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NUMERO 9 3 rías partes del cuerpo, trazas de furiosos mordiscos del asesino! El último cartel da los detalles de un crimen rnostruoso. Víctima: una infeliz criatura. La pobrecita se llamaba Elsa, y tenía cuatro años. Motivo: ¡Bestiales instintos! En ninguna ciudad del mundo; diré más, en ningún país del globo son tan frecuentes crímenes de esta naturaleza. Hace apenas seis meses perecieron del mismo modo en Berlín cuatro niñas de poco más ó menos la misma edad. Y los alemanes tienen fama de hombres i más b i e n fríos, sin grandes entusiasmos, i grandes expansiones 1 ni grandes arrebatos. í Yo no lo comprendo, y hace veinticinco años que vengo obervándolos. T os dramas emocio nantes, dramas del amor, cuyos héroes son oficiales del Ejército prusiano, tienen en suspenso la atención del país. Primer dramaP e r s o n a j e s Elly Lewandowsky, veintinueve años, guapa, coqueta, apasionada Su marido, cuarenta años. Von vein cicuatro años, oficial de la Guardia iinpenal. Una linda doncella, de dieciocho años. La acción en una tujosa casa de un barrio elegante de Ber lín, á las seis de la mañana. ¡Siempre la misma cosa 11 El drama eterno Llegada inesperada del marido. Von se encierra en el cabinet de toilette. A B C V I E R N E S 24 D E E N E R O D E 1908. O C H O P A G I N A S E D I C I Ó N 1. De eso hace tres meses. Días pasados, la doncella, movida no se sabe por qué sentimientos, denunció si crimen al fiscal. Y ahora afirma la señora Lewandowsky que el teniente von había pasado la noche con su doncella y que hubo error por parte de su esposo al suponer cosa distinta. Pronto se efectuará la vista, y por si interesa á mis lectores, les tendré al corriente de lo que en ella ocurra. El segundo drama parece más bien una novela de Gaboriau ó Sherlok Holms. Von Goeben, que había sido oficial de Estado Mayor y que pidió su excedencia, se incorporó á las fuerzas boers, distinguiéndose en ellas por su singular valor; sobre todo, en la batalla de Diamant Hill, que duró tres días, y en la cual combatió en calidad de comandante, siendo varias veces gravemente herido. Al terminar la guerra boer, volvió á ingresar en el gran Estado Mayor prusiano, y cuando la guerra en Macedonia fue enviado allí en comisión especial, y tomó parte en varios encuentros. A principios del año pasado fue trasladado á Allenstein. cerca de la frontera rusa, donde co- PAGINA 6 El día siguiente fueran detenidos: él, como sospechoso del crimen, y ella, como su instigadora. De las investigaciones hechas se deduce lo siguiente: El capitán von Goeben, que se había mandado hacer una máscara, recomendando bien al encargarla que los agujeros para los ojos fueran grandes, de modo que no estorbaran la vista, fue á buscarla el dia de Nochebuena, y en la misma tarde fue á casa de sus amigos von Schonbeck, donde estaba invitado para celebrar la fiesta con ellos, en intimidad de la familia. A eso de las once se despidió é hizo como si saliera de la casa, cerrando la puerta con gran estrepito; pero en realidad volvió á sui, bir las escaleras y entró en el cuarto de dormir de la señora de Schonbeck, cuyo mando se había retirado á sus habitaciones. A las docey media de la noche, habiendo oído von Schonbeck un ruido insólito en las escaleras, encendió la luz eléctrica y abrió de repente la puerta de su cuarto, hallándose así en plena claridad, mientras q u e von Goeben, oculto, le disparó un tiro á bocajarro, atravesándole la bala la cabeza. Salió precipitadamente de la casa y fue á vestirse de paisano para regresar al domicilio de su víctima, con el propósito de arrojar el cadáver al río Alie, que pasa á poca distancia de la casa, y que se pudiese creer que la muerte de Schonbeck se debió a un suicidio; pero una patrulla que encontró le impidió realizar tai pensamiento. Qilbantes correctos. ¿Qué decir que ya no se sepa por telégrafo de la manifestación socialista, con motivo del sufragio universal paralas elecciones del Landstag? que ayer celebró A las once del día iba yo tranquilamenFOT. GOM. te á patinar al Thiergarten, y me encontré con grupos de hombres, vestidos de negro la mayor parte de ellos, con levita y chistera. Marchaban en silencio con la mayor gravedad. Cualquiera habría creído que iban á un entierro, é iban nada menos que a silbar al príncipe de Búlow, canciller del Imperio. Después de lo cual, graves y silenciosos, vot vieron á sus hogares. En todo alemán hay un policía y un filósofo. EÜUARDO rtAHN Berlín, íS de Enero de 1908. S S Lewandowsky tira á través de la puerta con una pistola Browing y, por casualidad extraordinaria, acierta al amante de su esposa en el vientre. Este cae, atrave- Madrid. En el cuarto de banderas de Batallón Cazadores de Madrid, durante la fiesta con sadas por la bala las dicho cuerpo el santo de S. M. el Rey. entrañas, m i e n t r a s que el marido ofendido, con un látigo en la mano, quiere forzarle á Vivía en la pequeña guarnición de Allens- noció á la señora de Schonbeck, para su desabandonar la casa en el estado y con el ligero tein el comandante de Schonbeck con su seño- gracia. El día de Pascua, á las ocho y media de traje en que se hallaba. ra y dos niños de seis y ocho años de edad. ía mañana, se presentó von Goeben en la casa El desgraciado amante arrastrándose, refuLos esposos no vivían en buena armonía; de su amigo von Schonbeck, con quien había giase en el cuarto de la doncella. pues el carácter del marido era muy serio y el quedado citado para una cacería. Al ir el criado á prevenir á su señor le enSe llama á un médico, al cual refiere de la mujer. más que alegre. Hacía algún tiemque, por accidente, al quererse poner la manta, po que, aunque habitaban bajo el mismo te- contró muerto en su cuarto, tendido en el suese fue el tiro de su pistola. Y se le transporta á cho, ocupaban distintas habitaciones: él en el lo ante el umbral de la puerta, con un balazo en la cabeza. un hospital, donde, pocas horas después, mue- piso bajo y ella en el piso principal. re sin delatar á su asesino. Von Goeben echó tan sólo una mirada al caTambién formaba parte de la guarnición de La señora Lewandowsky, de luto, asiste al en- Allenstein el capitán von Goeben, brillante ofi- dáver, y subió á las habitaciones de la señora tierro de su amante, y establece relaciones de cial, de arrogante figura y generalmente esti- de Schonbeck, á quien ofreció sus servicios. Poco rato después abandonaba la casa. amistad con la familia. mado por su gran amabilidad y cultura. BIBLIOTECA DE A B C ¿á 2 mecanismo de la respiración. Y el amor era para ella un misterio mayor todavía. El regreso del conde fue la revelación para ella, la terrible, la lamentable verdad fulguró en su alma al oír que Enrique pedía la mano de la bella y orgullosa Sidonia de Bressieu. Toda esta vida, toda esta historia, la repasaba ella en aquel minuto decisi vo, desesperada, de rodillas ante los retratos de sus progenitores, y sola ya en el mundo, ¡sola! Juana advirtió que era de día; sintió el temor de ser encontrada por la mar quesa, de ser interrogada, de descubrir su secreto. -Me voy- -murmuró. Se puso en pie, bajó á la calle. No iba muy lejos. Una hora después, un mozo de cuerda había trasladado á la nueva habitación la camita de hierro la máquina de coser, la mesa de labor, el modestísimo lavabo, la cómoda y las dos sillas que constituían todo el ajuar de la obrerita. Hecha la mudanza y satisfecho por adelantado el alquiler de su nuevo cuarto, no le quedaban á Juana más que 12 francos. Tenía, que vivir y salió de nuevo á buscar trabajo. Lo vio anunciado en una cartelera. Precisamente era la labor á que ella se había dedicado y que dominaba ¿Había que velar? ¡Mejor! Velaría; tal vez las fatigas del trabajo la descansaran de los dolores del alma. Sin vacilar se encaminó á la calle del Temple. Cuando volvía se detuvieron á pocos pasos de su puerta dos hombres. Eran Andrés Delrue y el Rizos. ¿La has visto bien? -preguntó el primero. ¡Cuidado con equivocarte! -Puedes estar tranquilo; no se me escapará. -Bueno. Dentro de tres días volveré con el dinero- y entonces veremos. -Dentro de tres días, entre el Muralla y yo habremos dado cuenta de la muchacha. ¿El Muralla? ¿Quién es eser- -Es mi compañero. Sin él no voy á ninguna parte, y hay que tomarlo ó dejarlo. Delrue vaciló. -Decídete, porque ahí viene. Un gigantón peligroso bajaba por él aubourg; otro tigre, pero con algo más feroz que el Rizos en la mirada, algo más espantoso en el aspecto, algo más de criminal, en una palabra. Le acompañaba un chiquillo, un gol o repulsivo y harapiento. Delrue miró al coioso. ¡Qué remedio! Es cosa convenida. 5.000 francos, ¿eh? Paga doble. -Está bien. Ahiteca y no lo eches en olvido: el jueves en el hotel de Embajadores con el pame ¡Mucho cuidado! Andrés se alejé pensando: Equiposy canastillas, calle del Temple, j 8 bts. Para trabajo urgente se solicita obreras hábiles. Hay teladas LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 23- -Creo que ya puedo dormir tranquilo y que no he perdido el día. La verdad es que cuesta trabajo ganar el dinero de Sidonia la RojaLos dos bandidos se reunieron, y poco después combinaban sus siniestros planes. El chiquillo les precedía cantando de satisfacción. Le habían dicho que había negocioj y que tendría su parte. vin ENSUEÑO Y PESADILLA Los tres días convenidos transcurrieron para Delrue en una fiebre de impalencia terrible. Todas las mañanas leía ávidamente los periódicos, esperando incontrar el relato de un crimen, de su crimen. No había, nada todavía. ¿A jué esperaban? ¿Tendrían miedo? Llegó la noche del jueves. Pronto iba á salir de dudas. Se disponía á salir del palacio de los Kermor discretamente, cuando se encontró con Enrique, que tomando su brazo, le dijo con nerviosa jovialidad- -Esta noche vienes conmigo. Vamos á ir de jarana, á recorrer los rincones más ocultos de París. Quiero despedirme en regla de mi vida de soltero. ¡Pero hombre! -No pienses maliciosamente. Se trata de un paseo de exploración. Es mi manía. Acaban de condecorarme por haber atravesado el Oubanghi y creo que es más peligroso recorrer los barrios bajos de París. A eso vamos. A poco de encontrarse en la calle, y cuando Andrés pensaba el medio de dar esquinazo á Enrique, observó que éste se limpiaba los ojos. ¡Diablo de viento! -decía el conde de Kermor. -Hace llorar, ¿verdad? ¿Llorar? ¿Quién habla de llorar? ¡Estaría bueno el héroe- 1 Oubanghi llorando por un poco de viento frío! Al contrarío, Andrés, vamos á reírnos, á reimos mucho. -Bueno, pues déjame que resuelva el programa. Te llevaré á Montmartre, al barrio de los cabarets, de la feria, que está ahora animadísima... Enrique movió la cabeza á uno y otro lado. -No, no. Quiero ir al baile de que me hablaste la otra noche, que no está en Montmartre, sino en las orillas del Canal. -Aquel es un sitio peligroso y no llevamos armas. -Yo llevo mi bastón de hierro y basta. Vamos, no digas que no. Tú has comprendido lo que yo quiero. Tú sabes lo que yo sufro desde hace cuatro días, lo que me desespera eoa boda de que fuiste el primero en hablarme. Por la felicidad de mi madre me callaré; me callaré por salvar á mi padre de la muerte y de la deshonra; pero, ¡si yo pudiera! ¡Qué distinto el ensueño que yo acariciaba en mis largas noches de África! Caminaron un rato en silencio hasta que de nuevo tomo la palabra Enrique.