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LIMERO 967 A B C MARTES 28 DE ENERO DE 1908. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. PAGINA 6 El nuevo puente sobre el río Cinca, en la carretera de Fraga á Alcolea. Corrimiento del último tramo, verificado á fines de la semana pasada. FOT. SALCEDO. ana maceta de flores, de barro cocido, puesta boca abajo. Unos tienen en sus manos la flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas escalas para convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto á ellos los darboukas, pequeños timbales que sirven de acompañamiento. Los cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de madera que sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres negros y rojos. Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de madera que sostienen las galerías superiores están unidas por una barandilla blanca y roja. Entre esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los derviches de la cofradía que murieron en olor de santidad, catafalcos de paño verde, agolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre frescas esteras de junco, se sientan en cuclillas ó se arrodillan, descansando el cuerpo en los talones, todos los fieles que acuden á la fiesta; gruesos tenderos de Eyoub, burgueses venidos en barca desde Constantinopla, jardineros de las cercanías, marinos de los acorazados turcos eternamente inmóviles en el Cuerno de Oro, todos con los zapatos en la mano y el fez erguido sobre la frente. Las barandillas da las cuatro columnatas cierran el centro de la mezquita, formando á modo de un gran salóti de baile, con el pavimento de madera, limpio, enceldado y brillante. Allí están aguardando su hora los sagrados ejecutantes de la fiesta, los derviches, acurrucados en el suelo, formando tres filas frente al cheik, que ocupa él solo la parte de Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos negros, que forman en torno de ellos amplio embudo, e inclinando á impulsos de la meditación el alto gorro que cubre su cabeza, parecen extraños insectos que se repliegan para saltar de pronto sobre una presa invisible. Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro abierto hasta la barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja descubierta una gruesa túnica anaranjada, de pliegues rígidos: una prenda venerable, con la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que parece tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampiño y rubio. Su pescnezo blanco se hincha y colorea de sangre con los esfuerzos de la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la nuez de la garganta, se agita convulsa, sube y baja, marcando las modulaciones de la voz. La plegaria tiene el ritmo de un canto orien- tal, monótona, soñolienta, de misteriosa lentitud, retardándose cada palabra con reflexivas pausas, prolongándose con repeticiones é interminables gorjeos, como ciertas canciones de Andalucía. Los derviches, abajo, con la frente en una mano y el codo en la rodilla, parecen soñar replegándose cada vez más dentro de sus embudos negros, empequeñeciéndose con el reconcentramiento de la meditación. ¿Qué dice la plegaria... Nada. Interminables alabanzas á Alá invisible, señor del universo, misterioso justiciero sin forma material ni otra imagen que los dorados earacteres árabes de elegantes rabos que lucen en la mezquita sobre el fondo verde de redondos escudos; nombres de sultanes que, agrupados en lista cronológica, son como la historia del pueblo turco. Y, sin embargo, esta oración, cuyas palabras carecen de mérito literario y sólo tienen el encanto de la música adormecedora, causa en el auditorio un efecto de recogimiento sincero que rara vez se encuentra en los ritos occidentales. La voz del cantor parece hipnotizar á los oyentes. Los fieles, con la mirada perdida y el cuerpo rígido, empiezan á moverse sobre su cintura, siguiendo con un vaivén, cada vez 1 más enérgico, las palabras del derviche. Los rostros se colorean como si ref leí asen las llamas de una combustión interior. Las nances se dilatan, y en los ojos brilla, como chispa perdida, un punto de luz azulada y misteriosa. De vez en cuando un rudo suspiro se escapa de estos pechos contraídos por la emoción religiosa. El europeo, solo y aislado en esta mezquita lejana, entre la vehemencia silenciosa de unas ceremonias que parecen resucitar siglos lejanos, bárbaros y belicosos, se siente invadido por la inquietud. Calla el cantor, cierra el libro, se retira remontando sobre sus hombros anaranjados el negro aleteo de su capa, y una música tenue y dulce, un suspiro pastoril se extiende en el silencio profundo de la mezquita, donde lo? hombres parecen cuerpos sin almas. Es una flauta. La media hora de meditación c ue precede á la danza sagrada la llena el gorjeo de este instrumento bucólico. El músico, inmóvil entre sus compañeros en cuclillas, que parecen maniquíes, bincha sus carrillos, enrojece, suda con el continuo esfuerzo; pero al mismo tiempo sus ojos mates, perdidos en éxtasis, delatan el fiero orgullo detener pendiente de su soplo el fervor de los fieles y de los santos hermanos de la cofradía. VICENTE BLASCO 1 BANEZ BIBLIOTECA DE A B C 30 perdón que Luisa hizo con ían ademán de las manos, que se extendieron, cruzadas, hacia adelante, contestó él mostrándola el féretro con un gesto. Y eso fue todo. Luisa lo comprendió perfectamente. Ya no podía ser per donada. Ni perdón ni esperanza. Todo había acabado. XI EL CALVARIO Daba lástima ver á aquella pobre muchacha que, no atreviéndose á unirse á la comitiva del duelo, iba detrás, siguiéndola con la mirada, estrechando contra su pecho el ramo de violetas y dejando correr las lágrimas. Las gentes la miraban compasivamente, pero ella no se daba cuenta de lo que la rodeaba. Llegó por fin el cortejo á la iglesia, que lleno ei acompañamiento. Luisa entró también. De allí rio podían arrojarla, porque aquella era la casa del que en otros tiempos dirigió á María Magdalena una mirada de perdón y una frase de misericordia. Serás perdonada porque has amado mucho. Oculta en un rincón, asistió Luisa á la ceremonia fúnebre; salió luego detrás de la comitiva, siempre á distancia; oyó el tañido de la campana del cementerio, y como si despertase, exclamó: ¡Pobre abuelita! ¡Yo la he matado! ¡Quiero verla por última vez! ¡Perdón, abuelita! ¡Perdón! Observó que la miraban, y para rehuir la curiosidad de los extraños, se internó en el cementerio, vagó algún tiempo por entre las sepulturas y fue luego, instintivamente, al lugar en que estaba el sepulcro de su madre, y donde acababa de ser enterrada su abuelita. Allí, sola, llevóse á sus labios el ramo ae violetas, 10 üeposito soore a lapida y cayó de redillas, murmurando: -Ya lo ves, abuela; te traía violetas que ce gustaban tanto. ¿le acuerdas? Cuando volvía de clase me mirabas siempre á las manos para ver si te las llevaba. Y luego de recoger el ramo lo colocábamos las des ante el retrato de mamá. Las he comprado allá arriba, cerca de casa, para tí. Yo iba á verte, á pedir que me recibieras y me perdonaras... ¡Si tú supieras! Largo rato permaneció postrada en aquel sitio. Decidió acabar allí su vida, ya que allí habían terminado sus esperanzas. ¡Señorita! -murmuró una voz dulcemente á su oído. -Tenga usted la bondad de levantarse. Se va á cerrar. Era el guarda del cementerio. Se puso en pie; temblorosa y vacilante se alejó. ¿Adonde? No lo sabía. Sus pasos la llevaban instintivamente hacia el bulevar de Clichy. Se encontró, sin saber cómo, entre el bullicio estruendoso de la feria, formado por los órganos de las barracas, las voces y las risas de la muchedum bre, y aquella repentina transición la impresionó de tal modo, que cayó al suelo desmayada, en un charco fansroso FIN 0 E LA PRIMERA PARTE SEGUNDA PARTE MONSTRUOS DE PARÍS 1 LA HISTORIA DE DELRUE París es, de fijo, la ciudad del mundo en que menos sabe cada cual de sil vecino; la ruina ó la caída de cualquiera que la víspera disfrutara todavía de la consideración y del respeto generales son noticias siempre imprevistas. Se iuzga por las apariencias y el éxito es el dueño y señor. La situación del marqués de Kermor estaba comprometida, y perdida casi hasta la honra; la de su salvador, el barón Bressieu, se sostenía por un prodigio de equilibrio, por un reclamo insolente, por un bluff enorme. Pues bien, la opinión de todo París era esta: ¿Kermor? Un gran señor; tira el dinero por la ventana; pero posee una fortuna inagotable. ¿Bressieu? El banquero de moda; la suerte hecha hombre, juguetea con los millones; es honrado y ¡es ran rico! Así es que cuanao jas revistas ae sociedad anunciaron el matrimonio de Enrique y Sidonia todos lo consideraron como un gran acontecimiento, inclinándose ante las dos inmensas fortunas que se unían, lo cual hizo sonreír diabólicamente á Delrue ¿Y quién era Delrue? Andrés Delrue no había conocido á su madre. Su padre, modesto cultivador, hizo todo género de sacrificios para darle una carrera, y lo llevó al Liceo de Rennes, donde tuvo por compañero de estudios al joven conde de Kermor, que fue también camarada suyo en el servicio militar. Terminado éste, perdiéronse de vista el uno al otro. Enrique volvió al gran mundo y á sus estudios coloniales; Delrue siguió un camino muy distinto. Hasta entonces había podido considerarse como un privilegiado de ía existenci; -A partir de aquel punto las cosas cambiaron por completo. Su padre era un campesino ambicioso y terco, con todas las cualidades y todos los defectos de su clase. Había salido de la nada, y á fuerza de economías, de privaciones y de trabajo, había logrado ser algo. No sabía leer ni es-