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NUMERO 8i6 A B C. JUEVES 29 DE AGOSTO DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 3 LOS SUCESOS DE MARRUECOS CASABLANCA. UNA SECCIÓN OE TIRADORES ARGELINOS, DE LAS TROPAS FRANCESAS DE OCUPACIÓN, HACIENDO FUEGO SOBRE LA MORISMA DESDE UNA TRINCHERA Fot. Rittwagen. QOBRE LA DULZURA DE N U E S T R A S COSTUMBRES Mientras tomaba una botella de cerveza en un puesto del Prado, presencié, hace pocos días, varias cosas desagradables. Se acercaron á pedirme limosna un ciego y su lazarillo, dignándose trufar la petición con los couplets de moda que el pobre ciego arrancó á su guitarra y el chico se cantó regularmente. Mas, antes de terminar el número, salió corriendo el muchacho Prado arriba, perseguido por u n guardia municipal que alli se presentara de improviso. ¿Qué es lo que ha hecho? -le pregunté al ciego. ¡Nada! Debe ser por la licencia... H a y un guardia que se las ha j urao. ¡Como le agarre, al asilo con él! ¡Pues ahora no se sale con la suya! E n efecto, el pájaro volaba... Pero, antes de sentirse libre, el sable amoroso del guardia municipal, sin salir de su vaina, le midió un par de veces las costillas. Siguió el ciego su camino, guiándose con su recio bastón, y casi al final del paseo le vi discutir con el celoso vigilante, vengador activo de las ofensas municipales. El cual, apenas terminada esta campaña, emprendió otra no menos interesante y oportuna. Tendido á la larga en un banco, frente al otro que h a y que escribir siempre con B mayúscula, cierto golfo gozaba del más profundo y tranquilo de los sueños. No diré que estaba vestido, pues las tiras de paño viejo que pretendían cubrir sus carnes, no autorizaban tal afirmación, aunque tampoco aseguraré que iba desnudo, y a que cubriendo las formas el cuerpo y el espíritu pueden presumir de indumentaria. Acercóse mi guardia al golfo, y nuevamente el sable, símbolo de la autoridad, castigó las audacias de un contraventor de lo mandado ¡A dormir á la cama! Y el golfo salió corriendo, como el otro, aunque de seguro no iría á cumplimentar la orden. ¡Oh, paternal autoridad- -pensaba yo, apurando mi copa de cerveza amarga, -que siempre tienes el sable en alto, dispuesto á caer sobre quien se desmanda... ¿Por qué, huyendo de ti, correremos todos, en vez de aguardarte confiados en tu cariño? Distraído con aquellas escenas, no había reparado en una niña que ante mi velador estaba mirándome atentamente. Era una hermosa criatura de ojos azules y cabellos rubios, rizados y recogidos con esa gracia especial, en la que se echa de ver la mano de una madre. Vestía un trajecito blanco, limpio y modesto, con adornos sencillos, pero de buen gusto. ¿Cómo te llamas, monina? -la dije acercándomela de una mano y besando sus mejillas frescas y sonrosadas. -Conse iío- -me contestó, en esa lengua que muchos jay! nostálgicos de la perdida inocencia, quisiéramos hablar todavía. ¡Pues eres muy guapa... ¿Quieres que te compre un bollito? -Sí, señor. Al instante satisfacía su capricho. Y al ata- car con sus menudos dientes u n a rosquilla, mirábame agradecida y satisfecha. Mas he aquí que de pronto una señora joven y no fea, discretamente vestida al modo de nuestra clase media, agarra de un brazo á la niña y le dice con irritado acento: ¿No sabes que no se pide nada? ¡Yo te enseñaré! Y dirigiéndose á mí, con a e r t a sequedad: ¡Usted dispense, caballero... ¡Estas criaturas son más impertinentes! Iba á responderla; pero y a estalja lejos, llevándose á su niña. Sacudida violentamente de un brazo, la pequeña rompió á llorar desconsolada. Un par de azotes aumentó su llanto, y la rosquilla rodó por el suelo, con gran satisfacción de dos perritos que por allí rondaban... ¡I, a pobre criatura vio trocada en disgusto una de sus más inocentes alegrías! De buena gana hubiese ido tras la señora, y al increparla duramente, con desprecio de la galantería tradicional, hubiera intentado convencerla de que no es el terror la fuente del cariño materno, recitándola ínriellas palabras de nuestro gran poeta: Creen algunas, de ternura ajcjiss, que á las muchachas- ¡ángeles sin alas! -aunque les cause penas, para que sean buenas es preciso decirlas que son malas... Pero pensé en lo improcedente que resultarían mis consejos. Y sin olvidar á la niña, pasó por mi memoria todo nuestro sistema de educación... Ivos amorosos cachetes del padre; los pellizcos correccionales de la madre, cuando el chico mete la pata en visita; los palmetazos y tirones de orejas del maestro, para rebozar gratamente el seco y espartoso filete de la ciencia; las bofetás del cabo á los quintos antípodas de Salomón; los palos con que al presunto reo se le obliga á confesar su crimen; los horroresde la guerra; el vengador sablazo de la autoridad competente... ¿Será un sueño el ideal de paz, de mansedumbre y de amor, como nos aseguran los hombres de orden en sus estupendas disquisiciones... I a tarde iba muriendo. Por el Prado bajaban algunos grupos de gente, comentando los lances de la corrida. La guardia montada venía al trote por el arroyo; relinchaban sus caballos, sonaban sus espuelas y sus sables... En una plazoleta del paseo, un corro de niñas cantaba alegremente cierto ingenuo y antiguo romance... Y á la otra mujer, palos y mala vida, ¡ay, ay, ayl ptüos y mala vida... M e pe ó un cachete, me dejo tendida, lay, ay, ayl me dejó tendida. ¡También es legendario reducir o convencer de tal manera á la mujer amada! ...Pagué mi cerveza y me alejé despacio, convencido de que el hombre no se diferencia de las fieras tanto como se cree generalmente... ANTONIO P A L O M E R O y al fin estallan con u n rotundo y grotesco estampido; otros son como arañas brillantes, que suben refunfuñando ¡fá, fú, fú... y terminan su vida sin ruido, ridiculamente; otros, en u n a palabra, escalan la cumbre de la noche, suben D I Á L O G O S E N EL CASINO El autor d e muy alto, muy alto, y revientan, abriéndose en este artículo un haz de luces multicolores... se encuentra sentado en la terraza del Casino, allá entre las diez y las once de la noche. Es- ¿Vienes de arriba? domingo, día de corrida, y en la terraza apenas- -Sí. si puede caminar la gente, de tanta como hay. ¿Y qué... Suenan los violines de la orquesta suavemen- -Pues nada, que me propuse darle tres golte. Pronto se encenderán los fuegos artificia- pes á un duro: uno que hacen dos, dos que hales. Y por delante del autor, como una tenta- cen cuatro, cuatro que hacen... ción del mismísimo demonio, van pasando y- ¿Qué hacen? repasando una infinidad de mujeres escota- ¡Nada, naturalmente! ¡Üü, esa Providendas, admirablemente ¡escotadas, espléndida- cia... mente vestidas, y todas hermosas. Un señor, interviniendo oportunamente: Mientras circulan las personas, el autor las- -Juanito, no metas á la Providencia en esos oye hablar, y es como JSÍ le arrojasen retazos managos tuyos. ¿Te figuras que la Providencia de diálogos de todos los matices imaginables; se ha rodeado de todo el poder que indudabley el autor se divierte, porque nada hay en el mente tiene, para ayudarte á que tu duro se mundo tan divertido como oir lo que dicen los convierta en... hombres. -El Sr. Maura- -dice un grave caballero, ¡Qué barbaridad de mujer! -prorrumpe uno el Sr. Maura tiene razón: España necesita obrar de repente, y se queda parado. cou gran cautela y ceñirse á lo tratado... En efecto, pasa una mujer encantadora, senPero el grave caballero ha pasado, y un j o ven elegantísimo, vestido de smoking, tiene cillamente encantadora. Su estatura no podía ser más equilibrada; su seno no podía tener ahora la palabra. ¡Chico, el Fuentes ha estado descomunal, más artística ecuanimidad; su paso no podía despampanantemente malo! Yo le aconsejaría ser más arrogante y sereno. Lleva los zapatos que se, retirase este año, sin aguardar al que de raso blanco, el tacón muy alto, la punta afilada; pisan aquellos pies del mismo modo que viene. ¡Chico, qué... pisaría una Princesa del Renacimiento. El sombrero es blanco, empavesado de plumas. El- ¡Mamá, mamá! -exclama una bellísima vestido es de color rosa. La espalda es de rosa niña, dando u n respingo de alegría; ¡mamá, también, pero u n rosa más humano, rosa de mira qué rueda de fuegos más preciosa... carne. En efecto, los fuegos artificiales comienzan á Y en llegando á este punto, el autor no h a arder, y en la explanada del ancho paseo la muchedumbre popular se estremece y ondea podido oir más, porque una ola de melancolía h a invadido su alma. en torno de la pólvora. ¿Cuándo osaría el autor pasearsejunto á una Una rueda de fuego traza en el fondo negro de la noche su rasgo luminoso; las chispas dama como esa? ¿Cuándo soñaría tenerla por vuelan como estrellitas lindas, y se deshacen suya, cogerla de la mano, mirarse en sus ojos luego, y se acaban, y la rueda se transforma en y adorarla? ¡Cuántas docenas de artículos seuna combinación de cruces enlazadas; y esta- rían necesarios para comprarle á esa mujer tan llan los petardos ruidosamente, entre t a n t o que sólo el par de zapatos y el sombrero quelleva... la muchedumbre abre la boca con profunda ¿Y qué palabras podría aprender el autor para acariciarle el oído? ¿Hay en ninguna página de admiración. los libros la ciencia sutil que enseña á amar y- -En verdad que- -dice u n señor anciano, -ser amado? ¡Y qué podría dar el autor á esa en verdad que el pueblo es un niño, y como á mujer sino arideces intelectuales... niño hay que tratarle siempre. ¿Ve usted, amiNo hay, pues, mayor desgracia para u n esgo D. Cristóbal, la vanidad de esos fuegos de pólvora? Pues así son todas las cosas que les critor, que asistir á los espectáculos mundanos, ofrecemos al pueblo: pompa de chispas fuga- porque la ciencia mundana está más allá del bien, del mal, de los libros y de la experiencia. ces, que se convierten en pavesas... -Sin embargo, amigo D. Manuel, sin em- Y omprendiendo que ese mundo le está vedabargo, hay cosas que no son chispas fugaces, do, y que esa mujer es inalcanzable, el autor sino verdaderos hornos de carbón de piedra. se h a marchado tristemente. Y poco antes de marcharse h a estado á punEl pueblo, ¡oh, qué ciencia tan ardua la auscultación del pueblo... ¡E em, ejem! -concluye to de parar á u n muchachito, colmo de la elegancia, y proponerle: el buen anciano, sofocado por la tos. ¿Por c u á n t a d e a s me vendes tu tontería... ¡Mamá, mamá! -vuelve á gritar la bellísiPero n o lo wk hecho por miedo de que el ma ñifla de antes; ¡mamá, mira qué cohetes muchachito le ií ondiese: tan caprichososl- ¿Tontería llamas á estas cosas, todas ellas Los cohetes, en efecto, son la particularidad de estas fiestas donostiarras. Ahora están dis- encaramadas á conseguir u n a sonrisa de muparando una multitud de ellos, y todos son va- jer? ¿Te figuras t ú que el mundo entero vale lo riados, á cual más entretenidos. Unos salen que vale u n a sonrisa... como bolitas de luz, se ocultan en el camino, J. M. SALAVERR 1 A aparecen, vuelven á ocultarse, reaparecen aún, A B C EN SAN SEBASTIAN