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NUMERO 1.0 6 A B C. MARTES 17 DE MARZO DE 1908. OCHO Ü 1 NAS. 01 L ¿ON PAG 1 N I 6 Melilla. Generales, jefes y oficiales de ía gaarnición en el mueíle despidiendo a jas tropas que aaliau pata realizar la ocupación de Cabo de Agua FOT. LOKDUY- LA ESCUADRA YANQUI EN SAN FRANCISCO uando e l A B C publique estas líneas, que escribo el 14 de Marzo, ya el telégiafo habrá anunciado la arribada á San Francisco de California de la escuadra norteamericana, cuya salida en 16 de Diciembre de la bahía de Cherepeake despertó tanto interés, produjo tanta emoción y promovió las más alarmantes aprensiones de inminente guerra entre yanquis y japoneses. Hay que reconocer que no sólo aprensiones y emoción se desvanecieron, copo fuego de virutas, sino que ni siquiera quedó el interés que debería despertar un ejercicio naval de la importancia del que ha realizado la escuadra del almirante Evans. En la Prensa española apenas se ha dado cuenta de la llegada de la escuadra á Río Janeiro y Valparaíso; y aun en la extranj i ge neralmente más atenta á sucesos internacionales, sólo he podido encontrar alguna otra, fecha referente á otros puntos de escala. Ni siquiera el mundo europeo se ha preocupado del rumbo que tomarían los buques yanquis después de pasar unos el estrecho de Magallanes, y otros el cabo de Hornos, y, sin embargo, entonces era cuando iba á decidirse, ó mejor dicho, á saberse, si amenazaba ó no guerra entre los yanquis, que iban navegando, y los japoneses, que preparaban sus grandes maniobras navales precisamente para esta época de mediados de Marzo. Tranquilamente, y con la mayor regularidad, ha seguido la flota americana el rumbo de la paz, que á lo largo de las costas occidentales de la América meridional primero, y de las de Méjico después, la ha llevado en el plazo de tres meses, previsto y anunciado gal zarpar de Fuerte- Mourve, á San Francisco, situado, comoo el punto de partida citado, á la latitud de 38 N. aproximadamente; y como la escuadra bajó hasta el paralelo 560 S. tomando en cuenta los zigzags y rodeos del rumbo y arribadas, pue de calcularse en unas 15 000 millas el recorrido total, que repartidas entre ciento cincuenta días dan un andar medio por día de cien millas, y una velocidad media por hora de poco más de cuatro millas. G 4 aro está que como hay que descontarlos días en que los buques hayan fondeado, y los que sin duda habrán dedicado á ejercicios tácticos de movimientos y fuego, así como á carboneo necesario ó de aprendizaje, bien puede asegurarse que el andar diario en los días de pura marcha de viaje habrá sido doble, ó sea de 200 ó más millas, y la velocidad horaria media cercana á las 10 millas. 1,0 que sí se comprueba por las fechas de las arribadas conocidas, es la gran regularidad con que se ha verificado el viaje, cuyos detalles sin duda habrán de ocupar la atención de la Prensa profesional, sin perjuicio de que creo no aburrirán al público de A B C las líneas que anteceden y las pocas que van á seguir. tys cosa decidida que la escuadra de Evans vuelva á ¡Fuerte- Mourve por el Pacífico, mar de las Indias, Suez, Mediterráneo, G- ibraltar y Atlántico, y también lo es que visite en sus aguas propias á la flota japonesa, para bajar después á Filipinas, y acaso á Australia- -toda ó parte de ella- -si el Gobierno de Was- hington accede á la invitación que con gran empeño ha hecho el australiano. Lo que no se sabe es cuántos acorazados de los 16 que han llegado á San Francisco y zarparán en breve para el Japón regresarán á Norte América; pues se cree entre gentes bien informadas que ocho de aquéllos quedarán en Filipinas constituyendo, con los buques menores y auxiliares correspondientes, la escuadra yanqui- asiátioa, cuya base de operaciones será un grandioso puerto militar establecido- -y dicen que comenzado- -en Sulic ó Manila. Si esto ocurriera, claro es que se tranquilizarían todos los Estados europeos que tienen colonias en la región de la Australasia, y á la que ha infundido miedo el naciente poderío japonés; yo, sin embargo, creo que no ocurrirá, porque al Japón no le detendría en sus planes la visita de la escuadra americana, y si renunciara á ellos, sería por veto de Inglaterra. Si zarpan de San Francisco los 16 acorazados, que acaso no zarpen, podremos verlos pasar á todos ellos desde Algeciras. JENARO ALAS. BIBLIOTECA DE A B C 98 6 n que- seria cosa de huir de aquella vivienda si no fuera por la amabilidad y el cariño con que las trataba Mad. Victoria. ¡Mal sospechaban ellas los infames cálculos de la cómplice de Collin- Megret! La sospechosa modista contaba con Luisa para fijar la inconstancia del contratista vienes, á quien había acompañado Delrae durante su breve permanencia en el Cicerone elegante. Werner, que así se llamaba el contratista, había manifestado deseos de encontrar una mujer que le comprendiera é intenciones de darla toda su fortuna. Mad. Victoria, enterada de ello, quería aprovechar la oportunidad valiéndose de Luisa. Pero Luisa no se dejaba convencer. Como en aquellos días había que trabajar también el asunto de Delrue, Luisa tuvo un poco de respiro, y buena falta le hacía que la dejaran tranquila, pues aún no estaba repuesta de la terrible emoción sufrida el día trágico del entierro de su abuela, emoción que no podía borrarse de su memoria en mucho tiempo. Enrique había vuelto á su calma espantosa de los primeros días. Se había dicho á sí mismo que tenía que casarse con Sidonia, que tenía que querer á Sidonia, que no debía pensar más en Juana. Se esforzaba en pensar en su futura, y era de Juana de quien se acordaba. Había para volverse loco en semejante lucha, y, por fin, no pudiendo resistir más, rompió la obligación que á sí mismo se había impuesto. Estaba ya restablecido; por lo menos había podido abandonar el lecho. Sus primeros pasos le llevaron hacia la habitación de Delrue. ¿Ya estás levantado? ¡Qué agradable sorpresa, querido Enrique! Voy á decírselo inmediatamente al barón. ¡Cuánto se alegrará tu futura! -No des paso alguno; aún no estoy bien. -Tienes gana de broma. Nunca te he visto tan bueno. -No digas eso. Tú mismo no lo crees. La verdad es que soy hombre muerto. ¿Muerto? Casado querrás decir, pues dentro de ocho días, de quince á lo sumo, estarás casado, á menos que hayas cambiado de parecer. -Oye, Delrue, vas á despreciarme como me desprecio yo á mí mismo; lo que me sucede es más fuerte que mi noluntad, que mi razón y que mi dignidad. -Ya lo adivino; quieres volver á ver á Juana, á la princesa de la calle de San Lázaro. -No me hables así; me haces daño. ¿Qué piensas de lo que me sucede? -Nada. Me parece muy natural, porque á mí también me ha sucedido. -Es una aberración, una cobardía. Nada de eso, es pura debilidad humana, y aún diré más: tienes razón, porque supongo que si intentas ver á Juana no es inútilmente ni para representar una escena de celos ante ella. No pretendo decirla ni una sola palabra. -Bravo: acta, non verba; demuéstrala que no eres un colegial; entierra con ella tu vida de soltero y tu primer amor i- rn e? que hayas satisfecho el cap ioho, déjale el puesto al Dr. llagiius que es tá dispuesto á gastarse el 3.1 ner con ella. 99- -No, Andrés, tú no sabes lo que me pasa; no me comprendes; no quiero ser el amante de Juana, ni por un día, ni por una hora. -Entonces, ¿á qué verla? -No quiero verla; no quiero que me vea; sólo quiero ver -La prueba por el hecho. No es imposible porque la dueña de la casa donde vive ahora Juana es muy complaciente, y si arriesgas un puñado de monedas de oro en su timba, tan clandestina como su salón de modas, hará lo que quieras. Pero ¡ahora caigo! Es más fácil de lo que parece. Ahora da de vez en cuando bailes de máscaras en sus salones, y con ir á uno de ellos, disfrazado... -Sí, sí, eso es mejor. Arréglalo para la primera ocasión. ¡Caramba! No es un papel muy lucido el que me confías; pero por tratarse de ti lo acepto. Lo primero es que te convenzas de una ez. Si quieres, aquí en mi cuarto tengo algunos documentos edificantes. -No, quémalo todo. Por desgracia no me queda ni sombra de dudav- -Entonces, ¿á qué ir allá? -Es un proyecto insensato; lo reconozco; pero necesito ver con mis ojos su infamia. Después de verlo no podré acordarme de ella como ahora. -No vacilo más. Se trata de curarte, de prestarte un servicio, y eso me basta. Voy á buscar dos invitaciones para el próximo baile de máscaras de Mad. Victoria. Y antes de separarnos, voy á darte una buena noticia. ¿Buena? ¡Lo dudo! -Desde que estuviste en peligro, y desde que tu boda fue cosa decidida; tu padre ha variado notablemente; no se lleva el dinero de la casa, paga á todo el mundo y la situación mejora de día en día. -Ya lo sé. Bressieu se ha encargado de facilitarle recursos. -Pero, además, tu padre se ha convertido en un hombre ordenado y trabajador, lo cual es la salvación definitiva. -Mejor para mi madre y para él. -Y para ti también, porque si ha derrochado su fortuna no tocará á la tuya. Tú salvas la situación y él no la compromete. Así que no será inútil tu sacrificio, si puede llamarse sacrificio á casarse con la más bonita y la más adorable de las mujeres. -Sí, soy un hombre feliz- -dijo Enrique, retirándose. Delrue, colocado á su espalda, se sonrió. Cuando Enrique se hubo marchado, continuó sus reflexiones: -He hecho bien en no romper con la Collin- Megret, y ha sido una suerte que no hicieran caso de la denuncia anónima que envié á la Prefectura de policía. El negocio me costará 10.000 írancos y un traje de boda. Vamos á prevenir á Mad. Victoria para que prepare á la víctima y la engalane para e sacrificio. La representación va empezar. LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES Juana y Luisa, en la habitación de esta última, trabajaban juntas cerca de la ventana, hablaban de sus esperanzas y de sus ilusiones, y se prometían no separarse una de otra jamás, cuando entró Mad. Victoria. ¿No sabéis lo que me sucede? -dijo. -Al mismo tiempo se me presenta nu gran negocio y una contrariedad. Un príncipe ruso me ha encargado la ca-