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HUMERO 986 A B C DOMINGO 16 DE FEBRERO DE 1908 OCHO PAGINAS. EDICIÓN PAGINA 6 1 í ¿f 11 l Barcelona. Entierro del ministró de España en Marruecos Sr. Llavería. Momento de colocar el féretro en el coche fúnebre. Antes se publicará el bando correspondiente j i as limpiezas. El alcalde ha girado en estos días detenide la Alcaldía das visitas de inspección del servicio de limpiezas de las calles, y ha obtenido la impresión os tranvías. El alcalde ha visitado á los directores de de que se encuentra perfectamente organizado las Compañías de tranvías para hacer arreglar dentro de la escasez de medios con que se el pavimento de las entrevias, de los horarios cuenta. Ha dispuesto que á primera hora de la may establecer para la subida de viajeros igual inedida que para el descenso; es decir, que sólo ñana se rieguen las calles, y en seguida se propodrán los coches tomar ó dejar viajeros en las ceda al barrido, el cual se hará de ocho á once de la mañana en todas las calles de Madrid. paradas discrecionales ó fijas. Se prescindirá de este primer riego en los Se propone también el alcalde que desaparezca una de las vías del tranvía llamado cangrejo, días que hiele. Por la tarde se regará nuevaen la ronda de Atocha hasta Embajadores, en mente y se barrerá otra vez. cuyo trayecto tiene doble vía dicha Compañía. Aparte de este seryicio, habrá cuadrillas volantes para recoger la basura que se vaya acumulando. La Alcaldía recomienda de nuevo al vecin dario que no arroje basura á las calles. En el Ayuntamiento se ha reunido la Junta consultiva designada para informar á la Alcaldía respecto al precio regulador del pan, que ha de regir durante un mes. La Junta declaró por unanimidad que sigue inalterable el precio de las harinas, y á propuesta de ella, acordó la Alcaldía que continúen rigiendo los actuales precios del pan. ¿Y del peso, qué? ¿Prosigue también? FOT. BU. LEL L p l pan. p l Carnaval. Ha comenzado, en el paseo de la Castellana, la colocación de tribunas cara las fiestas de Carnaval. Las Sociedades que hasta ahora tienen solicitado terreno, son: Nuevo Club; Casino de Madrid, Gran Peña, Círculos Militar, de la Unión Mercantil, de Bellas Artes y de la Banca y la Bolsa. También hay solicitudes de gran número de particulares é industriales, por lo cual ha- aeordado la Comisión prolongar la línea de tribunas hasta muy cerca del Hipódromo. Sigue vigente la prohibición del uso de serpentinas. BIBLIOTECA DE A B C 66 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 67 Temió una negativa y pretirió una vez más. aoandonar el amero que ia pertenecía, aunque con ello se creaba una situación difícil Después de la mudanza tenía por todo capital 12 francos; iba á quedarse, pues, sin dinero inmediatamente. Y entones, ¿qué haría? En vez de. bajar por la calle del Temple, camino del taller, dio vuelta a mercado y leyó los anuncios de ofertas y demandas fijados en una pared. Los había de todas clases; Juana tomó nota de algunos, y en este trabajo se ocupaba cuando se fijó en una señora gruesa que estaba fijando en la carcelera algunos anuncios manuscritos. Se acercó para leerlos, y vio el siguiente: SE DESEA CON URGENCIA UNA BUENA COSTURERA QUE SEPA BORDAR COLOCACIÓN DE INTERNA CASA, COMIDA Y 2 0 FRANCOS POR SEMANA -Después aparecían ías señas; era en, un buen barrio. Aquello era más de lo que Juana podía desear. Era una suerte tan inespeperada, que se sintió con ánimos para acercarse a. la anunciante: -Señora... usted dispense... ¿Qué desea usted? -Acabo de leer ese anuncio, y si me atreviera... -Conoce usted alguien á quien pueda convenir. ¿Tal vez alguna hermana de usted... -No, señora; yo misma, si fuera posible. -Me parece usted demasiado joven. -Sé muy bien el oficio. Podía usted admitirme á prueba. ¡Si tanto empeño tiene usted en ello... Qué familia tiene usted? -Ninguna, señora. Soy huérfana. ¡Pobrecilla! ¡Huérfana! No sabe usted los peligros que la amenazan en París á cada paso. -Sí, lo presiento, y por eso buscaba trabajo ar casa ó una colocación de interna, como la que usted ofrece. -Bueno, bueno. Ya veremos. Con tal de que no tenga que arrepentirme luego... -No se arrepentirá usted, yo se lo aseguro. Muchas veces me han dicho lo mismo, y, sin embargo, continúo dejándome llevar de mis sentimientos humanitarios. Ayer mismo recogí á una desgraciada muchacha, de la edad de usted, TJOCO más ó menos, eme se moría de hambre, abandonada en el arroyo. 1- Esa es una acción muy hermosa, que Dios le recompensará. ¡Si yo pudiera auxiliar á usted de algún modo en su obra caritativa... ¿Caritativa, yo? No, no tanto. La muchacha de quien hablo se parece extraordinariamente á una hija que perdL. Ya ve usted que no hay mérito alguno por mi parte en haberla recogido. Fingió la desconocida que se emocionaba ai pronunciar las anteriores pala 1 í? as, y Juana se emoció ñój ncerajneüte. -Bueno- -dijo aquélla. -No es cosa de perder más tiempo. Quedamos conformes, r- ¡Oh, señora! ¿Cómo agradecer tanta bondad. -El mejor agradecimiento es portarse bien y trabajar mucho. ¿Cómo se llama usted? -Juana... Juana Le... -Basta, con el nombre me basta. No se me olvidará. ¿Vive usted muy lejos? -A cinco minutos de aquí. -Bueno, calculemos diez para que podamos ir juntas; yo no puedo andar de prisa. ¿Podrá usted arreglar sus cosas y venir ya conmigo? ¡Ya lo creo! Es lo que me conviene. ¡Si usted supiera lo que me conviene... -Ya me contará usted sus penas en otra ocasión, si usted quiere. Por mi parte sólo exijo de usted que sea honrada y trabajadora. La desconocida tomó el brazo de Juana, y juntas echaron a andar. En la esquina del faubourg- y de los muelles se detuvo la nueva protectora de la obrerita. La esperare á ustea aquí. Estoy muy cansada. Aquella mujer, como el lector habrá adivinado, no era otra que Mad. Victoria, la esposa de Collin- Megret, que desde por la mañana espiaba á la pobre Juana Le Brenn, y se había conducido con la habilidad necesaria para llegar al resaltado que perseguía. XII LA OFICIALA AMELIA El establecimiento de Mad. Victoria estaba ingeniosamente combinado con sus tres salidas diferentes á dos calles y un pasaje. La tienda, propiamente dicha, comunicaba con el piso entresuelo por una escalera de caracol, al pie de la cual estaba la caja, oficina desempeñada por la propia mujer de Gollin- Megret. Como ella no quisiera permitir el paso, no había medio de que nadie lie; gase á la escalera de caracol, defendida por la caja. Al interior de esta dependencia pasaban las personas con quienes tenia algún negocio Mad. Victoria, y algunas veces la primera oficiala del taller, la Srta. Amelia, á quien las demás costureras habían puesto el mote de la Peste. Amelia era una mujer de unos treinta años, que pudo haber sido bonita de muchacha, pero que no era al presente de aspecto simpático, con su pelo de color de zanahoria y su cara poblada de pecas. El taller de costura estaba situado al fondo de la tienda, y aaemas cíe las obreras que en él ganaban un mísero jornal trabajando muchísimas hora había en la casa otras, preferidas, que no, salían del piso entresuelo, y que tenían cargos de maniquíes ó encargadas del salón de prueba. Algún servicio de otra índole- debían prestar á la casa que justificase a preferencia de Mad. Victoria y las consideraciones que las guardaba Amelia la Ptstt.