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801 MiWMriiMdMi h B C. MIÉRCOLES 14 DE AGOSTO DE 1007. SEIS PAGINAS. EDICIÓN i. desde el pueblo bástalos pies de la autoridad... En aquel culminante momento, cuando el santido de disciplina se esfumaba, cuando se invertían los términos de mando y de obediencia, ¿qué pensarían los japoneses de aque lia muchedumbre clamorosa, rebelde ante los mismos pies áéi Mikado ¿Y qué pensarían después, cuando el matador hirió a la fiera una vez, dos veces, ocho veces con su larga espada; cuando intentó descabellar al toro una vez, cuatro veces, quince veces, y cuando, en fin, el miserable toro se arrimó á la barrera 3- quedó de pie, cansado, sin poder moiír. ie, con el cuello todo empapado en sangre, todo él lleno de sangre, desde el morro hasta la cola? ¿Qué pensaron, qué, loa japoneses... La vanidad patriótica de cada espectador quería adivinar la impresión producida por la fiesta original, limpiamente espafiola, en aquella gente lejana. ¿Qué pensaron... Pero los japoneses callaron. Se llevan al risueño Japón el enigma de sus ideas y de sus emociones. Tal vez en las aldeas de Yeso, entre los pescadores de Oki, los muchachos heredarán una palabra tremenda que les haga soñar, palabra legendaria: ¡Toro! J. M. SALAVERRI 4 de muy busnísima gaua. ¡Pobres coucjas! ¡Qué triste la viudez que les aguarda! ¡Pues no es difícil buscar, aunque con empeño se haga, así de un golpe, sesenta conejos con circun. stancias! ¡Sesenta conejos menos! ¡Como quien no dice nadal ¡En un barrio son bastantes para notarse la falta! Ayer fué martes y ¡trece! ¿Cómo lo van á olvidar la Dolores, los conejos y otros muchísimos más? LUIS G A B A L D O N PAGINA 3 Í V l i ilXii A B C EN SAN SEBASTIAN O n R l D D E 1 O R O S JSste óuen pue H I S P A N O jAPOMB- iX St noíbiendo ya cómo a asajar á los marinos japoueseí les agasajó para fin de fiestas con la fiesta magna 3; decisiva, con iina corrida de toros. SL- les habían enseñado las calles, los salones, los paseos, los teatros y las bibliotecas; pero todo esto no era bastante: hacía falta una iuiprt- ííiün absoluta, un sello original de la nación española, algo que se les metiese en mitad del corazón y no pucfiese olvidarse nunca, para que siempre recordasen á España desde lejos, como u n país excepcional, suezcla de piedad 3 saiigre, de gritos y de sol. De manera que con el acicate de los japone ses, el público llenó la plaza ron dos especies de curiosidad: la primera, ver los toros, y la segunda, conocer la impresión que en los nipones causasen los toros. Todo el mundo se preguntaba: ¿Qué efecto los producirá nuestra liwsta á esos hombres exóticos? ¿Sentirán piedad, ó entusiasmos, ó quizá indignación? Ellos vienen de una tierra volcánica, son hijos de uua estirpe guerrera, traen todavía como un aura de las próximas batallas feroces: ¿les intnuiará la sangre á estos hombrecillos que han matado tanto y tan fríamente... Todo el mundo tenía puesta su curiosidad en los japoneses, y cada e. spectador se transformó en un psicólogo. Tero nadie ha sabido nada. La impresión de lo. japone. ses ha quedado desconocida. El problema es un enigma... Los japoneses han callado, y bajo la tersura impasible de sus rostro. s, sus almas supieron ocultar la ronda trágica de los pensamientos. 5 Se sentaron, se quedaron quietos, aguardaron; lo miraban toüo con aquellos sus ojos peqweñitos, lanceolados é impenetrables; veían el cuadro admirable del circo, las cien banderas, las mil mujeres, los elegantes señores, los palcos engalanados, el Rey, su séquito; las mi isicas tocaban briosas marchas de tono marcial, la muchedumbre vibraba enloquecida, salían los toreros brillantes y gallardo. cabalgaban prcsopopeicamente los solemnes picadores, y arriba, sobré tanta multitud de cosas alborotadas, el cielo extendía un supremo tapiz de adornó, un grande y circular lienzo azul. Apareció el toro. ¿Qué impresión les cau- só... Los japoneses miraban; con sus ojos diminutos Veían removerse aquella hermosa y tremeHda fiera, y acaso entre la marinería de las andanadas produjo u n a ostensible emoción; pero los oficiales de los palcos sabían callar, y apenas se inmutaron. Y el tofo arremetió contra Utt caballo, lo levaütó en el aire, lo despan. zurró... ¿Qué pensarían los japoneses... Nadie AVENTURA PRINCIPESCA pon TEtEQ TM 09 TÍNDS. 3 8 M, POPLAS DEL MIÉRCOLES ¡LAGARTO! jLAGARTOl Ayer fué martes y trece! ¿Cómo lo van á olvidar los que víctimas han sido de un influjo tan fatal? En la eáUe dé San ftoqtle vive Dolores Robledo, una mocita andaluza, con sus rumbos macarenos. Se halla la pobre afligida, pues llora en estos momentos la pérdida irreparable de unos pendientes soberbio. con dos grandes solitarios, que valen más, ¡ya lo creo! que l solitario de Ytiste y El solitario y su tiempo. ¡Tres mil pesetas del ala, según confesión de un perito! Mas un honrado cajista se los llevó de paseo, distnbuye ndolos pronto para sacarse unos perros. Sin duda debió pensar el diligente sujeto: ¿Para qué tan solitarios? ¡Me da compasión d verloá! ¡Mucho mejor és que tengflii, eil cualquier f; asa de empeño una buena oorapaüla con otra clase de efectos! Claro está, que del autor aún se ignora el parader Nada, que al hombre le salen los solitañgs al pelol Un incendio en las Pefiud is hubo ayer por la mañana, y unos sesenta conejos perecieron en las llamas. Los vecinos, en enguida, con vasijas llenas de agua tendieron, y la cosa no tuvo más importancia que la muerte de los pobres conejos. ¡Qué mala pata! Por supuesto, los vecinos sin duda en acción de gracias, los conejos se jamaran, lo sapo. l príncipe heredero de Servia marchó a 3- er repentinamente de esta ciudad, adonde había llegado hace pocos días con el propósito de pasar una larga temporada. Acompañando á S. A. vino su oficial ayudante, y los dos se instalaron en uno de los mejores hoteles de Ostende, negándose á dar sus nombres eu las oficinas del mismo. El caso ha sido que al día siguiente de instalarse en el hotel hubo en éste un robo de al hnjas de bastante importancia, por lo cual se registraron todas las habitaciones de los criaáúS, sin lograr hallar indicio alguno. El dueño del hotel tuvo una idea súbita: Todos mis huéspedes son conocidos y están á cubierto de cualquier sospecha, y sólo los dos extranjeros que ayer llegaron y se negaron a dar sus nombres pueden ser los autores del robo Y el buen hombre comunicó sus sospechas á la Policía. Ésta inquiere é in estiga, logrando comprobar que los misteriosos viajeros, después de haber estado muchas horas encerrados en su cuarto, habían salido por Ostende, gastando en varios establecimientos grandes cantidades de dinero. ¡Ya no había duda! Y sucedió que los agentes llamaron en el cuarto del Príncipe; que éste, al saber de lo que se trataba, muy indignado, les obligó, después de haberse dado á conocer, á que registrasen todos los muebles, baúles y hasta sus propia! ropas. El propietario del hotel, al enterarse de la plancna, se apresuró á presentar sus excusas al heredero del trono de Servia, pero éste no Sólo pidió la cuenta para marcharse, sino que ayer abandonó esta ciudad. E dre: respectivamente, llamado Juan t, eglo oiieck, empleado en lo. s citados talleres. Como uü habían salido aún los obreros del aahajo, el niño Bautista se puso á j u g a r por ¡ító cercanías mientras la madre se sentaba al lado del canal, teniendo de la mano á su hijo menor. Repentinamente éste se soltó para ir á j u g a r con su hermano, y al cruziu- la carretera íuc alcanzado por un tranvía eléctrico que, i toda velocidad, raarch. iba a Enghien. La madre, que se había levantado corriendo detrás de su hiio, vio el peligro inminente que éste corría, y lanzando un i t o angustioso de terror intentó realizar una salvación milagrosa; pero no sólo no la consiguió, sino que cayó ú su vez debajo del tranvía 3 las ruedas de éste la cortaron las piernas por las rodillas. La escena que se produ 0 no es para descrita; pero la emoción de los viajeros y testigos presenciales aumentó cuando á los pocos minutos, y atraídos por los gritos de dolor y de espanto, acudieron al lugar de la desgracia el esposo y padre de las víctimas y sa lujo nia 3 or. Kl conductor y el cobrador del tranvía Sufrieron tal impresión por el accidente acaecido, que trataron de arrojarse al canal, teniendo qtté emplear no pocos esfuerzos la multitud paiu impedir que realizasen sus propósitos suicidas. El cuerpo del infeliz niño Enrique quedó materialmente destrozado, y la desgraciada mnjef, víctima de su amor materno, fue conducida en grave estado al Hospital. En el trayecto hasta ei benéfico establecimiento, la Sra. Leglooneck no cesó de Uatnai con tristes lamentos á su ¡Enriquito! De las primeras averiguaciones practicadas por el comisario Mr. Souillard resulta que él conductor del tranvía no tiene responsabilidad alguna en tan lamentable suceso. t 0 m ECOS TELEGRÁFICOS EXTRANJERO O r e s t 13. 8 n. Espéranse de un momento á otro en este puerto los barcos de guerra que componen la escuadra del Norte, fiarán escala en San Sebastián para cumpümetitar ál Rey de España. amoridge, 13,12 n. Hoy se h a inaugutudo el Conjíreso internacional de Esperanto. Han asistido 1.399 delegados en representación s 30 naciones. iU AUTOMÓVIL DESPEÑADO rail TiLtaiiAra HUKaOA, 3 1 1 N Sus almas acaso volvían al país risueño donda ios animales son amados junto con las plantas, las flores, los niños; al país amable de las geisas, de los pintados ZVWOWOÍ y, de los jardines; al país del valor, pero del vailór que ríe y no sabe H r cruel... Dé repente, cuando los nipones miraban con singular fijeza á los caballos muertos, punto central de su asombro, una explosión de voces y silbidos llenó la plaza. ¡Caballos, caballos! vociferaba la multitud, y era que el señor presidente no había satisfecho la sed de muerte del público y el ptiblico se consideraba estafado. ¡Más caballos, más sangre... Y los espectadores, poseídos de una indignación suprema, se levantaban, tendían los puños al presidente, exigían con violencia, atrepellaban todo sentido de subordinación; un inmenso clamor subía HORRIBLE ACCI Di NTE ron nLaoMMO PARÍS, l 3 9 M. A yer á mediodía se desarrolló en Saint- De nis una dolorosa escena que impresionó mucho á las personas que la presenciaron. A las once y media llegaron á los talleres electrometalúrgicos situados en la calle de la Revolte, núm. 62, una muier de cuarenta 5 dos años y dos niños de nueve y tres años, llamados Bautista y Enrique. Los tres iban en busca de su marido y pa- A noche ocurrió en las cercanías del inmediá to pueblo de Biescas, un desgraciado accidente. Verificábanse las pruebas de un ómnibus automóvil destinado al Servicio de viajeros 4? Sabiñánigo al balneario de Panticosa, y al pO: sar el vehículo cerca de Biescas se aparto de la carretera al salir de una curva muy pronunciada, cayendo á un precipicio de considerable profundidad. El automóvil quedó completamente de. sttozado, salvándose milagrosamente el chaufjfeury otros mecánicos que le acompañaban. El hecho ocurrió á las diez y media dé la noche. El automóvil era de grandes dimensiones y capaz para 14 asientos. aiBLlOTECA DE A B C 343 LAS OOS BARONESAS 346 Alzó lo ojos al cielo. -Paramo: en el hotel de l Oísse... En la plaza, precisamente eufrente. de la Guillotina... Dos magníficas ventanas, donde se estará como en un palco principal... ¿Nos acompañaréis? El raudo meneó la cabeza y sus facciones se demudaron, Np quería oir más; saludó á Jorge y se dirigió á la estación- -Decididamente está loco- -dijo Jorge, alzándose de hombros; después atravesó el puente del camino de hierro y tomó un sendero que le llevó directamente á Lamorlaye. Santiago, en vez de entrar en la estación, como parecía tener la intención de hacer, se había ocultado detrás de los espinos, cerca del camino. Cuando estuvo seguro de que Mr. de Nerville no volvería atrás, dio la vuelta y echó á andar hacia el bosque de donde acababa de salir. A cosa de las do 9, Leonida había llamado á su doncella y se babia hecho vestir. Terminada su toilette, se sintió tan débil, que le fué imposible estar d pie y se dejó caer sobre un sofá. -Cualquiera diría que la señora va á desmayarse- -dijo la doncella intnuiquila. -La verdad es que estoy débil. -Si la señora tomara un cordial. -Dame algunas gotas de vino de España... Leonida bebió medio vaso de Jerez. Al momento se sintió reanimada, sus pálidas mejillas se colorearon. Apo y é la cabeza en el respaldo del sofá y pareció adormecerse, pero n o doinüa. Pensaba en Luciano, que al día siguiente iba á morir. A las tres próximamente llamarojí á la puerta. ¡Adelante... -dijo la joven. Jorge apareció. ¿Habéis encontrado lo que deseaba... -le pregunto Mad. de Treves. -tíí, prima... ¿El carruaje que ha de conducirnos está enganchado? -Lo estará á las cinco... H e dado la orden. ¡Bueno... Partiremos cuando sea tiempo, estoy dispuesta. ¿No veréis á mi tía antes de salir? -Es inútil. H a venido á verme esta mañana. Mr. de Nerville se retiró. A las cinco, la doncella avisó que el carruaje esperaba. -Quisiera hablar á Santiago Habert- -le dijo Leonida. -Está ausente- -replicó Jorge que acababa de entrar. ¿Estáis seguro? -Sí. Le he encontrado en la estación de Coye. ¿Qué hacía? -No sé... Le he dicho aue iba á lleyaroa á Beauvais... Se t a negnoo a acompaüaruos. -j N o hay esperanzo... iNo b a ancontrAdo aadAl- -se dj o. -illoy? -Mañana por la mañana. -Está convenido. ¿Y qué he de hacer en Sean vais? -Alquilaréis á cual jiier precio un cuarto en una de las casas que dan la plaza... A cualquier precio, ¿entendéis bien? con tal que las ventanas de este cuarto den á la plaza en que se levantará la guillotitra. Mad. de Tréves, ccntinuó: -Vendréis aquí, y mañana por la noche me llevaréis á Beauvais... ¡A vos! -exclamó Mr. de Nerville aterrado. ¡A vos... ¡Débil como estiiik! ¿Qué importa mi debilidad? ¿Tenéis, pues, una razón imperiosa para ir á Beauvais? -Tengo uua... ¿Cuál? -Quiero morir con Luciano. Jorge se puso pálido. ¡Es horriDle! -balbució. -Quiaá, pero es mi voluntad... Habéis prometido... -Cumpliré mi promesa, prima... Os repito que podéis contar coandgo. -Cuento con vos. -Mañana por la mañana iré á Beauvais á alquilaros nn enairto, y pOr la noche os llevaré... -Gracias. Ahora dejadme sola... Quiero rezar... -Jorge, á quien el extraño deseo de Mad. de Trévés asombraba y aterraba á la vez, fué á encontrar á la baronesa Germana, con quien se guardó m a y bien de hablar del testamento, -Es menester dejarla hacer lo que quiere- -dijo la baronesa. -En primer lugar, sería imposible impedírselo, y después, ¿qué nos importan sus extravagancias? T -iemos nuestras rentas y la casa de Chantilly... Quién sabe, además, si esa loca pensará dejarnos algo. No la conozco herederos. -Tal vez, en efecto... Esperémoslo, querida tía. ¿Cuándo irás á Beauvais? -M a ñ a n a muy temprano. ¿Has dado la orden d e enganchar para que t e Hevea á la estación? -Quiero ir á pie... El ejercicio me hace provecho. Santiago Habert no h. ibia vuelto al chalet. Persiguiendo su objetivo con obstinación, recorría por décima vez la al deas de las cercanías, yendo de casa, en casa preguntando á todo el mundo con ayuda de su pizarra y prometiendo pagar muy bien la menor Motid ¡Pasos vanos y viajej inútiles! ¡Nadie sabía nada... Leonida había adivinado. El mudo no se atrevía á llevar al clialet de Lamorlaye la terrible notlotn O. e no haber hallado nada. Primeramente había dormido en Montgresin, d e u é s en Chap (ále- en- Scf val, luego en Coye. Aquella noche, abatido, desolado, sin fuerza moral, quiso dormir cu el bosque