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LIMERO 970 A B C. VIERNES 3i DE ENERO DE 1908. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. PAGINA 6 París. Paso por los grandes bulevares de los automovilistas que van a tomar parte en la carrera Nueva York- París f U A T R O MIL CIENTO CINCUENTA MILLONES INUTILIZADOS Y ÚLTIMO F O T ROL Y C Si nuestros personajes políticos pudieran disponer de cuarenta y ocho horas diarias, ó en su defecto supieran rodearse de auxiliares hábiles, cada cual en una especialidad, harían, sino grandes cosas, buenas cosas, que es mejor. Digo esto en la seguridad de poder probarlo con mil casos prácticos; pero lo digo ahora recordando cómo el Sr. Moret vislumbró claramente en la discusión del presupuesto de la guerra esta tradicional falta de preparación para ella característica de nuestras instituciones militares; pero apenas le dejaron tiempo sus apremios de jefe de partido para insistir en su feliz observación, é insistir mejorándola y completándola, pues si su claro entendimiento hubiera seguido aferrado á la necesidad de- dotar á esta fábrica, que llama- mos Ejército, de la maquinaria, sin la cual son inútiles ingenieros buenos y operarios excelentes, no hubiera dejado sin contestación al ministro de la Guerra, cuando éste; le? dijo: Descuide el Sr. Moret; dentro de unas semanas podrá ver una división modelo, tan buena como la de cualquier Ejército extranjero cosa que respondía á la exigencia del jefe liberal al modo de los temas de gramática francesa: ¿Tiene usted el sombrero de mi tío? No, señor, pero he afeitado á mi sobrino. No; el señor Moret no pedía el espectáculo, grato pero nada útil, de una división movilizable; pedía que se emprendiese el camino que conduce á que todas las divisiones del Ejército lo sean, y ese camino se abre desde el presupuesto. El señor Moret calló, porque ya solicitaban su atención mil asuntos propios, no digo lo contrarío, de su cargo; y como además quizá no tenía á su alcance en quien delegarla continuación de su propósito, el desarrollo técnico de su idea feliz, ésta por el pronto no pasó de ser un rayo de luz, un relámpago de buen sentido. ETl material táctico (sin contar armamento) logístico y mixto que necesita nuestro Ejército para entrar en campaña en condiciones de obtener los éxitos compatibles con. la habilidad, valentía y número de jefes y soldados, representa aproximadamente 50 millones de pesetas; una división necesitaría unos tres millones. El Sr. Moret propuso que en los futuros presupuestos figuren esos tres millones; sin duda no le pareció prudente ni político pedir 25 millonesdurante dos años, ahora que se acaba de votar los gastos navales con gran repugnancia de la opinión pública, y que ha sido preciso negar aumentos en Instrucción pública, que esa opinión hubiera aplaudido. Y realmente ante una gestión militar que durante treinta y siete años ha permitido que se gastase inútilmente una cifra colosal, el país está en su derecho oponiéndose á gastos extraordinarios, cuya trascendencia se le escapa- -porque está ineducado en cuestiones militares, lo mismo en las altas que en las bajas esferas, en las civiles que en las profesionales, -y de cuyo buen empleo duda con los motivos aue da una larga experiencia. Pero es facilísimo- -para gente patriótica y racional- -obtener en dos años esos 50 millones, con los cuales el Ejército puede aspirar á la eficacia en su misión, sin los cuales es, como he dicho, una fábrica con ingenieros y operarios, pero sin maquinaria. Dejando en cuadro una división por Cuerpo de Ejército durante dos años- -lo que equivale á disminuir en ese plazo la mitad del efectivo aproximadamente, -puede obtenerse una economía de 20 á 25 millones anuales, con la cual se dotaría al Ejército de lo que es indispensable para que pueda hacer la guerra. ¡Qué atrocidad! -dirá más de un lector. ¡Estar dos años con medio Ejército! Sin duda es mejor estar toda la vida con un Ejército en el papel, pero incapacitado de cumplir su principal misión, por no decir la única, que es la de hacer la guerra en condiciones de poder triunfar. JENARO ALAS BIBLIOTECA DE A B C 34 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 35 dará de fijo. Vea usted lo que ha firmado; en esas líneas se describe minuciosamente el documento. Collin- Mégret sacó de su voluminosa cartera la papeleta falsificada que Delrue le había llevado tiempo atrás, y unió á ella con un alfiler el recibo que demostraba la falsificación. Todo ello era un perfecto pasaporte para presidio. Andrés, cogido eu el lazo, no tuvo fuerzas para protestar. De nuevo sintió el vértigo de la caída irremediable; quisó lanzarse sobre el siniestro y cínico industrial; pero no se atrevió. Collin- Megret jugueteaba con un revólver que tenía en la mesa, á guisa de prensa- papeles, y además, había á su alcance por todas partes botones de timbres eléctricos. El amo de Delrue, continuo: -Créame usted. No hay mal que por bien no venga. Si yo no tuviera en mi poder estospapelitos; si no hubiera usted cometido el delito de falsificación, ¿sería usted hoy mi secretario... perpetuo? Yo necesitaba un hombre inteligente y de cuya lealtad y adhesión pudiera estar seguro, y ya lo he encontrado. ¿Comprende usted? -Perfectamente. ¡Ya lo creo! Usted comprende á media palabra. Ya verá usted qué bien nos entendemos los dos! En seguida, sin transición, enteró á Delrue de sus múltiples ocupaciones futuras, más fáciles de adivinar que de describir. -Usted me vio en compañía de un extranjero cuando bajábamos de un coche á la puerta de un cafetucho del Mercado. No creerá usted que le acompañaba por gusto. -Ya supongo que le guiaba usted á conocer los rincones de París. Eso se paga bien. ¿Y es esa la misión que usted me reserva? -Sí, esa es. Usted es joven y se divertirá en grande. Verá usted, yo he creado un centro, El cicerone elegante, guía y consejero del extranjero en París. El único autorizado. -Autorizado, ¿eh? -Autorizado... por mí ¡naturalmente! La base de la agencia es este librito. Y le mostró uno adornado con vistas de la capital y sugestivos grabados con indicación de los lugares interesantes de París, tanto de día como de noche. Para visitarlos sin riesgo de ningún género, lo mejor era- -decía el libro- -dirigirse al Cicerone elegante que aseguraba contra todo riesgo y pagaba en todas partes por cueuta del visitante, por medio de un gentkman- guide, puesto á disposición del cliente, y todo ello bajo la garantía y el alto patronato de la Asociación de amigos de los viajeros extranjeros en Francia cuyo presidente de honor... y único miembro era el respetable Sr. Collin- Megret. Delrue comprendía el plan de su amo cada vez mejor. Se trataba de distribuir el libro en los lugares de recreo, en los grandes hoteles y á la llegada de los trenes de lujo; enganchar clientes si se podía, ó, en caso contrario, esperarlos en la agencia. Naturalmente, los sitios más curiosos de París eran aquellos en que cobraba mayor comisión el Cicerone elegante; los demás tenían poco interés. Usted verá cómo trabajo yo, y mego me substituirá usted. L, o principal es apoderarse de los extranjeros desde que llegan, no abandonarlos hasta que se marchan y no dejar que les roben. ¡Eso! No dejar que les robe... otro -A mí me gustan los extranjeros. Pero su dinero se ha hecho para gastarlo y conviene aprovecharse de él. Conmigo, por lo menos, cuando ya no hay más dinero, aún queda. Yo se lo doy. ¡Ah! ¿Usted da dinero? -Lo presto, que es lo mismo. Los extranjeros poseen alhajas, valores; aveces, al terminar su excursión, tienen papeletas del Monte de Piedad. Y siempre traen equipajes, abrigos, maletas, paraguas, etc. etc. Yo los alivio de esta impedimenta embarazosa y les doy dinero en su lugar. ¡Admirable! -Hay más. Yo extremo mi generosidad hasta ei punto de equipar completamente con mis existencias á los que se han dejado robar ó desvalijar, siempre que su firma sea buena. -Y así se colocan las prendas empeñadas. -Se hace lo que se puede. Dando por terminada la conversación y para no perder tiempo, Collin- Megret llevó á Delrue al guardarropa y le facilitó para vestirse un traje de una de sus víctimas, un príncipe rumano que había acabado por suicidarse, después de dejar en el Cicerone elegante cuanto llevaba encima. -Y ahora la última recomendación. Hay que recomendar á todo el mundo el banquero Bressieu, el famoso banquero del bulevar Haussmann, que es el mío. II DE COLLIN- MEGRET AL BARÓN DE BRESSIEU Los comienzos de Delrue en su nuevo empleo fueron humillantes y miserables; explotado, espiado, sometido á Collin- Megret, tenía, además, que aguantar las injurias y aun- los golpes de las víctimas del Cicerone elegante, cuando éstas advertían que se las robaba inicuamente. Tales desventuras excitaban la hilaridad del director de la Agencia, y esto aumentaba el rencor que hacia él sentía Andrés. -Ya me llegará la vez- -pensaba éste á menudo; -ahora me tienes en tu poder, pero pronto se volverán las tornas. Delrue había observado un detalle interesante que le podía servir de mucho en lo porvenir. Collin- Megret había, instalado en. una planta baja, con puertas á la calle, su Agencia y casa de préstamos, pero las oficinas del Ciceíone elegante estaban en el piso entresuelo, unido ala tienda por lina escalera de caracol. Al otro lado de la puerta- cochera, que era entrada principal del edificio, ñabía una tienda de modas, que también comunicaba con una escalera de caracol on la habitación correspondiente del entresuelo. Es decir, que entre el sospeahoso negociante y la modista ocupaban todo el piso mencionado y toda