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N U M E R O 894 ABC. V I E R N E S J 5 D E N O V I E M B R E D E 1907, O C H O P A G I N A S E D I C I Ó N i. HAG 1 NA 3 Teatro Español, tina escena (del áetéféreero de E principe sin nombré comedia de D. José de Roure, estrenada- anoche. sitivamente sí se tratara de Urquizá. ¿Quieres que hagamos examen de conciencia como en el colegio, cuando nos poníamos en un rincón de la capilla- yj tú- me, preguntabas temblorosa: ¿Cuántos pecados tengo- yo, Teresa que ya ESCENA IV DEL ACTO SEGUNDO no me acuerdo? Ros. -Sí, Teresa, quiero; á ti te lo contaré ROSALÍA; Sra. Pino. TERESA, Sra. Aranas. todo; á veces siento ansias de gritar como el TERESA. -Estás muy elegantona tan de ma- que se ahoga y sólo puedo y debo hacerlo oyéndolo tú; ñaña. TER. -RosalíaROSAEÍA. -Me puse este vestido para el reROS. -Escucha: eres mi amiga de la infancia; trato, y ahora, como yo soy atrozmente friolera... Mandaré que me traigan un abrigo. (Toca, sobre todo, eresmujer y me comprenderás. Entre Eugenio y yo ha ido poco apoco alzándoel timbre. se un muro, no de piedras que se pueden tocar TER. ¿Quieres probarte el collar? y, partir á golpes; de niebla, de nubes, de algo Ros. -No, estará bien. TER. -Es gusto mío. Siempre me hasxausa- en fin que enfría la mano y no se palpa. Si yo do cierta admiración. ¿Te acuerdas cómo te pudiese decir; Eugenio me engaña con otra adornaba en el colegip? Era yo como tu herma- mujer, tiene otro cariño... ¡no puedo decir eso! na mayor ó tu doncella de confianzaó tu escu- Sé que, de querer. á alguna, únicamente me dera. Eso, tu escudera. ¿Sancho Panza no era quiere á mí; es más: juzgo que me quiere á su escudero? Pues su mujer. Ven, voy á ponérte- modo, fría. egoístamente, sin arrebatos, sin pasión, con un afecto que no altera la tranquililo. (Xa pone el collar. dad de sus costumbres, ni le entorpece la par DONCEMÍA- ¿I; lamaba la señora? Ros. -Sí, Agustina, tráigame usted un abri- tida del Casino, la cacería en el coto, la tertulia, en tu casa, los patrones, en suma, de su go. (Vase ladoncella. monótona existencia en TER. ¿Te m lesta como antes? No, ¿verdad? tan obscura, tan muerta. esta ciudad tan triste, Estás resplandeciente: los. brillantes se han heTER. -Me has pintado el cariño que nos procho, para ti. Ros. ¡Qué cosas tienes! Lo mismo que fesan todos los hombres, los hombres buenos, se entiende, los maridos ejemplares. Nos quie para ti. TER. -No; para mí los joyeros en bruto, los ren á nosotras, pero; rnucho más á ellos mismaridos que van para concejales. No creas que mos, incluso á sus debilidades, á sus defectos. me lastimó Yáñez con eso. Yo sé que son bro- Sigue tu confesión, Rosalía. Ros. -En mí, sin duda, un día y otro día ve mas sin importancia. Todo el jn ndo estima á el odio, la protesta, contra- esa, vida atrozmente ITrquiza y hace muy bien. tediosa que le encanta, y no yerra en su juicio, Ros. ¡Cómo quieres á tu marido! porque yo deseo vivir, yo ambiciono gozar, yo TER. ¡Trabaja tanto! no puedo enterrarme resignada en un sepul Ros. (A Agustina, que vuelve con el abrigo. Está bien, déjelo usted ahí. (Vase la donceua. cro. Soy demasiado joven aún para despreciar Díme, Teresa: ¿y á los maridos se les quiere las alegrías déla vida. El mundo no es Cesárea: hay emociones, hay dichas, hay horizonpor lo que trabajan? TER. -Ea, ya me cogiste, preguntona. No, á tes de luz fuera de aquí. ¿Placeres fútiles? Sea; los maridos se les quiere porque se les debe pero que hacen agradable la existencia. ¿Para querer, porque se les ha prometido delante dé qué nuestra fortuna si no la disfrutamos? ¿A Dios. Pero cuando trabajan mucho se les com- qué regalarme collares de brillantes que no he padece también, y ¡claro! á la gente que inspi- de verme más que en mi propio espejo? Coquera lástima se la quiere más. lluego otra cosa: terías femeninas, bueno; pero soy mujer, dicen trabajando ellos tiene una más satisfacción y que soy guapa, soy rica. Soy joven, ¿y no he más tranquilidad. A mí se me llena la boca de tenerlas? TER. ¿Y vivís en un drama perpetuo? cuando me pregunta cualquiera: ¿Y Urquiza? Ros. -Ni eso siquiera; las escenas fuertes, Trabajando, respondo yo tan hueca; porque esa palabra quiere decir: Está pensando en nos- los desahogos clamorosos le disgustan, los reotros, en el día de mañana, en nuestra vejez; huye. Vivimos en una hostilidad sorda, en una muchas, muchas cosas buenas, en fin. Pero fría y mansa guerra de alfilerazos y gestos desdeñosos. Algunas veces veo relampaguear ¿no te pones el abrigo? el odio en su mirada y lo busco como el rayo, Ros. -No, ya no siento frío. TER. -Claro, el collar. A las mujeres hermo pensando: ¡gracias á Dios! Pero en Cesárea ni sas os abrigan los brillantes. Mi tienda es vues- estallan las tempestades. Refrena su cólera, se tra estufa mejor. ¿Y Eugenio? Aún no te pre- encastilla en su frialdad, y yo... yo vuelvo á refugiarme en mis sueños. gunté por él. TER. ¿En tus sueños? Pero ¿todavía tw loRos. -Creo que salió muy temprano. cuela imaginación hace de las suyas? TER. ¿Crees tan sólo? Ros. ¡Ay Teresa! Si vivo en un hogar frío; Ros. -Supongo que volverá acompañando á mi prima Asunción, la chica del general Ansú- si fuera de mi casa no encuentro más que el tedio de una ciudad sombría, ¿cómo no he de sorez, que almuerza hoy con nosotros. TE. ¿Supones nada más? Yo lo sabría po- ñar? ¡O soñar ó morirme! EL PRINCIPE SIN NOMBRE TER. ¿Y sueñas aún con príncipes, libertadores, como en el colegio? Ros. -Sí, Teresa. TER. -Con aquel príncipe que se llamaba... que se llamaba... ¿no lo recuerdas tú? Ros. -No. TER. -Bueno, el príncipe sin nombre; más misterioso y más propio del ensueño. ¡Pobre Rosalía! ¿Y si no existiera ese príncipe? ¿Y si, aun existiendo, no fuese noble, bello, generoso, grande, como tú te lo imaginas? Oyemet yo también soñaba en el colegio. Ros. ¿También tú, Teresa? TER. ¿Qué te extraña? Dices eso como si tu escudera de entonces, tu Sancho Panza con el pelo colgando hubiera sido insensible á las cosquillas del espíritu. ¿Qué muchacha no sueña? Y yo soñaba ¡pásmate! con brillantes. Verás: una noche hubo un baile de gala en la Capitanía general; mi madre alcanzó, no sé de quién, qué ella y yo, desde un sitio oculto, presenciáramos la fiesta. Las señoras más empingorotadas de Cesárea acudieron al baile adornadas con sus joyas mejores. Había mucha luz en el salón; las piedras preciosas fulguraban sobre los escotes y los peinados. Yo quedé deslumbrada; mis ojos se llenaron de chiribitas, mi cabeza de sueños. Sí, yo soñaba entonces con brillantes, como tú con príncipes. A mí me desvelaban las punzantes luces de sus facetas, como á ti la. gallardía y la hermosura soberana de tu libertador. Yo codiciaba, yo cogía en la sombra de la noche puñados de piedras preciosas y las estrujaba acariciándolas hasta sentir su mordedura en las manos. Todas me creíais en el colegio una simplona golosa, prosaica, humilde, y ya ves si mis sueños eran ricos, espléndidos, deslumbradores. Ros. -Jamás me hablaste de ellos. TER. -No habla el avaro de su tesoro. Y verás, Rosalía: después de salir del colegio aún seguí soñando. En la modesta casa de mis padres veía yo brillantes desperdigados por el suelo y pisaba con grandes precauciones para no aplastarlos. ¡Ves qué tonta má (s grande! Pues ríete á tus anchas. Sospecho yo, ¡Dios me perdone! que si Urquiza me gustó tanto desde el principio, no fue por su persona, sino por su profesión. ¡Casarse con un joyero es tener brillantes hasta en el vasar, si á una se le antoja! Y me casé loca de júbilo con Urquiza y todas sus piedras. Ros. ¡Feliz tú! Realizaste por completo tus sueños: TER. -Sí los realicé, puesto que los aeshice. Aquellos brillantes que, soñados, me hacían temblar de emoción, hoy, harta de verlos, de tocarlos, de apreciar sus luces y sus imperfecciones, me parecen vulgares objetos de comercio, pedruscos que valen tantos cientos ó miles de pesetas y ni un céntimo de poesía. Los estimo más cuanto mejor y más pronto se venden; eso es todo. (Pausa. Mira, amiga, que las esplendorosas cortes, que los veloces y hermosos caballos, que los príncipes sin nombre de tus sueños no sean piedras de joyero que se compran y se venden, no espléndidos pedazos de sol llovidos del cielo. Mira no te engañe el hada farfantona de tu imaginación y pierdas, si no una dicha intensa, que no existe en el mundo, una tranquilidad real, por una nube, Un humo, una mentira. Ros. -Pero entonces, ¿qué me dices? ¿Qué me aconsejas? TER. -Resígnate y embellece tu vida; sopor ta compasiva y dulce los gustos de Eugenio; es tu marido; tú lo elegiste. Y en vez de soñar grandes alegrías lejanas, derrámalas en torno tuyo menudas, frescas, sonrientes. Fabrícate tu felicidad sin pedírsela á un príncipe sic nombre, hijo de las hadas, que nunca existieron. Fabrícatela con tus propias manos, al prin- cipio torpes, luego diligentes, por fin hábiles. Nuestra dicha sólo es nuestra cuando la hacemos nosotros; si no, es la dicha de todo el mundo, que viene riendo y pasa llorando. Haz todo el. bien que puedas, cree en Dios, confía mucho en él; algo menos, pero bastante, en ti, y poco ó nada en tus sueños Ros. (Aparte. Y sin embargo, va á llegar, va á llegar. TER. ¡Ah! Y no duermas con el collar de brillantes, no se respira bien. ¿Qué más ha de decirte tu escudera, tu Sancho Panza con faldas, sino que para estas horas se le habrá quemado el cocido casero y Urquiza va á tratarle tan duramente como si fuese ya concejal? Adiós, adiós; un beso, muchos besos, como en el colegio. ¿Qué le cuento á Ortiz de nuestra conversación? (Viéndole al aproximarse hacia el vestíbulo) ¡Ah! Ahí está Eugenio, y solo. A tiempo llega. Te dejo con él. Reconquístale, poetízalo; á ver si puedes convertirle en un príncipe de verdad, de carne y hueso, no de mentirijillas como, el otro. Ros. -Adiós, Teresa. Tu visita me ha hecho mucho bien. Repítela á menudo. Las imposiciones en EL HOGAR ESPAÑOL constituyen una inversión de capital MAS SEGURA, MAS CÓMODA Y CASI EL DOBLE DE PRODUCTIVA que la efectuada en fondos públicos. Nuestros prospectos explican detallada y cumplidamente el porqué. 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