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FOLLETÍN DE A B C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN IV LA CONTRARIA Enrique se fue, en efecto, y su telegrama, fechado en el mismo puerto de Boulogne, llegó al bulevar Haussmann, consternando á Sidonia é hiriendo de muerte á su padre. Entretanto, él navegaba por el Atlántico hacia países salvajes f lejanos. A pesar de toda su energía, Sidonia se sintió vencida, y lo que era peor, vencida por Juana desde el fondo de su cárcel. El amor había podido más que ella, que sus riquezas, que la vergüenza y que la muerte. El viaje de Enrique á las costas africanas era una fuga mal disimulada. Huía de ella, de la boda, disculpándose apenas, por sí mismo, por respeto hacia su palabra empeñada. Sabía ella que aquella boda no había de llegar á verificarse nunca; que Enrique preferiría exponerse á los mayores peligros á hacer su muier de ella, que era la más hermosa- y la más rica muchacha de París. Amarga desilusión era la que recibía eí día mismo de su triunfo. Era cosa de envidiar á Juana, su pura é inocente víctima, á la vez perdida y salvada, á cubierto de sus asechanzas y de los planes del traidor Delrue. ¡Delrue! Un cómplice que iba á escaparse. Por último, como catástrofe final, su padre desplomado, muerto tal vez, por el telegrama de Kermor. Trasladaron al barón á sus habitaciones; acudieron los médicos y le prodigaron sus cuidados solícitos; la crisis fue momentáneamente conjurada y un sueño invencible se anoderó del ínfermo. Sidonia pudo obtener noticias tranquilizadoras. -No hay que desesperar- -le dijo el médico de cabecera. -Es probable que el barón salga con bien de, este ataque, pero hay tfue temer complicaciones cerebrales y la consiguiente hemiplejía. La curación será larga y luego habrá que someterle á un régimen muy severo, evitándole preocupaciones, disgustos, Impidiéndole que contitu e dedicado á sus negocios. -Eso último sería una nueva agonía para él y no lo tolerará. ¿Quién si no es mi padre podrá ocuparse en la dirección de su casa de banca? -Pues es cuestión de vida ó muerte, y yo cumplo mi deber advirtiéndolo. Además, si se restablece quedará con la cabeza muy débil; no podrá hablar ni escribir en algunas semanas, tal yez en algunos meses. ¡Tanto! -Esto dura hasta años, en ocasiones. Tratándose de un sexagenario hay que temerlo todo. El accidente es muy grave y la enor complicación lo puede hacer irremediable. Sidonia tuvo la sensación de un vacío espantoso, del aniquilamiento de su falsa existencia dorada. Estaban, ó mejor, estaba ella sola en aquel París tan grande, sola con sus millones; ni una Simpatía, ni un amigo sincero; ¡nada! Sidonia veló a su padre toda la noche, acompañada por los médicos y por algunas monjas que se había enviado á buscar apresuradamente. Reflexionaba, u nsida y angustiada, en que el día siguiente sería el de la derrota. Sabía que era necesario para s padre Beshacerse á toda costa y lo más pronto posible de las minas íie oro. Y las acciones de minas de oro iban á subir en cotización vertiginosa. El mercado había dado ya el primer paso con la jugada de Delrue; la aristocracia capitalista seguiría al marqués de Kermor. Esto era la pérdida irremediable de Bresieu, pues el lobreprecio de sus propios valores se volvería contra él. Ifi. idea de llamar á Delrue se le ocurrió, naturalmente, en aquel momento crítico, pero no se le ocultaba que era peligrosa. Terminado el asunto de Juana, con el documento falso en su poier y el cheque en el bolsillo, el joven y desapiadado advenedizo ira un auxiliar poco seguro. Por otra parte, no era posible íniáarle en los secretos de la casa de banca. Y, sin embargo, su instinto la decía que aquel miserable podía salvar la situación y reemplazar al barón. Kermor era la estrella dorada de Sidonia, Delrue su estrella negra, y ambas se apartaban de ella. La hija de Bressieu lloró de rabia. No hay mal que por bien no venga dice un refrán. El marqués había regresado á su palacio, satisfechísimo de su jornada, v se encaminó á las habitaciones de Delrue. Bravo, amigo mío! -le dijo, -usted llegará á ser el rey de los ¿banqueros ó el banquero de los reyes. Ha hecho usted hoy una jugada maestra. Ya somos ricos. -Paciencia, señor marqués. Todavía estamos empezando. -No cederé una sola Golden á menos de 2.000 francos. -Es el precio de venta y no se debe rebajar ni un céntimo. ¿Y de las otras minas de oro, sabe usted algo? -Poco, pero también constituyen un negocio interesante. Mi opinión es que va á haber negocio gordo durante dos meses con los valores del barón de Bressieu. -Acaba de separarse de mí furioso. -No me extraña. Mi obligación no es contentarle, sino servir á usted. -Es usted un buen muchacho, y me cuidaré de recompensar le ayudándole á establecerse. Tengo una idea; se me ofrece una ocasión de librarme pecuniariamente del barón, á ver quién vence á quién- -La ganancia para usted es segura, señor marqués. -Disponiendo de dinero, sí; confío en ello. Para lograrlo, trato de reunir capitales de especulación entre mis amistades, y si usted puede indicarme una colocación segura en valores de Bolsa... -De seguro. Todo el papel de Bressieu es bueno de adquirir. -Se lo llevarán los demonios, pero ¡qué remedio! El mercado es libre. -Además que él no ha contribuido á que usted se enriquezca, sino todo lo contrario. -Si por él fuera, pediría limosna. El marqués se contuvo, cayendo en la cuenta de que no era or recto hablar mal de su futuro pariente. ¿Y Enrique? -preguntó para variar de conversación. Delrue se sonrió discretamente y respondió con dulzura: -Me parece que está dedicado á despedirse de su vida de soltero. -Con tal que no cometa excesos perjudiciales y no se olvide de que aún está convaleciente... ¿Ha preguntado por él la marquesa? -Sí, ha preguntado ya dos veces. -Voy á tranquilizarla. Siga usted la campaña de Bolsa que ha emprendido. La suerte está por nosotros. Delrue se inclinó dando gracias entre confuso y avergonzado; pero apenas hubo salido el marqués, bráló en su rostro un relámp g deor u lo. -Sí, la suerte está por mí. Con el dinero del marqués y el mió, que va á crecer, me encargo de hacer saltar la banca del barón, jugando más y antes que él. Sólo una nube entristeció su alegría. tBressieu conservaba la fotografía de la papeleta falsificada! Sacó su cartera y extrajo de ella el documento original y el recibo de venta á Collin- Megret. ¡Bah! -pensó. -Ante los Tribunales no hace fe más prueba que esta, y por esto no me han de condenar. Mientras así pensaba, puso fuego á ambos papeles con una cerilla, esperó á que ardieran por completo, y luego pisoteó y pulverizó sus cenizas. -Por una simple fotografía no va nadie á la cárcel. Hace falta exhibir el original. ¿Qué puede Bressieu contra mí aunque tenga la copia? ¡Ah! canalla barón; yo me vengaré de ti, yo te acertaré el flaco, v como pueda impedir la ansiada boda, no dejaré de hacerlo. Delrue ignoraba que en aquel momento los acontecimientos satisfacían cumplidamente sus aspiraciones. ELENA DE KERMOR El ui siguiente, á la hora de costumbre, penetraba Andrés en el despacho del marqués de Kermor. Este estaba de pie, con una carta en la mano, y parecía medio sonriente, medio inquieto. -Llega usted á tiempo. Dígame usted. ¿Está usted seguro de que Enrique se dedica á divertirse como despedida de su vida de soltero? Delrue contestó evasivamente. -Eso creía, á juzgar poi las apariencias. -iLas apariencias engañan. ¿Sabe usted dónde está? -No, ni lo sospecho siquiera. -Pues fcien, en estos momentos navega con rumbo al Oubanghi. Por la sorpresa de Delrue comprendió el marqués que no estaba en el secreto. -Entérese usted de esta carta, y luego procure hacer tragar la pildora al barón. Yo no me atrevo, porque la cosa me parece demasiado fuerte en vísperas de boda. Delrue leyó con avidez. ¿Puede permitirme una observación? -Hable usted. -Pues bien; me parece que Enrique está en lo cierto al proceder como lo hace; va á defender sus intereses en África, como usted defiende los suyos en París. Dos seguridades, dos fortunas valen más que una sola. Continúala.