Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
NUMERO 891 A B C MARTES 12 DE NOVIEMBRE DE 1007. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. pero ya sin jinete, corriendo al azar, ciego, citándole desde lejos, levantando los brazos temblando de susto, encogido de dolor: su dando saltitos graciosos; el toro se fue recto vientre estaba abierto, y por la enorme herida sobre él. Pero cuando el hombre quiso clavar le colgaban los intestinos, que el pobre ani- sus banderillas, ladearse y huir, el toro se Je mal, al caminar, se pisaba y destrozaba por sí adelantó, enganchóle por la barriga, y así enmismo. Y tales eran su ceguedad y pavor, que ganchado lo volteó en el aire, lo sacudió bruspor huir de la muerte fue á buscar al toro, camente al fin y lo arrojó á tierra, lejos de sí quien lo acometió por detrás, lo empujó, lo E iba á recogerlo del suelo, á herirle y voltearllevó atropelladamente hasta la barrera y allí lo otra vez, cuando llegaron los compañeros lo derribó, muerto. envolvieron al toro con las capas y se lo llevaAntes de que los toreros tuviesen tiempo de ron al otro extremo del circo. recoger al bruto con sus capas, se fue rápidaY allí quedó el banderillero, cuan largo era, mente sobre el tercer caballo y embistió con tambado en mitad de la plaza, con la cara hunigual furia; pero esta vez no arremetió por lo dida en el pecho, muerto sin duda. bajo y hozando en el vientre de su víctima, La muchedumbre calló, presa de pena y de sino que levantó la cabeza, como si aquel es- espanto. Sobrevino un gran silencio, y si antes fuerzo fuese para él muy leve, y el jinete y el la plaza semejaba un inmenso vaso colmado caballo volaron por el aire, se desmadejaron, de fiebre y de pasión, luego parecía un lugar cayeron pesadamente á tierra. El picador cayó trágico por donde pasaba la muerte. Las mucomo una masa inerte, dio con la cabeza en el jeres se cubrían la cara con el pañuelo; oíase el suelo y quedo allí inmóvil, como muerto: el llanto medroso de algún niño; los hombres cecaballo cayó y en seguida apretó á correr en saron de reir y beber, y se miraban entre sí una carrera loca, llegó á la mitad del ruedo, como si sobre ellos pesase alguna infamia cotembló todo él, abrió la boca, pegó un brinco y mún. Su angustia, como la de un criminal inse desmoronó, muerto. consciente, se manifestaba en anhelantes inteYa la fiesta había, llegado a su mayor inte- rrogaciones. ¿Le ha matado? j ¿Está muerto? rés: la tragedia estaba en su. período más vehe- ¿Está muerto... Pero el torero no estaba mente. En la arena se veían grandes charcos muerto, sino que cuando lo levantaron abrió de sangre, rastros de excrementos, capas de- los ojos, miró al cielo y los volvió á cerrar rribadas, los cadáveres de los tres caballos. Los triste y cansadamente. Entonces el público toreros iban y venían acelerados, llamando al respiró y volvió gradualmente á su anterior toro, haciéndole correr para que se distrajera, alegría; el torero no había muerto, y un peso y cuando el toro les seguía, ellos hacían ondear enorme se alzaba de sobre la conciencia de la la capa roja, llegaban á la barrera, daban un multitud. repentino salto y dejaban al toro burlado. La La multitud no podía tener quieta su atenmuchedumbre bullía y gritaba poseída de un ción mucho tiempo: una suerte nueva le llama. frenesí de ira: pedía más sangre y más pelea: ba, una suerte capital, la culminante de la fiesno le satisfacían los tres cadáveres que yacían ta. Iba á matar al toro Machaquito, el ídolo de tendidos en la arena, lacios, como tres pinga- las muchedumbres. ¡Machaqtiito, Machaquito... jos miserables; y levantando los puños, po- gritaba la multitud cariñosamente. Le dirigían niendo las caras feroces, llenos de una suprema frases cariñosas, palabras mimosas, diminutiindignación, los hombres increpaban al presi- vos familiares y aniñados. Le excitaban, le dente de la fiesta y le recriminaban su falta de sonreían, arrojábanle sombreros y cigarros. disciplina. El público quería más pelea, y al i Machaquito, Machaquito! se oía gritar por público había que complacerle en orden á las toda la Plaza. pragmáticas de la lidia de toros. Clamaban, silEl matador, después baban, vociferaban, hubiesen querido abofetear á la multitud, entretanto, una manode saludar agarró con el y patear al presidente; le injuriaban con expre- rojo y con la otra la espada, y con paso lienzo firme, siones soeces, pedían justicia á gritos; y mien- siu titubear, avanzó hacia el toro, se plantó á tras se desencadenaba aquella tormenta popu- dos pasos de él, extendió el lienzo, levantó el lar, áspera como una pesadilla romana, en al- pecho, trazó un ademán valiente y gracioso, gún rincón de la gradería los hombres bebían pisó fuerte en la arena, retó al toro. ávidamente del vino que traían en pellejos y No grito, botellas; y algunos además comían, cortando nada; se oía en la Plaza ni una voz, ni un su fin: las viandas con grandes y relucientes, con agu- era el el nudo de la tragedia llegaba á podedos cuchillos. Y gritaban, vociferaban todos: roso y instante decisivo en que un bruto á moun hombre sagaz iban á batirse y ¡Caballos... caballos... ¡Más caballos! rir. Por lo alto del circo, en la cima del tejado, Pero en aquel momento vino hacia el toro un las banderas españolas flameaban al viento, banderillero. No traía más defensa que sus rojas, muy rojas, como manchones de sangre, pies, más armas que sus dos lindas banderillas, amarillas como lenguas de fuego. El firmamenrizadas de papeles bonitos, como dos juguetes to era un paño azul, sin un rastro de nube. infantiles. Vino corriendo, retó al toro levan- Unas golondrinas pasaron por allá arriba, tratando los brazos, dio un salto gracioso y breve, zaron sus círculos caprichosos, piaron, luego esperó la acometida del bruto, y de repente se se fueron veloces. ladeó, clavó en el pescuezo de la bestia sus dos El torero volvió á pisar la arena con brío, llabanderillas, y huyó presto. Entonces el públi- mando al toro, y para incitarle más, para injuco, que poco antes bramaba de indignación, riarle y provocar su ira, lanzó un grito brusco: cambió súbitamente de parecer, y los gritos los ¡Jo... jo... Entonces el toro ya no dudó más; trocó en aplausos, y la multitud se olvidó de bajó la cabeza, embistió al lienzo rojo, ya no los caballos y aclamó al banderillero calurosa- tuvo paz ni sosiego. El torero le llevaba y mente. le traía, tan pronto á un lado como á otro, 151 toro, al sentirse herido por las banderillas, haciéndole girar en redondo y abrumándole lanzó un bramido de dolor y de rabia; ni la con el poder de su astucia. Hasta que rendido, burla de Jas capas, ni el desgarrón que le abrie- burlado cien veces, inerte y abrumado, sin saron las picas en la espalda, nada, hasta aquel ber adonde ir ni en quién desfogar su furia; momento, consiguió arrancarle un quejido; en herido, sangrando, jadeante de fatiga, el toro, cambio, las banderillas le mortificaron de tal finalmente, se paró con la cabeza gacha. modo, que la brava y terrible bestia se sacudía Y aún avanzó otra vez sobre el torero, que el cuerpo, embestía al aire, pugnaba por arran- se abalanzaba á herirle. Pero cuando quiso carse los dos punzadores hierros y buscaba al- embestir, ya no pudo; la espada le había lleguien á quien herir y de quien vengarse. gado al corazón. Y cayó muerto repentinaEl segundo de los banderilleros, ágil y viva- mente. racho como el anterior, retó al toro á su vez, J. M. a SALAVERR 1 A como formado de un mismo e. ento, bien tesmente, desliáronse las capas y aguardaron. Seguía alborotando la multitud allá en lo conexo, acorde en sus manifestaciones- de inquietud y alegría; un montón de seres homo- espacioso de las graderías; la multitud había géneos que una misma vocación había hecho llegado á su máxima de expectación y de anhelo. En aquel instante, cuando nada faltaba desbordarse por los palcos y las graderías. Hervía el aire en la Plaza, como si la Plaza ya, cuando los alguacilillos, sobre sus briosos fuera realmente un vaso lleno de un licor ar- caballos, habían ya recogido la llaye del toril, diente y burbujeante. Era media tarde; m una sonó repentinamente un clarín, y un timbal, nube alteraba la limpia lámina azul del firma- rebotando por lo bajo, marcó un redoble acemento. En aquella atmósfera radiante y neta, lerado, siniestro. Entonces la multitud se de, los colores vigorosos de la muchedumbre y de tuvo, calló, cesó el movimiento de brazos y los flotantes adornos resaltaban briosa y bár- abanicos. Corrió por el circo una sensación baramente, lo mismo que en las crudas escenas trágica de ansiedad y angustia. Se abrió una orientales. Los colores eran todos agrios y chi- puerta en la barrera. Apareció el toro. llones; las banderas amarillas y encarnadas; las Salió el toro con la cabeza gacha y bufando; sombrillas a. zules, rojas, verdes; los abanicos pero al entrar en el espacio abierto, al ver la polícromos; los uniformes de los soldados. Y á luz y la gente, detúvose alarmado y alzó el veces caía un rayo de sol sobre el acero de un testuz, que venía armado con dos astas podefusil ó de una espada, y entonces vibraban los rosas, curvas y agudísimas. Después avanzó puntos luminosos igual que miradas repenti- á grandes pasos, miró rápidamente á su alrenas surgiendo del enorme monstruo de la mul- dedor, se detuvo otra vez y pareció aguardar. titud. Venía de la multitud un rumor difuso, indeCuando hubo llegado la hora, la muchedum- terminado, y bien se comprendía que el públi bre comenzó á expresar su impaciencia por me- co, con el corazón vibrante de anhelo, examidio de gritos, de palmadas y de gestos irrita- naba al toro y hacía cálculos sobre la fuerza dos; pero- entonces una banda de música dio ó malicia de su poder. Los toreros miraban principio á un pasodoble, y la muchedumbre también al toro recelosamente, apoyados en la se calmó, como un niño á quien se complace fá- barrera y con la capa apercibida; y sin duda cilmente. La música sonaba de uua manera su anhelo era mucho mayor que el de la mulviva y alegre, marcando un compás de pasaca- titud, y atisbaban á la fiera de soslayo, retarlle que tenía un sabor muy pintoresco y origi- dando el momento de capearla. nal, y á los acoides de aquella música retozona Ei toro caminaba de un lado á otro, vigilaba, y ágil, la multitud quería como saltar, toda con la cabeza alta y alerta; removía su mirada llena de vivacidad y regocijo. Pero de repente rápidamente, daba carreras cortas y se detese abrió una puerta en un lado del circo, apa- nía, escarbando el suelo; bufaba, jetaba á todo, reció la cuadrilla de toreros, y entonces fue como un paladín caballeresco: ala muchedumcuando el bullicio y el júbilo de la multitud bre, á los toreros, al aire, al sol y al circo entero. Era un bruto hermoso, de grande y cebado adquirieron su mayor grado de animación. Gritaban, reían, palmoteaban los hombres y cuerpo, negro de color, con las patas ágiles y las mujeres; removíanse todos inquietos, cru- delgadas, la mirada altiva y serena, rizoso el zábanse los brazos, las palabras y las aclama- lomo, poblado de revuelto pelo el testuz. Canciones; los abanicos se rebullían con más pre- sado ya de esperar, excitado por el brillo de la cipitación; algunos hombres, enardecidos de luz, el toro buscó al enemigo que no quería entusiasmo, se levantaban de pie y aclamaban buscarle á él, y avanzó corriendo. á los toreros, dedicándoles palabras mimosas y El enemigo era un picador que, pegado á la pintorescas: ¡Bravo, Machaquito! ¡Ole los va- barrera, temeroso y tardo, esgrimía la pica con lientes! ¡Viva tu madre! ¡Machaquito... ¡Macha- la mano diestra, mientras que con la izquierda quito- ¡Machaquito... gobernaba su cabalgadura, pobre y flaco rocín Los toreros, entretanto, al son del animoso que apenas si podía tenerse de pie, tan granpasacalle, avanzaban formados en dos filas y des eran su miedo y debilidad. Miserable cadirigíanse, diametralmente, hacia el otro ex- ballo, todo huesos y mataduras, cubierto un tremo de la Plaza, en donde se sentaba, bajo un ojo por una venda y abierto el otro en una m 1 dosel de raso y de banderas, el presidente de la rada de pavor, de infinita tristeza. Contra aquel fiesta. Caminaban con un paso original, que no miserable enemigo arremetió el toro, y tal fue obedecía á ningún ritmo, y que menos se su- la violencia de la arremetida, que ciego, vijetaba al compás de la música. Braceaban con brante el lomo, gacha la cabeza, removiendo soltura, movían sus cuerpos garbosamente, mi- los cuernos con inaudito coraje, levantó en raban al público con aire sereno y arrogante. alto al jinete y al caballo y los derribó en el Todos sus movimientos, todos ellos, en fin, suelo estrepitosamente. eran un algo particular y extraño, mezcla de Entonces el toro ya no deseó otra cosa que valentía, arrogancia, elegante forma, belleza, herir y destrozar: en el pescuezo le había dejadelicadeza, robustez y afeminamiento. Cornpo- do la pica una herida ancha que manaba neaían un conjunto raro que no podría compa- gra sangre, y su dolor no se exteriorizó en lararse á ninguna otra cosa, y que se resistía á mentos y brincos, sino en furor y en ansia de un análisis sereno: eran mezcla de hombres pelea: y buscaba enemigos á su alrededor, y á vigorosos y de mujeres graciosas; una her- todas las cosas embestía, á las capas, á los mandad de coraje y de ligereza; conjunto de hombres, á la barrera, en cuya fortaleza clavó un algo terrible, felino, y de una cosa yaga, sus dos cuernos con ímpetu, hasta hacerla vaerrátil, suave. Emergía de ellos el aire raro y cilar. Inmediamente se lanzó sobre otro cabaexótico de las cosas lejanas, ó antiguas, ó in- llo, y no miró á- que el jinete le amenazaba con comprensibles. la larga pica; embistió más impetuosamente Venían vestidos con trajes lindos, formados que antes, clavó el cuernp en la barriga del de veinte colores y matices; pero preferían sin caballo, insistió en la herida, y cuanto más se Üuda para engalanarse los colores vivos y re- empeñaba en herirle el picador, más pugnaba lumbrantes, las lentejuelas, el oro, el rojo, el el toro por barrenar el cuerpo del caballo, has. verde, el azul, y algunos, más discretos, el ta que nuevamente cayeron jinete y cabalgaperla y el rosa pálido. Sus capas las traían lia- dura, desplomados contra la barrera. das al cuerpo con una gracia suprema, de El toro, al salir de la suerte, tenía el hocico modo que se marcasen las curvas de sus cuer- sucio por los excrementos del caballo: sucio, pos flexibles y nerviosos. Eran todos de cara sangriento, sudoroso, espumajeante, aquel morena, de ojos brillantes, de gestos sonrien- magnífico bruto sugería ideas de inmensa brates. Cuando llegaron al extremo del ruedo, vura, de una fortaleza y ferocidad espantables. enfrente del palco presidencial, saludaron cor- El caballo herido salió al centro de la plaza, EXPOSICIÓN INTERNACIONAL DE HIGIENE, ARTES, OFICIOS Y MANUFACTURAS EL GRAN PREMIO GANADO POR LAS MAQUINAS DE ESCRIBIR HAMMOND tancia el nuevo y extraordinario triunfo alcanzado por las famosas é incomparables máquinas de escribir Hammond en el actual Certamen internacional. Entre las muchas casas que en Europa y América se hallan dedicadas á la fabricación de máquinas de escribir, puede asegurarse que no hay ninguna cuya importancia y universal renombre sean comparables á los de la Hammond. El desarrollo colosal y rapidísimo adquirido por ésta débese exclusivamente á la superioridad, tan grande como indiscutible, de las máquinas Hammond sobre todas las otras hasta hoy conocidas. Sería necesario un espacio de que no disponemos, para hacer una descripción detallada de todas las extraordinarias cualidades por las que la máquina Hammond es unánimemente reconocida como la primera del mundo. Nos limitaremos, pues, en estas líneas á decir solamente que, aparte su sistema originalísimo y completamente distinto al de todas las demás ile su construcción delicadísinu y elegante, de su solidez extra ordinaria y de su facilísimo y lapido- manejo, tiene la Hamraond ventajas exclusivas que han sido motivo principalísimo del enorme éxito alcanzado por ella, como son: la facilidad y sencillez con que en la misma puede procederse á cambiar de tipos de letras para escribir en caracteres distintos y en todos los idiomas, la visibilidad completa cte la escritura que en ella se ejecuta, la imposibilidad de desalinear en sus escritos, la exacla uniformidad de los mismos, su suave y sidescontado; pero no Estabaesto tiene menos imporpor bre las demás máquinas de escribir, triunfo cuya justicia han sancionado los peritos en la materia, con los tres Grandes Premios y 15 medallas de oro, otorgadas á las máquinas Hammond en otros tantos importantísimos Certámenes. El Jurado de la actual Exposición internacional, compuesto de ilustres ingenieros españoles y extranjeros, ha dado la mejor prueba de su pericia é imparcialidad, otorgando, después de concienzudo estudio y por unanimidad, Gran Premio á las máquinas de escribir Hammond. Satisfechos pueden estar de este nuevo triunfo, tanto la importante Compañía Hammond como su inteligente y celoso representante general para España y Portugal, nuestro querido amigo D. Ramiro García Suárez, que en su elegante despacho de la calle de la Victoria, 4, está recibiendo estos días las más entusiastas felicitaciones, á las que unimos sinceramente la nuestra, por el grao éxito alcanzado, y que tiene tanta más importancia cuanto que al act u a l Certamen internacional han concurrido también casas constructoras de máquinas de escribir que gozan merecido renombre. La instalación realizada por la Compañía Hammond para exponer sus admirables máquinas de escribir en el Palacio del Hipódromo, donde la Exposicic n se celebra, es verdaderamente hermosa y digna de F O T AMADOR. Jnstaiación de las máquinas de escribir Hammond la colosal empresa industrial que representa. lencioso funcionamiento, su ligereza v elegan- aparatos que los adelantos admirables de la I Con sobrado motivo ha sido esta instalación cia, etc. etc. mecánica nos han proporcionado no se extra- I una de las que mayor interés y curiosidad han Los inteligentes, los que conocen y saben ñan del gran triunfo que la Hammond ha I despertado en el público que acude á visitar el apreciar el mérito y valor de estos notables obtenido en todos los mercados asi munclo so- 1 actual Certamen.