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N U M E R O 808 A B C M I É R C O L E S t i D E A G O S T O D E 1907. O C H O P A G I N A S E D I C I Ó N 1. Fyj -w. I B l l W PAGINA 5 EN EL DESIERTO el candor con que nos Es infantillos plumíferos durante ladedicamos todos estación veraniega á depositar en las columnas periodísticas la ciencia que aprendimos en el invierno... La fe nos salva, es cierto; pero, aunque ferviente y entusiasta, nuestra vanidad está T) 8 rdida. Nadie, 6 casi nadie, nos escuclia. La gente huye de sus hogares, buscando el fresco ai etecido, y para no acalorarse, por mandato de mamá la Higiene, abandona también los dulces beneficios de la lectura. ¿A qué escribir, queridos compañeros, si nuestros vibrantes comentarios se pierden en la inmensidad del de sierto donde á la hora presente se publican... Porque Madrid es un desierto, mejor dicho, el Desierto. Sube el termómetro y con su terrible laconismo nos anuncia el principio de la asfixia; cae el sol de plano, como la ley, sobre las espaldas del humilde; el cielo es de un azul insultante y no admite ni la ligera esperanza de una nube; Farmio y Céfiro nos abandonan; los pájaros huyen amedrentados, y sólo el grillo familiar toca su violín al amparo de la lechuga protectora. ¡El Desierto! Cansados, ladeantes, con la lengua fuera, desfilan por esas calles los infelices que van á sus quehaceres... ¡Tristes camellos que conducen la carga ajena, mirando con ojos adormecidos lo que á su lado pasa, que es bien pocol Y la lenta y monótona caravana ubernamental desfila hatia Gobernación, done se alzan las tres palmeras simbólicas junto al sagrado aljibe con fondo y sin fondo. ¡Kl Desierto! ¿No habéis visto las fieras? H e aqui los análisis del Laboratorio municipal... ¿Acaso está mejor organizada entre los terribles animales que en Madrid, la caZ 4 del hom bre... Las garras del león son menos poderosas que las del industrial aleve... ¿Qué tigre saltó sobre su presa con tanta agilidad como ciertos desalmados vendedores sobre la suya... Ha aquí tiendas de muchos cascabeles con más cascabel que la serpiente de ídem... Ante algunos líquidos que el ciudadano madrileño ingiere por necesidad, el veneno de los más terribles ofidios queda bastante desacreditado... No hay hormiga mortífera como el recaudador de ceduias que en estos días empieza el lamentable ejercicio de si s funciones... ¡Y nunca se comió en el Desierto carne barnizada, como la que se sirve á la mesa del hombre civilizado... ¿Cómo dudar de la pertecta semejanza... 1 En an libro tan admirable como poco leído, hay esta observación que ahora quiero clavar á la puerta de mi tienda: Si en esta edad se muere un ciudadauo en el arroyo por no tener ni una mísera casa que habitar, ¿qué más le daba haber vivido en el desierto... Sí; pese á nuestro envidiable progreso, á nuestras sabias leyes y á la generosa democracia que reeonoce nuestros inalienables é imprescriptibles derechos, gentes hay que, viviendo en Madrid, viven y mueren en el Desierto. ¡En el Desierto, donde no hay ley, ni justicia, ni nada humano que ilumine el espíritu y le guíe en la áspera jornada... Ni aquí tampoco. Apareció muerta del todo una mujer, y aún no sabemos quién, cuándo, ni cómo la arrebató la vida. ¡En el Desierto hubiera pasado lo mismo... Gracias á que aquí nos hemos entretenido mucho con las varias hipótesis novelescas que originó el suceso, y disertamos, de paso, sobre los beneficios del ingenio humano y de la competencia de atribuciones... Si, sL. jvivimos en el Desierto... Enfundad, pues, la hia, cigarras ciudadanas que lanzáis á los cálidos vientos solitarios vuestras canciones armoniosas... Cesad ¡oh, amenos sociólo- tiva, tierna, sentimental, el canto al amor de la tierra, de la mujer, del niño, el lamento por el infortunio y la lágrima para las aflicciones, Is han brindado la inspiración para sus rimas. En las poesías de la juventud se marca y a este carácter del poeta tierno y dulce; ese carácter no ha variado en cincuenta años: la misma ingenuidad, la misma frescura, la misma tran. sparencia... Comparo versos del Llorente de negra y ondulada melena, en los retratos antiguos, y los versos del Llórente venerable de ahora, á quien, cuantos vivimos de la pluma, debemos veneración. ¡No ha pasado medio siglo por el maestro! Su corazón, más joven que entonces, sigue cantando el tema eterno del amor; sus ojos, que han velado cincuenta años de labor ingrata sobre las cuartillas, aún se deleitan con el espectáculo de la campiña y del mar, y su mano trémula va trazando nuevas estrofas, pintando las visiones y haciendo palpitar en el alma los grandes afectos. E s su vejez una primavera espléndida y florida, con luz de un sol que nunca llegará á su ocaso. Flore del campo, de fugaz aroma, mis pobres versos son, amada mia... f -p c PERPLEJIDAD El ACT. vo iMUTE -PUES, SEÑOR... jCON ESfOS CELOS MAL REPRIMIDOS POR LA PRESIDENCIA INTERINA. NO SE BN QUE MINISTERIO SE CELEBRARA AL FIN EL CONSEJO gos! en vuestras discretas disertaciones... Suprimid, inspirados comentaristas del momento que pasa, la noble, vaga y amena lucubración que os malgastó la noche... ¡Callad, callemos todos... Algo tenemos que decir, algo tenemos T e o d o r o Llórente, el insigne maestro de las que enseñar, pues que sabemos mucho... Pero letras valencianas, ha dado á la estampa ¡no nos escuchan! ¿A qué tan inútil cuanto ro- un lindo tomo en que se compilan sus poesías mántica molestia... Predicar en desierto... de la juventud. He recorrido con placentera cuANTONIO PALOMERO riosidad sus páginas, que emanan ese perfume inconfundible del pasado. Es ese libro, ante todo, de una gran fuerza evocadora; pasa por sus renglones, con soplo intenso, toda una época romántica; su lectura revive el recuerdo K) TILáFONO MAIITU, 0 I N. de aquellas luchas anteriores á 1870, en que el onederos falsos. romanticismo preparó los grandes sucesos poSabedora la Polida, mediante confiden- líticos, y la pluma de los poetas, cantando cias recibidas, de que en la calle de Cortés se grandezas, hizo soñar al pueblo español. fabricaba moneda falsa, presentóse un inspecTenía Llórente esparcidas y olvidadas estas tor, acompañado de varios agentes, á detener sus primeras composiciones, con que fuera danal inquilino del cuarto. do fama á su firma. Con ese rubor disculpable Salió á abrir una mujer llamada Teresa Bort, y acaso un tanto vanidoso, de los escritores que pero, al ver á la Policía, tardó en hacerlo más luego han labrado su obra maestra, guardábade media hora, arrojando mientras tanto al re- las arrinconadas, temeroso de su exhumación, trete varias herramientas y algunos ácidos. Pero la amenaza de que fueran dadas á luz Franqueada la entrada, los agentes practi- después de su muerte, le decide, por fin, á recaron un minucioso registro, que dio por re sucitarlas. Y aun así, no perdona la advertensultado el hallazgo de una barra de plomo y cia con que demanda la absolución del lector. varios crisoles. ¡Como si no fuera noble y justo y honroso, que La Policía detuvo á Teresa Bort y á su aman- un poeta, cuya frente ha ceñido con el laurel te Pedro Oarcés. el voto universal, se ufanase de loa brotes más lozanos de su liral 171 premio mayor. Llórente ha cultivado poco la nota épica. En El billete de la Lotería agraciado con el premio mayor ha sido expendido por una ven- el dialecto, desde que inició ese portentoso empuje de renacimiento, tan admirable como esdedora ambulante. Esta mañana, á las diez, vendió el último téril, h a pintado En Icodor cuadros preciosos: su pincel, siempre fácil, trazó con insuperable décimo al dependiente de una lechería. Ignórase quiénes sean los poseedores de los colorido las escenas típicas de la huerta y de nueve restantes; sólo se sabe que las suertes la playa. Pero en esos, como en estos otros están muy fraccionadas en participaciones de versos castellanos, y en cuantos ha ido brotando su numen fecundo, inagotable, la nota emouna peseta y de 50 céntimos. VERSOS DE LA JUVENTUD VALENCIA M C iido el eximio vate, entonces novel, escribía étnocionado estos renglones en el cincuenta y tantos, ¡cuan ajeno estaría de que, pasada media centuria, habían de reverdecer sus primeros laureles, y habían de ser leídos y sentidos por esta generación! Y es que, pese á los años y al cambio de los gustos y á la invasión de inarmonías estrambóticas y enfermizas de ciertos poetas modernísimos, el verso cadencioso, sencillo, fluido y que hable de las cosas gratas al corazón, no ha de enterrarse nunca Es digno de releerse y conservarse este tomo poético. Yo, con perdón de lemosinistas... teóricos, lo pongo, cuando menos, á la altura de los mejores Llibrets del maestro. Cuanto raá. que en sus páginas hay algo qué se puede apreciar con valor histórico, para una buena biografía que se haga de Llórente- ¡porque no habremos de dejarlo todo para la necrología! y es, que entre esas composiciones ya asoma el que luego había de ser, para gloria de su tierra y de España entera, el traductor, más exquisito de Goethe y de los grandes líricos franceses. Hemos contraído sus devotos una deuda di gratitud con él, por la publicación de este libro. Otros vendrán muy pronto, porque ya el maestro, desde su retiro veraniego de Nazaret, dice que aunque en el cuartel de inválidos, no se entrega al ocio, y prepara dos tomos. Si él tan pródigo, se diputa inválido, le preguntaremos cuándo se reconoció con más vigorosa mentalidad. Porque ha sido, y es, una de las más fértilei. y esclarecidas del periodismo y de la literatura. Llórente es merecedor de un agasajo, de un homenaje público, que no sea como la cruz de San Hermenegildo, ganada á fuerza de años según su frase al recibir, el mes pasado, la corona que Valencia le ofrendara; que sea un acto de consagración y de reconocimiento. Aparte el Llórente lemosinista, que por te n e r e l piemio menguado ni siquiera tiene el consuelo de esperar sucesor, existe un Llorente, figura magna del periodismo español, historiador y, ante todo, poeta, cuya firma figure en las bibliotecas del extranjero. Y es bueno que quienes tengan autoridad, y medios, propongan y organicen aquel homenaje con motivo de la reproducción de sus versos primeros, acogiendo y practicando la iniciativa apuntada por Luis Moróte. A los chicos nos queda en ello solamente la gratísima tarea de la adhesión y el aplauso. Y una y otro se lo otorgamos siempre, con sincero fcrvor, al glorioso anciano. F. SÁNCHEZ OCAÑA BIBLIOTECA DE A B C 352 LAS DOS BARONESAS 349 ¿Deseáis estar sola? -Lo deseo, lo quiero- -interrumpió León id a. -Vuestro cuarto, sin duda, es el de al lado. -Los dos están unidos, y ésta es la puerta de comunicación... El cerrojo jr la llave están del lado vuestro. -Gracias... Mañana por la mañana os llamaré. -Hasta mañana, prima. Os deseo buena noche. Mad. de Tréves no respondió, pero una sonrisa de desgarradora expresiÓL asomó á sus labios. Mr. de Nerville salió del cuarto. Cuando se vio sola Leonida, lentamente, apoyándose en los muebles, st acercó hasta la ventana, separó las cortinas y apoyó en los cristales su frente ardorosa. No vio nada. Opacas tinieblas llenaban la plaza, alguna luces brillaban en angostas ventanas al otro lado. Leonida permaneció allí inmóvil, agarrada á la falleba, hasta el momento en que una criada que traía un caldo, un panecillo y una botella ie Burdeos colocó sobre la mesa la bandeja y pidió sus órdenes á la señora. -r- No tengo órdenes que daros- -respondió la joven. La criada salió y cerró la puerta. Leonida bebió las tres cuartas partes del caldo que contenía la taza y u n a media copa de vino de Burdeos; después, cayendo de rodillas, con la cabeza oculta entre sus manos, se puso á rezar por el inocente que al amanecer del día siguiente iba á morir. Mr. de Nerville, claramente despedido por su prima, había deacendíao al piso bajo. Las emociones, cualesquiera que fuera su violencia, no influían en su esto mago; así que, aunque nervioso, agitado, preocupado sin saber por que, tenía mucho apetito. -Servidme pronto la comida- -dijo. u i Jorge devoro, y para desechar remordimientos, se bebió una botella dt Saint- Emílion y otra de Chambertin. Estas excesivas libaciones le devolvieron su aplomo; tomó café bien acom panado de kirsch y de kumniel, encendió su cigarro y salió para dar una vuelta mientras fumaba. El pueblo, tan tranquilo babitualmente, presentaba esta noche prodigiosi limación. Desde por la maflana los trenes del ferrocarril, los carraajes pú -os, los cochecillos particulares, conducían mucha gente curiosa a ver corla cabeza á un médico que había envenenado á uno de sus enfermos para ¡irse con su viuda, bella y rica. LXXIV noche. Desde las once y media la muchedumbre comenzaba á llenar la plaza para tener a) día aieuiente puesto en primera fila. I as posadas y los cafés, atestados de gente, no debían cerrarse en toda la ¿Y en voz alta, dirigiéndose á la camarera, afiad -Cuando vuelva Santiago Habert le entregaréis el sobre cerrado que está sobre la mesa de mi cuarto. -Está bien, señora baronesa. -Vamos, primo... Me parece que tenemos el tiempo justo para l l e g a r á Chantiliy á la hora del tren. rJ s- L l e g a r e m o s á tiempo; no tengáis cuidado. Leonida, sostenida por Jorge, bajó y entró en el carruaje. Santiago Habert, oculto en un grupo de árboles, al otro lado del camino, frente á la v e q a del chalet, vio el cupé rodar rápidamente en dirección de Chantiliy. En seguida que lo hubo perdido de vi? ta, dejó su escondite, atravesó el camino, siguió la muralla, entró por la puertedlla del bosque en el parque y corrió al pabellón de las armas de fuego, donde hemos visto á Jorge probar el rifle americano que debía servirle para tirar sobre Luciano d Harblay. Entró, pasó allí cinco minutos, se dirigió al chalet y fué derecho al cuarto particular de Mr. de Nerville. Al cabo de media, hora salió de este cuarto, bajó la escalera como una tromba y fué á las caballerizas. Mientras corría, gesticulaba, daba gritos roncos y guturales, y parecía absolutamente atacado de locura. Fué á la cuadra, ensilló rápidamente á Sofi, caballo que montaoa generalmente Jorge, echó una manta sobre la silla y le llevó hasta el fondo de parque. Allí lo ató á un árbol, puso bajo el brazo la manta, entró en el pabellón guarnecido de armeros y salió en seguida, llevando un objeto envuelto en la manta. Desató á Stop, lo hizo salir del parque por la puerta pequeña, montó á ca bailo y partió al galope. A los cien metros se cruzó con el carruaje que había llevado á la estación á Mad. de Tréves y á su primo. En menos de veinte minutos llegó á la estación de Chantiliy; dio á un empleado que conocía su caballo para que se ío tuviera; sacó su pizarra y escribió estas dos preguntas: ¿A qué hora pasará un tren para Beauvais? ¿A qué hora llegará ese tren á Beauvais? Después se acercó á la rejilla y llamó. Abrióse la rejilla, y el segundo j e e de estación preguntó: ¿Qué queréis? Santiago Habert le alargó su pizarra. El empleado leyó las dos preguntas, y respondió: -El tren de las seis y quince acaba de pasar... El próximo no pasará hftsta las nueve y diecisiete... Tomándolo, llegaréis á Beauvais á las once men s cin co minutos. El mudo lanzó un gruñido sorao y alargó la mano para volver á posesio. narse de su pizarra. La rejilla se cerró. Santiago miró el reloj de la estación. La esfera indicaba las seis y treinta y cinco minutos.