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NUMERO 017 A B C MIÉRCOLES 18 DE MARZO DE 9o8. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 6 Y el caso es que nada está seguro en este mundo. Nada de lo que el hombre inventa ó averigua para su propia conservación individual ó colectiva, Como el mar, la humanidad se produce en un eterno flujo y reflujo. Las playas ayer risueñas, desaparecen hay anegadas por el oleaje, y donde ahora se extiende un lecho de blanda arena, irguiéronse antes las focas que se creyeron firmes porque resistían el azote furioso de las aguas... Reconozco la vejez de esta metáfora modesta que parece sublime por su empaque; pero la creo muy pertinente al caso. Agua es también el mar, como el caldo que me ha sugerido ese recuerdo; agua que contiene toda la substancia del planeta, según una vieja teoría cósmica. Y si aún le sentimos palpitar es poraue no cabe en una taza... No seamos, pues, can injustos ó tan presumidos que nos supongamos los únicos ó los más eminentes reformadores de la masa hwmana. Un ligero repaso á cualquier modestísimo manual de Historia nos hará comprender que en todo período alentó y se produjo en obras el espíritu de nuestro tiempo, dentro de sus precisos límites, pero siempre con el ansia generosa de romperlos. La olvidada ciencia de Vico, se comprueba aunque la creamos prosaica. Porque todo ciclo es una circunferencia. Y nadie sabe dónde da principio ni dónde concluye esta figura geométrica... Así cuando una idea nueva rejuvenece nuestro espíritu, los olfatos sensibles encuentran á seguida en su perfume un fuerte aroma de ancianidad que acaso sea lo que verdaderamente les rejuvenezca. ¡Rinovarse ó perire Bien. Pero la renovación humana es como la primavera de la Naturaleza, según se lee en todas las Antologías. Desposeída de su símbolo poético, la rotación anual del planeta que nos soporta tiene la misma triste monotonía de la historia de sus habitantes. A fecha fija el árbol se viste y se desnuda y la tierra produce y se prepara... ¡Bienaventurados los que creen en el árbol, aman el tronco y no se andan por las ramas! ¡Felices los que saben que todas las hojas son iguales, y aún ponen un poco de esperanza en su caída y un piadoso recuerdo en su renuevo... Pero... Heme aquí perdido en vagas y ligeras vaciedades, alejado de mi objeto principal... ¡A qué delirios nos conduce una taza de caldo, sobre todo si la tomamos con disgusto... Yo quería decir únicamente que el anatema de mi amigo me entristeció un momento, porque me hizo pensar en los que resuenan estos días en todas partes. He visto, en efecto, álos herederos de Esculapio abandonar los caminos que siguieron sus antecesores para major seguridad de sus víctimas. Veo nuevas aspiraciones artísticas, combatiendo las que el día anterior considerábamos como definitivas. Y nueva: conclusiones filosóficas, donde vivieron otra; conclusiones. Y nuevos dogmas políticos, que declaran la inutilidad de los que antaño creyéramos infalibles. Y nuevas fórmulas sociales, en substitución de las antes dictadas como seguras para la humana felicidad... Mas ¿acaso no se percibe en el perfume de estas ideas nue vas un fuerte aroma de ancianidad que nos re juvenece? Sí. El ayer vuelve á hoy, como e hoy se prolongará en el mañana. Porque todo es uno y lo mismo; porque todo vive mientras con fe se riega y se cultiva con entusiasmo... No olvidemos esta vieja máxima filosófica que acabo de arreglar á las necesidades dé. momento. Y elevemos á la categoría de símbolo esta modesta taza de caldo que nos hizo charlar unos minutos... ¡Tomadla sin cuidado cuantos creáis que es alimenticia y substancio sa... ¡Pobres de nosotros los que, dudando d la metafísica, llegamos hasta á suponer que la substancia es también un accidente! ANTONIO PALOMERO SHGOVIA. LAS PRUEBAS DE UN NUEVO OBÚS 5 T í z ffTt E ANDALUCÍA Con el título De AnPOR F. CORTINES dalucía, el Sr. Cortines y Murube ha dado á la estampa un ramillete de rimas, en las que prepondera la nota de ternura. El poeta canta á los ecos de la campiña andaluza y también, sentimentalmente, á la desilusión de esperanzas marchitas y á la añoranza de idos amores. Algunas composiciones son de factura delicada, y todas ellas denotan en el Sr. Cortines muy propicias dotes para el cultivo de las musas. lla, fervoroso devoto de la forma poética y entusiasta incondicional de Salvador Rueda, ha consagrado á éste un elogio que, estampado en finas páginas conché, ha circulado Pueyo. Martínez Olmedilla estudia la obra de Rweda con sincero entusiasmo y proclama que el gran poeta malagueño tiene tanta robustez y esplendor de forma como grandeza en las concepciones. modo ante las letras patrias era un deber, los herederos de Emilio Ferrari han comenzado á publicar sus obras completas. El primer tomo, que aparece ahora, lleva el título Por mi camino... y contiene buen número de las poesías más selectas del llorado vate. L PAÍS DE LA SELVA Casi á un tiempo mismo aparecen Y ALMA E S P A Ñ O- en las librerías, enLA POR R. ROJAS tre los libros nuevos, estos dos de Ricardo Rojas, editado el uno por los Gartiier. de París, y el otro por Sampere. El país de la selva, escrito por Rojas en buenos Aires, es una colección de crónicas brillantísimas, verdadero derroche de color, en las cuales se brindan al lector las visiones emolen didas de la región argentina. Rojas abarca en sus descripciones, llenas ae luz y de armonía, no sólo la perspectiva de las grandes campiñas en que la Naturaleza florece la más exuberante vegetación, sino también los usos, las costumbres, la vida. El essritor no ha sido viajero superficial más ó menos enamorado del exterior; su mirada ha profundizado, y cuando la plnma trasladaba al papel las sensaciones conservadas en la retina, ha dicho también cuanto de honda observación ha ido recogiendo el sutil análisis del espíritu. Un libro, en fin, bello, ameno é interesante. El alma española, como su título pretende enunciar, es un tomo consagrado á estudios de nuestra mentalidad. Por el momento, Rojas se detiene en el estudio de nuestros escritores de la época actual, incluyendo en ellos á Rubén Darío, puesto que, siendo de Nicaragua, España, sin embargo, lo considera suyo. Los nueve capítulos de este apunte crítico se consagran á Núñez de Arce, Galdós, Echegaray, Baroja, Dicenta, Blasco, Pompeyo Gener, Rueda y Darío. OR MI CAMINO Cumpliendo u n a proPOR E. FERRAR mesa, que en cierto gALVADOR RUEDA POR Augusto MarMARTÍNEZ OLMED 1 LLA tínez Olmedi- D BIBLIOGRAFÍA -f s E EJ nuevo orms de Ja casa Scnneiaer, cuyas pruefcas se han verificado con excelente éxito- en- el, campamento. K En favor de Jos carteros C? l conde de Peñafiel, presidente de la Socie dad Los Amigos de la Higiene, visitó ayer mañana al ministro de la Gobernación para hablarle de las condiciones extremadamente duras en que cumplen su misión los carteros. El Sr. La Cierva le manifestó que el director general de Comunicaciones estudia actualmente ese asunto, cuya solución irá incluida en una amplia reorganización del servicio. El ingeniero de la casa constructora (x) explicando el mecanismo y funcionamiento del obús á los jefes, oficíales y alumnos de Artillería. F O T S DUQUE. BIBLIOTECA DE A B C 102 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 103 -Supongo que esta visita al Juzgado no será muy agradable para ti, eomo no lo es para mí. ¿Qué vale eso? Cuestión de una hora y de un paseíto. ¡Un paseíto! Querrás decir una serie de paseos. ¡Qué hemos de hacerle! -Yo sí sé lo que he de hacer. Decir la verdad; que el suceso ocurrió de joche y entre las sombras de una empalizada; que yo me limité á disparar al bulto; que los agresores huyeron y que ni corrí tras ellos ni sé quiénes eran. -A mí también me sería imposible reconocer al que me hirió. Sólo sé que eran tres. -Y uno de ellos un chiquillo. -Sí, el chiquillo será el que me clavó su cuchillo. Tampoco me acuerdo del que tumbé de un palo en la cabeza. -Los periódicos hablaron al otro día de un tal Rizos, que murió en la casa sospechosa donde fue detenido el Muralla. -A este sí que le reconocería apenas le viese. El, por su parte, se cuidó de decirme su nombre. ¿Te acuerdas? -No, no me acuerdo. ¡Estaba yo tan preocupado en aquellos momentos buscando mi revólver... -Pues yo sí; me acuerdo perfectamente. Dflrue tembló. El y el Muralla estaban perdidos. ¿Vas á denunciarle? La pregunta desagradó al conde; le repugnaba delatar á su enemigo por muy abyecto que fuese. Andrés insistió. -Ya le diste su merecido en el acto. Más vale dejarle, que de bastantes delitos tiene que responder. En tu lugar, yo no le anonadaría con una nueva acusación. El miserable Delrue sabía hasta qué punto era generosa el alma de Enrique y se aprovechaba de ello. -Tal vez tengas razón. Pero has de reconocer que ese bandido estaría más en su sitio en el presidio de Cayena, que en París. -Ya ha estado, y no tardará en volver. Las hazañas que ha realizado le llevarán allá sin que tú ie empujes. Enrique se había abstraído y no escuchaba á Delrue; pensaba en otra cosa, siempre en lo mismo, en la vergüenza de Juana, en su celestial ensueño, hundido en el fango. Vaciló un momento y se arriesgó á preguntar: ¿Has hecho algo de... de lo que te dije? ¡Ah, sí! No me acordaba de decírtelo. La semana próxima habrá baile de máscaras, precisamente en obsequio de Juana Le Brenn, en la calle de San Lázaro. Iremos, ¿verdad? -rSí, iremos- -dijo el conde, con voz velada por la emoción. ¿Dices que en obsequio de Juana? ¿Con qué motivo? -Sin motivo realmente; como no sea para celebrar su ranión con el incorregible sexagenario Magnus de Villepré. Dicen que la princesa prepara á sus invitados una sorpresa. En aquel punto llegaban al Juzgado. Entraron en el edificio y tuvieron que esperar. Ante ellos pasó el Muralla, custodiado por dos guardias, y apenas le hubie ron introducido en la sala del Juzgado, el ujier llamó: -Señor conde de Kernior. Señor Delrue. Andrés se puso en pie vacilante, atemorizado, con la sensación del vértigo El conde le precedió. La sala del Juzgado era de grandes dimensiones; había en ella una mesa de despacho á dos vertientes, y sentados á ambos lados de la. mesa el juez y el escribano. A la puerta estaban los guardias, dispuestos á impedir la evasión del reo que intentara escaparse. Cerca de las mesas se veía un banquillo, y sentado en él al reo, que fue reconocido en el acto por Kermor. El juez indicó á Enrique un asiento colocado á su derecha, es decir, al lade opuesto al que ocupaba el apache. Este miró á Enrique y le reconoció á su vez; al reconocerle, la sorpresa se pintó en su rostro: creía haberlo matado. Pero el apache era valeroso y no se acobardó; antes bien, pareció brillar en su mirada un relámpago de desafío, que el juez tradujo fácilmente. Aquello valía por una confesión. ¿Conoce usted al acusado? -preguntó á Enriqus el juez. Kermor miró al Muralla fijamente; el criminal resistió la mirada sin pestañear, y perplejo, admirando la valentía de su agresor. Enrique permaneció mudo. ¿Le reconoce usted? -insistió el juez. No- -repuso el conde. -No le he visto nunca. El juez, estupefacto, hizo ademán de incorporarse- ¿Dice usted que no le conoce? -No le conozco. Entonces ocurrió algo grande, mudo y trágico. El Muralla, hombre sin conciencia, sintió una reacción de conciencia; tal vez acababa de nacer ésta en él; miró á Enrique, como hubiera mirado á una aparición sobrenatural; comprendió que no quería denunciarle, y le admiró, le admiró tanto más, cuanto qme su víctima era un burgués, un enemigo. Kermor, por su parte, comprendió en el mirar del apache que le agradecía su nobleza y que estaba dispuesto á corresponder pagándole hasta con la vida. El Muralla dijo al conde con los ojos: -Eres un hombre; eres mi amo; en mí tendrás un perro fiel cuando quieras y como quieras, El juez no volvía de su asombro; interrogó á Enrique, trató de sorprenderle envolviéndole en hábiles preguntas. Todo fue en vano. El Muralla, por su parte, oía, callaba y admiraba más cada vez á Enrique. -Este aristóci ita- -pensó el juez- -no quiere que le molesten con citas y declaraciones. Vea) ios el otro testigo. Pero antes de a r por terminada la comparecencia de Enrique, le dijo: -El cadáver del Rizos continúa en el Depósito. Iremos á la diligencia de reconocimiento. -Será inútil. No recuerdo nada, no vi á nadie, no odría decir ni una palabra ¿ara aclarar el suce