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NUMERO 1.024 MIÉRCOLES 25 DE MARZO DE 1908. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1 PAGINA, ó s gj J f s J x Madrid. Los barrenderos con su nuevo uniforme, en la revista del servicio verificada ayer. SANT 1 LLANA DEL MAR Govcrnábase por ella todo este País desde a Aya de Otón hasta la Corba de Nogales á distancia de dos leguas de Aguilar, acia Castilla, y por Occidente hasta el puente de Santiuste, en los confines de las Asturias de Oviedo. A sí reza el borroso pergamino olvidado en los -desvencijados estantes del Archivo: la vieja madera esparce gratos olores de reliquias antiguas y los sellados libros abadengos guardan el aroma vetusto de tiempos gloriosos. Los desgastados y mohientos pulmones del ruinoso claustro exhalan, fatigados, húmedo aliento que se escapa tímido por las verdosas grietas de los ventrudos muros, por los resquicios de las rotas tumbas de Calderones, Villas y Barredas, Velardes y Polancos: huye el primitivo soplo lamiendo Ips grotescos capiteles de las finas columnas, invadiendo la iglesia, posando sobre la fría frente de Santa Illana el beso eterno, consolador de aquellos sus martirios sufridos en las costas asiáticas de la griega Propóntida. Y la anciana Priora, la Muy Noble Colegiata de Santillana, cuenta á sus nietos aldeanos plácidas leyendas disueltas en el remoto aroma de macizos incensarios de cincelada plata, místico aroma embalsamado en misales y breviarios mugrientos, en el oro triste de las ricas casullas de guerreros y devotos Abades. Con sus notas revoltosas y alegres, reposadas y lánguidas, modula una flauta lejanas añoranzas de bíblicos pastores: bajo su toca de Madrid. Los nuevos automóviles para el transporte de carne, oficialmente ayer por el Municipio. j amarillos sillares, sonríe la venerable Prioia sonríe bondadosa y amable, y sus negros ventanales, ceñudos de ordinario, vigilan con descuido la danza áe sus nietos roblizos, los mozos montañeses. Las suaves, verdinosas cumbres que envuelven, que sepultan á Santillana, recortan en el cielo plomizo un exiguo pedazo que alumbra con tristeza el paisaje invernal de sombríos, desvaídos colores; á través de una atmósfera consistente que borra los contornos para mejor soñarlos, se adivina la silueta arrogante de águila invencible en el blasón musgoso que ostenta con orgullo la solariega casa de los Villas. La tarde cae; un murciélago pasa rozando con sus torpes alas los secos heléchos que tiemblan en las saeteras del Merino; las dormidas puertas del fiero torreón rechinan quejumbrosas arrastrando su herrumbre, y la luz mortecina arranca patinosos destellos en las férreas armaduras de marciales soldados. Allá va el lucido tropel de gente armada; al campo de Revolgo se encaminan, que de É. evolgo viene el apagado rumor de encarnizada lucha, ya entablada con viril encono por las rivales huestes del regio corregidor y del reverendo abad, humilde cristiano y poderoso señor de horca y cuchillo. Y la voz cascada y señoril de la vieja Priora sigue entonando, con afectos de abuela, temblorosas canciones á las pasadas grandezas de Santillana, de Santillana, ciudad y metrópoli de las Asturias, habitada por nobles, orgullosos, despóticos hidalgos: Sobre la jurisdicción del mayordomazgo uno recibidos ovieron ruydo é pelea é que áFernán González del Castillo, Corregidor la sazón era del FOTS. ALBA. rey en Asturias de Sanctillana, y Sandio Lo- B 1 BLIOTECA DE A B C 114 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 115 -En eso mismo había pensado yo y venía á recomendarte que te prepararas. Cinco minutos después y aprovechando la ausencia de la marquesa, que K había ido á rezar á la iglesia de San Felipe, confiando tal vez en ver á Juana, salieron ambos jóvenes por la puerta del jardín. ¿Sabes lo que me recuerda esta salida? -preguntó Enrique. -No. -La que hicimos para ir al Tívoli Vaux- Hall y todo lo que sucedió después. -Aquello fue una locura. -Pues ya yes que reincido. -No reincides. Todo lo contrario. Aquella noche saliste al azar, sin saber adonde ibas, y fue inútil que yo te señalase el peligro; lo que sucedió tenía que suceder; pero hoy es otra cosa, llevamos un obj eto bien determinado, el de disipar de una vez tus dudas. -No me queda ninguna. -Por si acaso. Vas á convencerte con la evidencia. Vas á verla. -Te recuerdo que no quiero encontrarme en su presencia ni hablar con ella una palabra. Sólo deseo ver; la prueba por el hecho, como tú dices, y me iré satisfecho, horriblemente satisfecho. ¿Es esto posible? -No sólo posible, sino- fácil. Se trata de un baile de máscaras, y nosotros asistiremos enmascarados también. Sólo las mujeres tendrán la cara descubierta. ¿Estás seguro de que asistirá Juana? ¡Ya lo creo! Tan seguro como de que he pagado para que asista. -Es cierto. Te debo mucho, ¿verdad? Perdona que hubiera olvidado este detalle. -No me debes nada. Esas cosas no se pagan con dinero. Pero hablemos de otra cosa. ¿Sabes que es preciso ser un héroe para conducirse como yo lo hago? Si no, hubiera dicho nada, si te hubiera dejado cometer la locura que premeditabas, hubiese conservado tranquilamente mi situapión, tu amistad y... una amante infiel, pero encantadora. Enrique rechinó los dientes y sintió deseos de abofetear á Delrue. Este lo comprendió; pero continuó saboreando el placer de la venganza. -Con dejar las cosas como estaban, con no entremeterme en nada, tu padre, tu madre y tú estabais perdidos. ¡Y todo por una... ¡Delrue! -rugió el conde, -te he prohibido insultar á ninguna mujer en mi presencia. -Las venero á todas, según sus méritos. Pero vuelvo á mi panegírico: En vez de la catástrofe tenemos: primero, tu padre salvado y corregido; segundo, la tranquilidad moral y material de tu madre, y tercero; un matrimonio provechosísimo para ti. -Reconozco que no se me alcanza toda la extensión de mi felicidad y que te la debo á ti; pero ¡qué quieres! También el luto de un primer amor significa algo. -Dentro de pocas horas va á desaparecer el último crespón de ese luto. -También te lo deberé á ti, y de ello te estoy reconocido anticipadamente. -No me basta tu reconocimiento. Exijo una recompensa. Enrique le miró sorprendido. Le juzgaba desinteresado. -La que quieras. Verdad es que no hemos sido muj generosos contigo. -Sedlo ahora, dejando que me vaya. ¿Otra vez? -Es necesario. Hay servicios á los que no soorevive, á los que no resiste inguna amistad. Después de prestarlos hay que desaparecer. -Ya me dijiste eso mismo y ya te respondí. Te repito que posees mi esti nación, mi confianza y mi amistad. ¿Qué más quieres? -La libertad. -Sea. Y nos cuidaremos también de tu porvenir. -Muchas gracias, pero me basto solo ahora, gracias á vosotros. Tengo facilidades de lograr una buena posición, tengo proyectos para lo porvenir, y tal vez un comanditario. ¡Bressieu! Delrue palideció. Aquella exclamación del conde le heló la sangre, porque aquel nombre le desenmascaraba. Estuvo á punto de confesarse. Si Enrique le hubiera mirado á la cara, hubiera leído su crimen y su traición en aquellos ojos espantados y en aquella faz lívida, cadavérica. Andrés sólo pudo balbucir. ¿Qué? ¡Bressieu! -repitió Enrique. -Ahora me acuerdo de que ayer, cuando es tuvo su. hija á verme, la prometí ir hoy y llevarla unas ñores. -Aún es tiempo- -dijo Andrés, volviendo en sí de aquel momento de terror- -No es hora á propósito. Estarán á punto de sentarse ala mesa. -Mejor. Te convidarán. -Pues eso precisamente es lo que quisiera evitar. ¿Pero todavía te da miedo ó te horroriza la señorita de los cien millones Kermor recordó que la víspera había estado casi enamorado de ella durante una ó dos horas, y respondió con una sinceridad que no pasó inadvertida para su acompañante: -No, lejos de eso. Es adorable, y confieso que hasta aquí me he conducido eon ella de un modo censurable. Quiero merecer su perdón. ¡Pero el padre! ¡No puedo tragar al padre! Pasaba un coche desocupado; lo tomaron ambos jóvenes y fueron en él á una tienda de flores y luego á casa del banquero. -Sube conmigo. Así tal vez pueda evitarme el convite. No lo evitó. Sidonia le esperaba resplandeciente de amor. ¡Gracias apios que vemos por aquí á nuestro caro resucitado! ¡Qué lindas flores! ¡Qué crisantemos tan bonitos! Llamó al máilre d hotely le dijo. -Ponga usted un cubierto más. Luego, volviéndose graciosamente hacia su futuro, añadió: -No es para usted; es para Delrue. El de usted está puesto siempre, aunque usted no venga y me convierta en viuda antes de casarme. -Todo eso va á cambiar, confío en ello- -dijo entrando en el salón el padre de Sidonia, que se dirigió afectuosamente á saludar á Enrique.