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NJUMERQ 1.001 A B C LUNES 2 DE MARZO DE 1908 OCHO PAGINAS. EDICIÓN i p AGÍ V Sil iiiBIBílii I I i- A. tíPJfi: Madrid. Una fiesta aristocrática. Minué bailado anteanoche es lo salones de la marquesa de Squilache. en las naves, con que muchos hija del alfeñiqnesco portugués Ruy Gómez de ber mis lectores á qué apuntó con lo de decir una conseja acerca del Bosque, popularísima en se desembarcan de miedo. Silva, y al hijo primogénito de aquella mnión, que Timonel de Carcajona llevaba en su escudo los tiempos de Cervantes: al conde de Niebla (que allá se va este título un gato negro en campo leonado, con una le ¡Este tf el gato del escudo del gran Timonel! En el monte de Sanlucar, con el fantástico de Duque de Nerbia) y dueño tra que dice Miau, que es el principio del nom, ¡Esta ia letra miau, principio del nombre de su que mira verdes cabellos del Busque, D. Ma. nuel Alonso Pérez de Guz- bre d. e su dama, que, según se dice, es la sin dama! Y esta es la perdurable nombradía de de sus pinos en las aguas mán, que era recio y gigante de alma, pero en par Miulina, hija del duque Alfeñiquen del Alaquel gran bosque, que muchos siglos después de del mar de España soberbio, lo demás, como un hilo de esparto, por lo cual garbe? Pues apuntó á que en el Bosque, que cuando parten á las Indias haber contribuido- -nada menos que con el sol- -a los navegantes modernos, le llamó Góngora: llamaron de Doña Anal por esta D. Ana de a dar fama y nombre á Sanlucar (en lo antiguo, que. codiciosos del oro en sangre augusto, Silva, había... Pero no os lo voy á contar yo, l Solluco, de solis y lucus, bosque sagrado) mereno ven los peligros cierto si en miembros no robusto. que podría pareceros algo sospechoso, como ció figurar, con una de las consejas referentes hay un gatazo, señor, Y ya puesto á indicar algo, descorreré un po- interesado en sacar en palmitas mi aserto: os á sus altos y copudos pinos, en ia novela más que, sentado en uno de ellos, lo va á contar Lope de Vega, tal cual lo escrifamosa del mundo. quito más el velo que ha encubierto hasta ahoestá diciendo: Tornau, iornatn, sonando los ecos ra aquella alusión de Cervantes. ¿Quieren sa- bió en su comedia El desprecio agradecido; como FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN BIBLIOTECA DE A B C 82 LA SEÑORITA DE LOO as: I: LO: ÍJJ H 3 Anochecía. Era la hora vulgarmente denominada entre dos luces -Que venga Juan- -ordena Sidonia. La doncella obedece en el acto trasladando la orden, y á poco se presenta, Juan. ¿Está usted de gaatdia hoy en el calorífero grande? -Sí, señorita. Hoy empieza mi semana. -No. Va usted á tomar el tren para Bois- le- Roi. -Bien, señorita. -Dirá usted allí al portero y á su mujer que lo preparen todo; me encuentro mal y el médico me ha recomendado una temporada de campo á pesar de la estación en que estamos. Llegaré mañana ó pasado mañana lo más tarde. -Está entendido, señorita. ¿Habrá que dar calefacción á la casa? -Indudablemente. Y mejor que aquí. Yo estoy helada con esa manía ae ustedes de economizar carbón. -Ahora pondré el calorífero al rojo y encargaré que me substituyan en e servicio antes de marcharme. -No es preciso, ya daré yo las órdenes. Usted debe salir en seguid- v permanecerá en Bois- le- Roi hasta nuevo aviso. -Bien, señorita. -Tome usted veinte francos para el billete del tren, y otros veinte para que ande usted de prisa. ¡En marcha! -Muchas gracias, señorita. Dentro de dos horas estaré en Bois- le- Roi. Juan corrió á cargar el calorífero hasta la boca, y marchó inmediatamente á la estación de Lyon, contentísimo con aquellas inesperadas vacaciones. El grupo de casas que progresivamente había ido invadiendo la banca de Bressieu recibía calefacción de cuatro inmensos caloríferos, al principal de os cuales se le llamaba el de las habitaciones De los de las oficinas cuidaban los mozos y sus vigilantes, á quienes interesaban especialmente que funcionaran bien. El calorífero grande estaba al cuidado de dos criados. Juan y Francisco turnaban en el servicie, haciéndolo por semanas, uno de nothe y otro de día. Se bajaba á él por la escalera de servicio, solitaria desde las diez de la noche cuando no había banquete ó recepción en la casa. Bressieu la bajaba de vez en cuando para quemar en el calorífero papeles... inútiles, á veces voluminosos legajos. ¡Era tan cómodo el caloríferogrande! Se podría quemar en él un buey había dicho á Sidonia cuando almorzaron. Desde la sala de calefacción se pasaba por una puerta á los sótanos de la Danca, vastos y profundos, donde estaban las reservas y las cajas de los clientes. Bressieu giraba frecuentes visitas diurnas y nocturnas por aquellas dependencias para convencerse de que cada uno estaba en su lugar. Todo estaba, pues, bien calculado. Era noche cerrada. Todos dormían; los vigilantes acababan de hacer la últinia ronda. La puerta del calorífero estaba roja; el fogonero de servicio era el propio barón, que reemplazaba á Juan. Subió la escalera sin hacer ruido, gracias á las zapatillas de gruesa suela de fieltro que llevaba. -Este es el momento. ¿Estás ahi? -Sí, aquí estoy. Nadie bajará detrás de ti; te lo prometo. -Abajo he cerrado perfectamente. Nada hay que temer tampoco por este lado. Espérame, y no tengas miedo ni impaciencia; la operación puede ser larga. Se bajó para coger del suelo algo como un saco, que se echó á las espaldas, y volvió á bajar la escalera. Sidonia quedó escuchando atentamente hasta el alba. De cuando en cuando la sacudía un estremecimiento de miedo ó de frió, especialmente cada vez que llegaba hasta ella el ruido de las paletadas de carbón ó el del gancho del cenicero que rascaba las parrillas- del calorífero. Habían dado ya las cinco cuando apareció el barón, congestionado, con las manos abrasadas. ¡Uf! -dijo. -Ya se ha acabado todo. Vamonos á descansar. XVII ¿EL A M O R O E L H O N O R? Todo llega en este muuao, y especialmente lo imprevisto y lo que parece imposible. El marqués de Kermor se rehabilitaba desde el accidente de su hijo y de su última conversación con la marquesa. Había acabado por avergonzarse de sí mismo. Algo debió influir en ello el hecho de verse libre de sus habituales incitadores, de los agentes de Bressieu. Este no tenía ya motivos para arruinarle definitivamente, toda vez que el matrimonio de su hij a con Enrique era cosa convenida. Guy de Kermor, entregado á sí mismo á sus tardías reflexiones, á la prudencia de su admirable esposa, comprendía al fin que su convenio con el banquero no era ni correcto ni honrado, y que le colocaba en una situación desairadísima para con su hijo. -Ya tengo edad para reflexionar- -se dijo; -reflexionaré y tal vez encuentre un medio de salir del atolladero en que me he metido. Bressieu no tiene interés en darme el golpe de gracia, pues se enajenaría las simpatías de la sociedad que aspira á dominar. Llegado el caso, todos tomarían mi partido contra el banquero. Pensó el marqués, además, en los proyectos de su hijo de realizar nuevas expediciones al centro de África, y se sintió inclinado á acompañarle y vio en estos planes una solución salvadora: el tiempo lo arreglaría todo; TSutique olvidaría su enamoramiento de Juana; se casaría con Sidonia al regresar á la patria, ó lo que sería mejor, no se casaría poi haber dado ella ya su mano á otro por despecho. Y si además de todo esto regresaban duefíos de una fortuna... ¿podía apetecerse más?