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NUMERO i.o z 5 ü C. JUEVES 26 D MARZO Dfc 1908. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. proyectos esponsalicios un viaje del Kaiser á Lisboa, bien que nunca se hablase de semejante cosa, ni en el Palaeio das Necesidades, ni en la residencia imperial surgiese de seguro tal propósito. Señalaban otros á, una princesa británica, nieta del rey Eduardo, la cual, á fines de año, ya se había indicado para esposa del infortunado príncipe Luis Felipe. ¿Quién será? De cualquier; modo, lo único cierto es que D. Manuel ha de celebrar sus bodas, sea con una Princesa inglesa, ó alemana, ó francesa. Lo de menos es la nacionalidad de la elegida; lo de más importancia, que el matrimonio Real se adapte á las conveniencias políticas del PAGIN 4 6 cesa alemana, y el comentario reiacionó con país, porque á esta consideración primordial dícese han de posponer los Reyes en casos tales los impulsos de su sentimentalidad afectiva. Pero esta circunstancia de verse un pobre Rey, jove y con la imaginación tal vez poblada de ensueños de amor, obligado á casarse forzosamente con la princesa que le presenten, se compadece mal con la poesía del caso. Verdad que las princesas tienen el deber de ser bonitas ó hermosas, y por este lado, acaso el problema no ofrezca gran preocupación. Mas, ¿y si fuese fea? ¿Si no poseyese la novia que al Soberano portugués destinen aquellas esplendentes dotes naturales que en muchas ocasiones, hasta en las h i j a s del pueblo se encuentran. Los poetas, los divinos poetas, exagerando Barcelona. Juan 5 uíl, acusado en el proceso del terrorismo, cuya vista comienza hoy. FOT. MERLETT) DE NUESTRO CORRESPONSAL Hermenegildo Rull, hermano y supuesto cómplice de Juan Rull. FOT. MEKLETTI. fluencia alcanza hasta nuestra vida políca, hasta el ambiente electoral, en vísperas de elegir las nuevas Cortes. Pvl Sr. Berreira do Amaral es ahora para nosotros como el dios Pan. Esperamos ver que su bastón presidencial florezca y que de él salga una plaga de diputados semejantes á gnomos, que, á fuer de pequeños, nadie conozca ni sepa quiénes son. Cosa que, por otra parte, no es precisa. Esperemos. El Sr. Ferreira do Amaral, empuñando las riendas del Gobierno, como otro Apolo, invítanos al sufragio y nos presenta la famosa urna i iara el 5 de Abril, á fin de que en ella vayamos depositando los nombres de los candidatos que juzguemos más hábil, que más ventajas nos garantice, según nuestro criterio de ciudadanos. Anunciada así la nueva vida que todos reclaman, porque no, es otro el concierto de las aspiraciones portuguesas, ¡ay de nosotros si las nuevas elecciones tan esperadas son una completa desilusión para los de la bandera azul y blanca como para los de labandera roja! Por lo mismo que todos hablante vida nueva en este ambiente hermoso que la Naturaleza nos brinda, es posible que nos aguarde alguna sorpresa tras esta lucha de opiniones políticas. A la verdad, nunca en nuestro régimen parlamentario se vio una elección tan curiosa como la que se prepara, tan variada en sus elementos, tan animada con candidatos de todas clases y colores, tal cual si en los comicios quisiera cuajar la eflorescencia natural de la estación que nos preside. A B C EN LISBOA Lisboa, 22 Marzo. IRANDO A LAS Ha entrado risueñaM- H nMR s t primavera. ELECCIONES su inmen e la pf r Dijérase q u e la fealdad, harían de una Reina fea un monstruo, y los monstruos no se adoran, se temen y se les huye. Seamos optimistas y fiemos en el buen sino de nuestro monarca. ¡Ojalá posea quien haya de compartir con él la soberanía triple corona, para encanto de sus ojos y para bien de Portugal: la de la belleza, la del talento y la de la juventud! AFFONSO GAYO TRIBUNALES (EXTRANJEROS) QUIÉN SERA LA Ayp e n a s 1 SJUPVA RF 1 NTA? fe de proclamado gal don Portu NUEVA REINA? M a n u e l TT comenzó á cavilar nuestra Prensa cuál sería la princesa que, con mayores probabilidades de éxito, vendría á sentarse en el Trono al lado del joven Soberano. Entre las varias conjeturas que á este propósito se echaron á volar, pensóse en unaprin- Avila. El fantasma nocturno, que ha tenido aterrorizado á aran parte FOT. CASTILLO, del vecindario abulense. I ÍN PLEITO CURIOSO En París ha siao demandada la ar tista dramática Mlle. Lautelme, por el escultor C. Boero, pues al presentar éste la cuenta de un busto que hace poco tiempo la hizo, negóse la artista á satisfacerla. Bien es verdad que se trata de la nada despreciable suma de 10.000 francos, y Mlle. Lautelme había acordado adquirir en este precio una escultura que se le pareciese, no el retrato en mármol de una desconocida. Más claro; al recibir la hoy demandada ei busto que encargó á Boero, observó con la natural sorpresa y el consiguiente disgusto, que la obra cincelada en rico mármol blanco, era de una pureza de líneas realmente admirable; tenía innegable mérito; podía calificársela de magistral, pero no se parecía á Mlle. Lautelme absolutamente nada. Este pequeño inconveniente, dice en su escrito de contestación la demandada, hízome pensar en la necesidad de consultar á algunos amigos, por si yo estaba equivocada ó en mi obsesión desconocía el mérito principal de aquella maravilla, y al efecto, dispuse que obtuvieran varias fotografías del busto, y un día de recepción en mi casa repartí las pruebas entre mis 42 invitados. El resultado no pudo ser más desastroso, pues de todos mis amigos 29 afirmaron (porque yo les pedí que me dijeran el nombre de la persona coii quien encontraban al busto parecido) que la escultura representaba á Mlle. Marthe Régnier, y loS restantes á Mlle. Diéterle... En vista de tal disparidad ae opiniones, y sobre todo, ante el convencimiento de que el busto se parece á cualquiera menos á mí, que es precisamente á quien debía parecerse, he decidido no abonar los 10.000 francos que me reclamaba el escultor... BIBLIOTECA DE A B C 118 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 119 Abrió con mucho cuidado la puerta del saloncito y avanzó de puntillas hasta llegar detrás de Delrue. Luego, rápidamente, se abalanzó á él y le arrancó el antifaz para verle bien la cara. Andrés aió un grito de terror al sentir el relámpago de aquellos trágicos 9 jos negros que asomaban por la abertura del antifaz de terciopelo- ¿Luisa? -balbució interrogándola. Ella soltó una carcajada, y desapareció rápidamente. ¿Qué es eso? ¿Qué pasa? -preguntó Enrique. -Nada. Una máscara que me ha arrancado el antifaz por broma Pero para sus adentros pensaba: -Me ha parecido Luisa. Es cosa de volverse loco. Pero no, no debe ser ella. Yo me enteraré. Apareció de nuevo Mad. Victoria. -La novia no puede presentarse. Le ha dado un accidente nervioso... No puede tenerse en pie. Pero, ¿quieren ustedes verla? -Claro está que queremos, pero sin ser vistos. ¡Calla! -exclamó dirigiéndose á Andrés. ¿Se ha quitado usted el antifaz? Verdad es que usted no tiene motivos para ocultarse. Delrue contó á la maestra lo ocurrido. ¡Cómo! ¿Dice usted que ha sido Luisa? ¿El diablillo negro? Indudable mente le ha querido dar á usted una broma. -Así lo he creído yo, y así será. Pero no era eso lo convenido. Hemos venido aquí para distraernos y no para que nos molesten. -Tratándose de Luisa, me choca mucho. Tenía que haberse vuelto loca. ¡Luisa! -dijo Delrue palideciendo. ¡Se llama Luisa! -No tiene nada de extraño. Aunque le parezca á usted inverosímil se llama Luisa. ¿Luisa... qué? -Luisa, sin apellido, señor indiscreto. Pero miren ustedes por la rendija de esta puerta y verán algo más interesante que lo que hablamos. -Ei conde se abalanzó hacia el sitio que le indicaba. Delrue se quedó detrás de él para contenerle y para ocultarse. Mad. Victoria volvió al salón. De todo lo demás se le daba un ardite. tisfacción al misino tiempo, cpmo sí tuviera palpitante y clavada aquella arma el corazón del cobarde Andrés; como si hubiera vengad su honor y el de su familia. Si Enrique hubiera permanecido unos momentos más en aquella casa, ¡qué espectáculo de venganza hubiese podido presenciar! Pero el desdichado había huido, loco de dolor y seguido por Delrue, aquella endemoniada sombra que no le abandonaba un instante. En la escalera estuvieron á punto de atrepellar á un comisario de Policía que con otro señor grave, ceñido el fajín tricolor, subía. ¡Alto, en nombre de la ley! Pasaron como un torbellino... Estaban ya lejo s, y Kermor decía: ¡Infame, infame mujer! Estaba realizado el plan de Delrue, que había jdado su venenoso fruto; pero la obra del malvado continuaba. El comisario y el Secretario de Policía, á quienes por poco atrepellan él y Enrique al bajar la escalera, así como varios agentes que en el descansillo del piso superior esperaban, habían ido allí por una maniobra de Delrae, cuyos efectos ignoraba él mismo y que estuvieron á punto de alcanzarle. Para vengarse de Collin- Mégret, que le vendió y entregó atado de pies y manos á Bressieu, Andrés había utilizado una vez más sus aptitudes de falsificador, escribiendo con letra fingida una carta en que denunciaba la complici dad del director del Cicerone elegante y de Mad. Victoria; pero en aquella época la criminal pareja obraba con cautela. Delrue había cometido la imprudencia de amenazarlos y la tontería de dejar entender que era de la Policía; además, los negocios de la pareja prosperaban: el barón había. dado 10.000 francos por la papeleta falsificada de Andrés, y con esta cantidad podían ellos vivir honradamente algún tiempo. Las investigaciones de la Policía no habían dado resultado alguno, y á la larga, tranquilizados por la impunidad de que disfrutaban y reconciliados con Delrue, ambos cómplices habían reincidido en sus manejos, y la Policía, que no dejaba de vigilarlos, esperaba una ocasión propicia. El servicio do persecución del juego se había enterado de la fiesta que se preparaba en la calle de San Lázaro; un inspector y su ayudante habían logrado una invitación para el famoso baile, y confiaban en poder dar allí el golpe. Estaban uno en el salón y otro en la mesa de la ruleta, cuando poco después de la salida de Kermor y Delrue sonó el timbre eléctrico de la puerta. -Será Delrue que vuelve- -pensó Mad. Victoria, que ya no esperaba á nadie. Y fue á abrir la puerta. No era Delrue. Era el comisario con su acompañante. -Síganos usted- -la dijeron. En un momento se vio la compañera de Collia- Megret rodeada de agentes y arrastrada hacia el salón de la fiesta, donde había un bullicio indescriptible. Ella era una mujer muy animosa. La sorpresa la desconcertó, pero no ía hizo perder del todo t u sangre fría. La irrupción de la autoridad policíaca era suceso temido en aquella casa cada vez que se daba una fiesta como la de el XXIX DEUX EX MACHINA Si Mad. Victoria no quena saber nada, á Luisa no le pasaba lo mismo. Desde que había reconocido á su ex amante se había apoderado de ella una furia repentina y había visto claro en su inteligencia. No era ella la causante de la muerte de s a abuela. ¡Era Delrus! Era el autor de su deshonra, de la de su padre, el único culpable. ¡Y no había recibido aún el castigo que merecía! Corrió á su habitación, sacó de debajo de la almohada el puñal japonés que había quitado de la panoplia, y sintió un estremecimiento espantoso y de sa-