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NUMERO 956 A B C VIERNES 17 DE ENERO DE 1908 OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. PAGINA 6 LOS INTÉRPRETES DE TOSCA EN EL TEATRO REAL Anselmi. de todos los tiempos. Mañana es nuestra divisa, 3 apres nous le deluye, como decía madama de Pompadour á Luis XV, por consolarle de la perdida de la batalla de Nosbach. Esta ingeniosa frase de la favorita real tiene, en castellano, exacta correspondencia con la locución el que venga detrás que arree De un lado egoísmo, de otro incuria; lie aquí los dos grandes tumores espirituales que nos han nacido en el alma colectiva. La incuria nos viene de lejos; es en nosotros un 9 chaqué crónico. El egoísmo, no; lo tenemos por contagio reciente. ¿Nos hace falta, antes que el escultor de naciones, por quien tantos suspiran, un cirujano de pueblos, un truculento operador que saje y raje sin duelo? No, lo que nos hace falta es que cada cual atienda á extirpar sus tumorcitos, que nadie es tan buten cirujano de sí propio como uno mismo en estos tinglados del alma; necesitamos erguir un poco la testa, esa testa tan dúctil que anda á punto de tro carse en testuz; erguirla con aquella nobleza y serenidad que nuestros abuelos pasearon por el orbe conocido, y cuando llegaron á las lindes postreras, por otro orbe que hubieron de descubrir para el caso, nobleza que nuestros pintores eternizaron con pinceladas doctísimas, Sra. Bianchini- CapelJi. nobleza que fue una proyección del almasobie los trazos del rostro, y aquella sed de ideal en la mirada, que parecía tener abismos de profundidad, como un pozo que suspirase por agua. Es menester que coloquemos sobre el corazón una rosa, la rosa de los vientos, como nuestros navegantes de antaño, como nuestros soldados y nuestros doctores y nuestros santos. Es preciso que cada español sepa que lo es, y no turco, ó chino, ó belga, y que, por ende, en la quietud de los siglos muertos hay una progenie que le anuda al pasado y le orienta al porvenir con la misión de mantener su nombre. Es imprescindible que España entienda que está en deuda con el mando, que tiene crímenes que expiar y gloria que reverdecer, y no sólo con el mundo, lo que de ordinario se entiende por mundo, esto es, la inotita de barro en que vivimos, sino con el Universo. Porque yo creo firmemente que todos los seres estelares de los espacios infinitos se estremecían de ansiedad y anhelo, cuando allá, á las altas horas de la noche, la ventana del cuarto de Newton mostraba su débil luz pajiza, en tanto él descubría una gran ley cósmica. Yo creo que nuestras acciones tienen una percusión, desconocida aún, sobre esos grandes Ruffo Titta. mudos y errantes que giran eu oí iirmamento, y viceversa; pero, por si me equivoco, conviene atenerse á la tealidad que vemos, tocamos y, en ocasiones, olemos muy á pesar nuestro, y esta realidad nos dice: Prescindamos de apasionamientos patnoteros, que no patrióticos; ¿qué gran nombre, reconocido y acatado unánimemente, hemos dado á la humanidad desde hace tres siglos Ninguno. Esto es ciertísnno. Que los tenemos dignos de parangonarse con el mejor, dentro de estos tres siglos, es ya cuestión distinta. ¿Se les conoce fuera de España? No. ¿De quién es la culpa? De los españoles, que no les han dado á conocer. Cosa curiosa que este mismo país- ostraeodo de hoy fuera la nación aventurera y andariega de otras edades en que misioneros é infantes y picaros y reyes recorrían el mundo. Hoy no nos movemos de casa, ni aun dentro de ella, á pesar de tener ferrocarriles que andan hasta 25 kilómetros por hora aproximadamente. Nuestro carácter nacional, si no se formó, se templó por 15 menos en los ríos y arroyos que afluían hacia nosotros desde los tres puntos cardinales del horizonte. Otro tanto debemos El maestro Villa. TancL procurar que acontezca al presente. El temor a extranjerizarse es ridículo; equivale al inconveniente que una persona tuviera en coniei carne de carnero, por miedo á topar; ó de be sugo, por miedo á salir diputado; ó berenjenas, en la idea de que su apéndice nasal adquiriría la estructura y tinte de estos vegetales Venga el alimento del espíritu de donde quiera, y cuanto más fuerte mejor, antes de que nos muramos consuntos. Sí tenemos vitalidad como nación, el resultado será una personalidad recia y robusta, un como retoño del tronco centenario y rugoso, cuya ramazón pretérita se extendió por sobre todo el mundo habitado. Labore cada español en su yunque y miremos todos hacia lo venidero, hacia la aurora. En estos sentimientos, lector, han de inspi rarse los artículos que desde hoy leerás en estas columnas, suscriptos por mi nombre. Y, para terminar con palabras de D. Francisco de Quevedo: No quiero otro protector que el que lee, ni otro premio que ser alabado y sufrido. Lector, si no aplaudes al buen entendimiento, aplaude á la buena voluntad. RAMÓN PÉREZ DE AYALA Londres, Enero, 1908. BIBLIOTECA DE A B C 10 LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 11 su amante, y como si ellas la hubieran dado ánimos para formular su secreta aspiración, continuó: -Y sin embargo. si tú quisieras ¡qué bien se arreglaría todo! Delrue comprendió que la situación se le preparaba á medida del deseo, y dispuesto á aprovechar la ocasión, respuso: -Si yo quisiera... -Si tú quisieras, me perdonarían, y todos podríamos vivir felices. Bastaba con que cumplieras tu palabra, la promesa que me hiciste el día que salí de casa para irme contigo. ¿Te acuerdas? Te hablaba yo de mi padre y de la pena que le causaría mi aventura y me dijiste: ¿Tu padre? Mañana iré á verle y le pediré tu mano... ¡Y han pasado dos meses! Andrés adoptó una actitud dramática, y dijo: -Oye, Luisa. Por tu padre, por tu abuelita, sí, pensemos sólo en ellos. Te nemos que separarnos. Asombrada ella, se irguió temolorosa, reflexionó unos segundos, y balbució- -Eso es una broma, por fuerza Repararnos 1 Una broma de mal gusto, que me ha hecho mucho daño. Lo has dicho para ponerme á prueba, ó porque estás de buen humor. -Ni estoy de buen humor ni tengo gana de broma. Hablo en serio; es pre tíso que nos separemos; no puedo casarme contigo. Se me desgarra el alma al decírtelo, pero es necesario, es necesario... Por ti, en primer término; por tu familia, y por mí. No puedo ser más explícito. Miró ella á su amante como no le había mirado hasta entonces; vio aquella máscara de fría y terrible decisión, y retrocedió asustada. ¡Pero eso no es posible! ¡Andrés, Andrés... ¿Quieres saber la verdad? Pues oye: he jugado, he perdido y no me queda más recurso que suicidarme. No quería decírtelo Pero ella no creyó la fábula, como si hubiera leído la verdad en su mirada. Ya no pensaba en quejarse. ¡Cobarde! ¡Eres un cobarde! ¿Has jugado? ¿Has perdido? ¿Quieres suici darte? Todo eso son invenciones. Me abandonas por cansancio, porque te conviene para Dios sabe qué planes. ¡Cobarde! -Bueno. Acabemos de una vez. Luisa no había contado con su debilidad femenina. Las fuerzas la abandonaron; cayó de rodillas, y tendiendo hacia. Andrés sus brazos, sollozó. ¡No íne abandones! (Ten piedad de mí! ¿Qué va á ser de tu Luisa? Aun tuvo él valor para infligirla una grave ofensa más. -Vaya, vaya, levántate y tranquilízate. ¿Crees que voy á dejarte así, sin más ni más? Una mujer, por bonita que sea, necesita recursos. Toma. Y sacó de la cartera un billete de cien francos. No pudo acabar. Como una leona furiosa se levantó ella, se abalanzó hacia su ex amante, y le cogió la mano en que tenía el dinero para impedn que se lo diera. Vele! ¡Vete: (Miseiable! ¡Cobarde El tuvo miedo, desasióse, rotrocedió y Hegó á la puerta andando de espaldas. Cuando la abría paia huir, recibió en la cara un golpe de algo que ella le había arrojado y que fue á parar á la escalera. Juana se desplomó hacia atrás. Andrés pensó que quizá habría muerto, y sin que la conciencia le remordiese por su villana acción, salió y cerró por fuera. Detúvose un momento con el oído en el ojo de la llave. No se oía ruido alguno. Luego se inclinó para recoger del suelo lo qu, e ella le había arrojado á la cara, y vio que era el despreciado billete de Banco, en el cual estaban envueltas las únicas dos ó tres joyas que ella había regalado. Lo guardó todo en el bolsillo y echó á andar tranquilamente, diciendo- ¡Tonta... IV LA RUBIA Retrocedamos algunas horas en nuestro relato. Al marchar Andrés Delrue, Sidonia se había quedado en el saloncito azul del hotel de Kermor, esperando, acechando. Al otro lado de la puerta vidriera, Enrique prodigaba á su madre las más cariñosas efusiones, y se preguntaba cómo iba á abordar la terrible cuestión de la ruina de sus padres Juana, entretanto, permanecía escondida detrás del biombo, sin atreverse á respirar casi, temerosa de que descubrieran y adivinaran su secreto. Ya no podía irse; era tarde. ¿Cómo iba á salir sin pasar, ante la marquesa y el conde, por una curiosa, por una mal intencionada indiscreta? ¿Qué explicación de su presencia podría darles? Todo lo que se atrevía á esperar era que se retirasen Enrique y su madre, para marcharse ella en seguida. Se esforzaba para no oir; pero la voz del joven penetraba vibrante hasta su corazón, y le era humanamente imposible no oiría En aquel momento, dos hombres bajaban del primer piso del palacio, atra vesaban el salón de honor y llegaban al saloncito azul, donde se había trama do el complot entre Sidonia y Delrue. Ella los vio llegar temblorosa, se adelantó hacia ellos, y dijo: ¡Ah, señor marqués, qué feliz acontecimiento! Presentemos al marqués de Kermor: Tenía cincuenta y cuatro años y los cabellos de una blancura de nieve; eid esbelto, soberbiamente elegante; estaba muy bien conservado y se adivinaba en él al valiente capaz de morir en el campo de batalla con la sonrisa en las labios. Considerábasele el rey de la elegancia en París, y era dadivoso y altivo; nadie como él para mantener á las personas á distancia. Al ver á Sidonia, frunció el entrecejo ligeramente; pelo dominándose en seguida tomóle la mano con el extremo de sus dedos y se la besó respetuosamente. ¿Un feliz acontecimiento? Sí, y creo que no vendrá solo. Sidonia e inquietó é interrogó con la mirada á su padre, que era el acoin. pañante del marqués. El barón de Bressieu, hombre bajo, grueso, de aspecto