20.000 francos. LOS ESTRENOS TEATRO PRINCESA LA MONTARAZA DE OLMEDA COMEDIA EN DOS ACTOS Y UN PROLOGO u Todo esto no le parecía suficiente. Hubiese deseado prestar á su bienhechor un servicio tan inmenso como su gratitud. Soñaba con grandiosos sacrificios. Deseaba que su amigjj estuviera á punto de ahogarse, qiíe se encontrara rodeado de llamas ó atacado por una legión de malandrines, para echarse al agua, precipitarse en medio del incendio ó arriesgar su vida en desigual combate. Por fin llegó la hora tan deseada por el agradecido Truc. Su amigo Trou tuvo un día la imprudencia de querer atravesar la plaza de la Opera en el momento en que mayor era el movimiento de coches y de automóviles t r o p e z ó con uno de éstos, cayó en tierra y le levantaron algo estropeado. Tenía la piel del lado derecho de la cara totalmente levantada, hasta el punto de que se le veían los huesos. El herido quedaría desfigurado, decían los médicos; pero le quedaba el recurso de no enseñar más que su perfil izquierdo Entonces fue cuando Truc entró enjuego. -No, señores facultativos- -dijo, disponiéndose al sacrificio; -mifamigo no quedará desfigurado, pues existe, aunque aparentéis ignorarlo, una ciencia que consiste en arrancar del cuerpo de un hombre sano la cantidad de piel necesaria para hermosear la cara que carece de ella. Se le echa ua remiendo, como si se tratara de unos pantalones. L, a solución del problema está en encontrar la tela adecuada. Pues bien, yo proporcionaré la tela. Pocos instantes después, su amigo Trou, ue venía á visitarle, le encontró, ya de vuelta en su casa, en disposición de saltarse la tapa de los sesos. Se precipitó sobre él; después de corta lucha arrebató de manos. 9. el desgraciado el arma homicida. Y aún hizo más: le dio los 20.000 francos que necesitaba. Puesto á flote, Tiuc recobró el honor y la nalabra. El primer uso que de ésta hizo fue dar las gracias á su amigo; pero no paró en eso su agradecimiento. Hasta entonces, Trou había tenido un amigo; tuvo desde aquel memorable día un servidor, un esclavo, un perro fiel. ¿Estaba amenazado Trou con la inopinada llegada de parientes provincianos? No tenía para qué preocuparse, seguro de que Truc se encargaría de enseñar á la tribu recién desembarcada las hermosuras de la capital. cDeseaba cambiar de criada, de bicicleta ó de tendero? Truc se ponía en campaña y no tardaba en descubrir la perla de las criadas, la mejor bicicleta y el fénix de los tendel os. ¿Tratábase de recorrer de noehe un barrio frecuentado por los apaches? Truc marchaba delante, con los bolsillos llenos de reLos médicos se inclinaron llenos de advólvers. Estaba siempre dispuesto á ser testigo de miración. un 1 boda, á ocupar un sitio vacante en la Precisaba proceder rápidamente. Uno de os médicos arrancó con stl escaliiipía de traillo, á sentarse á coiner f n n d o il i uis Maldonado es un amable señor que en sus ocios políticos ha cultivado con preferencia el jardín de la literatura y es- pecialmente la flora salmantina, componiendo muy bellas notas de color, ricas y ainbientosas de aquella tierra, á flor de un galano lenguaje, castizo y propio de la gente charra n Luis Maldonado procede del campo víllaverdista en política y del caitípo salmantino en su regionalismo literario. Como político ha llegado á subsecretario de la Presidencia del Consejo; como literato, á estrenar con justísimo y halagüeño éxito una come dia en dos actos y un prólogo, La montaraza de Olmeda, que se representó anoche en el beneficio de Carmen Cobe La obra es, ante todo, ttn carácter: el de la charra montaraza, bravia, rebelde, gallar- i da, estudiado con cariño, y, admirable dedocumentación; un carácter que, por su vi- gor y por lo indomable de su temple, enA tronca con el de la Dolores, la moza de Calatayud. La comedia es sencillamente la misma vida, el aire libre, sin amaños ni afeites, sin engañosa visión de bastidores, á pleno sol y á pleno campo, escrita sobriamente, con simpático desenfado, cdn ingenuidad y soltura en ese airoso é hidalgo castellano que mantienen con ufanía en la tierra de Salamanca. ¿Asunto? La enseñanza de un refrán: Cada oveja con su pareja. Manuel Andrés es un rico charro de Olmeda, el amo de Olmeda, que dispone y manda en doce leguas á la redonda. De una moza muy garridona de su alquería, á quien ferió en noviazgo, ha tenido un hijo, y la moza con este broche de sxs amores aspira á ser un día la señora ama. Pero Manuel Andrés, en uno de sus frecuentes correteos por Madrid, se enamorica de una joven, y con ella regresa al pueblo ya esposa y dueña de cuanto tiene en doce leguas á la redonda. El despecho y el dolor de la chaira se manifiestan en mal disimuladco rencores, en rugir de palabras y en burlas á la cuenta de aquella señoritinga, que tanto desdice de aquellos charros y de aquel ambiente. Y sucede que á la postre, la mujer de Manuel Andrés ve consumirse los días en espantable tedio y que la soñada y patriarcal vida del campo, no es como su esposo se- la pintara en romántico fuego, y ve más aún, ve á su marido rodear la cintura de la charra y que allí hay otra con más derecho para ser la señora ama. Y así vuelve á los suyos á Madrid, con sus padres, y Manuel Andrés al calor de la