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NUMERO 8 óc A B C. L U N E S IÍ DE O C T U B R E DE 1907. O C H O P A G I N A S E D I C I Ó N 1. PAGINA 3 i t i. V í- ¿y El viaje del Rey. Aspecto del puerto de Barcelona á la llegada del transatlántico Cataluña que conducía á S. M DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL SR. (AN- Hasta hace tiemTES FRANCISCO JOSÉ) poco po, todas las tardes un carruaje de la corte salía de la Hofburg, de Viena, recorría las calles del Graben y se detenía á la puerta de una casa de lujosa apariencia. El lacayo saltaba del pescante, abría la portezuela y un anciano de blancas patillas, luciendo el uniforme de coronel austríaco, descendía del coche y penetraba en la casa, donde el portero, ya preparado, le acompañaba hasta la escalera, diciendo respetuosamente al recién llegado: ¡Buenas tardes, Sr. 331 Sr. subía hasta el piso primero, donde le esperaba la Sra. que le introducía en el comedor, le ayudaba á acomodarse en la más mullida butaca, avivaba los leños de la chimenea y daba órdenes á la cocinera para que aligerase la ceña A veces, los señores de discutían gravemente la composición de un menú, y acordaban con la cocinera la confección de algún sabroso plato, no sin antes. obtener la señora promesa formal del anciano de que no se atracaría. Porque el Sr. era glotón, muy glotón y le gustaba comer mucho, y precisamente, de todas aquellas cosas que le hacían daño. 1 uego cenaban ios señores de frente á frente los dos, hablando de los acontecimientos más importantes del día: de la rotura de un plato precioso que descabalaba una vajilla riquísima, de la adquisición de un nuevo mueble, de las cosas que cuenta de sus amos la doncella del piso segundo, del último crimen cometido, de una pieza muy graciosa estrenada en el Ronacher, del vestido que piensa comprarse la Oorque si hay algún pueblo que se asentóseñora... Terminada la cena, i el Sr. je al español es el austríaco. Después sacaba de su petaca un pequeño trabuco de Sadowa los vieneses bailaban valses y y se le fumaba deliciosamente. Cuando el bebían champagne; en presencia de la futura cigarro estaba á la mitad, sonaba el timbre En el puente del Cataluña De derecha á izquierda: el Sr. Maura, el dislocación de las 1 razas diversas que comde la p. üerta dos veces, con pocos minutos pone ese traje de arlequín- que se llama de intervalo, y dos señores penetraban en el capitán del buque, uno de los oficiales, el general Echagüe, el conde del Imperio austro- húngaro, los vieneses beben Grave, S. M el Rey y tres oficiales más del transatlántico. FOTS. GON 1. champagne y bailan sus valses famosos. Tamcomedor. Os los presentaré: uno es el Sr. Palmer, bién nosotros á continuación de Cavite nos director del Banco de los Países Austríacos; pido aquel coche conocido de todos, mirá- ble é incitante. Era ya el único placer que fuimos álos toros y después de Santiago el otro es también un banquero riquísimo, banle un instante, y guiñando los ojos, de- saboreaba el Monarca, su amor postrero... de Cuba nos fuimos... á otra parte. ¡El, que había amado tantas cosas! poderoso, muy conocido en Viena, pero ju- cíanse los unos á los otros: I vieneses no se No le quedaban más amores que la mesa... dío. I Os recién llegados saludaban respe- ¡Es el Sr. preocupan mas que tuosamente al Sr. y luego poníanse Y así llegaba el Sr. á la Hofburg, y la Sra. porque el tabaco, otra de de hacerse la vida los cuatro á jugar una partidita de tarok, es- el palacio donde reside el Emperador y Rey sus pasiones, se la habían, si no prohibido, agradable, sin imporpor lo menos falsificado. El Emperador no pecie de whist austríaco, que es el juego pre- en Viena. társeles poco ni mufumaba más que Virginias, largos cigarros ferido por la buena sociedad vienesa. cho quelas. cuestio 1 obre Sr. Desde hace días no sale puros como los que se venden á cinco cénY á las nueve menos cuarto, el carruaje nes políticas marde sus habitaciones, gravemente enfer- timos en los estancos españoles, fortísimos, que había conducido por la tarde al señor chenmal y la HacienSchratt parábase de nuevo ante la puerta. mo. ¿Preguntáis qué enfermedad padece? horribles, verdadero veneno, y los médicos da nacional peor. Iva Sra. despedía al anciano coro- Vejez. Nada más que vejez. Sus padecimien- se los prohibieron porque comprometían ¿Que se va á separar nel sin contemplaciones, recomendábale for- tos se reducen á un sencillo catarro agrava- el funcionamiento regular del corazón. Sólo Hungría? ¡Oue se semalidad, le ayudaba á ponerse la pelliza para do por la asistencia de cinco médicos que le le consintieron que fumara trabucos, pequepare! ¿Que Alemania preservarle contra el frío, y le acompañaba rodean y de dos docenas de archiduques que ños cigarros ligeros, muy suaves, que no sapretende llegar hasta hasta la puerta de la escalera. El Sr. no le dejan, y éste sí que es el peor sínto- tisfacían, naturalmente, al valeroso aficionaTrieste? ¡Pues que volvía á ocupar el carruaje, el lacayo saltaba ma. Porque el Sr. y S. M. el empe- do á los Virginias. KATHARINA llegue! A ellos que sobre el pescante, y el portero, goira en rador y rey Francisco, José de Austria- HunEl amor- ¡otro de sus amores! -pasó tamlos dejen el Graben mano, se aseguraba de que estaba bien ce- gría, son- -ya lo habrán conocido ustedes- -bién á la historia... de Austria. Sólo su re- y el Prater, el Danubio azul y una tanda de rrada la portezuela, diciendo: Hasta maña- dos coroneles distintos y- un solo Monarca cuerdo vivía en esa vieja amistad con la se- valses muy larga. Con esto y las salchichas verdadero. na, Sr. ñora la insigne comedianta austría- con choucrutte, especie de cocido nacional, I a población vienesa, ansiosa, ha llenado ca, la Saráh Bernhardt de Viena, como la ¿para qué quieren más? Son como aquel inEl coche, al trote, largo- -es la moda vie- BC nesa- -atravesaba el Graben resplandeciente de luz, pasaba por delante del convento de los Capuchinos, donde, en la tumba de los Habsbourg, reposan el archiduque Rodolfo, el asesinado en Mayerling, y la emperatriz Elisabeth, la asesinada en Ginebra. El carruaje seguía siempre al trote largo, dejando atrás la iglesia de los Agustinos, en la que se celebraron con la suntuosidad aparatosa de la Corte austríaca los matrimpnios de Francisco José y Bflisabeth y de Rodolfo y Sofía... I os vieneses que veían cruzar rá- el extenso patio interior de la Hofburg, para adquirir noticias del estado del viejo Emperador, y al saber que el Monarca había perdido el apetito, su desconsuelo no tuvo límites. El apetito... No le perdió después de Sadowa, ni el día en quesupo la tragedia de Mayerling, ni cuando se enteró del drama de Ginebra... L, a Sra. se encargó de estimular el apetito del anciano coronel, de acuerdo con stt cocinera, y todas las noches había preparado un plato de su gusto, un dulce goloso, algo verdaderamente apeteci- llamaron antaño sus admiradores, pues Katharina fue la artista más famosa que pisó las tablas del Burg- Theater. No podía disfrutar ninguno de los menudos placeres de otro tiempo: la equitación, la caza... Dos veces al año montaba á caballo para asistir á la revista militar del en Viena, y cuando le apeaban ya estaba medio muerto. Si se le antojaba ir á cazar había que ponerle las liebres atadas entre las matas... Se había refugiado en la mesa, concentrando en éste todos los placeres. Se levantaba á las cuatro de la madrugada y tomaba inmediatamente un copioso desayuno. Después trabajaba hasta las ocho de la mañana que almorzaba. ¡Oh! ¡Una cosa ligera! Sopa, un plato de. asado, otro de legumbres, un emtremets- -que es otro plato- -y postres variados. A mediodía, tercera comida compuesta de los mismos platos que la anterior. De cuatro á cinco de la tarde cuarto cubierto, el más importante de la jornada, pues se componía de seis platos por lo menos: sopa, carne, pescado, asado, ave, entremete y postres. A las ocho de la noche, quinta comida: pastas y fiambres y té. Todo ello bien rociado con cerveza Pilsen, única bebida del Emperador. ¡Calcúlese, pues, el espanto del pueblo vienes al saber que elSr. había perdido, el apetito! Nadie creyó en los ¡partes oficiales, optimistas. y confiados, y todo el mundo comenzó á sospechar que la dolencia del anciano Monarca era grave. L, a multitud, emocionadísima, quiso convencerse invadiendo el patio interior. de la Hofburg, sin duda para ver si el Emperador se asomaba como de costumbre á. la. ventana de su gabinete de trabajo, tranquilizando así á su. pueblo, al buen pueblo vienes- que le adora, P