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¡vtuRv- D O M I N G O 23 l) f F E B R E R O D E 1908 O C H O PAGINAS. EDICIÓN i. tf 4 1 -Ir t r i t A 1 í IIP Wtk J J Amberes. Incendio de un depósito de petróleo que contenía 5o.000 litros de combustible. A ENCÍCLICA PAS- Un a c c i d e n t e desagradable CENDI EN BAVIERA acaba de producirse en Munich, á causa del severísiino celo del nuncio Früwirth, que pertenece á la orden dominicana, y que es alemán. Dicho nuncio denunció, como modernista, al profesor Schintzler, de la Facultad católica de la Universidad de Munich, y el Sumo Pontífice condenó y anatematizó al denunciado, ordenando, además, al obispo, Mons. Van Stein, que prohibiera á los escolares asistir á sus conferencias. Pero el nuncio Früwirth, extremando las cosas, pidió al Gobierdo bávaro que suprimiese tales conferencias. Tal petición ha provocado una reacción, y el incidente se ha complicado primero porque desde la publicación de la encíclica Pascendilos profesores de las facultades católicas de AleI mania se ven acusados por sus colegas de hallarse en un estado de inferioridad que es incompatible con su calidad de miembros del Consejo académico, y después porque el diputado y profesor liberal Mr. Knittes ha manifestado en la Dieta que era necesario suprimir las facultades de teología católica para evitar conflictos entre el Poder civil y el Poder religioso, ya que los profesores de teología católica de las Universidades bávaras son al mismo tiempo funcionarios y sacerdotes. Por fin, el diputado Ruitte ha sostenido que el incidente Schintzler es un nuevo argumento en favor de la separación de la Iglesia y uel Estado en Baviera. El Gobierno bávaro está muy preocupado con motivo de ese conflicto que se ha provocado por el celo exagerado del nuncio, y no pudiendo resistir el empuje colectivo de todos los sabios de las Universidades, que son fieles guardadores de sus prerrogativas y de la autonomía universitaria, ha pedido al Vaticano que refrene el celo del nuncio Früwirth. Como éste ha obrado sin la autorización de la Secretaría de Estado, Roma le ha indicado que debe pedir peímiso para ausentarse algún tiempo del lugar de su destino. El nuncio Früwirth, nombrado recientemente, no puede ser trasladado por ahora; pero se cree que durante su ausencia será fácil remediar los males causados. A BEATIFICACIÓN Los obispos de Senigalha, de Spoleto DE PÍO IX y de Imola y la Vicaria de Roma han abierto una información con el objeto de preparar el expediente relativo á la beatificación de Pío IX. Ese expediente será sometido á la Congregación de los Ritos. F O T THAMPUS Pero ha de pasar mucho tiempo antes de que este asunto se solucione. Los obispos de Senigallia (c idad natal de Pío IX) de Sooleto y de Imola (lugar donde Pío IX fue obispo) realizan activas investigaciones. En Roma se ocupa de esto mismo monseñor Antonio Cani, camarero secreto y prelado doméstico de Su Santidad. Pío X desea que esa- beatificación sea un Hecho; pero precisa no olvidar que habiendo sido Pío IX un Papa eminentemente político, y juzgándole de muy diverso modo no sólo los hombres políticos, sino también los católicos, la investigación será muy laboriosa. Las personas piadosas están, sin emoargc convencidas de que el resultado de esa investigación será la beatificación del pontífice, á quien debe la Iglesia Católica el dogma de la Sine Labe. DR. FRANCO FRANCH 1 BIBLIOTECA DE A B C 70 Vi SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 71 Luisa experimentó una sensación de repugnancia al oirá la perversa Amelia, la cual continuó hablando. -La han engañado á usted, ¿verdad? Paes haga usted lo mismo con los demás. Vengúese usted en otros; no quiera usted á nadie. El cariño es la perdición, ha sido r. ú perdición. ¡Si yo hubiera sabido... Los hombres sólo tienen bueno el bolsillo. Estas frases recordaban á Luisa las de Delrue, las oía muda de espanto; pero el sentimiento de odio á los hombres que vibraba en ellas era una tentación. -Cuanto más s burle usted, más la querrán, con más empeño la pretenderán, más fácilmente podrá usted arruinar á cuantos quiera. Y si alguno se suicida por usted, ¡mejor todavía! ¡Otra vez la muerte! -exclamó Luisa ocultando su rostro en la almohada ¡Otra vez la muerte! Sonó el timbre de la puerta. -Ya está la maestra de regreso. No se apure usted. Era, en efecto, Mad. Victoria que entraba en el taller acompañada de Juana Le Brenn. -Esta es mi casa- -la dijo. -Vea usted á mis obreras; siempre están contentas, porque yo jamás las regaño. Arriba hay otras obreras, maniquíes y para probar los vestidos; pero no tema usted que la poüga en contacto con ellas; saben demasiado. La instalaré á usted en una habitación, inmediata á la mía, junto á mi segunda Luisa, el retrato vivo de la que Dios me llevó. Usted la querrá mucho ¿verdad? Es tan desgraciada, está tan enferma, necesita tantos cuidados, que la ayuda de usted para atenderla me será muy útil, pues yo me veo obligada á salir de casa con frecuencia. -Procuraré complacer á usted lo mejor que pueda. Ya siento simpatía ñacia la pobre Luisa, y no tardaré en quererla mucho. -Venga usted conmigo. Juana estaba más contenta caaa vez. Aquí- -pensaba- -estoy defendida de coilas las miserias y de todos los peligros Aquí no me encontrarán; no es posible que se le ocurra á la marquesa de Kerinor venir á buscarme á este refugio. Al dejar la casa del canal habia anunciado aue estaría ausente un mes. Pasado un mes nadie se acordaría de ella. La infeliz se creía en completa seguridad, siendo así que estaba prisionera de Sidonia y del siniestro Delrue en una caverna de bandidos, cuyos carceleros eran los Collin- Megret. Y si una mirada parisiense, más penetrante que la suya, no veía el encierro, ¿cómo había de verlo ella? Llegaron al entresuelo por la escalera de caracol. Mad. Victoria indicó á Juana su habitación, y como al llegar ellas se abriese la puerta del cuarto de Luisa y apareciese Amelia, se apresuró á decir, temiendo que ésta cometiese alguna imprudencia. -Aquí está nuestra huésped. Se llama Juana. Cuídela usted con todo género de consideraciones. Luego, dirigiéndose á la obrerita, añadió: -Esta es mi primera oficiala, coa la cual tendía usted que entenderse. No uiera- que se mezcle usted con las demás, -No la contagiarían nada malo- -interrumpió Amelia. -Nadie la pregunta á usted cuántos años tiene. Vaya usted á ver lo que ocurre en el taller y por qué alborotan tanto. -Con mucho gusto. Y tanto más cuanto que no me resulta el papel de enfermera, y estaba deseando qae llegase usted. No puedo tranquilizar á esa... desdichada. Por la puerta, que había quedado abierta, vio Juana á Luisa, ladeante, desgreñada, retorciéndose en el lecho. ¡Oh, sí! ¡Desdichada- -repitió en tono muy distinto al que había empleado Amelia la Pesie. En aquel instante sonó el timbre del teléfono privado. -La dejo á usted con ella un momento. Procure usted calmarla. Juana se encontró dentro del dormitorio de Luisa, cuya puerta cerró de golpe, al retirarse, Mad. Victoria. Dejó en el suelo el paquetito de ropa que llevaba y se acercó á la enferma. Luisa, que se había erguido amedrentada y amenazadora á la vez, quedó inmóvil como bajo el influjo de una dulcísima sugestión. ¡Qué hermosa es! -dijo contemplando a Juana con arrobamiento. Y como si esta exclamación la hubiera conmovido hondamente, rompió á llorar. Juana se había quitado su sombrero y su abrigo, y se sonrió á pesar de su emoción, porque en el fondo veía, comprendía perfectamente. ¿Quiere usted dejar de llorar? ¡Vaya! Si dice usted que soy hermosa, la pon dré delante un espejo para que vea que hay otras más hermosas que yo... Arregló cariñosamente el lecho, y en el mismo tono dulce, prosiguió: -Mire usted, Luisa, yo me llamo Juana y tongo el encargo de cuidar á usted. De modo que puede usted mandarme como guste. Pero voy á tener mucho que hacer. Trabajaré aquí, al lado de usted, y usted procurará no hacerme rabiar y ser obediente, porque yo soy muy mala cuaudo no me obedecen. Volvió á acercarse al lecho, del que se había separado para poner en orden los muebles de la habitación; arregló los cabellos de Luisa, alisándoselos con las manos, y por un movimiento instintivo la abrazó y la besó, como lo hubiera hecho con una hermana apenada para consolarla. -Y ahora, á dormir. Hemos de ser muy amigas. ¿No es cierto? La niña acostóse, la arropó, y viendo que el llanto de Luisa continuaba acercó su rostro al de ella y lloró con ella, sin poder dominar su emoción al ver que no lograba consolarla. -Usted es un ángel que mi abuelita me envía- -dijo Luisa, ¿Será que no esté maldita? Mad. Victoria las espiaba rjor el ojo de la cerradura, y al verlas abrazadas se aproximó á llamar por teléfono á Collin- Megret. -Ven pronto. Verás algo que vale la pena. Las dos adorables muchachas, víctimas de su primer amor, la rubia y la morena, el ángel caído y el ángel lastimado, estaban la. una de rodillas sobre su cama, la otra de pie, á su lado, enlazándola, sosteniéndola, protegiéndola, y ambas rezabanrcoa Hnamisma. súplica, con un mismo gesto armonioso, juntas.