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NUMERO j. 007 A B C. DOMINGO 8 DE MARZO DE 1908. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. PAülN, 3 Teatro Español. Escena tercera del segundo acto de Las hijas del Cid drama de D. Eduardo Marquina, estrenado con felicísimo éxito. ¡i, doña Sol (Srta. Barcena) 2, Téllez Muñoz (Sr. Codina) 3. Mora (Srta. Villegas) DOÑA SOL. -Pronto, acercadme la tela y los paños; y el pan y el trigo y las joyas y el oro, ¡que todos tengan haber monedado! DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL A B C EN LA COTE D AZUR p N CANNES Los grandes señores rusos José JUAN CADENAS. han elegido este pacífico Cannes, Marzo. incón de Cannes para hacer sus nidos inpernales. Para ellos sólo el contemplar el DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL sol en esta época del año constituye la más alegre diversión; para ellos la proximidad le Monte- Cario es el mayor atractivo. Pero, sin embargo, en Cannes, como en Mentón, las gentes se aburren muchísimo, á pesar de los conciertos que los respectivos ifN SIGLO En 1814, á unos campesinos Casinos ofrecen casi á diario á la colonia inde Weare Gifford Devonshivernal, porque Cannes, con sus alegres hore les nació un hijo, á quien pusieron el nomteles, sus quintas deliciosas y sus jardines bre de John. Estaba á la sazón Inglaterra con coquetpnes, parece un refugio de parejas las sienes revestidas de húmedos laureles y el pecho estremecido aún de ardor sublime y palenamoradas, y á los enamorados es sabido pitante orgullo. En aquel mismo año, Wellingque les estorban los indiscretos, porque son ton, el guerrero flemático, el cazador astuto é gentes que disfrutan más que en teatros y impasible, abatiera el magnífico vuelo del águisoiree s retirándose tempranito... la en las llanuras de Wartelóo. Albión tenía al Por eso Cannes, á las nueve de la noche, pájaro imperial cautivo en una jaula de vidrio, está solitario y triste, y únicamente se ve de tedio azul y de amargura infinita. Britania regía el curso tempestuoso de las ondas univagar por las calles algún que otro grupo de personas á la llegada de cada tren. I a aristocracia rusa, después de la fiesta, versales. Las cenizas de Nelson, bajo las bóvedas de el espíritu paCannes es, á pesar de esto, la ciudad chic ofreció otro banquete á los marinos en triótico, San Pablo, rehogaban heroicidad, bracomo rescoldo vivo de la Riviera, sin duda por los numerosos Cannes y, como no hay función sin tarasca, vura y abnegación. Pero el de pueblo tenía hamaristócratas que residen en ella todo el in- á la comida fueron invitados algunos de los bre. El gran monstruo glorioso y exangüe ruvierno. Cuantas casas encontráis pertenecen cantantes italianos que en la actualidad se gía á las veces con aullidos famélicos. á príncipes, á archiduques, á millonarios, y hallan en Monte- Cario... I os. rusos son, I OS primeros años de John transcurrieron para alquilar una pequeña villa hace falta congos españoles, los únicos que todavía se en la paz agreste de la granja paterna, sobre tener cuenta corriente en el Banco y hacer vuelven locos escuchando lasfioriturade un las praderas rasas y suaves, bajo la gravedad una información de pureza de sangre. ¿Ve tenor italiano, y como Anselmi acababa de serena de un cielo gris, entre dulces lontananusted ese hotel? -me decían. -Es del. gran cantar Rigoletto en el Casino- -delante de un zas violadas por donde se cernían los latidos duque Nicolás... ¿Aquella villa? Es de la fa- público glacial que se queda frío oyendo la del mundo lejano. En las noches invernales, milia Borbón... ¿Este pabelloncito? De la voz de estos artistas y pensando que debe defendiéndose el niño de los embates del sueño, escuchaba la charla gran duquesa Feodorowna... Ese palacete... ser producto de un tumor que los ha salido sustentaban sus ipadres que á la vera del hogar con otros labriegos De Caruegie, el multimillonario... Y al oirlo en la garganta, -á Anselmi y á Titta Ruffo cinos. ran vibrantes historias de batallas, vede los invitaron á la fiesta... dan ganas de andar de puntillas por las calejanas tierras, de soles des fuego, y también lles, y con el sombrero en la mano, aturdi ¿Qué hacer á los postres? Visitar la es- opacas narraciones de ciudades vecinas, pero dos por tanta majestad, por grandeza tanta... cuadra. Y allá fueron todos á bordo del incógnitas; de sordos rencores, de injusticias y Patrie é. destapar unas cuantas docenas de otras cosas que él no podía. entender. Hablaban de unos hombres que querían dar la tierra ues nada... I os grandes señores que en botellas de champagne. quería cultivan, ét, iluminar el Cannes residen se aburren mortalmen ¡Y para que veáis si son generosos estos á los aldeanos humano. Estos hombres se llaentendimiento te, y como muchos de ellos están emparen- millonarios! A bordo del Patrie ocurrióseles mabantifilántropos- ¡cosa más rara... -su jefe tados con las familias reinantes, podemos que esos pobres marineros jamás habrían era un tal Spencer, é iban de un lado á otro endecir que se aburren soberanamente... oído las deliciosas fermatas del tenor y del cendiendo la voluntad de las gentes. Una nobarítono, y ambos artistas rompieron enton- che de verano, á fines de Agosto, el concilio la L, llegada de la- escuadra francesa á la rada de Villefranche fue una nota que rom- ces á cantar sobre cubierta los más selectos briego, congregado ahora al aire libre, bajo los árboles, alborotó más que de costumbre. Se pió la monotonía de esta vida de lagartos trozos de sus respectivos repertorios... oían de vez en cuando ahogadas panza al sol, y para distraerse los señores de ¡On! ¡Fue un espectáculo maravilloso! Fi- nes de rencor. Uno de los presentesexclamaciohabía traíCannes organizaron banquetes y soirees en guráosle, vosotras, gentiles madrileñas que do la noticia: ciudad sombría, honor de los marinos franceses, porque no habéis palpitado de entusiasmo al escuchar y en ella, las Manchester, unaenardecidas con muchedumbres sé si habrán ustedes observado que es ya de desde el paraíso del Real la voz dulcísima estandartes: Abajo la ley de los trigos, Parlamento rigor que en cuanto una escuadra va á un de Anselmi... Figuraos al arrebatador artis- anual, Sufragio universal, Votos por escrutinio... puerto hay que organizar un baile. Deben ta, de noche, en medio del mar, lanzando al luego un orador, Hunt; unos soldados de Caser, indudablemente, excelentes bailarines viento las notas de su garganta de ruise- ballería que se precipitan sobre la multitud indefensa... 400 muertos y heridos; ancianos, nilos marinos de guerra, ó es ésta la diversión ñor. Encantador momento ¿no es cierto? ños, mujeres... John tenía cinco años. Aquella que más los place. Pues los pobres marineros, que no enten- no che olía á heno seco y había estrellas en el Para corresponder á tantas cortesías, los dían una palabra, le miraban con la boca cielo. marinos idearon una fiesta: un combate na- abierta y aplaudían á la voz de mando, del Otra noche hubo un pequeño holgorio ó franval... de flores. ¿Eli? ¿Qué les parece á uste- mismo modo que escalan las vergas para cachela. Los ingleses tenían un nuevo Rey, des? I a fiesta era verdaderamente simbólica lanzar los ¡hurras! de ordenanza... Jorge IV. John tomó. guindas en aguardiente y de alta trascendencia, tanto que yo calculo que á estas horas el almirante de la escuadra francesa estará propuesto para recibir el premio Nobel destinado á los propagandistas de la paz... Hubo, pues, el combate naval de flores, y aseguran cuantos en él tomaron parte que resultó una maravilla. Nosotros, los que nos quedamos en el puerto para presenciarle desde allí, no vimos las flores, ni la animación, ni la diversión siquiera. Bien es verdad que de noche, y á dos leguas de distancia, gracias que pudiéramos ver el resplandor de las luminarias de los barcos. ¡Y cualquiera le hincaba el diente á un bote para ir á mezclarse entre los combatientes! Un cascarón de nuez costaba una fortuna de alquiler, y además se corría el peligro de que élyatk ó la canoa- automóvil de cualquiera de estos millonarios le diera un empujón y le hiciese cisco... Y la verdad, no resultaba muy heroico que digamos, perecer en medio del fragor de un combate naval... de flores... Quédese esta bella muerte para el más glauco de nuestros poetas modernistas. Y pensaban que, sin duda, aquellos grandes señores se habían vuelto locos y que tienen una extraña manera áz divertirse lo: grandes poderosos de la tierra... ¡Si al menos los hubieran ofrecido un rancho extraordinario... A B C ÉÑ INGLATERRA P y lloró de alegría al saber que mandaba en Inglaterra un señor nuevo, Jorge, y además IVr vaya usted á averiguar por qué esto último. A los ocho años John fue de aprendiz á casa de un ebanista, en Torrington. El maestro leía Gacetas que le llegaban de Londres y discutía cosas de política -y Gobierno con sus compadres; y, no estando éstos presentes, adoctrinaba ai aprendiz en las artes de la talla y en la ciencia del libre- cambio. Era menester este régimen... Adata Smith estaba en lo cierto... L, os fisiócratas... Demasiada algarabía para un aprendiz, y aun para un maestro. Este, en cierta ocasión, llegó al taller con los ojos llenos de lágrimas. Lord Byron, el poeta apasionado, bello y cojo, había muerto en Missolonghi, defendiendo la Independencia helénica, con la clara y divina palabra Grecia en los labios. John tenía entonces trece años de edad. Poco antes de un año de esto, el ebanista dio al aprendiz la gran nueva de que el duque de Wellington era presidente del Consejo de ministros, y bastante tiempo después (1833) le comunicó, muy solemne y emocionado, que la esclavitud estaba abolida. A los veintiún años John entró en Londres con las herramientas del oficio al hombro, metidas en un saco de lona. Al día siguiente encontró colocación en casa de un fabricante de cajas de pianos. Trabajó leal é intensamente, ahorró dinero, se estableció con su hermano, se separó de él y puso un taller independiente: John Brinsmead calle de Windmill Su edad era de veintitrés años. Por aquellos días murió el Rey y vino á substituirle en el trono una jovencita, Victoria de nombre. John quiso verla el día de la coronación y fue muy de mañana á los jardines de Kensington, en donde, encaramándose sobre la cerca, consiguió na buena atalaya. Al cabo de unas caantas horas, en medio del fausto pa laciego y militar, en su grande estuche dorado pasó aquella niña de suaves ojos a? ules, mejillas levemente empurpuradas y expresión de asombro y cortedad. John gritó hasta desgañitarse, como sus conciudadanos, presa de un entusiasmo que no atinaba á explicarse del todo. Y otra vez al taller, á trabajar, á construir la vida y las cajas para los pianos, á sentir el tiempo que corre como caudaloso río conduciendo en sus lomos los varios navios de los acontecimientos. No tardó en casarse con miss Susana Brown hija de un oficial del 22 de Highlanders. ¡Oh, miss Susana! ¡Oh, miss Susana! John consagró su alma á aquella criatura afectuosa y sencilla, á quien amaba sobre todas las cosas. Era pobre aún, en los tiempos de su desposorio. El viaje nupcialfué una simple excursión- -en un barquito de vela- -hasta Greenwich, en donde contemplaron, llenos de santo terror, la diminuta levita perforada que Nelson vestía en Trafalgar. Y la compañera elegida, con las entrañas lie ñas de virtudes y de amor, comenzó á darle h i jos, y los hijos á casarse, ofreciéndole amable: capullos- de carne, y éstos á crecer, hasta qm hicieron nuevo nido y nueva nidada. Y John seguía viviendo, enriqueciéndose amando á la esposai al manantial fecundo de la prole fecunda, la cual se derramaba ¿nansa mente sobre su vida, como el agua benéficí- ¡obre los sembrados