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FOLLETÍN DE A B C A. SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN -Si, las Goláen. Y al saber que compra, se las disputan y la cotización sube y sube sin cesar. El banquero no sabía lo que le pasaba, su creación, su engañoso canto de cisne, su imaginaria empresa, aquellas acciones cuyo valor era á lo sumo el del papel al peso, eran tomadas como buenas por el marqués de Kennor, que compraba como si padeciese un vértigo de adquisición. ¿Qué locura le había dado? ¿Con qué dinero pagaría el fabuloso descubierto en que se metía? -Indudablemente es Delrue quien le aconseja, y soy yo quien va á pagar la locura. ¡Por vida de... Se dirigió al teléfono apresuradamente y pidió comunicación con el marqués. Cuando al cabo de un buen rato la hubo conseguido, advirtió, furioso, que quien le contestaba era el propio Delrue. ¿Qué desea usted? -Hablar con el marqués inmediatamente. ¡Ah! ¿Es con el barón de Bressieu con quien tengo el gusto de comunicar? El señor marqués acaba de salir en este momento. ¿Adonde ha ido? -Lo ignoro, señor barón. ¿Y el conde? ¿Está ea casa? -Tampoco. -Ya sabe usted loque sucede. ¡Buena faena ha hecho usted desde esta mañana! -Efectivamente, he trabajado bastante. ¿Tiene usted la bondad de hacer un apunte de 500.000 francos que faltan ea la cuenta que me entregó usted? -No faltaban, porque le di un cheque de esa suma. -1,0 he cobrado en el acto, autorizado por el señor marqués y con instrucciones acerca de su inversión. -Está bien. Eso no le impedirá á usted venir el lunes á mi casa, ¿verdad? -Según la cotización que alcancen las Golden, no debo ocultárselo á usted puesto que es casi de la familia. -Ya veremos quién se ríe el último. -El más joven, de seguro; es lo lógico. Como no es posible estrangular por teléfono, Bressieu se libró de cometer nn crimen más; pero arrojó el receptor con la misma furia que si lo hubiera tirado á la cabeza de Delrue. Este saboreaba su venganza. Sólo una cosa le extrañaba: que no hubiese vuelto á su casa el conde de Kermor. El banquero se paseaba por su despacho como una fiera en íaulada. -Infame Delrue- -decía. ¡Qué desdichada idea tuve al hablar de la Golden. ¡Me ha arruinado! Bajó la escalera, tomó el primer coche de plaza que encontró al paso y se hizo conducir á la Boisa. Las conversaciones en la escalinata del soberbio edificio tenían por teína único lo de las acciones de la Golden. AI ver aparecer á Bressieu, bolsistas, agentes y corredores le rodearon, felicitándole por la prosperidad de su negocio, por el alza de las acciones de las consabidas minas. En vano se esforzaba él en afirmar que en aquella repentina y extraordinaria demanda no tenía arte ni parte. Xadie le creía. El marqués, en lo alto de la escalinata, paseaba sonriéndose. Todas las miradas convergían en él; el rey de París era aquel día el rey de la Bolsa Advertido por Delrue del aspecto que tomaba el negocio, acudió allí para disfrutar de su éxito. Bressieu se le acercó exasperado; la impasibilidad del marqués le enfurecía. -Kermor- -le dijo, -amigo mío, deténgase usted. Está usted cometiendo una locura. -Ya no es tiempo para detenerme. Pero usted, ¿adonde va tan apresuradamente 1- -Voy... á arrumarme por culpa de usted... -No lo entiendo. Estoy comprando valores, que considero buenos, puesto que han sido emitidos rjor usted. I, as Golden vendiáVb pot usted, son un negocio magnífico. -Eso no es una razón; mí oficio es vender, y después que he vendido, no respondo de nada. Peor para el que se trague el anznelo. ¿Le he pedido yo á usted que responda de mis actos ¿Y si se arruina usted? -Es asunto que sólo á mí me incumbe. ¡Cómo podría convencerle! ¿Quiere usted 5 aber la verdad? Pues bien, las minas de oro, las Golden especialmente, son v m il negocio. Tengo de ellas noticias pésima, -Yo las tengo buenísimas. -Pero, por desgracia, las ciertas son las mías. -No lo serán tan. to como las mías. Y á la vista está la pruebau Oiga usted cómo las solicitan. ¡Por piedad! Vuelva usted á vender. Aún es tiempo- ¿Compra ustecf- -Sí; mejor hoy q t e mañana, J? compro al precio de cotización, para acabar de una vez. ¿De cuál cotización? -No hay más que una. -Hay dos, la de la Bolsa y la mía. ¿La de usted? -Sí, la mía, que será la de la Bolsa dentro de tres días ó de ti- s meses, á lo sumo. Estimo este papel en dos mil francos por acción. ¡Oh, el abismo, el abismo! Óigame usted, hágame usted casoi que no he de engañarle, hoy somos amigos y mañana seremoí parientes. 1- -Aquí no hay parientes ni amigos, sino negociantes en Bolsa No rebajo ni un céntimo de los dos mil francos. Se acercó el agente del marqués y le hizo una seña para k, iticarle que esperaba órdenes. -Puede usted hablar delante del barón. Es mi cómplice. ¡Nunca, jamás! -No se encuentra una sola acción de las Golden. -Bueno, pues no pida usted más. Es consejo del señor de Brjssieu. ¿No desea usted vender ahorar- -3 í, á dos mil. -No se pueden adelantarlos acontecimientos, líos vendrán, pero más despacio. -No tanto como usted cree. Prfígtmte al señor de Bressieu, que está bien enterado. El barón bufaba de ira. ¡Se han vuelto locos todos! -decía marchándose apresuradamente. ¡Esto es una maldición! Ocurría en aquella sesión de Bolsa algo inexplicable, pero que todos se explicaban, cada cual á su modo, y todos querían aprovechar, con apresuramiento febril: Las Golden Plentiyfull Mine subían y subían; el marqués continuaba pidiendo á dos mil francos por acción y aun juzgando excesiva la cotización, no había quien no pensara que en breve se llegaría á ella. Se telegrafiaba, se telefoneaba: Golden, Golden Y todo esto tenía por único fundamento una mina sin oro sitiaada en el otro mundo; en una superchería del barón, en una inocentada del Delrue, en un capricho del marqués, en la confianza detm agente de Bolsa, en un error general, en la locara contagiosa de los bolsistas, á la cual seguiría indudablemente la del público. Estas aberraciones formaban corno una aureola de genio ea torno del barón de Bressieu, el cual se enfurecía ante aquel éxito contrario á sus intereses. Llegó á su casa el banquero y sin detenerse pasó á las habitaciones de su hija. La encontró sentada, ó mejor, desplomada en un silloncito, y pálida como la muerte. A sus pies se veía Continuará. muS preciososentacho sol, rimado, poea escalera, 28 y Si duros, ascensor. Serrano, 112. i B nita gabinete. í Capellanes, i, S. o cí. con jardín grande para familia numerosa, S. COOptas. año. 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