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NUMERO Szo ABC. LUNES 2 DE SEPTIEMBRE DE 1907. OCHO P A J S L A S Í E D I C I O H r. ft PAGINA 6 LAS TIPLES DEL TEATRO. CÓMICO MAT 3 LDE FRANCO DOLORES SAAVEDRA ENRIQUETA BLANCF LORETO PRADO Fots. Pórtela, Candela, Kaulak, Almansa y E. Rodríguez. tendí é? ¿Cuál me amenaza? me preguntaba yo. ¿Y al fin la ha descubierto usted? -Sí, ¡la lie descubierto y la he vencido! -respondió D. Joaquín radiante de jvibiio. ¿Y cuál es? -La melancolía, ¡el elemento patógeno más terrible! ¿Y cómo se ha curado usted? -No olvide su juramento. -Lo renuevo. -Pues oiga usted. Y D. Joaquín se desabrochó la levita, el chaieco; separó la corbata, desabotonó lacaniisa, oprimió un botón que asomaba por la abertrira de la camiseta, y en seguida oí en voz clara. vibrante y menuda, acompañada por los sones 1- de- crótalos- y guitarra, aquello de: Guando dicen los carteles que Reverte va á matar... SRA. CASTELLANOS ¡Ole, pié! -contestaban dentro, también dé modo casi imperceptible, muchas voces. ¡Ole, ole! -agregaba D. Joaquín entusiasmado. ¿Qué- aparato es ese? -Este, ¡la felicidad, en forma de inyección íotofonográfico- subcutánea. El rostro de D. Joaquín irradiaba alegría. Yole miré con espanto al principio, y acabé haciendo dúo á sus resonantes carcajadas. ROBERTO DE PALAC 1 Q- SRTA. ROMÁN BIBLIOTECA DEABC 10 LA CASA D E L CRIMEN 11 ¡Guandp los señores estén en él verán lo que es bueno! El guarda buscaba en el manojo de llaves la que correspondía á la verja: El perro, que le había seguido, sentóse á unos cuantos pasos de su amo y- empezó á dar aullidos lastimeros. El vulgo, al oír aquellos aulü dos, hubiera dicho. Parece que ese berro olfatea la m u e r t e Y álláte, ZwV- -exclamó Domingo r Pero León continuaba aullando ¿Qué Jtiéa e vuestro- perro? -le pregunté. 7 7 4- ¡N 6 me lo preguntéis! -contestó el guarda; -siempre que viene á este sitio le sucede lo misino. Es el efecto de costumbre 7; 7 7 -EÍ efecto de costumbre... -regétí. con sorpresa. i- -Sí, señor. ¡Gómo! ¿Aulla siempre- del mismo modo en cuanto entra en el sitio en que estamos? 7 7- Sierñpye, sí, señor. ¿Y por qué? i: -Los perros, ya lo sabéis, señor, aunque sean unos pobres animales. -tie nén su instinto y su- memoria, como nosotros, y á veces más aún que nos otros, porque liay hombres que son tan... en fin... yo me entiendo. -Noló dudb, -péroía verdad es que no os entiendo. ¿Qué queréis decir? -Quiero. decir- que cuando ún perro ha olfateado la muerte en un sitio determinado, no lo olvida, y, cuando ha olido sangre, en cualquier parte que sea, cree olería siempre; ¿Y ha habido aquí muerte y sangre: -SÍ; señor. ¡Diantre! 7 il Mi amigo parecía estar algo afectado, y se puso pálide. Excitóse su amor propio al ver qué le miraba con insistencia, y se esforzól por ocultar la emoción que le dominaba, 7.7. -N o es mal principio- -mé dijo sonriendo. -O mucho me engaño, ó el chalet de las Lilas nos ya á proporcionar asunto para escribir Una nóvela ó un drama, ¡y quién sabe si tal vez ambas cosas á la vezl- -Posible es- -contesté; -ovarnos á saberlo. Mientras hablábamos mi amigoy yo, Domingo se dirigió al perro yleame. uazó para que callara. 7, León retrocedió algunos pasos y continuó aullando. -Lo dicho, no lo puede remediar- -exclamó el guarda, ¿cercándose á nosotros. -Para hacerle callar sería preciso matarle. Y al decir esto cogió la llave, la metió ea la cerradura, y la pesada puerta de la verja giró sobre sus goznes. ...7. 7- s Domingo, con la gorra en la mano, nos dijo: 7 7 777. -Cuando gusten los señores pueden entrar. 7 7 7 Confieso que no pude dominar cierta emoción al entrar en eLpatia. Las palabras de Domingo me habían hecho pensar en un drama lúgubre, y tal es la fuerza de la imaginación, que me pareció que algo de funesto flotaba en la atmósfera, y me producía, aunque ligera, alguna opresión. Nada, sin embargo, de cuanto nos rodeaba justificaba mi presentimiento. A cien pasos de la verja alzábase un pabellón en forma de esbelto chalet, de entresuelo y piso principal, cubierto de- pizarra. En el piso principal había tres ventanas y una puerta, á la cual se llegaba por una gradería de tres escalones. El edificio estaba rodeado de frondosos árboles cargados de lilas, y áestS debía el chalet su nombre. Las persianas estaban abiertas y arrimadas á las pareaos. En las ventanas había sendas cortinas, que ya no eran olancas como en otro tiempo, sino amarillas. 7 El exterior del chalet no dejaba nada que desear desde el punto de vista de conservación. -Los señores pueden mirar y examinar á su antojó- dijo el guarda; -la construcción es sólida, y no hay necesidad de hacer reparación alguna. En el centro del patio había una gran extensión de césped cortado en forma elíptica, y que servía de marco á un estanque de tres pies de profundidad por cinco ó seis de diámetro, destinado á vivienda de encarnadps peces y doradas carpas. 7 En diferentes puntos de la curva del césped había canastillas llenas de rosas, defendidas por una empalizada de alambre. Todo coche que entraba por la verja tenía que recorrer un semicírculo alre; dedor del césped antes de llegar delante de la escalera. A espaldas del edificio, diferentes sendas, cuyas sinuosidades había trazado un hábil jardinero, conducían á las enramadas de un verdadero bosque Adornaban diferentes puntos del jardín esbeltas figuras de tierra cocida, colocadas en pedestales de piedra. 7 A distancia igual de la verja y del edificio, por la parte del ala derecha, había un castaño gigantesco que proyectaba gran sombra. Bajo- sus ramas estaban colocadas cuatro sillas. El sol poniente iluminaba con sus pálidos rayos el cuadro que acabo de dibujar ligeramente. El visible abandono en que estaba hacía dos años eljardm, daba á esté cuadro cierta poesía siniestra. 7 Durante el examen que yo hacía de todo, Domingo no cesaba de mirarme e indudablemente leía en mi rostro alguno de mis pensamientos. -Algo descuidado estátodo, como echarán de ver los señores- -dijo de rc-