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NUMERO 1.008 torizar la ruleta y el treinta y cuarenta. Y como el Presidente belga tenía la conciencia limpia de pucherazos y no le importaba cargar con el pecado del juego, redactó un proyecto de acuerdo con los demás ministros y le presentó á las Cámaras... Cuando llegó la noticia á Monte- Cario, la consternación más espantosa se reflejó en todos los semblantes, y desde el príncipe Alberto hasta el último croupier del Principado, se echaron á temblar. ¡Ahí era nada! Una competencia en Bélgica... ¡Podía ser la ruina! Las intrigas comenzaron, pusiéronse en juego poderosas influencias, y hasta las Cancillerías europeas anduvieron en el ajo. Pero el Gobierno belga seguía erre que erre empeñado en sacar adelante el proyecto autorizando el juego, y no se doblegaba ante nada... Entonces, el príncipe de Monaco, que es nombre que conoce sus clásicos celebró una conferencia con los capitalistas de Monte- Cario, y acordaron ponerse al habla con j el rey Leopoldo. ¿Cómo? A cambio de que j se opusiera al proyecto de su Gobierno, le ofrecían unos cuantos millones, y el Morarca belga que, por lo que me dicen, es una iera para toda clase de negocios, ese Rey, que todavía en el siglo x x continúa el tráfico humano en el Congo, calculó que el asunto le tenía cuenta, y aceptó... Pero no se conformó con lo que le ofrecían, y recorriendo la costa de la Riviera, encontró este lugar espléndido de Villefranche, y exigió que le regalasen los terrenos y le construyesen un palacete... Doloroso fue el sacrificio para Monte- Cario, pero hubo de aceptar y pasar por todo... Y el rey Leopoldo hizo una crisis, dio un puntapié á su Gobierno, el proyecto murió apenas nacido... y ahí tenéis la historia de la posesión que el rey belga posee en la Riviera, al menos, según á mí me la contaron. Agregando, que cuando el palacio quedó terminado y el negocio concluido, un año después, el rey Leopoldo autorizó el juego en Ostende y Spa, sin cuidarse de los compromisos contraídos; porque el rey Leopoldo en materia de negocios es de los que dicen que los hombres se diferencian de los ños en esto precisamente: en que pueden vO! verse atrás... JOSÉ JUAN CADENAS. Monaco, Marzo 1908. A B C LUNES 9 OS MARZO DE 1908 OCHO PAGINAS. EDICIÓN Pues esto, que ftté plan de vida y necesidad de vida en los españoles antiguos, todo esto desapareció; nos convertimos en unos buhos. Y sucedió un curioso espectáculo: que habiendo sido los españoles quienes hicieron geografía, es decir, que fueron los que se encargaron de ensanchar, descubrir y medir un nuevo mundo, después se convirtieron en unos individuos que ignoraban por completo la ciencia Geográfica. El español es un hombre que ignora la Geografía, que ignora el manejo de los planos y cartas topográficas, que no conoce la situación de las diferentes porciones del globo y que ignora, además, la situación de su propio país, no sólo con respecto al mundo, sino con respecto á sí mismo. Es gran pecado ignorar la situación del Cabo de Hornos; pero es pecado imperdonable el ignorar el sitio que ocupan las Hurdes, ó ignorar que existan las Hurdes... Media España está sin explorar, y sucederá algún día que nosotros, que descubrimos América, nos veremos obligados ahora á descabrir las tierras de Cuenca, las montañas de Jaca, la comarca de Gredos- -países que, en efecto, permaneaen para nosotros tan ignorados y tan sin explotación como lo estaban las islas del Nuevo Mundo. ¡Tal es el triste fin que les espera á todos los pródigos! Primero se tiran las monedas de oro, y luego se recogen los céntimos; hoy se arrojan los faisanes á los perros, y mañana se rebaña el humilde plato de sopas. Sí, los españoles comienzan á. viajar; vamos entrando en el estudio de la Geografía, la ciencia fundamental del porvenir, pues que el mundo tiende al cosmopolitismo y á la difusión, al intercambio y á las relaciones rápidas y múltiples. Con los viajes, los españoles comenzamos á vivir más al día, á enterarnos sin varios lustros de retraso, como ocurría antes. Entre los viajes y la industria de librería barata, ya empiezan á llegarnos las noticias de la ciencia y de la literatura con bastante oportunidad. El caso de los krausistas ya no podría repetirse ahora. Hay un buen número de personas inteligentes, esparcidas por esas ciudades de provincias, que manejan con cierto desenfado las novedades y los libros europeos de hoy. ¡Hasta existen muchachos de veinte años que hablan de Nietzche con desdén, que lo tratan, de demodé... I í D. Manuel Curros Enríquez, que acaba de fallecer en La Habana. nunciado al concierto universal, nosotros que fuimos los primeros y más locos vagabundos, y cuando al fin abríamos las puertas á las influencias exteriores, lo hacíamos atropelladamente, algo tarde y fuera de ocasión. A nuestra puerta llamaban las novedades de la civilización con diez ó veinte años de retraso, y muchas veces sucedía que nos poníamos á comentar una de estas novedades cuando ya nadie se acordaba de ellas en el exterior: recuérdese, como ejemplo, aquello de la filosofía krausista y de los litigios alrededor de Krausse, un honorable filósofo que había pasado á la Historia mientras aquí nos entusiasmábamos con él. Y es claro, en el pozo en que vivíamos nosotros, resultaba que nos guisábamos á nosotros mismos y sacábamos estupendas versiones, hijas nada más que de la ignorancia y del aislamiento; versiones tan pintorescas como aquéllas, v. gr. que decían: España es una comarca feraz; los soldados españoles son invencibles... ¡Ay ¿Cómo se íe ocurrió á España arrinconarse y enmohecerse de tal modo? Los españoles habíamos sido eminentemente andariegos, vagabundos, amigos de trajinar lejos, unas veces á vela y sobre el desconocido mar, otras veces á caballo por las buenas tierras de Europa; el nombre de España llenaba el mundo de entonces, y las bocas de las gentes estaban siempre llenas del nombre de España; durante más de dos siglos España intervino directa, continua y fuertemente en todos los negocios del mundo europeo y americano; los españoles de entonces no hacían más que viajar, y uo había hidalgo segundón ó plebeyo ambicioso que se resignase á vivir en su hogar; en fin, los escritores de entonces eran eminentemente andariegos, y como para vagabundear no existía mejor medio que la guerra, aquellos escritores unían la espada con la pluma y curioseaban por el mundo. Garcilaso, Cervantes, Hurtado de Mendoza, Ercilla, Quevedo, fueron individuos que viajaron, vieron pueblos y gentes exóticos y algunos de ellos murieron como buenos soldados, en campaña. I os españoles han comenzado á viajar. Más todavía: los españoles comienzan á comprender la trascendencia de los viajes y el sentido moderno de la vida que gira en torno á los viajes. Se mandan va obreros fuera de España; los periódicos tienen destacados redactores por varias capitales europeas; los políticos, cuando están ociosos en la oposición, se lan una vuelta por el extranjero; no pocos industriales pasan la frontera á menudo: y el Rey, en una palabra, siente una fervorosa devoción por moverse, andar, viajar. ¡Buena falta nos estaba haciendo este deporte de los viajes! Vivíamos demasiado metidos en nosotros, demasiado lejos de la ola vital que corre por el mundo; encastillados en nuestra soberbia y en nuestra soledad, habíamos re- LA AFICIÓN A LOS VIAJES Pero donde la afición á los viajes prende y prospera mejor, es en el periodismo. ¡Y á éste si que le estaba haciendo gran falta viajar y orearse! El periodismo español, en menos de seis, de diez años, ha progresado de un modo considerable, tal vez en mayor proporción que los demás órdenes de trabajo; ha dado como un brinco, se ha llenado de inquietud y actividad, y seguramente que esto no parará: sino que el periodismo español está llamado á transformarse pronto, á mejorar más todavía, y entonces será cuando toda la nación sentirá una sacudida de reforma y de avance, pues nadie duda que el periódico es actualmente la fuerza más propulsora, más activa y extensa que tienen la cultura y el trabajo humanos. Son varios, son ya muchos los periodistas y literatos que tiene destacados por Europa la Prensa de España. Seguramente que el número aumentará con el tiempo. Si junto á los periodistas se encargase de enviar el Gobierno á los literatos, catedráticos pensadores, á cuantos pueden aprender y traer cultura, entonces se habría realizado una obra buena y útilísima. Y la gente de pluma viajaremos, nos enteraremos de las cosas del mundo, contaremos en loa periódicos, bien las impresiones literarias, ó bien los juicios que nos merezcan los talleres, la política, las escuelas ó los hospitales del extranjero... Yo no he perdido aún la esperanza de irme á Tokio, por ejemplo, para narrar cosas y sucesos maravillosos. l. M. aSALAVERRIA BIBLIOTECA DE A B C 94 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 95 Aún no había perdonado, pero había vuelto á tener sentimientos de padre, y buscaba á su hija. Se había ido á vivir al Círculo Militar, donde se encontraba entre compañeros de armas y tenía un cuartito pequeño, pero suficiente para él. Buscó á Luisa sin descanso, inútilmente; publicó anuncios en los periódicos, y por fin, venciendo la violencia que le costaba, recurrió á la Prefectura de policía, donde fue cortésmente recibido por el jefe, que tomó nota de las indicaciones del comandante; se fijó en el nombre de Andrés que aquél le dijo como el del seductor de su hija, y prometió que dentro de un plazo de tres días le comunicaría el resultado de las investigaciones que iban á ser realizadas sin pérdida de tiempo. Salió de la Prefectura sin acariciar esperanzas, y emprendió la caminata por París. Aquel combate de todas las horas que sostenía consigo mismo, sintiendo que al fin sería vencido, le anonadaba. Cuando despareció Luisa la primera vez, el comandante Rieux corrió presuroso á la Morgue, al depósito de cadáveres; allí fue también al salir de la Prefectura; pero la primera vez iba como un loco, y la segunda como un espectro. Las horas de los condenados son lentas, pesadas y negras; de esas horas estaba hecha entonces la vida del comandante Rieux, galeote del honor, del deber y de la duda. Retrocedió en su camino y se dirigió por el bulevar de San Germán á la plaza Maubert. Pasaba un regimiento; saludó á la bandera, y sugestionado por la música militar, sin darse cuenta de lo que hacía, acompañó á los soldados marcando el paso. Así llegó hasta el ministerio de la Guerra, en el preciso momento en que su jefe, el general director, salía á la puerta principal del edificio, y al verle le interpeló jovialmente, y tendiéndole la mano: ¡Rieux! Marchando al paso, ¿eh? No se puede remediar. También á mí me sucede. Eso prueba que se tiene sangre de soldado. El general hablaba con un tono afectuoso, respetuoso para el comandante. Le estrechó de nuevo la mano y prosiguió: -Pero no le he detenido á usted para eso. Ahora marchaba usted al flanco de la columna, y en lo sucesivo irá usted á la cabeza, querido coronel. ¡Coranel! ¿Dice usted coronel? -Sí, teniente coronel. Su ascenso de usted ha quedado firmado y mañana io publicará el Diario Oficial. ¿No lo sabía usted? -Nada. Ni lo sabía ni lo esperaba. -fues es cosa hecha. ¿Le satisface á usted? ¿Desea usted alguna otra cosa? El padre de Luisa reflexionó un momento, y luego, con voz grave, profunda, dijo: -Sí, mi general. Desearía merecer el ascenso, volver al servicio activo, ser destinado á las colonias ó, por lo menos, á Argelia, á la delimitación de nuestras fronteras en Marruecos ó en Trípoli. No hay destino de teniente coronel en aquellas comisiones, que son muy peligrosas. -Se lo suplico á usted; déjeme ir. Estoy solo en el mutido y no arriesgo nada. -Sé que acaba usted de perder á su madre y que hace tiempo que es usted viudo; pero ¿no tenía usted una hija? -Ha muerto, mi general, también ha muerto, -No lo sabía; perdone usted, coronel; pero esa no es una razón para ir á que le maten á uno. Poco después se separaron ambos militares reiterándose mutuamente su? manifestaciones de afecto. XXI EL PERDÓN DE LUISA Tres días después era recibido de nuevo en ia oficina de Investigación el teniente coronel Rieux por el jefe, hombre ocupadísimo si los hay. -Tome usted asiento, y vamos ahora mismo á hablar de su asunto. Tocó un timbre, y al presentarse un empleado, le dijo: -Tráigame usted el expediente Luisa Rieux tal como se encuentre, luego lo continuaremos. El padre de Luisa se había dejado caer, más bien que se había sentado. ¡Qué vergüenza! ¡Su nombre y el de su hija lanzados así á todos los ecos de la Prefectura de policía! ¿No la ha encontrado usted, verdad? -Todavía no, pero no hemos perdido el tiempo; estamos sobre la pista. Aquí está el expediente; vamos á verlo juntos; procederemos por eliminación. En los informes de crímenes, accidentes y suicidios no hay nada, lp cual nos indica que su hija de usted vive todavía. En Hospitales, nada tampoco; de modo, que debemos pensar que no está enferma; en hoteles, casas de huéspedes, etc. tampoco; ni en detenidos. Las probabilidades administrativas son todas favorables. ¿Tenía ella dinero para emprender un viaje ó alquilar una casa? -No, seguramente no lo tenía. Creo que estaba sin un céntimo. El pobre teniente coronel temblaba al confesarlo, porque era el crimen de qae le acusaba su conciencia. Pero el jefe de la PreEectura no se preocupaba del estado de su ánimo; estudiaba el expediente y deducía con la rudeza profesional. -Pues entonces lo más seguro es que esté con alguien, con alguien que tenga dinlro para ella, dinero y una casa. Mi convicción es que habrá vueilo á reunirse con su amante ó que espera reunirse á él, y entretanto se habrá albergado en casa de alguna amiga. Kntre la gente con la cual ha vivido es corriente esto. ¿Qué gente? -Entre la gente alegre. Ella y su amante han concurrido á los lugares le placer durante dos meses consecutivos. Luego, Andrés ha desaparecido ai mismo tiempo que ella, pero también le seguírnosla pista. ¿Conoce usted su apellido? -Sí y no. Su declaración en el hotel da los de Andrés Dupoñt y Luisa Meu-