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NUMERO 893 ABC. JUEVES 14 D E NOVIEMBRE D E 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. a PAGINA 3 Bilbao. Mitin de pescadores en el frontón Euskalduna para protestar contra la pesca con aparejos de arrastre. par en par. ¡Qué emociones aquéllas! Dios la bendiga! ¡Qué alegría de verla otra vez biiena! Buen viaje. No nos olvide. Y yo sólo podía contestar: Gracias. Me volví á Baviera con mi niño; después La Basílica Teresia? ia ha publicado el siguien- Dios me dio otros dos, y su educación fue el te precioso artículo de la infanta doña Paz de objeto de mis constantes desvelos. Borbón que, creyéndole interesante, reproduHasta que tienen el primer. diente y dan el cimos con mucho gusto en las columnas de primer paso, los días se hacen, eternos; pero ABC: luego se pasan los años sin sentir, y, de repente se, presenta para ellos el gran problema de A buela! Quiere para mí decir tanto esta pa- la vida. Y entonces sí que sueñan las madres; labra, que no voy á encontrar frases para somos muy ambiciosas cuando pensamos en expresar los recuerdos y emociones que en ini nuestros hijos. Yo soñé mucho; pero todo alma evoca. Es como una hermosa puesta de cuanto pude soñar para mi hijo Fernando, no sol en una tarde de verano llena de paz infini- llega á lo que Dios me ha dado: María Teresa. ta. Mi nietecito, esa criatura que yo veía en España verá crecer á esa niña con el mismo lejanos sueños, está ahora aquí, ámi lado, bajo cariño que yo; era la imagen de su padre, y mi techo, mirándome alegre, juguetón, son- aun aquellos que nunca la. habían ¡hablado, riente, con sus ojos azules, que yo contemplo sólo de verla pasar, la querían. ¡Cuántas veces con ternura inefable, y al fijarme en ellos revi- corazones españoles me confiaron su temor de ven en mi espíritu recuerdos y ensueños de que el día menos pensado vendría un Príncipe otros tiempos. A veces me pongo á su lado y extranjero que se la llevase! A mí me asustaba callo y medito, y él, como si comprendiera lo también esa idea, y contestaba muy de coraque pienso, frunce el ceño, sacude sus bracitos, zón: Eso no puede ser; hay que dejarle esa y nerviosillo y casi enfadado me dice: ¿eh? U criatura á España, que bastantes pérdidas ha y á mí se me figura que quiere decirme: ¿qué es sufrido ya. eso, abuelita, estás chocha? Me parece que fue Un día, de no haayer, y ya hace un cuarto de siglo, desde que ber pisadodespués de muchos años á mi mariel salí de España para compartir la vida con mi do: Mira, los suelo español, le dije ya sus esesposo; estaba dispuesta para seguirle adonde tudios y antes chicos han terminado me llevase; me era igual cprno se llamaba su pidan tiempo yde que nuevas obligaciones les fuerzas, llevémoslos á patria, ni la lengua que allí se hablase; yo to- quisiera enseñarles yo misma los sitiosEspaña; que me maría cariño á su país y aprendería lo mejor son sagrados, para que, cuando más tarde vuelque me fuese posible su lengua; á eso estaba van ellos solos, se acuerden de aquella vez que decidida. estuvieron con su madre. Ya habían estado El día antes de partir se puso la primera pie- 1 en España cuando eran pequeñitos; pero en dra del templo de la Almudena, y con esa de- estos días estaban ya sus almas en estado de licadeza del carácter español, los organizado- beber impresiones y desarrollarlas según el res de la ceremonia se acordaron de mí, y es- modo de sentir de cada uno. No me ciega la crita en pergamino me pidieron que firmara pasión hasta el punto de no ver las faltas de una plegaria que yo había compuesto en ho nuestra tierra; pero mi miedo de oir la menor ñor de mi Virgen de la Almudena ¡Querían crítica de labios de mis hijos, llegó hasta peconservarla para siempre en los cimientos! dirles que durmiesen al cruzar los campos ári ¡Cuántas veces me ha consolado pensar que dos de Castilla. aquellos muros encierran mi oración! ¡Y cómo Había oído tantas veces observaciones de la llevan constantemente al cielo! ¡Y cómo extranjeros que decían: ¿por qué no hay árboDios la escucha! ¡Me lo dice este niño que me les? ¿por qué no hay casas? ¿por qué no hay sonríe! Si me parece que es su padre cuando pueblos? ¿por qué no hay esto y lo otro y no era también niño! ¡Con qué alegría recuerdo el sé cuántas cosas más... y, sin embargo, de mis primer grito que dio mi hijo! Era una tarde propios hijos temía las preguntas y las obserdel mes de Mayo, en Madrid, que allí quise yo vaciones. Pero cuál fue mi alegría al ver que, ir y allí me llevó mi esposo para compartir las aunque había puesto mi buena voluntad en alegrías con los míos. ¡Qué días tan inolvida- cumplir todas las ordenanzas alemanas, que bles fueron aquéllos! Tuve una grave enfer- tanto admiro, me resultaron tres españoles de medad, y el interés y cariño que en aquella cuerpo entero, con mi manera de pensar y de ocasión me demostró el pueblo de Madrid son sentir. Y así sucedió que los hijos de mi herde los que conmueven el alma y no se- olvidan. mano y los míos se entendieron como si se huSi la Virgen de la Paloma me contase todo lo biesen criado y vivido siempre juntos. que oyó en aquellos días, qué cosas tan bonitas me diría; hasta descalzas fueron algunas mujeres á su ermita á rogar por mí. aría Teresa propuso que leyésemos reuniY cuando Dios escuchó sus oraciones y me dos la leyenda del Cid, de Zorrilla. El Cid puse buena y llegó la hora de volverme, mi era un antiguo amigo de todos, y al mirarse hermano Alfonso, cuyo corazón latía siempre podían decir con el poeta: con el mismo calor que el de su pueblo, me Y como del primer día preguntó: ¿Qué hacemos para que puedas desen que pude oir y hablar pedirte de las gentes? Abre las puertas- -le mi madre me entretenía contesté- -y que vengan hasta mí los que han con los cuentos que sabía de Ruy Díaz de Vivar, venido todos los días á preguntar por mi sacifra primera de gloria lud. Dicho y hecho; las puertas se abrieron de FOT. TORCIDA. UN ARTICULO DE LA INFANTA PAZ de la castellana historia de Ruy Díaz la memoria voy la primera á evocar. María Teresa estaba sentada en una sillita bajá junto á una ventana de la Punta del Diamante de Palacio; la cabeza inclinada sobre el libro, y como fondo de aquella figura tan castizamente española, Madrid y las montañas del Guadarrama. Mi hijo, en un ri nconcito obscuro del otro lado del cuarto, la escuchaba y contemplaba en silencio, y yo sentía en la atmósfera algo que temía desvanecer analizándolo. Al cabo de algunos días llegamos al punto en que el Rey ma nda llamar á Rodrigo y á su padre con el fin de allanar las dificultades que se oponían á la boda con Jimena: Y al ir á montar los dos, al padre preguntó erhijo: ¿Qué os parece? Y aquél dijo: Hijo, que estaba de Dios. Los ojos, que habían permanecido todos aquellos días fijos en el libro, se levantaron un instante y se encontraron con los míos. Estaba, de Dios -repitió mi corazón. ¡Y así era! Nada se decidió, sin embargo, en aquella temporada; yo era la primera que había dicho: no hay que quitársela á España y no iba á ser yo quien se la quitase. Pero... eso implicaba la separación de mi hijo. Las madres, que tanto sueñan en la felicidad de sus hijos, hubieran hecho en mi caso lo que yo hice. El día que nos volvimos á Baviera, nos reunimos por última vez con el poema del Cid y vimos á nuestro héroe, que decía: No llores, Jimena mía: cuando mi cuerpo te falte, contigo estará mi espíritu; Jas almas son inmortales, y estando unidas las nuestras de Dios ante los altares, Dios las mantendrá ligadas aunque los cuerpos separe, El sol se, ponía tras las montañas del Guadarrama; siguió el silencio, el silencio que trae el crepúsculo; María Teresa cerró su libro y me lo dio: Llévatelo fue lo único que me dijo, pero yo comprendí que era mucho más lo que quería decirme. Oasaron dos años, y nadie se enteró de los sentimientos de mi hijo; lo que á uno le es sagrado lo esconde en lo más profundo del alma para que nadie lo profane; nosotros mismos hablábamos rara vez de ello; mi voz flaquea casi siempre en los momentos en que parezco más valiente. Una tarde, en ocasión en que él estaba en las maniobras con su regi- miento, llegó un telegrama; me había di- cho que los abriera y así lo hice, y leí con viva emoción que el Rey le invitaba para que fuera á San Sebastián. Salí á su encuentro, que aquel día precisamente regresaba de sus maniobras, y enseñándole desde lejos el telegrama: Que vayas le dije. Se fue, y á los pocos meses se hizo la boda. Aquel día temieron mis amigos que me faltase el valor; otros, al verme pasar sonriente con manto y diadema por las galerías de Palacio, pensaron seguramente: esa mujer no tiene corazón pero no todos se habrían fijado en un. 1 pareja, tinhús a r de Pavía con chaquetilla y ana rmrjer p e u e a t t a r- q u e f e í- a p t í r con un manto á usanza de otros tféttí dá; 4 jiur pocas horas antes cruzaban silenciosos, pero alegres, con esas alegrías que sienten y guardan las almas, el patio solitario del Alcázar. Por su porte y maneras, de seguro que se veía que eran madre é hijo. Eramos mi hijo y yo, que subimos al oratorio, donde comulgamos, Juntos y rezamos arrodillados junto á una. estatua de Santa Teresa, que yo veía y sentía amorosa y buena extender su mano sobre mi hijo para protegerle y guardarle. Después... y antes de vestir nuestras galas y colocarnos en los puestos que nos marcaba la etiqueta, nos dirigimos á su cuarto, y retirando del brasero la chocolatera, mi hijo me miró y me dijo: Madre, quédate, hay bastante para los dos y me quedé, ¡ya lo creo! y nos desayunamos con la misma alegría que aquella pareja feliz que tan primorosamente describe el padre Coloma en Pequeneces, tomando horchata en la plaza de Oriente; me parecía estar oyendo ajonde usted, madre que es, por cierto, en mi sentir, uno de los tonos más bonitos que tiene aquel pincel andaluz para describir esa felicidad á dos cuartos ¿cómo me había de pesar después de esto mi diadema ni mi manto bordado de plata? ¡Con qué gusto inclinó María Teresa la cabeza bajo el yugo, y qué honrado fue el- apretón de manos que dio á mi hijo ante el altar! Al atravesar los salones para ir á cumplir con la ley del matrimonio civil, pensando que hay que dar al César lo que es del César y á Dios lo que es de Dios, se acercó María Teresa, no se me olvida, á uno de los balcones, lo abrió, y al punto un grito inmenso de alegría llegó á mis oídos y conmovió- mi alma. Era el pueblo que los saludaba. ¿Qué es eso? dije á la que era ya mi hija, y ella, sencillamente, con esa sonrisa que tanto gusta á los madrileños, me contestó: Les había prometido que nos aso manarnos al balcón M Las imposiciones en tEL HOGAR ESPAÑOL constituyen una inversión de capital MAS SEGURA MAS CÓMODA Y CASI EL DOBLE DE PRODUCTIVA que la efectuada en fondos públicos. Nuestros prospectos explican detallada y cumplidamente el porqué. Contienen además la LlfaTA COMPLETA DE TODAS LAS OPERACIONES DE PRÉSTAMO REALIZADAS Y LA TA SACION DE LA GARANTÍA REAL SOBRE QUE DESCANSAN. 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