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NUMERO 954 A P C M I É R C O L E S i5 DE ENERO DE 9o8 OCHO P A C W S EDICIÓN 6 do que permitiese á esa gen le gozar uti isn f de la existencia, que para eiios representa i. n calvario sin fin! Hablamos mucho... se escribe no poco, todf s quisieran hacer algo, pero mientras tanto seguiremos entrando en las casas sucias, obscuras, en las que los niños mueren á centenares sin que se sepa, ahogados sus ayes por el ruido de los coches, por las alegres carcajadas de los favorecidos de la fortuna... ¡Y luego nes creemos buenos, y ante el altar del Señor juntamos las manos y exclamamos satisfechos: Cumplimos lo que nos mandaste... No pecamos, no hacemos daño á nadie... Allá en los tiempos remotos pasaba porjudea haciendo el bien el Buen Pastor, y murmuraba dulcemente estas palabras. ...Amaos ¿os unos á los otros... No queráis para el piójimo aquello que no queréis para vosotros mismos... MARÍA DE ECHARR HAY DERECHO! se trata de ninguna reivindicación de esas que se piden en los mítines con frases altisonantes y halagando las pasiones de la gente trabajadora, enardeciendo sus rencores, echando leña al fuego que crece sordamente, amenazando convertirse en inmensa hoguera que lo devore todo: los egoísmos de los unos, las generosidades de los otros; envolviendo en su venganza lo mismo á los malos que á los buenos, á los que les dan como á los que les explotan... No es éste el plan que me propongo al escribir las presentes líneas y darlas á la publicación en A B C, siempre dispuesto á tomar parte en cuanto pueda beneficiar á nuestros hermanos que ganan el pan oon su trabajo. i Se trata del derecho que tienen de vivir cual seres racionales, y no á menudo peor que las i bestias, confirmando así la exclamación de un obrero delante de la jaula de leones del Parque de Barcelona, cuya jaula, admirablemente cui t dada, ancha, limpia y hasta con calefacción, le hizo decir suspirando: ¡Quién se cambiara por ellos! La miseria que existe en las grandes capitales es cosa ignorada de muchos; ¡ah no... no saben los que van por esos paseos, satisfechos, con sus estómagos llenos, sus cuerpos calientes por las pieles, cómodamente encerrados en sus lujosos automóviles, que en las calles más Decoración del tercer acto de la tragedia de D Annunzio La Nave feas, más estrechas, más sucias de Madrid DE COMOED 1 A DE PARÍS. existen casas donde apenas si por un boquete entra la luz del sol; ¡del sol que Dios creó para pero, como no hiela, duermen bien; el sol sale buscar por sus calles feas también, estrechas, que alumbrase idénticamente al pobre que al temprano; al marchar al trabajo ya van acom- tristes, que oprimen el alma y la llenan de rico y diese á todos alegría y vida con el calor pañados de este gran amigo de los- desgracia- compasión al acordarse de los que allí inoran! de sus rayos, y que no luce en esas viviendas dos, y hay alimentos entonces que están al alMucho antes que otras reformas, seguramenmiserables porque el afán de lucrarse le pusie- cance de todos los bolsillos; por consiguiente, te no tan necesarias como ésta, se impone en ron murallas en esas casuchas obscuras, cual comen mejor, mientras que en invierno el frío nuestra ciudad la de las habitaciones para si sus dueños no quisieran que se viese el fon- exterior aumenta el Interior, que les produce los obreros... ¡Son hijos de Dios como nosotros, do, temerosos de que la demasiada luz, al mos- la falta de alimentación, y no es de extrañar tienen derecho al sol, al aire puro, á la limpietrar su repugnante fealdad, alejase á los que en que al cabo del año arroje la estadística un to- za; ¿por qué obligarles á carecer de todo esto? ellas se albergan por dura necesidad! tal de defunciones que aterra; lo raro es como ¿por qué consentir que duerman y coman en No saben esos niños de caritas sonrosadas y no mueren todos, absolutamente todos cuantos esas moradas que semejan calabozos, en los mofletudas, que duermen en sus habitaciones viven de esta manera. cuales, claro es, que se han de desarrollar las confortables, al amparo de los fríos y de las Repito que habrá una inmensa mayoría aquí malas pasiones y el odio tiene necesariamente lluvias, al abrigo de todo daño, que hay otros en Madrid, como en París y Londres y otras que estallar? niños que duermen acurrucaditos, los pobres, capitales, que ignoren esta pobreza, esta mise ¿Les vamos á pedir mucha paciencia, mucha en sus guardillas heladas, echados sobre un ria; sin haberla Visto un poco de cerca, nadie bondad á esos hombres y á esas mujeres y limontón de trapos, sobre unas cuantas pajas, sería capaz de creer que seres humanos, á los mitarnos á enseñarles el cielo como término de mientras el huracán penetra por los cristales cuales se les exigen 40 y 60 reales por unos ta- sus males? No. Bien está, ¡ya lo creo 1, como el rotos, por las puertas que no cierran, expues- bucos sin luz, en los que no sé cómo aciertan á que no tiene fe y no tiene esperanza en el otro tos á no despertar, matados por el hambre y moverse, puedan vivir sin ahogarse y sin que mundo, viviría en éste como un desesperado por el frío, ó mejor dicho, felices si esto les ocu- SÍ ceben en ellos toda clase de enfermedades... en tales condiciones, que si la religión es bálrre porque acabaron de padecer, finalizaron ¡Y éste es el siglo en que nos vuelven locos con samo hermosísimo para todos, para los pobres una existencia de dolorosas miserias para go- la higiene, con cuidados tan exagerados que es su único consuelo, su único refugio, la que zar allá arriba como angelitos que son. hacen casi insoportable la salud, conservada á les dará una felicidad nunca sanada; pero así Si causa pena entrar y ver esas casas negras, este precio, y acabarían, si se siguiesen sus re- como dice la Sagrada Escritura: No sólo de sucias, en donde la respiración se corta porque glas todas, por trastornarnos el juicio. ¿Es que pan vive el hombre en este caso podríamos allí no hay ventilación ni se conoce la higiene los microbios son atentos visitadores, no más, exclamar: No sólo de discursos, no sólo de de nombre siquiera, y oir á esas infelices mu- de una parte de la humanidad, ó es que no nos consuelos morales viven los hombres y al jeres que todas ó casi todas cuentan lo mismo: interesan sus estragos en la restante? mostrar á esos desdichados el cielo azul que que no hay trabajo, que las lluvias impiden al Quizá suceda que esos desventurados micro- apenas perciben desde las ventanas de sus albañil ganar su jornal, que la plaza no da para bios, tan perseguidos en nuestro tiempo, más casucas, es necesario añadirles la promesa de la venta, que el calzado que en la zapatería de compasivos que los hombres que olvidan á sus reunir nuestros esfuerzos para mejorar su trislujo paga el cliente 20 ó 30 pesetas, lo cobra el semejantes obligándoles á cobijarse en lugares te situación, y atrayendo al alma con los cuioficial á trece reales, teniendo que poner las he- verdaderamente inmundos, se abstengan de dados que se den al cuerpo, hacer que ben lirramientas y los clavos; la eterna historia, en establecerse en las viviendas de los pobresgan la religión que puso en el corazón de quiefin, del que gana realmente el pan con el suPero lo que no se compagina bien, es que en nes los ayudan la santa y suavísima virtud de dor de su frente en oposición del que lo come el siglo de la higiene, llamémosle asi, existan ca- la candad, que mitiga los males del alma y re sin fatiga alguna; si causa pena, repito, angus- sas sin sol, sin aire, con las paredes chorrean- media en lo posible los del cuerpo 1 tia mucho más cuando se trata de los peque- do humedad, sin salida de humos, de dimen ¿Que es diíícil esto que yo digo? En otros si ños de rostros paliduchos, de manitas hincha- siones aterradoras al pensar en el número de tios lo han logrado, y, además, si el problema das de frío, de mirada hambrienta, ya que ape- gente que albergan, de un olor nauseabundo, no es de fácil solución, por eso no se va á denas si les toca un pedazo de pan como única y que en ellas pasan sus días de fatigosa lucha jar de estudiar el medio de resolverlo, ¡Sería 1 los que al volver de su tarea tienen por todo un despertar tan hermoso de la horrible pesacomida de todo el día. dilla que es el pensar en los pobrecitos que vi ¡Qué terrible es el invierno para el pobre! No refugio ¡cuatro paredes sucias y negras... tiene mayor enemigo; porque el verano es otra Por eso encabecé estas líneas con la frase: ven peor que animales, el de que entre los escosa; el calor, del que nos quejamos tanto y No hay derecho y no lo hay á hacer vivir á combros de tanta inmundicia, de entre las netanto maldecimos, procurando huir de él y re- las gentes en tales lugares y á llevarles un al- gruras de esas casas salieran unas viviendas fugiarnos en alguna playa ó montaña fresca, es quiler enorme por habitar esas casuchas im- limpias y alegres, mucha luz, mucha ventilapara ellos la vida; duermen encima de pajas, posibles de adivinar cuando no se las va á ción, por las que se pagara un precio arregla- k TRIBUNALES C A T A C L I S M O Esta tarde continuó en la Sección primera de la Audiencia la vista de la causa seguida contra Lorenzo Villalba, por muerte de Elias Castán. Los testigos que á instancia de la defensa comparecieron, mostráronse conformes en cuanto á los antecedentes de Elias se refiere, pues ni uno solo dejó de presentarlo como hombre pendenciero, discutidor y de malas costumbres. Uno de los serenos de Carabanchel, el inspector de Policía y otras autoridades, convinieron también con los restantes testigos de la defensa en que Elias Castán había intervenido en varias cuestiones y en que con fundamento ó sin él inspiraba miedo á muchos de sus convecinos. Terminada la prueba testifical, mañana se dará lectura á la documental, que es muy breve, y comenzarán los informes. A EXPLOSIÓN D E Coano a n n c i a m o s UNA CALDERA en nuestro número anterior, ayer terminó la vista de estd causa, instruida contra el maquinista Manuel Rey Gómez, por el delito de homicidio por imprudencia. El Jurado declaró en su veredicto que e! procesado no obró con la negligencia que el fiscal suponía, y en vista de ello dictó la Sala sentencia absolutoria. I f N D E B U T En la Sala segunda del TriIA. -bunal Supremo informó estj tarde, por vez primera, sosteniendo un recurso interpuesto contra la sentencia dictada por la Audiencia de Oviedo, en causa por homicidio, seguida á Nicolás González, el joven letrado D. Germán Gamazo J e los Ríos, hijo del relatoj de la Audiencia, D. Triñno. El recurrente sostuvo que debía casarse la sentencia referida, por no haberse en ella estimado la circunstancia eximente de legítima defensa, que se desprendía del veredicto del Jurado. UN PASANTE. La zapatería de P a s c u a l a do Ja callo del Príncipe, 12, se ha trasladado á la P l a z a d e l P r í n c i p e Alíimso (antes Plaza de Santa Ana) n ú m 12, l.o Todos los días se ve concurridísima esta elegante zapatería. El mejor calzado de lujo. C a b a l l e r o le Gracia, 30 y 3 2 de pieles finas para caballero, 175 pesetas. Carmen, 10, Peletería. BIBLIOTECA DE A B C A LA SEÑORITA DE LOS CIEN MILLONES 3 Sobre todos los personajes que acabamos de enumerar caía urante la entrevista una mirada de odio. Desde lejos, confundido entre la muchedumbre de viajeros que salían y viajeros que llegaban, un individuo siniestro contemplaba al protagonista de nuestro relato, al héroe francés. Corno él, era joven; pero ¡qué diferente del conde! Delgado, vestido con rebuscada elegancia, de facciones angulosas, de bigotillo rubio, pálido, inquieto tenía el aspecto del boulevardier lanzado á la conquista de la vida en grande, 5 los ojos del gato en acecho. ¡I, e esperaban los periodistas! -murmuró. -Ya es hombre célebre. Y todo por un viaje de placer al África con algunos episodios felices, algunos combates y muy pocos peligros. ¡Todas las felicidades para él, sin contar la que le preparan la bella Sidonia y su padre, mi noble y malvado patrón, señor de Bressieu, barón gracias á sus millones! Un reflejo de odio iluminó sus pupilas y se extinguió instantáneamente. -No hagas tonterías, Delrue- -continuó hablándose á sí mismo. -Tú sien tes no ser nada, pero la envidia es un lujo corno otro cualquiera, y tú no puedes permitírtelo en estos momentos. Más tarde, tal vez. Cuando te hayas librado de ese miserable de Bressieu; cuando seas rico. Su rostro adquirió una expresión de dulcedumbre, de alegría. El conde de Kermor, abriéndose paso por entre los periodistas y la muchedumbre de curiosos, se dirigía hacia él tendida la mano, como un amigo bueno y leal. ¡Andrés, querido Andrés! ¡Señor conde... ¡Vamos, vamos, Delrue! ¿Me llamas señor conde á mí, á tu amigo? -Querido Enrique, perdóname. ¡Siento tanta alegría... ¡Estaba tan impaciente! Ya te tenemos aquí y ahora se arreglará todo. ¿Estás contento? Pues ¿y yo? ¡Qué agradable es, después de haber pasado nn año en aquel lejano rincón del mundo, entre emboscadas, fiebres y traiciones, encontrar á un amigo tan cariñoso como tú! Y sin embargo- -prosiguió, ¡auién sabe lo que me espera aquí! Me habéis llamado con urgencia... ¿qué ocurre? Al hablar así estrechaba la traidora mano de Delrue, se cogía á su brazo y le arrastraba á la parte exterior de la estación. De pronto se detuvo; pugnaban por salir de sus labios dos preguntas; por fin, dijo: ¿Y mi madre? Buena; todo lo buena posible, pero siempre llorando, siempre apenada, muy apenada. ¿Por mi ausencia? -Por eso y por otra cosa que voy á decirte. Espera, espera un momento. Deja que me entregue á la alegría del regreso. Y dime: ¿Estáis buenos todos en el hotel? ¿Y la Srta. Juana, Juana I s Brcnn... ¿I a Srta. paana? -dijo Delrue asombrado y deteniéndose Vio que su amigo, de pálido que estaba, se ponía encendido, como aver -Tate, tate! -se dijo. ¿Acaso... Bueno es saberlo. -Y luego; en voz alta: I a Srta. luana? ¡Ah, sí; la obreri -etona, la paisana v casi amiga de la señora marquesa... Me parece haberla visto alguna vez estos días. Sí, está bien. Va al hotel por la mañana y sale por la noclie. ¡Ahora me acuerdo! Tu niadte la ha ofrecido habitación en el hotel. ¿Y ella ha aceptado? -No. Prefiere irse á su casa todas las noches, y eso que hay una caminata muy larga y no pocos peligros; pero por lo visto no tiene miedo á nada y la gusta divertirse. El conde de Kermor, ensimismado, no le oía. llegaron al coche, un elegante cupé, con las armas de los Kermor en las portezuelas; tomaron ambos asiento en él y el carruaje salió al trote largo hacia la calle de I a Boctie. -Ahora- -dijo el viajero- -cuéntamelo todo. ¿Has recibido mi carta? -lepreguntó Delrue, dirigiéndole una mirada torva. -Tres días después de mi regreso á la. costa organizaba cpn algunos compañeros otra expedición, cuando llegó á mis manos tu misiva. 1,0 abandoné todo y tomé pasaje en el primer vapor. En Marsella sólo xe he detenido el tiempo necesario para telegrafiar. Los treinta y cinco días que ha durado el viaje han sido para mí treinta y cinco años de impaciencia. Solo me tranquilizaba saber que estabas tú al lado de mi padre, porque tú no eres sólo el secretario íntimo del marqués, eres, sobre todo, un amigo fiel, el que se necesita en las horas amargas de la vida el que reemplazaba al hijo ausente. Delrue, estrechando la mano de Enrique, exclamó: -Sin familia, sin relaciones, sin un céntimo, ¿qué hubiera sido de mí? A ti te debo la posición que disfruto en tu casa, gracias á la cual puedo vivir decorosamente. He encontrado un nuevo hogar en el vuestro, y sería yo un ser despreciable si no procurara pagar con mi reconocimiento la benevolencia afectuosa que me salvó de la miseria. Así es que he hecho todo lo que estaba en mi mano, pero ¡ay... ¡Qué! ¿qué pasa? ¿Es tal vez algo más grave de lo que me indicabas en tu carta? ¡Habla! -Hay que tu padre está... ¡Acaba, por Dios! ¡Arruinado! ¡Arruinado hasta el último céntimo! Al decir esto, Andrés Delrue disimuló una sonrisa de feroz ironía que h? bía comenzado á dibujarse en sus labios. ¡Pobre madre mía! -murmuró Enrique. -Ella es valerosa como una bretona y lucha sin desfallecimientos; pero el marqués es un hombre terrible, ya lo sabes. Acuérdate de aquella violenta escena que tuviste con él, acusándole de arrastrar áiu madre ala desespciación y á la miseria, y que fue la causa de tu viaje. Contaba- -1 con realizar una fortuna al mismo tiempo que una obra patriótica, y por lo q e he leído en los periódicos te has cubierto de gloria, pero no has encontrado el teso o que buscabas. ¡Pobre madre mía! -repitió Enrique. -Después de haber padecido lumillaciones y abandonos inmerecidos, vas á sufrir la miseria; LÚ, la distinción y la generosidad personificadas; tú que has vivido siempre como una reina. Pero no, eso no es posible, ¿verdad, Delrue?