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NUMERO 4 B C E N SAN SEBASTIAN A B C. VIERNES 20 DE SEPTIEMBRE DE 907, OCHO PAGINAS. EDICIÓN i PAGINA 6 los velos, las sombrillas, las faldas largas, los chillidos, l a s risas. Y allí vería usted- -puesto que usted ama tanto á nuestra común amiga la Maturaleza, -vería usted la luz crepuscular, tan dorada y cernida; y la azulada silueta de lo s montes; y el mar, teñido aún por el último reflejo áureo del sol. Nada hay tan divino como este momento excepcional en que se unen el v e r á n ó y el otoño. Esta es laépoca de la amistad más profunda, de las afecciones más intensas, la época en que el corazón siente con más fuerza el anhelo amoroso... Discúlpeme, mi amiga y señora, el indiscreto calor que pongo á veces en mis palabras. J. -M. a SALAVERRJA CARTAS FINALES ñe pregunta usted, bella señora mía, cuál es él tono de éstos últimos días de verano... ¡Áh, la palabra verano es demasiado agria para expresar la vaguedad de que empieza á llenarse la Naturaleza! Hay otra palabra más suave, más sugestiva y melancólica: otoño... Pues bien; ePotoño comienza ahora, y la gente procura acomodar sus diversiones al carácter de la. estación. Se corren caballos. Es la temporada más elegante de San Sebastián, la temporada del Concurso hípico ¡Si usted viera el número de carruajes, i la arrogancia de los jinetes, él lujo blanco H. de las. danias allá en la hora tibia de la tarde, cuand- el sol otoñal emp i a á quererse ocúltai eras de la íñóñ- taña! Es una fiesta. de: elegancia, de aristoc r a c i a 5- de belleza. Suelen estar las tribunas llenas de las. personas más distinguií das, comenzando por el Rey; una banda de música ameniza eT tiempo: hay un. restaurant muy fino donde piteden comerse y bébérsetodas esas sabrosas fruslerías, que inventaron los cocineros i para los desocupados; hay buena luz, brisa agradable, el pandra- V LA FERIA DE GANADOS DE JEREZ DE LA FRONTERA. VISTA- GENERALma de la ciudad en frente, y allá distante el mar, que siempre tiene el adorno de tina tinto ahora, como compensación. Vea usted: aninialessuelecausarmas. de un contratiem- barca á toda vela. Y los bizarros militares, los sale un caballo á la carrera, montado por un po, y es que los jinetes se caen de bruces, la corceles veloces, los señores vestidos con casa- joven oficial de Húsares- -los húsares, suprema. gente se alarma, las señoritas chillan Nada, cas rojas, que están sumamente lindos y á admiración de las mujeres... -y se dirige á sal- no suele ocurrir nada que merezca mención, quienes dan el nombre encantador de habits var los obstáculos de la pista; los obstáculos si no es algún rotundo y demasiado contunson infinitos, desesperantes, y el caballo tiene dente porrazo. rouges... Después se reparten los premios y la fiesta Sólo encuentro una nota triste y. amarga en que salvarlos todos, primero una zanja, luego este concurso de alegría y belleza: es la cár- un parapeto, después un vallado, después un se acaba. Ivos premios se los llevaban antes los cel... I, a cárcel, señora y dueña mía, tuvo la seto, y, por último, una fila desoldados... ¡Na- franceses y belgas; pero los españoles han ido mala ocurrencia de plantarse ahí, en un extre- turalmente que los soldados son fingidos. y no: esmerándose, y; ahora se reparten los premios mo del campo de Ondárreta, y sucede que la reales! Pero como el caballo, corriendo y ciego unos y otros equitativamente. Ya ve usted; muchedumbre regocijada se halla oprimida como va, no distingue él cartón de la carné, se los españoles, especialmente los militares, entre los términos antagónicos, el ruar por un ve en el trance difícil de tener que arrollar á traían unos caballos ordinarios, que no estalado, simbolizando- la libertad, y la cárcel por unos hombres que le esperan en fila, y aquí, ban aleccionados para esta clase de juegos y el -o lado, simbolizando la esclavitud. Y á en este punto, es donde se conoce la psicolo- perdían; hasta que se han educado, tanto caveces ocurre que, cuando el alboroto de la mu- gía y la moral de cada corcel. Algunos caballos ballos 1 como caballeros, y ganan. Él fin y la chedumbre es mayor, cuando l a música entona s altan sin titubear, porque puede más en ellos moral de todo esto és que la oficialidad de un acelerado pasadoble, cuando todos ríen y la voz de su amo que la piedad; pero algunos nuestro Ejército, estimulada por la vanidad y beben, por una ventana de la cárcel asoma un otros, acaso porque, son más humanos, al verse el premio, se adiestra en todos los complejos rostro... ¡qué rostro aquél, qué gesto de ira y delante de los monigotes, vacilan, desatienden detalles de la equitación. la voz del amo, desatienden la espuela des- Ya ha terminado la fiesta, ya la gente busca de pena, qué amargura... Pero dejemos esto, y perdóneme usted, mi atienden el mandato imperativo del deber, y su automóvil, su coche, ó el modesto; tranvía, adorable amiga, el desagradable cuadro que le se paran, ó dan un rodeo para no átropellar á ó... el pasito á paso. ¡Allí vería usted, mi bella acabó de pintar; yo le pintaré á usted otro dis- los fingidos soldados. Pero esta piedad de los amiga, un rebullicio dé mil demontres, entre i v MAPA MUNDl JN CUENTO E l t e DE CARUSO n o r Ca r. rusoha contado al escritor italiano Mario de Fiori, á propósito de su aven tura en Nueva York y del recato de las yanquis, lo siguiente: A un amigo mío le sucedió hace poco tiempo una aventura singular. Viajaba en un coche de primera clase, en compañía de una yanqui, que por su fealdad era el meFot. Castroverde. jor remedio contra una tentación. Mi amigo se guardó mucho de dirigirla la menor. galantería, y ni siquiera se movió de su sitio: él fumando un excelente habano, ella leyendo con unción digna de mejor causa la Holy Bible. A 1 llegar á la primera estación la viaiera se alzó en pie, y asomándose á la ventanilla, comenzó á llamar á grandes voces al jefe de la estación. ¡Detengan á este hombre, que aprovechándose de viajar solo conmigo, ha intentado abusar de mi honor! I, a viajera daba á sus palabras un aire tan eonvincente que la Policía invitó al viajero á que descendiese del carruaje. E 1: pobre hombre, confuso, perplejo, tuvo una idea feliz y mostrando el cigarro que tema tres dedos de ceniza, exclamó triunfalmente: ¿Creen ustedes que si yo hubiese hecho el menor movimiento, como dice esta señora, la ceniza del cigarro estaría intacta? I, a prueba fue tan coneluyente, que la viajera fue detenida y el viajero continuó tanauilamente su viaie. BIBLIOTECA DE A B C 72 VA- CASA DEL CRIMEN 69 Nueva separación, no de dos, sino de cuatro interlocutores, que encuentran pronto otros cuatro. r Este sentimiento desapareció, por otra parte, en seguida cuando oyó el murmullo involuntario de aprobación con que acogió la muchedumbre la entrada en lá iglesia de los esposos. Mafia Ménica, vestida de blanco, con el velo virginal y la corona dé azahar, pálida y temblorosa de alegría y de emoción, estaba tan bella, que todos los que allí se encontraban creían verla por primera vez. I, a ex obrera se aproximaba á los treinta; años, como, sabemos, y, sin embargo, no representaba veinte aquel día. En todos los tiempos y en tddos los países ha influido poderosamente en las masas la contemplación de un rostro encantador. I OS troyanos sitiados olvidaban la extensión de susmales con solo mirar á E l e n a Continúen nuestros lectores esta sencilla operación aritrnética y llegarán á saber qué resultados podían Obtener al fin de ella. Mauricio Chesnel no se ocupaba en modo alguno en poner correctivo á los maldicientes; evitaba cuanto podía que las injurias llegarati a sus oídps, y disponía los preparativos de! su matrimonio; es decir, ultimaba el excediente en la alcaldía y en l a iglesia para las publicaciones exigidas por la ley. María Mónica se había restablecido, por completo; su convalecencia, habíase abreviado por ese poderoso agenté que se llama esperanza de felicidad. J U e g ó por fin el día marcado para el matrimonio. Mauricio Chesnel, hombre práctico y de talento, había resuelto despojar de toda pompa la ceremonia nupcial. Una misa rezada en, unácápilla dé l a i g l e sia metropolitana; cuatro testigos por acompañamiento y nada más. Y sin embargo, desde el amanecer, ó mas bien desde que abrieron las puertas, una muchedumbre compacta, atraída; por uña irresistible curiosidad, entró en l a iglesia. I, a gráfica expresión toda la ciudad estaba allí podía en estas circunstancias aplicarse en su acepción más literal. Este indiscreto y ávido deseo del público desagradó mucho á Mauricio en el momento en que entró en la nave dando el brazo á María Mónicá, á quien había llevado y a a l a alcaldía, y que, por consiguiente, era su mujer, ante l o s hombres y pronto iba á serlo ante Dios. C V Así, cuando menos, lo asegura iíoméro, y cíteemos gustosos al rey dé los poetas. v; En un momento se desvanecieron las impresiones desfavorables que respecto del matrimonio de Mauricio y de María Ménica había en la ciudad. Olvidóse cómo por encanto ala obrera pobre para ver sólo ala mujer irresistiblemente seductora. v r v 1 ¡Qué bonita es! -decían las mujeres. -Hay que convenir- -decían los hombres- -en que ese pobre doctor no puede quejarse. I, a elección es buena. ¿Quién había de creer qué ésta costurera tuviese un aire tan distinguido? I a malevolencia callaba, ó mejor dicho, no existía... por el momento. MÍ ía Mónica, áquien todos creían ver desdeñosa é irónica, se había pre sentado sencillamente vestida de blanco, modesta y sonriente, y esto bastó para que triunfara, como Venus victoriosa, en todos los corazones. ba tranquila, yo era feliz! ¡Aparecisteis vos, y mi paz y mi dicha desaparecieron! ¿Por qué haberme alimentado; de. insensatas palabras y esperanzas suya realización era imposible? ¿Por qué elevarme tanto p. ara rebajarme hasta esté extremo? Al caer me habéis herido. ¡Vuestro amor! jHabláis. de vuestro amor! Si así amáis, ¿cómo expi esáis vuestro desprecio? Pero ¿por qué me despreciáis? ¿Por mipobreza? ¿Por mi condición de obiféra? Y si no es por esto, ¿porqué? Soy; costurera, es cierto, hija de nadie, como vulgarmente se dice; pero soy, honrada no he sido débil jamás... y no he sido manchada ni aun por una sospecha. Todo el mundo lo sabe, y vos habéis debido saberlo como todo el mundo. vos que pretendéis amarme... Pero no lo habéis creído, ¿no es cierto? ¡Y me ofrecéis dinero para que- sea vuestra amante! Y ahora mismo tan asombrado estáis porque n- acepto, que tal vez pensáis que finjo dudar para hacerme pagar más tarde mucho más. Es muy triste; y muy cruel, señor Mauricio, lo, que habéis hecho. ¡Ah! ¡Si supierais cuánto, os amaba... ¡Si supierais el corazón que acabáis, de perder... ¡Hablad, en nombre del cielo! ¡Hablad os lo suplico... Dejadme sola. Si he: de morir de la herida que acabáis de hacerme, no quiero morir en presencia vuestra. Habéis salvado mi vida y tenéis derecho para reclamarla. Me matáis y os perdono. ¡Adiós ¡Adiós! Cuando acabóle hablar, María Mónica indicó al médico la salida de la habitación, y quiso levantarse del sofá, pero no contó con su debilidad ü n grito ahogado, ó más bien un gemido doloroso, se escapó de sus labios y después cayo lívida y sin conocimiento. -Sa dicho la verdad- -balbució Mauricio, casi tan pálido como la obrera; -ha dicho la verdad: la he matado, y soy un miserable; sí, un miserable, porque ella era un ángel, la he tratado como á una mujer despreciable... ¡y me ha perdonado! ¡Ah! Es preciso que yo la salve á todo trance. Mauricio, con la prontitud y precisión que caracterizan principalmente á los médicos cuyo aprendizaje ha sido hecho sobre el campo de batalla y entre el sil bido délas balas, empleó todos los medios que estuvieron á su alcance para que María Mónica recobrara el sentido. Aplicó á sus sienes y á la frente un paño empapado en agaa fresca. Hizo que respirase las sales más fu ertes... I, a medicación no dio al principio resultado alguno. Los ojos de María Mónica permanecieron cerrados, y los latidos de su corazón eran tan débiles, que parecía que se habían interrumpido. Mauricio estaba desesperado. Un ligero estremecimiento