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NUMERO 975 A B C MIÉRCOLES 5 DE FEBRERO DE 1908. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i PAGINA 6 x; i, í f 3 F v. l 4 Í íiáí. v. í- VJIf P Barcelona. Mesa presidencial del banquete celebrado en honor del senador solidario D. Alberto Rusiñol en el teatro del Bosque. PARA EL ALCALDE DE MADRID FOT. EALLEU N PROYECTO EN FAVOR DE LOS NIÑOS Sucede con frecuencia que hechos insólitos, circunstancias imprevistas, sugieren ideas que, puestas en práctica, resultan después convenientes y hasta muy beneficiosas. Esto es lo que va á suceder ahora con el interminable asfaltado de Recoletos, cuya larga duración no es motivo de censuras, sino que, por el contrario, deseamos los madrileños que dure por lo menos todo el invierno. El instinto popular, cuando no es dirigido por seres malévolos, rara vez se equivoca, y esto es lo que ha sucedido ahora. Se ha suprimido el antiguo salón del Prado con una reforma conveniente en principio, pero cuyo desarrollo critiqué en su tiempo, aunque algunos se entusiasmaron con el jardinito del nacimiento de Navidad; hubieran podido aprovecharse y arreglarse para los niños los jardines del Buen Retiro; pero estaban hace mucho tiempo condenados á muerte, y quedándose los pobres niños sin paseo para tomar el sol, de que tanto necesitan, un día invadieron el naciente asfaltado. Allí contemplamos ahora una multitud bulliciosa y alegre que juega al diábola con notable habilidad; muchas jovencitas; muchos pequeñuelos corriendo y saltando sin peligro alguno; las incomparables madrileñitas en ame- na conversación con los que realizan el símbolo del escudo madrileño, y también los ya vetustos que buscan el calor que á pasos agigantados les va faltando. Ahora bien, mi querido alcalde, ¿no se podría hacer algo para utilizar este reformado paseo en beneficio de los que no tienen coche ni automóvil para llevar á sus hijos al campo con facilidad y disfrutar de cacerías ó carreras y otros sf orts hoy muy en uso. No quiero pensar en emprender una obra como la que convirtió el paseo de Areneros en hermosa rambla (mejor que bulevar) que sería mi bello ideal, pero esto exige grandes gastos y tiempo, y mi pensamiento ha de ser mucho más modesto. Recordaré que eñ San Sebastián y en otras poblaciones se interrumpe el paso de carruajes por algunos paseos ó calles durante algunas horas para que la gente pasee con tranquilidad, restableciéndose el curso de ellos cuando ha terminado el paseo, y no creo estar muy lejos de la realidad si propongo que se haga lo mismo en el paseo de Recoletos, con ventaja en favor de éste, de que los coches tienen libre paso por las dos calles laterales sin interrumpirse el servicio habitual. Valga por lo que valga mi idea, la someto al buen juicio y voluntad indudablemente bondadosa del señor alcalde, quien puede estar seguro que se lo agradecerán los madrileños y yo el último de ellos. DR. CORTEJARENA BIBLIOTECA DE A B C 42 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES. 43 Negociado de lo Contencioso de mi casa, n estas circunstancias, yo hago siempre lo mismo: paso el asunto á los Tribunales de justicia. Pero el nombre consignado en la papeleta llamó mi atención. Entonces pensé: Collin- Megret ha sabido, sin duda, que este joven tiene una posición importante en casa del marqués de Kermor y quiere explotarle. Y lia conservado la papeleta. Ahora se me ofrece un caso de conciencia muy delicado- -Señor barón, se lo suplico, ¡no nio pierda usted! Yo estaba loco cuando hice eso; me encontraba en la última miseria... -Era usted joven, sobre todo, y esvo es lo que íe disculpa para conmigo Pero así y todo, mi deber de ciudadano era avisar á la justicia... ¡Compadézcase usted de mí! -Bueno. No hablemos más de la justicia. Pero el marqués de Kermor es cliente mío, amigo mío, ¡mi mejor amigo! Yo le presto dinero, con grandes riesgos. -Enormes; 10 reconozco. -Pues. bien. Debo prevenir á los Kermor. El proverbio dice que quien hace un cesto hará ciento... De la primera vez tuvo usted la culpa. De la segunda, sería 3 o responsable. ¡Oh, señor barón! No sucederá. -i o prometo! -Lo creo. Ha demostrado usted mucho interés por el marqués, y esto le favorece. Si no ha de variar usted, le concederé el perdón que solicita y me callaré, y hasta le ayudaré á usted si es necesario. Delrue iba á echarse á los pies de Bressieu; pero éste le contuvo con un gesto y se puso en pie, como indicando que la entrevista había terminado y que la causa estaba fallada. Indicando con un gesto su enorme caja de caudales, dijo: -El doeumento está ahí. 1,0 conservo en interés de usted y para evitark otro tropiezo del cual sería yo responsable á mis propios ojos. Y para mí la conciencia es ante todo. Devuelvo á usted mi estimación; merézcala usted, y algún día borraremos esa falta de su juventud. Podrá usted verme los lunes por la mañana. ¡Ah! No me escriba usted nunca. Delrue se encontró de nuevo en el bulevar sin darse cuenta de lo que le sucedía ni si debía temer ó confiar. En cuanto pudo vencer su inconsciencia y su terror, reconoció que debía temerlo todo y que no podía esperar en nada. Tenía que hacer traición al marqués e n provecho del barón únicamente. Y éste le había aconsejado que fuese honrado si quería conservar su empleo. Tuvo que confesarse vencido y que representar de la mejor manera su doble papel. Para demostrar su buena voluntad, ahuyentó á ios prestamistas que no eran del baado de Bressieu; despachó al ayuda de cámara del marqués, cogido por él en flagrante delito de robo, y colocó en su lugar á un homfere de su confianza, como había hecho con los eme desempeñaban las funciones de cochero y de chauffeur Delrue espiaba á los demás y se sentía espiado. Aquello era infernal. Entretanto, la ruina de la casa se acercaba á pasos agigantados, pues el marqués había tomado el partido de prescindir d- e- tod género de seflexiouee. Enrique, cada vez más asustado, hizo un llamamiento á la abnegación de Andrés. Tenía que salir pata la misión africana que se le había encomendado. -Es preciso terminar la buena obra- -le dijo. -Y no podrá darse oor terminada en tanto que Bressieu sea nuestro banquero. -No es Briesseu el enemigo es el propio marqués de Kermor. Todo el dinero que entra en la casa, lo coge y lo gasta. Cuando me pide dinero y no tengo, me ordena que llame por teléfono á Bressieu. Este es el motivo de que se le encuentre aquí con frecuencia. El marqués, tu padre, necesita el dinero siempre en el acto. No da tiempo á que intervenga el notario en las operaciones, y para lo que son éstas, no resulta Bressieu banquero caro. Además, tu madre no se defiende; se resigna y firma cuanto tu padre quiere. -Pues si ella no se defiende, yo la defenderé. Mi madre es antes que todo: antes que mi padre, que no la merece. Y excitado por la indignación, en un rapto de cólera, el fogoso conde de Kermor se dirigió al despacho de su padre. Entoaces se produjo la explicación violenta á que se alude al comienzo de este relato. El marqués, irritada por la imprevista intervención de su hijo, le habló de esta manera: -Ten presente que no estoy dispuesto á tolerar observaciones de nadie. I a marquesa y yo hacemos de nuestro dinero lo que se nos antoja. Si tanto te preocupa tu fortuna, empieza por crearte una ó ten paciencia hasta que la he redes. Y con estobasta. Retírate y no vuelvas á presentarte ante mi vista. Exasperado, loco de dolor, Enrique repuso: Tienes razón. Voy á ganar el pan para mí y para mi madre, que lo necesitará muy pronto por tu culpa. Y así se marchó al Oubanghi el conde de Kermor, después de despedirse de su madre y de su amiguita de Bretaña, Juana Le Brenn. Antes había hecho las más expresivas recomendaciones á Delrue. Pero era inútil; el barón de Bressieu era ya dueño de la casa. IV LA DOTE DE SIDQNJA El secretario del marqués de Kermor, libre de toda presión y de toda vigi lancia por la ausencia de Enriaue, no tenía que hacer más que dejar correr los acontecimientos. La marquesa Elena, prevenida, animada por el ejemplo de su hijo, se preocupó nuevamente de sus intereses, no por ella, la eterna sacrificada sino por su hijo á quien quería tanto. En cuanto á Bressieu, la primera vez que la marquesa intentó hablarle de negocios, de préstamos y descuentos, se sonrió con aire bonachón y replicó: -Señora... ¡Si usted supiera! Yo también soy una víctima. Voy á decírselo á iisted todo. Pero no, mejor es que no hablemos de intereses. Mi hija, que le quiere á usted muchísimo, se lo contará. Será mucho mejor. Así fue como entró en escena Sidonia de Bressieu para prestar un buen ser-