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NUMERO 962 DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL A B C JUEVES 23 DE ENERO DE 1908. OCHO PAGINAS. EDICIÓN pasa el tiempo sin realizar la más leve moción. Ahora tuerce la cabeza, á fin de examinar á un orador, con el mismo gesto de Lipamilán, el de la Regenta, el cual es salsido que miraba como las aves de corral. Y ahora se sonríe, realiza ese acto privativamente humano (si bien algunos autores aseguran que el conejo hace lo propio) que en él tiene fascinación de santa simplicidad y candor paniego, cualidades entrambas que le han elevado á la jefatura. Porque, la verdad sea dicha, en este país de los Peel, los Disraeli, los Salisbury los Gladstone, es un poco raro que Campbell- Bannerman dadanos. No hace mucho tiempo aún, cuando se le juzgaba rozagante y sanóte, su nombre no excitaba otra cosa que irrisión y desprecio. Muriósele la mujer, á quien amaba entrañablemente, y el dolor le hizo decaer y enfermar. Entonces, este gran pueblo, ferozmente egoísta y ferozmente sentimental, volvió los ojos hacia el anciano dolorido y le rodeó de caliente afecto y entusiasmo Sir Henry no se recobró totalmente desde la falta de su compañera, y como su capacidad de trabajo no es muy grande, acontece que, apeuaa entra en el Poder bajo la enorme balumba PAGINA 6 2,30, charla con el jardinero; 3 á 7,30, preparación de un discurso (infinitas interrupciones) 7,30, se viste para comer. Llega un emisario del Rey; 8, comida; 9, contestación á la carta del Rey; hojea algunos periódicos anotados; 15 cartas privadas de su puño y letra, y 50 dictadas. Nota para un discursc Martes: 12,30, va al lecho en donde lee durante una hora. Se le llama á las 7. Desayuno á las 8. Va á las 10,30 á Oundee, en automóvil. Toma el tren de las 11,35. En el tren dicta 27 cartas, revisa la nota de un discurso y almuerza. A la llegada recibe siete diputaciones, abre un club liberal y hace siete visitas. 7, comida; 8, reunión pública en la cual habla durante cuarenta y cinco minutos, 10,30, cena ligera. Consulta política con un colega hasta muy avanzada la noche. Y así sucesivamente. Alguno preguntará: ¿Cuándo estudia este hombre? A lo que respondo: ¿Cuándo estudian los nuestros? Además, ¿para qué le hace falta? Ya tiene quien estudie por él y tiene sobrado con su buen juicio. Los ingleses, conociendo el perdurable ajetreo de su jefe y su grande infortunio, no pueden menos de mirar con amor á este pobre viejo enfermizo, que amaba mucho á su esposa; á este cuer po caduco y vulgar coronado por una bola sonriente; á este buen señor que suda la gota gorda para escribir un discurso, y luego, cuando viene la sazón de pronunciarlo en las Cortes, se c o n t e n t a con leer las cuartillas con deliciosa modestia. R. PÉREZ DE AYALA Londres, Enero, 1908. LONDRES ¿IR HENRY Sir Henry Campbell Banner man, jefe ó leader del partido tberal y presidente del Consejo de ministros, ale hoy de Biarritz, adonde hubo de condu; irle el quebrantamiento grave de su salud, y Í etorna á Inglaterra dispuesto á emprender la rueva lucha parlamentaria, la cual promete er de mucha aspereza y vigor. El primer ministro inglés bien merece que se le dedique una cróiiica: hablemos, pues, unos minutos de sir Tenry. Físicamente, es de una vulgaridad perfecta: ni alto ni bajo, íi moreno ni rubio, faino cano, ni grues ni enjuto, no usa monóculo como Chamt- erlain, ni dos pares, de lentes como Balrour, ni es manco como el emperador de Alemania, ni cojo como... bueno, como otros políticos. En fin, un hombre de una vulgaridad perfecta. Circunscribiéndonos al rostro, esta v u l g a r i d a d no está exenta de cierto encanto, el encanto de la hombría de bien, porque, eso sí, sir Henty es un buenazo á carta cabal; no hay más que mirarle. Contemplémosle durante unos instantes. Es en The House of Cornmons. Sir Henry está sentado en el banco del Gobierno, mirando de hito en hito á su adversario, que vierte automáticamente un raudal de invectivas. A su derecha se yergue la faz cejiprieta, velluda y hierática de John Burns, el ministro socialista. A su izquieida resplandecen la sonrisa pachorrudamente irónica, glabra, y los transparentes T Ve Barcelona, Las dos plazas de toros de la ciudad Madrid. Grupo de comensales del banquete celebrado ayer tarde en honor del general Madarága (x) condal h a n sido tonistro de la Guerra. FOT. A B madas en arriendo por Entre estas dos cabezas admirables, repletas ocupe ignal rango que ellos en los destinos de quehaceres sus fuerzas merman y llega un el inteligente aficionado D. Luis Castillo, quien p pg punto en que le faltan. Añádase á esto que se propone dar buenas corridas de toros que de vida interior- -dijérase la una esculpida por de la nación. Bonnatello, pintada la otra por sir Joshna La influencia personal de sir Henry es una sir Henry pone en la obra que realiza toda la no tengan nada que envidiar á las mejores que Reynolds, -la cabeza de sir Henry resulta la- especie de fuerza de cohesión que mantiene vehemencia de su temperamento, que es mu- se celebran en España. El Sr. Castillo inaugurará la temporada oficial mentablemente grotesca. En primer lugar, es momentáneamente unidas diferentes tenden- cha, y la diamantina oerseverancia de su espíel Domingo de Ramos, 12 de Abril, con; una de una esfericidad absoluta. Convendréis con- cias centrífugas del partido radical. En esta ritu honrado. A fin de que el lector adquiera una leve in- corrida en la que Ricardo Torres, Bombita, y migo en que un cráneo esférico suele mover á agrupación política existen hoy vigorosos inrisa, aun cuando esté poblado de ideas subli telectos que no armonizan entre sí, y cualquie- formación de lo que es la labor del primer mi- Rafael Gómez, Gallito, estoquearán seis toros mes. Luego, sir Henry tiene de ordinario la ra predice, por muy poco zahori que sea, que nistro de Inglaterra, copiaré una nota del dia- de Saltillo. faz estupefacta, como si nunca acabara de el día de la muerte de sir Henry sobrevendrá rio de sir Henry, escrito por un secretario: Los dos citados espadas torearán, además de Lunes: 7,30, bebe té y hojea periódicos en esa corrida, otras dos en los meses de Mayo y asombrarse de las cosas que le dicen. Con los una aguda crisis en el partido. Y sir Henry, á la cama; 8,15, baño; 9, desayuno; 9,30 á 1,30, Junio, y con ellos alternarán, entre otros, Rabrazos trabajosamente cruzados- -igual que las lo que se asegura, está bastante enfermo. personas obesas, y él no lo es- -la bola ó tumor Así como su bondadosa sencillez le encum- correspondencia (frecuentes interrupciones y fael González, Machaquito; Vicente Pastor; rotundo ó inexpresivo sobre los hombros, el bró, achaques y físicas flaquezas han conse- visitas) 1,30, almuerzo y discusión de materias Castor Ibarra, Cocherito, y Manuel Torres, cuerpo rígido y las piernas muy juntas, se guido para sir Henry el cariño de sus conciu- políticas con algunas reglas del ministerio; Bombita III. Informes taurinos BIBLIOTECA DE A B C 18 ¿A SEÑORITA. DE LOS CIEN MILLONES 19 ¡Vete, vete! ¡No queremos volver á verte! Volvió á cogerla por los hombros, la arrastró hacia la calle. ¡Bribona! En el interior de la habitación resonó en aquel momento otro grito. Allá en el fondo apareció una figura temblorosa. Era la abuelita. ¡Señor, Dios mío! -No es esa la voz de la niña? Me ha parecido oir á Luisa. En la garganta de ésta se ahogó una exclamación suplicante. -Sí- -decía la anciana, -era su voz. ¿Qué pasa, Dios mío? ¿Qué pasa? -contestó el comandante. -Que hemos perdido á Luisa y que iiay una perdida más en el arroyo. Y cerró la puerta. Luisa se puso en pie trabajosamente. Tenía la frente ensangrentada; pero no ñizo caso. ¡En la calle! ¡Maldita! ¡Estoy maldita! Echó á andar. Nevaba, y la nieve se le antojó sudario de su felicidad, de su juventud y de su amor. VI EL HOMBRE QUE MATA Dejemos á la víctima y volvamos al verdugo, á Delrue. Al atravesar la plaza Pigalle, oyó rudos y breves rugidos que salían de una de las barracas de la feria de Montmartre, y se detuvo, como si aauellas voces le hubiesen llamado ó como si fueran el eco de su conciencia. Quería que todo hubiera concluido. Tenía miedo de tener miedo. ¡Cobarde, cobarde! ¡Como me lo ha dicho ella! ¿Tendrá razón? Si esperase á mañana... La noche es buena consejera... ¡No! Mañana tal vez no me atrevería. Mañana es un traidor desconocido. Todo es un mal cuarto de hora; pero, en cambio, luego... Además, él no se mezclaría en nada; no haría más que señalar la víctima y luego decir: ¡Ya está hecho! Pague usted. Algo más sereno, encaminóse hacia el canal de San Martín; por aquellos barrios conocía él unas casas donde había de encontrar lo que necesitaba: el hombre que matara. En determinada época de su vida había frecuentado aquellos tugurios y ha- bía estrechado manos de apaches y otros bandidos parisienses, luego, convertido en secretario íntimo del marqués de Kermor, y al mismo tiempo en instrumento ciego del barón de Bressieu, había seguido cultivando aquella? monstruosas relaciones. ¡Quién sabe lo que puede suceder... Llegaba á la calle de Vinaigrers cuando comenzó á nevar. Era la hora en que Luisa, arrojada de la casa de su padre, bajaba por la calle Lepic, y el momento en que la linda rubita Juana se alejaba de la de la Boétie. En los muelles del antiguo canal, Delrue se detuvo un instante, entró por una calleja obscura y penetró, como en su casa, en un edificio de desagradable aspecto, que bien pudiera ser reminiscencia de la Corte délos Milagros. Aquel edificio era un hotel y en su puerta casi lucía un farol mugriento con un letrero que ostentaba el presuntuoso título de Hotel del Embajadores Delrue permaneció allí poco más de media hora. Cuando salió le acompañaba un individuo de pésima traza, con la gorra echada sobre los ojos, un grasiento pañuelo encarnado anudado al cuello, peinado hacia adelante, robusto, de mirar atravesado. Era otro Delrue de mucho más baja condición. Subieron ambos por el muelle hacia el faubourgdel Temple, desierto á aquellas horas. Delante de ellos caminaba con paso rápido, pero que dejaba adivinar cierto cansancio, una sombra esbelta, siluetada de blanco por la nieve, una obrera tal vez, que venía de velar en su obrador. El acompañante de Delrue preguntó á éste con voz aguardentosa: -Y áe parné, ¿qué? El trabajo grande hay que pagarlo bien. -Cállate, Rizos- -repuso Andrés, señalándole con la mano á la mujer que iba delante. -No es necesario que nos oiga nadie. -Bueno, chamidlaremos luego. ¿Y la criatura vive en A faubourg? -Yo te diré dónde. -Bien; pero hay que soltar luz, ¿oyes? Si no, no hay nada de lo dicho. Y hundiendo más las manos en sus bolsillos, se encogió de hombros y miró de modo amenazador á la mujer que le impedía concluir el trato. Delrue la miraba también. -Pronto llegamos. Es aquí en la esquina de la calle de San Mauro. Delrue se estremeció. La desconocida se había detenido en el mismo portal que iba á indicar él al bandido, y llamaba á la puerta. ¡Era ella! ¡Oh, complicidad del azar! ¡Qué oportunidad, Rizos! ¡Es esa! El asesino echó mano á uno de los bolsillos interiores de su chaquetón, y sacó un puñal enorme y agudísimo. Se disponía ya á herir, obsesionado por sus perversos sentimientos, pero reflexionó y se detuvo. -jAnda! Vntes que abran la puerta! ¿Cuánto? Ya te he dicho que sin saber el precio no hay nada de lo tratado. No puedo jugarme la cabeza así, sin más ni más. -Dos mil francos, Tres mil, si lo exiges. -Conformes. Hecho. Y se lanzó para alcanzar á la joven, pero en aquel instante se había abierto la puerta y Juana estaba dentro, antes de que el asesino llegara junto á ella, y sin sospechar el peligro inmenso que había corrido. ¡Demasiado tarde! ¡Qué lástima! -dijo el Rizos. Y por el momento no hubo entre él y Delrue otra explicación. Cuando Andrés consiguió dominar el temblor que le había acometido al creer que el asesinato iba á quedar consumado inmediatamente, preguntó al bandido: ¿La has visto bien? -No, No la reconocería si volviera á encontrarla.