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NUMERO 951 ABC DOMINGO 12! 33 ENERO DE ioc 8 OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 3 v, pfev? vf! -v. Sr í y w í É 4 l f í- -i t i Madrid. Inauguración de 3 a Escuela de Policía, verificada ayer tarde, bajo la presidencia del ministro de la Gobernación (x) i- mcK. íífi CRÓNICAS ALEMANAS P RF- 1 LES Y PAISAJES Nieva: una nieve menuda, seca, continua, va cayendo en silencio laobre la es carcha de las ramas lacias, va poblando la selva de gigantes fantasmas de blancura purísima. Dura segundos: un tenue rayo de mustias luces hiende la ceniza del cielo, brilla en los copos, y se posa en los pinos irisando la nieve, desgranando colores, engalanando el hielo. Y una alegre sonrisa, con timideces de prístina pureza, se extiende dulcemente por los glaciales bosques de la Selva Negra: es un suspiro amable, un temblor de caricias que brota agradecido al beso tibio de un sol clemente. Diseminadas por la falda del monte, bullen las atildadas casas de nuestra aldea, estas casitas plácidas de verdoso esqueleto, de apuntada cubierta con arista elevada y con aleros que descienden buscando el suelo. No encontráis en el pueblo más que un mesón mediano con honores de fonda. Suenan las doce: ya todo en el comedor está dispuesto, la lina corre, las soperas humean. También hay clases: allí. dos ingenieros y el inspector de los oficinistas; en otra mesa los empleados más modestos, un escribiente, dos delineantes. Y van llegando las infatigables mujeres, las señoritas de la fábrica: ¡Mahlzeit! ¡Mahlzeü! Son las artistas, las que trazan con prolijo cuidado aquellas lindas curvas y estas coquetuelas ramitas que el esmalte fija: no os burléis de su arte, no toméis en consideración la limitada Colonel... simetría de sus monas pinturas. ¿qué van á EIN SCHWARZWALDER hacer las pobfecillas por cien marcos mensuai les? l, a una es larguirucha, desgarbada, huesuda: es ya mujer de edad, y hay en sus movimientos y en su mirada un aire de dominio O P L A S DEL DOMINGO. que bien á las claras se traduce en la recogida pasividad de su compañera. Es ésta una joven POR CULPA DE PICHÓN chiquita, ruborosa y discreta; habla con tranquila dulzura, con dejos de niña consentida, ¿Se puede? con resabios de mimos; viste de luto, y en su- -Adelante, ¡ande! cara esmirriada de criatura anémica brillan ¿qué trae üété, seña Aurelia? dos lucecitas con nostalgia de afectos, con tris- -Mucho frío. tezas de sentirse aislada, con recuerdos de- -Sí que l hace. besos. -Hija, dichosa escalera. -Noventa escalones. Ved la otra pareja: llegan á saltos, jugando eon la nieve, tropezando y riendo; traen las- -Claro; narices rojas y los dedos yertos. Son las autósi tuvieses tü mis piernas matas, las señoritas de las máquinas; llevaban 1- y el ruma que yo me gozo encerradas cuatro horas escribiendo al dictado, y el asma que me exaspera, r en tecleo continuo, con rapidez ansiosa y exteya me lo dirías. nuante. El inspector apremia, las cartas se su- -Güeno, ceden y los dedos vuelan; cada media hora ¿y á qué se debe esta juerga de veni usté aquí, á casa llama el teléfono del director pidiendo una de mi madre? Freundin para copiar un contrato, hilvanar un reclamo, acusar un envío, y allá va la pobre- ¿No sospechas señorita, siempre corriendo, con el cuaderno á lo que vengo... listo y el lápiz pronto. (Quizá de esa misma se- No. ñorita- -una Freundin de 80 marcos- -hayan re- -Dime, cibido más de cuatro españoles coroneles, jefes ¿y tampoco te Hormiguea de Cuerpo, unas correctas cartas ponderando el corazón, ni por drento no te dice la concencia las excelencias de la pistola de repetición, reá lo que he venido? glamentaria en nuestro Ejército. Fueron las señoritas las últimas en llegar y- -Vamos, las primeras en abíindonar su mesa reservada; para ahuyentar el frío, basta la sopa de hierbas aromáticas y substancia escasa; para matar ejliaínbre, hasta un filete, diminuto y- Hegruzcoy asado con manzanas. Es la única comida caliente que hae en en el día; por la noche, después de haber trabajado otras cinco horas, comerán, allá en el cuarto de la pensión, un pedazo de pan con grasiento fiambre aliviado con agua... ¡y tan campantes! ¡Qué les importa á ellas si, á cambio de eso, pueden el domingo que viene añadir una cinta al modesto sombrero! ¡El domingo que viene... He ahí su desquite: llegarán á la fonda mucho antes del mediodía, al volver de la iglesia leerán los diarios, mirarán La Semana y tomarán dos platos, permitiéndose el lujo de un vaso de cerveza; charlarán por los codos, con retozos de risa, y esperarán al novio jugando á las damas. Y luego, con el novio cronómetro, ceremonioso y rígido, respetuoso é inflexible, darán un largo paseo para merendar en el pueblo inmediato, ó tomarán el tren para ir á la capital á escuchar el concierto y á bailar con su rubio, sonrosado y flemático. Más melancólica, más encogida y con más rubores, quedó sola la pobre chiquita en los días de Pascua; y al mirar, con nostalgia de amores, el árbol de Natal que plantó el mesonero, al sentirse tan sola, al sentirse tan débil, se apagaron las luces de sus ojos de enferma y asomaron las lágrimas. ¡No os burléis- -os suplico- -ae los dibujos simples, de las flores de trapo! No riáis con las letras saltonas que, ordenadas por nervios, van surgiendo indecisas á la voz del traductor á hispano, concienzudo y correcto: Mail señor acabe usté, seña Aurelia. ¡Qué flacas de entendimiento sois las mozas de esta época; vengo porque m ha mandao tu marido que viniera. -No m hable usté de ese tigre. -Chica, pronto te sublevas; que has asustao al canario, ¡caray, qué prontos! prudencia, mujer, no te encalabrines, y toma tila, morena, que se m ha torció el moño de la impresión... ¿YaSn tiéiij d acordarse de mí? -Pero, ¿Que sus ha pasao? Concreta. -Que veníamos el jueves él y yo por la carrera, y al pasar ese menistro francés, de ese que la Prensa habló tanto... -Pues, pasa el hombre, y sin darme cuenta y en tono de chirigota y junto á la portezuela dije: Adiós, Pichón y el mío se volvió como una fiera y me dio un golpe, y me dice- ¿Qué confianzas son esas? Si se llama así repuse. ¡Quítese usté d ahí, cocreta. 1 Pichón se le llama al hombre que fue con usté á la iglesia; pero, na más. ¡Ay, Dios mío, qué disgusto, Santa Tecla! faltó á mi madre, á mi agüela, que fue un crisol, llegó á casa, y en la salita pequeña donde tengo los retratos de toda mi parentela, se fijó en el de mi agüelo, el que está en una trajeta miñone, de miliciano; quitó las cuatro tachuelas, y lo echó al puchero y dijo: Por usté conocí á ésta; purgue usté, cociendo, todos los males que hizo en la tierra ¡yo estaba loca de rabia y, llorando, abrí la puerta, corrí á casa de mi madre, y aquí me estaré con ella hasta la muerte; no quiero volver á ver á esa fiera; no quiero volver á verle; ¡antes ciegue que tal vea... ¡Pues si que la hizo el menistro de la nación extranjera con venir! ¿Y quién le guisa? -Pues ahora, yo. ¿Y quién le arregla la ropa? -Yo, malamente. -Y, dígame usté: ¿toas estas noches de frío está solo? ¡A ver qué vida! ¿Y se acuerda de mí? No es que se me importe, Me llamó demimondaine, -Sí. -Calla, necia, no s faa d acordar; menudos fríos le dan cuando llega del taller y tiefia solo, y luego después se acuesta ídem, ídem. ¡Y qué heladas están cayendo! ¡Mu negras! ¡Y qué noches tan larguísima y tan tristes! ¡Y tan pérfidas! -Y si es que se pone malo ¿á quién tié allí que le atienda: -Al grillo. ¡Dios me perdone; pero, vamos, seña Aurelia, si por un lao me da rabia, por otro lao me da pena! Yo no quiero estar con él y por otro lao quisiera; y si en vez de ser invierno fuese verano, por éstas, que no me preocupaba tanto así de su existencia; ¡pero este mes es tan crudo! -Como que no hay quien le pueda hincar el diente. ¡Y las noches tan frías -Menos pamemas; á mí me ha mandao tu esposo por carbón, porque se hiela, y como yo sé de sobra el carbón que más calienta, ahora mismo estás andando pa tu casa; ahí va la espuerta; pasas, te mira, le miras, y dices de esta manera: Aquí te traigo el carbón, no te atufes tú, babieca, y mírate ya en mis ojos, que está la noche que hiela. Conque, vamos. -Que no, digo. -Vamos, chica, ten cabeza y razocinia. -No puedo. -Vamos, anda, zalamera, y has un poder. -No, señora; ca vez que se me recuerda que echó el busto de mi agüelo al cocido, como el que echa un trozo de jamón, vamos, la rabia me ahoga y me ciega. -Pero, ¿y los fríos que él pasa? -Eso es lo que m atormenta. ¡Y las noches tan tristísimas! -Vamonos ya, seña Aurelia; y si en vez de ser invierno fuese verano, por éstas que no me preocupaba tanto así de su existencia. ANTONIO pero, vamos... CASKRO STadie compro cadenas ero sin ver antes precios en I a Habanera, Montera, SI