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FOLLETÍN DE A P LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN tra telegrama abierto y arrugado que el barón recogió y levó ávidamente. Contenía una noticia tremenda, tanto, que su sola lectura le produjo un efecto fulgurante. Sin poder articular palabra, el barón cayó al suelo con un tremendo ataque de apoplejía. 11 MAS FUERTE QUE LA MUERTE A Enrique le había producido un sufrimiento desesperado aquella falsa evidencia del deshonor de Juana qtte había presentado Delrue ante su vista. En los primeros instantes exteriorizó su dolor, pero luego lo encerró eü sí mismo y quiso disimular. Para ello fue á cenar con Delrue á un restaurant, donde escribió la carta dirigida á Bressieu y con la cual se marchó triunfante el infame Andrés. Enrique le había encargado de decir en su casa que estaba divirtiéndose con unos amigoa. Pero continuó solo, entregado á sus tristes recapitulaciones, al recuerdo de los felices días en que conoció á Juana allá en la costa bretona, y de todos los sucesos de su vida que con ella tenían relación. ¡Todo ha aeabado! ¡Ya no existe Juana para mí! Decía esto tranquilamente, como si recitara uaa lección; y añadió Ahora tengo perfectamente trazada mi línea de conducta. Me casaré con Sidonia, nos iremos á viajar, y cuando acabe nuestro viaje de boda, reemprenderé mi proyecto colonial. ¡Eso es! Pero sin transicióu alguna se le escapaba entre suspiros el nombre que le tenía obsesionado: ¡Juana... Juana! Sintió que las lágrimas se agolpaban á sus ojos y comprendió por qué no había querido volver aquella noche á su casa, y por qué se había separado de Delrue. Tenía ecesidad de estar solo para llorar su dolor, para recapacitar y resolver lo que debía hacer Se convenció de que quería á Juana, de que la quema siempre, de que jamás la consideraría indigna, de que su amor la arrancaría á los abismos infernales y la elevaría, hasta las nubes y lograría para ella el perdón de Dios. Tuvo visión de sacrificio insensato, de locura sublime; se vio en la Prefectura de Policí ¡a reclamando á Juana, y luego, huyendo con ella lejos, muy lejos, al Oubanghi, á la soledad de aquellos desiertos que ya había recorrido él y donde la pesadilla de París sería olvidada, quedaría destruida. -Pero ella no querré. Aquel amor imposible era para Enrique más fuerte que todo, triunfaba, á pesar de todo. No podía dejar de querer á Juana; no podía casarse con Sidonia. Lo vio. Lo leyó escrito en letras de fuego en su imaginación. ¿Pero qué podía hacer? El alborear de un día lluvioso sorprendió al triste noctámbulo en las inmediaciones de la estación del Norte. Vio su imagen reflejada en el cristal del escaparate de una tienda que se abría cuando él pasaba, y aquella imagen le descorazonó. Aquel Kermor en lamentable estado no podía entrar así á aquellas horas en su casa. Para asearse y poderse presentar entró en un hotel y pidió un cuarto. Al verse ¡entre las cuatro paredes se sintió más tranquilo; quitóse el sombrero y el abrigo de pieles y se sentó en un sillón para seguir reflexionando. E; sa boda es imposible, y yo he prometido casarme, y Delrue va á apresurar la fecha de la boda, el día fatal. Instintivamente, pero con calma, sacó del bolsillo su revólver. Como si este movimiento le hubiera dado la clave de su determinación dijo, más que pensó: Sí, hay este medio; pero... También es imposible. ¿Y mi madre? Ño puedo eludir el cumplimiento de mi palabra, ¿para qué he ae aplazarlo? En las circunstancias má graves de la vida, aun en plena catástrofe, distrae nuestra imaginación alguna nimiedad, alguna incoherencia. Enrique, en medio de aquella pona tan honda, recordó que al salir de su casa se había echado al bolsillo, sin mirarlas, las cartas que había recibido en el correo de aquel día. Instintivamente las leyó todas, sin fijarse en lo que leía. Una, sin embargo, despertó su espíritu y llamó su atención. La releyó con interés. ¡Esto puede ser mi salvación! La carta estaba fechada en Londres, y decía así: Querido Enrique: Desde que emprendiste, por razones de familia, tu viaje de regreso á Francia, hemos trabajado todos con arreglo á tus instrucciones. Nuestros establecimientos- del Congo francés, creados según tus planes, no son ya sólo proyectos; entramos de lleno en la realización, y hemos procurado acertar durante tu ausencia. Nos faltaban dos cosas: primera, nuestro inspirador, nuestro guía y nuestro jefe; es decir, tú. Por los periódicos he sabido la noticia de tu boda (no creo que hayas de abandonarnos al casarte) y tu percance de la calle del Depósito. El teniente Mauvreuil te reemplaza como Dios le da á entender; pero lo cierto es que tu puesto continúa vacante, que te esperamos con impaciencia y que Mauvreuil está anonadado bajo la pesada carga que le has dejado. La otra cosa que necesitáDamos para arriesgarnos a nuestra, ó, mejor dicho, á tu vasta empresa, es una sencilla vía férrea como la que poseen nuestros vecinos del Congo belga... EHo es, querido Kermor, que esto último puede considerarse como cosa hecha, y hecha por Alian, el rey de los rieles, que en estos días está instalando una red de tranvías eléctricos en Londres. Yo le conozco, por ser mi padre socio de la Compañía que él dirige, y ha encontrado el proyecto tan de su gusto, que ha resuelto ver sobre el terreno el estado del negocio. He venido á buscarle á Londres, desde donde te escribo, y Alian me ha manifestado deseos de verte; pero como para él el tiempo es oro, he tenido que idear una combinación para que quede complacido, y es ía siguiente: el X xp Sambourg. vapor en que vamos á la costa occidental de África, hará escala en JBoulogne sur Mer; tú puedes hacer una escapada á este puerto, almorzar con nosotros y hablar del asunto, viniendo en el tren de las- nueve de la mañana. Si pudiera retrasarse tu boda tres meses solamente para que tuvieras tiempo de venir á Brazzaville, donde se encuentra la expedición, el más feliz de los éxitos quedaría asegurado para nuestra empresa. No te duermas sobre tus laureles, déjate vencer por la tentación y ven á completar tu triunfo en el país del oro, adonde nos has arrastrado á todos. Los asuntos de familia que te obligaron á abandonarnos repentinamente, deben de estar ya arreglados. De todos modos, no faltes á la cita. El sábado, á mediodía, en el Americano, en Boulogne, te estrechará efusivamente las manos, tu compañero de exploración, que espera convencerte, Esta carta fue para Kermor una evocación de todos los euCt siasmos del tiempo pasado, de la época en que, lleno de hala güeñas esperanzas, salió de su oaís para emprender la conquista del Toisón de Oro africano. ¡Volver allá: terminar su obra; olvidar su insensato amor! ¡Que tentación! No supo resistirse. ¿Tres meses? ¿No le habían dicho los médi eos que necesitaba este mismo plazo para completar su convalecencia? ¿Por qué inexplicable locura pensaba en apresurar la fecha de sttboda con la hija de Bressieu? Ella esperaría su regreso, y cuando él volviera podría traer de seguro un capital propio que igualara á la dote de su prometida. Miró ¿I reloj. Aún no eran las siete. Estaba resuelto. Llamó al camarero de la fonda, le dijo que le trajera en f- guida un equipo de viaje completo, sosa relativamente fácil en aquel barrio donde todos los negocios se hacen con rapidez. Se vistió y aún le quedó una hora para esperar la salida del rápido de Calais. Aprovechó este tiempo escribiendo á su padre la carta, siguiente, que se proponía echar al correo en Bologne si por fin se resolvía á marchar. Querido padre: Te envío una carta de mi amigo Laneuville que te explicará mi repentino viaje. Yo fui quien tuvo la idea de la exploración del Oubanghi, cuyo fin práctico ha de ser el de abrir á la actividad francesa nuevos mercados en aquellas colonias nuestras casi desconocidas aún. Mis compañeros han expuesto su vida y su fortnna en la empresa. No puedo abandonarlos, sobre todo, cuando me hacen el gran honor de recordarme que soy su jefe, y en el momento en que vamos á lograr el anhelado triunfo. Allí tengo grandes intereses que es deber mío realizar antes de casarme con la heredera del barón de Bressieu. Este es demasiado hombre de negocios para tomar á mal un aplazamiento de tres meses tan comercialmente justificado y tan productivo como el que realizo. Espero que también mi futura me le perdonará, y ruego á usted, padre mío, que la recuerde la orden de los médicos, si acaso la disgustara mi marcha. Dn millón de besos para mamá y un abrazo para usted de su hijo respetuoso que le quiere de corazón ENRIQUE. Se acercaba la hora. Había enviado ya su equipaje á la estación y tomado asiento en un vagón reservado del rápido de Calais, y fue hacia el tren rápidamente deseoso de huir de París... y de olvidar á Juana. ¿Y Bressieu? -pensó- ¿Y Sidonia? ¡Bah! les telegrafiaré desde el barco. Si se incomodan, ¡tanto peor, ó tanto mejor!