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K LIMERO 9 65 A B C DOMINGO 26 DE ENERO DE 1908. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. PAGINA 6 Madrid. La boda de Regaíerín. Los novios y los invitados á la ceremonia al salir de la iglesia, de San Jerónimo, después de la bendición nupcial. FOT. aañi. L CONCURSO La Asociación general de Ganaderos, que preside DE MAYO el señor duque de Veragua, ha organizado para este año, persiguiendo el fomento de nuestra riqueza pecuaria y la aclimatación y difusión de estas iniciativas en todas las regiones, otro Concurso nacional de ganados y maquinaria agrícola, que se celebrará en Madrid desde el 22 al 27 de Mayo próximo, y que sin duda habrá de adquirir aún más imnortancia que el de 1907. LA GANADERÍA ESPAÑOLA Como entonces, ahora los terrenos elegidos para este Certamen son los de San Antonio de la Florida, en los cuales podrán ser expuestos los ejemplares que concurran de los ganados caballar, asnal, vacuno, lanar, cabrío y de cerda, é igualmente las máquinas y utensilios relacionados con la ganadería, ya en lo relativo á la preparación de la alimentación, ya en lo pertinente al aprovechamiento de los productos pecuarios. Las cédulas de inscripción serán solicitadas antes del 30 de Abril, de la secretaría de la Asociación de Ganaderos, Huertas, 30, y se entregarán gratuitamente en dicha oficina central ó en las jefaturas de Fomento y en los domici- lios de los visitadores provinciales de ganadería. En tales cédulas se consignará el número y clase de máquinas ó ganados que hayan de ser expuestos y la sección del programa en que deseen inscribirse, que no podrá ser más de una por cada expositor. Los industriales ó fabricantes expresarán los metros cuadrados que necesiten para hacer sus instalaciones, siendo éstas de su cuenta en terreno que se les cede gratuitamente. Auméntanse este año los premios, perfectamente distribuidos por grupos, clases y secciones. Así para el ganado caballar y asnal, se concederán un premio extraordinario de 1.250 pesetas y campeonato, dos de i.ooo, cuatro de 700, dos de 500, cuatro de 350, -dos medallas de oro y ocho menciones honoríficas, en la clase de aptitud para la silla; en la de aptitud para el tiro de lujo, diez en metálico de 1.250, 1.000 700, 500 y 350, además de las medallas y menciones correspondientes; nueve para el tiro pe sado, de igual cuantía, y dos premios de 400, con sus respectivas menciones, para el asnal. Se ofrecen para el vacuno, en sus secciones de producción de carne, trabajo y producción de leche, dos premios de 800 pesetas, 18 de 600, igual número de 300, dos de 250, dos de 125 y seis medallas de oro. Los destinados al ganado lanar y cabrio son 41: tres de 500 pesetas; 13 de 400; dos de 300; BIBLIOTECA DE A B C 26 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 27 Creían que se habían marchado. ¡Tanto mejor! Concentró todas sus facultades en la mirada y logró distinguir claramente el grupo siniestro formado por tres sombras patibularias que llevaban algo haeia un montón de escombros. Lo que llevaban era el cuerpo inanimado de una mujer con la cabeza envuelta en un mantón. No necesitó ver más; apretó el puño con que sujetaba su bastón de hierro y se abalanzó á los asesinos. ¡Ahí está! ¡Duro en él! ¡Pínchale, Rizos! El Rizos dio dos pasos hacia Enrique; pero éste levantó su pesado bastón, que describió un semicírculo terrible y fue á chocar con el bandido. Kl Rizos se desplomó con el cráneo abierto del golpe. ¡Y va tino! -dijo Kernaor tranquilamente. ¡Pínchale, Total- -ordenó con furia el jefe de los apaches. Totó, el granujilla que le acompañaba, trató de acercarse á Enrique puñal en mano, pero advirtió que llegaba Delrue apuntando con su revólver v huyó velozmente por detrás de la valla. Enrique y el Muralla estaban frente á frente; éste último llevaba acuestas á su víctima. Para agredir al conde a aejo en ei sueio de un movimiento brusco; echó mano al bolsillo y sacó un puñal. -Para ti y para ella ¡hasta el puño! Acércate... No pudo acabar. Por segunda vez, el bastón, agitado en el aire, cayó, yendo á dar en la mano armada del bandido, y éste se tambaleó. Luego, Enrique se echó sobre él, le agarró por el pescuezo y le hizo caer. El Muralla quedó inerte con la cabeza apoyada en el borde de la acera. Enrique le empujó con el pie, y se dirigió á la desconocida, apresada por los bandidos. -No tenga usted miedo, señorita. Repentinamente se acordó de Delrue. ¡Andrés! ¿Dónde estás? ¡Corre, busca quien socorra á esta muchacha; trae un coche! Delrue, temblando de rabia, porque había comprendido todo lo sucedido, se acercó. ¡Aquí estoy, aquí estoy! A medida que se aproximaba, su desesperación porque el golpe hubiera fallado, iba en aumento. De pronto se ofreció á su vista un espectáculo espantoso. El Muralla, vuelto en sí, se arrastraba pxiñal en mano por los escombros, para llegar hasta donde estaba Enrique, auxiliando á la para él desconocida joven. Antes de que pudiera advertirlo levantó el puñal y 1lo clavó furiosarnente en el cuerpo dei conde, que se desplomó sin decir ¡ay El asesino, á su vez, volvió á caer inanimado. Toda esta sucesión de escenas trágicas se había desarrouado rapidísimaíüente. El miserable Delrue se encontraoa solo, en pie, entre tres homores heridos, tal vez niortalmente, y Juana Le Brenn, indefensa y á merced suya. ¡Tiene que morir! Lo que no han podido hacer el Rizos ni el Muralla, lo haré yo. Por su culpa se me escapa de las manos el medio millón en el momento en que casi lo tocaba. Se me escapa, indudablemente, porque Enrique no es fácil que se salve de la puñalada que ha recibido. Se apoderó del puñal que había caído á sus pies; se acercó á juana; descubrió la cara de la niña para convencerse de que era ella y... no tuvo valor para herirla. ¿Qué podría hacer. Se le ocurrió una idea diabólica y la puso en práctica en el acto. Cogió á Juana en brazos y se la llevó á alguna distancia del lugar del suceso, en dirección al faubourg del Temple, parándose junto á un farol del alumbrado público Entonces Juana volvía en si y abría los ojos, espantados por ei terror, y al mirar al hombre eme se inclinaba hacia ella y reconocerle, quedó aún más aterrorizada. ¡Sr. Delrue! ¡Es usted! -Yo mismo, Srta. Juana. Una feliz casualidad me trajo por esta calle; oí ut grito de mujer é hice lo que cualquier otro hubiera hecho en mi lugar. Juana dio un grito. ¡Sangre! ¡Está usted ensangrentado! Al comprobar la certeza de la observación, Delrue se estremeció. Era ver dad; tenía el traje manchado de sangre que había salpicado de la herida di Enrique. -No es nada. He luchaao con esos bandidos y tendré alguna rozadura, alguna herida insignificante. No la siento, y bendigo á la Providencia que guie mis pasos, puesto que la mujer á quien he salvado es usted. Juana no pensaba en dar las gracias á su salvador. La preocupaba sólo la idea de que Delrue querría acompañarla, y se enteraría de sus nuevas señas, y la marquesa las sabría inmediatamente. -Sr. Delrue- -balbució, -tengo que pedir á usted un favor. Déjeme usted marchar sola; no me siga usted. Si accede usted le quedaré aún más agradscida que de haberme salvado. -Los deseos de usted son órdenes para mi. Puede usted irse, y vo la pro ¿to que no trataré de saber adonde. Seré discreto. ¿Gracias! ¡Muchas gracias! Rápida y ligera, aguijada por el espanto que la üaoían producido los bandidos, y por el deseo de guardar el secreto de su nueva habitación, subió por el faubourg y desapareció pronto como una sombra vaporosa. Mientras tanto, uno de los tres cuerpos que habían quedado tendidos en la obra había, comenzado á removerse. Era el Muralla, cuya constitución hercúlea le había hecho resistir. Púsose en pie; se frotó la frente, y al respirar el aire frío sintió que recuperaba la vida. -Hay que escapar- -gruño- -antes de que vengan los guardias. ¡Eh, Rizos. i. ¡No contesta! Pues yo no puedo dejarle ahí; no sería prudente. Cogió el inanimado cuerpo de su cómplice y se lo echó á la espalda como si fuera un saco.