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NUMERO 1.000 A B C: D O M I N G O i. D E M A R Z O D E 1908. O C H O P A G I N A S E D I C I Ó N i. PAGINA 3 Los Reyes en Andalucía, Inauguración- de las obras del puerto de Cádiz á presencia de bfc M M UNA JORNADA REAL gANLUCAR D E Con un bizarro encarecimiento ajeno he de coBARRAMEDA menzar esta serie de artículos, que, porque el lector no se alarme, desde ahora aseguro que no pasarán de cuatro. El encarecimiento es éste: Tiene el ancho mar ae España sobre su arena un brinquiño de esmalte y beldad extraña, limpio más que blanco armiñ pues que el pie le besa y baña: una ciudad que es del moro miedo y de España tesoro; tan bella, que no dirán sino que es la de San Juan, hecha de esmeraldas y oro. Este brinquiño, esta bella ciudad era y es Sanlúcar de Barrameda; y el poeta que así la ensalzaba fue un humilde fraile dominico, natural de Sevilla y autor de un poema- ¡todavía á estas horas inédito! -intitulado La Caridad Guzmana. Llamóle sevülano, porque él, encomiando á Sevilla después de alabar á Sanlúcar, exclama: ¡Oh divina patria mía, noble, generosa y pía, 1 madre de cuantas naciones pasea con sus frisones el planeta rey del dial ¿ya que tan lindamente versificaba fray Pedro Beltrán, su postuma colaboración no me íalte en el primero de estos artículos, que, aunque tratan de sucesos remotos, tendrán la actualidad que les prestan la estancia de nuestros Reyes en Andalucía y el viaje que desde Sevilla y por el río han de hacer al famoso Coto de Doña Ana. ¡Desde Sevilla y por el Guadalquivir! En buen, día y ya pasado Febrero, esperezándose la hasta entonces dormida primavera andaluza, no hay en el mundo expedición más deliciosa. Hícela muchas veces, y me sé de memoria el sin fin de galas de aquellas riberas. Aquellas márgenes, á trechos taladas ahora, estaban- frondosísimas ha tres siglos, sobre todo, al mediar la estación de las flores: el pago de Gelves y San Juan de Alfarache era- -dícelo Mateo Alemán- -el más deleitoso de aquella comarca, por la fertilidad y disposición de la tierra, que es toda una yecindadjeercana- que le hace el río Guadalquivir famoso, regando y, calificando con sus aguas todas aquellas huertas y florestas, que, con razón, si en la tierra se puede dar conocido paraíso, se debe á este sitio el nombre del Pero entonces, por la inquieta superficie del río, casi desierta hoy, cruzaban acá y allá ligeras barcas, de pescadofes unas, y otras para recreación, éstas, con tupidos toldos de ramas de naranjos, limoneros y laureles, bajo los cuales- -díjelo en otro lugar- -á la. par que risas francas y acordadas voces juveniles, solían escucharse el vivo rasguear de la morisca guitarra y el acompasado percutir del no menos morisco adufe, sembrado el aro de sonajuelas bulliciosas. De cuando en cuando, en aquel buen tiempo del gran Cartos y; de. I ¡soa! brío Kelipe, navegaban río arriba, uab jo an ¡ente, unos detrás de otros, los pesados galeones que- traían la plata de ias Indias... De coro ÍS sabe mi memoria la topografía. los colores, la imagen toda de aquellas lindas aldeas ribereñas, y, en especial, del pueblecito de Gelves, recostado y como desparramado en la falda de una colina, con sus blancas y graciosas casitas diseminadas entre el verdor, ya claro, ya obscuro, de las huertas; y aquellos dos grandes cerros, el Pintado y el Balcón, que destacan sus cumbres sobre el limpísimo azul del cielo; y la iglesia, que se alza, como ufanándose, al lado del vetusto caserón de los Condes de Gelves; y en ella, al ras delsuelo, la reja que permite á la luz del sol curiosear por la bóveda en que, revueltos con muchos otros en dos grandes arcones, yacen; los huesos de lá condesa. doña Leonor de Milán, primero y úH timo amor de Fernando de Herrera, el divino. Y, apenas dejada atrás la, villa de Coria, orea los rostros é inunda los pulmones con suaves oleadas la fresca brisa que huele á algas del mar, y el río va ensanchándose, ensanchando; se dé- milla en milla, como si avanzara á co mpetir con, el Océano. Y poco después, cuando aquella gran sábana de agaa se llama todavíg, Guadalquivir, el inmenso Bosque. de Doña Aria á la (orilla derecha, el. puerto. de. Bonanza al otro lado, y, más allá, á distancia, muy corta la renombrada, la pintoresca, la. alegrísima ciudad de Sanlúcar. No he de hablar de su amplio, caserío, ni de sus antiguas torres y baluartes, ni del palacio y los jardines de los Duques de Medina Sid onia, señores de ella hasta poco antes de mediar el siglo XVII; de esto, y de algunos de sus tem- píos, y de mucho de su antigua historia, traté cuan largamente pude en los tres postreros capítulos de la biografía de Pedro Espinosa. Dado el poco espacio de que dispongo, básteme encarecer lo invariable y permanente de Sanlúcar; lo de ayer, de hoy y. de, siempre: la admirable riqueza de su tierra y de su mar, y aun ni esto haré, yo, pues por mí ha de hacerlo, á las mil maravillas, ya que tan á mano lo tengo, el galano y fácil poeta dominico. El cual, escribiendo por lósanos de 1612, la ponderaba de esta manera: Apenas ana en os pr oos la primavera trasnocha, y con sus dedos rosados á las rosas desabrocha los capullos apretados; apenas pierde su brío del invierno helado el frío, y las florecillas locas apenas abren las bocas para beberse el rocío, Bcuando en las viñas y huertas de aqueste puerto de mar ias frutas, de hojas cubiertas, comienzan á madurar, para entrarse por sus puertas. Luego el racimo pesado al sarmiento corcovada, cuando se quiere empinar, la tierra le hace besar por el fruto que le ha dado. Esta es la uva enmelada que aborrece la morisma; fruta de Dios tan amada, que le dio su sangre misma, prueba de amor extremada. Entran, pues, los verdes cestas, con sus copetes compuestos, y colman de uvas sabrosas barcos, naves, casas, chozas, espuerías, platos y tiestos Come el negro, el scita, eí g y á cada cual satisface. de todos común regalo; fruta como el sol: que nace para el bueno y para el mal Tendiendo luego los ojos por las huertas, mil enojos quitan los verdes frutales con sus melosos caudales, blancos, negros, pardos, rojos. A 1I Í las yemas preñadas se ven á trechos paridas, y las frutas estimadas- de sus. cortezas asidas, z eomo á los pechos colgadas. Allí el membrillo pajizo engorda el cuerpo macizo, y las manzanas de miel que, clavadas en la piel, lleva á su cueva el erizo. Aquí la mano gallarda de la primavera linda le da para abrigo y guarda ropa de grana á la guinda, t y á la pera, saya parda. Y la granada avarienta aquí su piel macilenta hincha de granos prolijos, y por tener muchos hijos, como víbora, revienta. Aquí la roja cereza burla- de la serva adusta, y aquí, -desde eí ramo, besa á la ali érchiga robusta la cuartanaria camuesa. Aquí las nueces melladas nacen vestidas y armadas, y el melpn, á quien sin duele, le escribe en la piel el cielo que morirá hecho tajadas. Aquí á la breva doncel el cíelo con su- pincel, como al cíclope valiente, le puso un ojo en la frente -para que llorase miel. Aquí les da el dulce Abril á ¡as canastas y seras de mimbre y de esparto vil mil diferencias de peras y de ciruelas, dos mil. La naranja regalada, y cuando el calor enfada, porque es saludable y fría, la verdinegra sandía, llena de agua azucarada, Y encima de su cristal, cuando se divisan mal las naves que la enriquecen, sueltas las velas, parecen candidos montes de sal. Luego el mar, para que haya todo sustento sobrado, arroja sobre su playa más linajes de pescado que tiene flores Pancaya, Las carpas, que son azotes del agua, y los angelotes, que en ella abren ancho surco, y el barbo, que imita a turco, sin barba y con, dbs bigotes Dale á sutiempo la anguilla, á quien el mar atribuye la envidia, como polilla, porque de los pecesjhuyc, y así, desova en la orilla. La albina, cerúlea ó verde, peee tan dado á la gula, que si el cebo se, le pierde y Ja hambre le estimula, sus carnes se come y muerde. Dale el pámpano de plomo, y eí albur redondo y romo, á quien dio la suerte amiga de diamantes la barriga y de zafiros el lomo. EI pulpo, que, aunque le ayuda con mil brazos la ocasión, entre la arena menuda, del miedo de camarón, tiembla y mil colores- muda El estimado mugí! -t que con guerra varonil al sollo acosa y destruye, de manera que el que huye se afrenta y tiene por vil. Pernas, licoyes, berdeles, golondrinos, aligotes, sabogas, cabras, jureles, lenguados y mijarotess bonitos y sabuneles. Cuebras, durdos, -gallarones, safios, mielgas, -perlones, masopas, picones, brecas, doradas, urtas, fanecas, taladras, bogas, y ostiones. jLa trucha gorda. y bozal, y, dando envidia al Hidaspe, el robalo de cristal, la pintarroja de jaspe y el cangrejo de coral Dale el mero regalado, el camarón colorado, el desabrido cazón, con el sábalo glotón, y el calamar plateado. Lagostines, tapas, luzas, gagos, abucios, toninas, machuelos, lampas, meluzas, barbarines y corbinas, esquilas y bacalluzas. Muergos, chirlas, bermejéelas, cambaros, escaronelas, ostras, arañas, langostas, serranos, mustos y tosías, chelvas, congrios, lamprehuelas. i El muble, almeja y tomo. el rubio, la azul caballa, el gallo y mulo marmo, y el atún, en quien se halla vaca, ternera y tocino. Pargos, pisepnes, cabrillas, tollos, lizas, mojarrillas, y entra preciosos lirones, rayas, besugos, dentones, agujas, corbiftarillas. 5 El sapo, la- jibia fea, la murena, a acedía v Bien columbro, mis amables lectores, que muy de vuestro grado me perdonaréis por lo prolijo de la copia, en gracia á la fluidez y galanura con que el padre Beltrán describía. Así, y después de advertiros que no os debe causar extrañeza el no ver celebrada por el buen religioso la ultrafamosa manzanilla de que hoy Sarilúcar con harta razón se ufana y enorgullece, porque tal estilo de vino (que tomó su notnbre de Manzanilla, pueblecito de la provincia de Huelva, á dos leguas de 1 Palma, cosa que ignoran muchos sanlucareños) aún no se labraba allí, ó, lo que más creo, no había obtenido el renombre. que tiene ahora, volveré á dejar la palabra al buen fraile, para que enumere las riquezas del mar de Sanlúcar. Y bueno será dejar insinuado que una gran parte de ese caudal ictiológico falta en nuestros léxicos; es decir: que, aunque nos tenemos por muy pobres, todavía al presente no hemos acabado de inventariar nuestra hacienda. Escribía el padre Beltrán que Sanlúcar, Por la parte de Poniente al mar tiene por defensa, del cual se ve solamente la verde cabeza inmensa, con- su lisa y ancha frente