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MUMERO 972 DOMINGO FEBRERO DE a o8 OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 6 J Sílr 1 i i f. w f f t t í 3 7 4i 1 u. K Londres. Apertura del Parlamento. Llegada á la Cámara de los Lores, de la comitiva regía. eos que se habían abstenido de publicar tal atajo de falsedades y noticias tendenciosas lanzadas sin duda por especulantes á 3 a baja y sin conciencia, y agrega que, por el contrario, la situación económica de España ha mejorado considerablemente en los últimos años. La prisionera de Carlomagno es una niña sa joña de quince años, cogida en rehenes por el Emperador y por la cual siente despertarse en su corazón de sexagenario irresistible pasión. I, a obra no es más que la tragedia del hombre ya anciano que siente renacer en él todos CSTRENO DE UNA OBRA Por fin ha te- los ardores de la juventud pasada y se revuel nido lugar el ve contra las leyes de la Naturaleza. Hace esDE HAUPTMANN estreno de la fuerzos sobrehumanos por dominarse y ocultar su obra de Hauptmann La prisionera de Carlomag- amor á Gersumd, que, bajo el aspecto de no, esperada hace tanto tiempo como un acon- virginal inocencia, esconde el alma perversa de tecimiento literario, y lo que ha sido es un gran una ramera que nada ignora y que se da perfectamente cuenta de la pasión que inspira al fracaso. Como Sudermann, Hauptmann parece ago- dueño del mundo; pero que no logrará ser dueño de ella tado por completo. Carlomagno, llegado al paroxismo de su locura, sufre alucinaciones, y en medio de los más serios negocios de Estado no ve más que la rubia cabeza de Gersumd. El sabio Alcmn hace todo lo posible é imposible por distraerle; pero Carlomagno no tiene en los labios sino el nombre de Gersumd. Y no ve lo que todo el mundo ve: la maldad de Gersumd, que en el mismo palacio celebra des enfrenadas orgías. Y, sin embargo, el Emperador sufre celos infernales que no quiere dejar ver. Esa es toda la obra. I DS tres primeros actos constituyen un quejido doloroso, constante, del corazón herido del gigantesco Rey. F O T W O R L D S GRAPH 1 C PRESS. Y en el cuarto acto muere como una santa la que durante toda la obra fue un demonio. No sabe nadie de qué muere; probablemente Hauptmann tampoco. Antes de morir sintió Gersuind despertarse en su corazón amor vehemente por el Emperador, pero se lo tuvo calladito. También se ignora por qué. Y Carlomagno, ante el cadáver de Gersuind confiesa su loca pasión en versos de Hauptmann, verdaderamente hermosos. El telón cae. Éxito completo del poeta, pero fiasco, no menos completo, del dramaturgo. EDUARDO HAHN Berlín, 22 de Enero de 1908. BIBLIOTECA DE A B C 38 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 39 ¡Andrés! -El hombre, si no quieres que diga el perro. -Di mejor el amigo. Al día siguiente tomaba Andrés posesión de su destino. El marqués le recibió con mucha amabilidad; la marquesa, con benevolencia. Enrique le puso al corriente de sus funciones en pocas horas y quedó maravillado de su inteligencia, de su viveza, de su tacto y de su conocimiento de los hombres y de los negocios. -Contigo no luchará fácilmente el barón de Bressieu. ¿El banquero del bulevar Haussmann -Sí No deja á mi padre á sol ni á sombra. Desconfía de él y de los demás. -Ya estoy prevenido, descaída. El apellido del riquísimo comanditario de Collin- Megret en boca de Enrique, inquietó á Andrés. Comprendió que necesitaba recuperar el documento falsificado sin perder momento. Enrique le había entregado adelantado el sueldo del primer trimestre, 1 500 francos, puesto que se había convenido en que ganaría 6 000 por año. Su primer cuidado fue vestirse de nuevo y devolver la ropa que llevaba ai director dej Cicerone elegante Con el dependiente que la llevó envió el anuncio de su próxima visita. Tomó un coche y se encaminó á la calle de San I, ázaro, donde vivía su ex amo Mad Victoria estaba á la puerta de su tienda como por casualidad Collm- Megret estaba en su tienda, tras la verja. No se tomó el trabajo de recibir á Delrue en su habitación del entresuelo. En el fondo del establecimiento, tres miserables empleados atendían á los clientes que iban á realizar operaciones de préstamo sobre papeletas del Monte de Piedad, al interés légalas 120 por 100 al año, gracias al pacto de retroventa, que permite todos los abusos de la usura. -Buenos días, Collm- Megret. ¿Está usted bueno? ¿Ha recibido usted mi envío y mi recado? ¿Cómo? ¿De qué envío me habla usted. -Del que encierra mi traje. -No he recibido nada. ¡Fíese usted de los recaderos No valía la pena de haberle dado dos francos para hacer el encargo. Pero nada se ha perdido, poique tomé su número y reclamaré Todos están matriculados- -También lo están los agentes de Policía ¿Quiere usted que envíe á buscar uno para que se entienda con usted? -Uno no, jes poco! Necesitamos dos, ó, mejor dicho, tres Uno para mí, puesto que usted se empeña; otro para usted y otro para la respetable señora de Collin- Megret. Como movido por un resorte, se puso en píe el director del Cicerone elegante y dijo: No quiero escándalos aquí. Haga usted el favor de subir conmigo al entresuelo. Delrue, ahombrado de su audacia y del éxito que había conseguido, echó á andar detrás del agente. Este estaba algo aturdido por la súbita insolencia y 1 aspecto de potentado de Andrés, tanto como por sus insinuaciones. Una vez arriba, el nuevo administrador de los Kermor dejó escapar una exclamación de sorpresa. -jCalla! ¡Pues si está aquí mi ropa ¡Qué falta de franqueza, CollinMegret 1- ¿Quiere usted que sea franco? Pues voy á serlo. Usted tiene dinero, pero es dinero robado. -No hay tal. -Yo lo demostraré Yo probaré que ha desvalijado usted á un comerciante vienes confiado á su custodia y que ha sido encontrado sin un céntimo esta mañana, tirado sobre un banco. (Tiene gracia! ¿Estaba bien acompañado? -Iba acompañado por usted solo. Ca Ese turista estaba borracho. Tan borracho, que tuve que dejarlo. Habrá hecho lo que le haya dado la gana y se habrá dejado robar. Es mayor de edad y yo también lo soy. Y aunque así no fuera, no se moleste usted. Puedo probar la coartada brillantemente. -Algún testimonio interesado. -Nada de eso. He pasado toda la noche con un compañero de regimiento que... Delrue se mordió los labios. Iba á descubrir el secreto de su nueva fortuna. ¿Qué? -preguntó Collm- Megret. -Que... pertenece á la policía y me proporciona un destino de inspector á sus ordenes. Qué cosa más rara -No tiene nada de particular Yo sé muchas historias que pueden interesar en la Prefectura. Yo sé mucho de Mad. Victoria, su señora de usted; todo cuanto puede saberse. -Sólo la conozco de vista. -Entonces ha tapiado usted la puerta de comunicación con el piso ae al lado, ¿eh? y ha quitado usted el telefono interior, y. -Nada de eso me afecta. -No, sólo prueba la complicidad. ¿La complicidad en qué? -No me haga usted que se lo diga Los dos lo sabemos perfectamente. -Habría que probarlo No basta decirlo. ¡Pues si me sobran las pruebas! -Bueno, terminemos- -dijo al fin Collin Megret, sudoroso y apurado. ¿Que busca usted? ¿la guerra? -Ni yo soy tan tonto como para buscarla, ni usted lo es para aceptarla aunque se la propusiera. Devuélvame usted éípapehío que usted sabe y le dejaré en paz. ¿Conviene? Collm- Megret contestó evasivamente: -Todos mis papeles están en sitio seguro. Aquí no tengo nada. Delrue le miró fijamente, entre irónico y crédulo. ¡Hombre precavido No importa; volveré con tal de que no sea en balde. -No se hace nada en balde, sépalo usted. -Eso quiere decir que se propone usted venderme el papelito.