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FOLLETÍN DE A B C LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES CONTINUACIÓN Los médicos ine aconsejan que salga de París para completar mi convalecencia en climas más templados. Mi dicha sería completa si pudiera hacer el viaje en compañía de la señorita de Bressieu, ya convertida en condesa de Kermor. Espero que me fije usted el momento de ir á recoger ia respuesta, y le ruego que adelante un poco el reloj para fijarla. De ubted, etc. El banquero no pudo reprimir un movimiento de admiración. Tendió la mano á Andrés, y le dijo: -Delrue, es usted un gran hombre. -Bravo, Dtlrue- -añadió Sidonia. ¿Pago tu deuda, Mja? -En seguida. Bressieu sacó de su bolsillo un voluminoso paquete atado con una cinta de color de rosa, y dijo: -Esta es la cuenta definitiva del marqués. Usted es el llamado á comprobarla, en su calidad de intendente fiel. -Eso incumbirá á quien me substituya. Yo dejo el cargo. -Después de haberse enriquecido. Bien está. Tome usted estos cheques que completan determinadas cantidades á contar sobre la dote de mi hija. También se los entregará usted al marqués. Uno de los cheques, el primero del paquete, era de 500.000 francos, y estaba sujeto con un alfiler á una papeleta del Monte de Piedad y á un recibo hecho á nombre de Collin- Megret. Delrue reconoció rápidamente ambos documentos. -Esto- -dijo separando los tres papeles- -no se lo entregaré al marqués. Creo que lo he ganado bien. El banquero y su Mía se dirigieron miradas de inteligencia que querían decir: ¡Ha caído en el lazo! -La caja de los cheques se abre á las diez. Si para pasar el tiempo tiene usted algo que contarnos, puedo dedicarle á usted un rato. -Yo también- -afirmó Sidonia. -Si, algo tengo: pero no es cosa que pueda decirse delante de una señorita. -Todo consiste en la manera de decirlo. -Bien, pues ello es que el conde de Kermor ha tenido la prueba de que su adorada Juana, la protegida de la marquesa, la linda compatriota bretona, hacía vida alegre y nocturna en la poco recomendable casa de Mad. Victoria, de la calle de San Lázaro. -Y en cuanto ha tenido la prueba han salido ustedes de allí. -Inmediata y oportunamente. Esos sitios son poeo seguros, y si llegamos á descuidarnos un minuto, hubiéramos caído en la ratonera. La Policía vigila mucho. ¿Pero acaso... -Por casualidad ó por lo qtte sea, la Policía llegó apenas acabábamos de salir y se llevó á la cárcel á toda aquella gente. Kermor y yo los hemos visto salir en el coche celular. ¡Cómo! ¿Mad. Victoria está detenida? -Con todas las demás señoras que había en su casa. ¿Y... Juana? -También. Sidonia palmoteo de alegría. -Gracias, gracias, amigo mío. Ese ha sido mi desquite. A la prisión de San Lázaro, mancha indeleble, peor que la muerte. Estoy vengada de ella. ¿Y él lo sabe? ¿Está usted seguro? -Lo ha visto con sus piopios ojos. Allí no había trampa. -Sin duda no está mal; pero yo hubiera preferido que la encerraran bajo seis palmos de tierra- -dijo el barón. -La cárcel se abre, la infamia se corrige á la larga, y sobre todo, cuando no es cierta. Mejor la quisiera ver entre las manos de Magnus que en las de la justicia. ¿Y Collin- Megret? ¿Qué cara habrá puesto? Delrue, que tenía en el bolsillo su cheque y las pruebas de su delito, se burlaba de todo lo demás. Por esto no tuvo inconveniente en añadir: -Collin- Megret no debe estar muy satisfecho. Por lo menos esta madrugada, al montar en el coche celular, no tenía una cara tnuy risueña. ¿Cómo dice usted? -Digo que la agencia del Cicerone elegante está cerrada y el director preso. -Pues si le han cogido no le soltarán muy pronto. ¡Mal negocio! ¿Y á usted le preocupa eso. -A mí me preocupan las personas indiscretas. Sépalo usted, Delrue. Y ¡hasta la vista! ¿Pero por qué te pones asi, papá? -diio Sidonia. -Ya sabes que Delrue nos es adicto. -También lo era para Collin- Megret, y Collia- Megret está detenido. ¿Qué tiene qwe ver una cosa con otra? -No lo sé, Delrue; pero lo sabré. Tengo amigos e el Palack de Justicia, y si tiene usted algo que ver con esa detención, va us ted á acordarse del santo de mi non! -No lo entiendo; estamos en paz uno con otro y libres de proceder como se nos antoje. ¿Lo cree usted así? -Estoy seguro de ello- -replicó, dando golpecitos sobre el bol sillo en que había guardado la recompensa de su infame acción. -Ahora somos iguales. A los pies de usted, señorita. Adiós, barón. Bressieu, furioso, se lanzó sobre Andrés, pero Sidonia le contuvo. ¿Adiós? Diga usted mejor: hasta la vista. Delrue salió tarareando. ¡Q- imprudencia! -exclamó la Roja. ¡Qué indecencia! querrás decir. Ya lo has visto tú que le defendías. -Sí; lo he oído, lo he vi. to y reflexiono. Esta escena ha sida un grave error. Debías haber contemplado á Delrue hasta el fir hasta el día siguiente de mi boda, por lo menos. ¿Para qué? ¿No tienes la fotografía de la papeleta falsifcada ¿No le tendré yo á merced mía en cuanto firme y cobre su cheque? -Pero él no lo sabe y puede desbaratar todo lo que ha hecho. Le bastará con decir al conde lo que hemos tramado juntos para que Juana la despreciada sea Juana la mártir. ¿Lo crees? -Lo temo. -Pero si descubriera nuestro secreto confesaría ipsofaclo su villanía. -Ya encontraría él modo de justificarse y de lograr que le perdonaran. Además, tiene el dinero en el bolsillo, no puede perder nada, sino ganarlo todo. ¿Qué arriesga? -Me das miedo. ¿Qué podríamos hacer? -Se me ocurre una cosa. Luego vendrá á la caja á cobrar- -A las diez en punto estará en el ventanillo seguramente. -Procura estar tú cuando cobre. -Estaré. ¿Y luego? -Luego le dices al oído dos palabritas: una acerca de la papeleta falsificada y otra sobre el cheque. Verás cómo se tranquiliza y cómo vuelve á sus visitas obligatorias de los lunes. ¡Magnífico! Ahora no se me escapará. Tienes mucho talento, hijita. Eran las diez y cinco minutos. El barón se paseaba por el vestíbulo de su casa de banca, cerca de las ventanillas del negociado de cheques. Había poco público aún. Llegó Delrue y entregó el valioso papelito. Le dieron á cambie una chapa de cobre dorado, con una B y una corona de barón. Esperó unos minutos. El capataz de pagos, con su uniforme negro galoneado de oro, llamó en alta voz: ¡Señor Delrue! -Aquí está. Se levantó y fue á la ventanilla de la caja- ¿Cuánto? -Quinientos mil... -Cuente usted. El empleado le puso delante 50 paquetes de á 10 billetes de r. 000 francos cada uno, y Delrue hizo como si los contara; pero estaba demasiado emocionado para ello. Recogió, pues, su tesoro y se lo guardó en los bolsillos interiores. Iba á marcharse, cuando tuvo un sobresalto de sorpresa, de espanto meior, al oir míe le decían: ¿Eso es de la cuenta del marqués de Kermor? -Precisamente- -contestó. El capataz de la caja dijo al jefe en voz alta: -Quinientos mil al portador, firma Delrue, señor barón. ¡Calla! -exclamó éste con tono bonachón. -jRs usted qmerfirma? Sin duda está usted autorizado... -Claró está- -declaró Delrue, sin advertir el alcance de su res puesta. -Está bien, está bien. Otro, capataz Continuó paseando Bressieu y salió hacia la cancela para cogei al paso á Delrue. Este, que iba muy de prisa, le saludó apenas. pero el barón le llamó. -Un momento, Delrue; tengo que decirle á usted dos palabras- -De excusa, ¿no es eso? -Suponga usted lo que le acomode; yo sólo diré que suponge que, á menos de ser un vil estafador, va usted á entregar inmediatamente al marqués de Kermor el medio millón que acaba usted de cobrar- -No tengo gana de bromas, ni tolero insultos. -No hablo en broma. Ese dinero es del marqué, -Kermor Tampoco le insulto á usted. Usted es un falsario y u estafador- ¿Quién puede probarlo? -Lo prueba ese cheque al portador que perteneció al marqués como puede usted ver si examina la cuenta que le entregué esta mañana. La prueba de que es usted un canaüa, un ladrón incorregible y vm. falsificador, la tengo aquí; ¡mírela usted! Al decir esto, le enseñaba la fotografía de la papeleta del Monte de Piedad y el recibo de SH venta á la Agencia Collin- Megret.