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NUMERO- algún viajero aficionado visitaba las ruinas descubiertas y casi olvidadas. Pero hace dos años un patricio benemérito, D. Ramón Benito y Aceña, elevó en la. cumbre de Numancia un monumento á sus héroes, y un distinguido profesor alemán, el Sr. Schulten, emprendió en tal paraje nuevas excavaciones. Nuestro Gobierno, deseoso de que esta empresa fuese nacional, nombró para proseguirla una Comisión, presidida por el Sr. Saavedra y de la que forma parte el autor de estas líneas. Durante cuatro meses practicamos excavaciones el pasado año y desde principios de Junio las venimos realizando al presente. Entretanto, el Sr. Schulten ha excavado y excava también, pero no en el cerro donde fue Numancia y nosotros trabajamos, sino fuera, en distintos puntos del contomo, buscando cou fortuna los campamentos de Escipión, el último general romano que mantuvo el sitio de Numancia hasta la destrucción épica de la ciudad en el siglo segundo antes de J. C. Realiza con esto el profesor alemán un estudio histórico topográfico de aquel hecho memorable. Nosotros perseguimos un fin arqueológico, e 3 de poner al descubierto la ciudad Ocho kilómetros separan estas ruinas de la. ciudad de Soria, y como la comunicación es fácil y el camino grato, no dejan de acudir visitantes que recorren con vivo interés las ruinas descubiertas y visitan el Museo, que con los objetos exhumados estamos formando. La meseta del cerro aparece á primera vista sembrada de piedras, de cantos rodados, en su suelo muy abundantes y algunos gigantescos. Luego se advierte que muchos de ellos forman hilados que se borran entre la tierra y los matorrales; que esos hilados determinan unas veces aceras ó bordes de las calles y otras veces muros de viviendas. Tales se ofrecen en su ma 3 oría los restos descubiertos en las dichas excavaciones anteriores. En las que ahora practicamos, en un campo al Mediodía, son visibles vinos y otros elementos urbanos. En las calles, cuya anchura varía entre cuatro y ocho metros, se advierten su desigual empedrado, sus altas aceras, en que el pie tiene que seguir, las desigualdades de los grandes cantos de que fueron compuestas, y sus pasaderas, dispuestas de cuando en cuando, formadas por otros cantos aún mayores y enfilados transversalmente, en número de tres por lo general. Esta disposición es idéntica á la de las calles de Ponipeya, que también tienen altas aceras, también grandes y resaltados adoquines para atravesar el arroyo, pero todo ello de piedras regulares. La construcción de las calles numantinas es más tosca, como queda indicado, y la utilidad de su sistema salta á la vista en país de nieves como es éste. Los restos de casas que á amóos lados de las calles aparecen, consisten tan sólo en cimientos ó trozos de sus muros, con dos, tres ó cuatro hiladas de piedra cuando más, los cuales tnuros dan cuenta del trazado de las habitaciones, regulares casi siempre, cuadradas ó rectangulares, pequeñas por lo general y no todas al mismo nivel, estando salvadas estas diferencias con un escalón en las puertas. Pero esteconjunto de ruinas, que da idea Eíísían fé completa dé una ciudad cuya pobreza llama vivamente la atención del visitante, no es el de la Numancia memorable. Esas calles no todas son las que pisaron los heroicos uumantinos, y las que lo son han sido halladas bajo el firme de las calles construidas encima de ellas por los romanos, que en general se acomodaron al trazado de las anteriores, las ensancharon y aun las bordearon á veces de aceras mejor hechas. Las casas antedichas romanas son también, y ahondando bajo sus pavimentos dé losas y de las líneas de sus ci- A B C JUEVES 8 DE AGOSTO DE J 9O7. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 6 vigas de las techumbres, envuelve, cual glorioso sudario, adobes rotos ó quemados de los muros derruidos; cenizas abundantísimas, posiblemente del mueblaje; cascos en número considerable de piezas cerámicas muy variadas, muchas de ellas decoradas con pinturas; pesas de barro; proyectiles igualmente de barro, oblongos y con puntas; armas y objetos varios de hierro y de bronce; molinos de mano, compuestos de dos piedras circulares, y mezclados con todo esto, numerosos huesos de bestias, caballos, ciervos, cuyas astas fueron utilizadas para mangos ó empuñaduras; ganado vacuno, lanar y de cerda; perros, conejos y aves. Son los restos de los animales de que durante tan largo asedio se alimentaron los sitiados. En este detritus de la ciudad inmortal, que no es posible remover sin emoción profunda y vivísima curiosidad, hay algo que aún impresiona más cuando aparece: restos de personas, de niños y de mujeres, los débiles que sucumbieron á la resistencia indomable de los fuertes, y también los de alsrín varón cuya tenacidad atajó la muerte. Pára. no callar nada de cuanto álos lectores importa saber, habremos de decir que aún bajo la capa roja de Numancia saltan á los ojos alguna, vez, y otras entre tierras removidas que confundieron las cosas y las épocas, objetos que revelan una población anterior, prehistórica, para decirlo de una vez, Consisten esos restos en instrumentos de piedra, hachas pulimentadas, de las características de la segunda edad ó adolescencia de la humanidad; cuchillos hábilmente tallados en pedernal y cerámica, muestras no más de tosca manufactura de barro negro, decorados simplemente con incisiones abiertas con la uña ó con rayas hechas á punzón, y así decorado, se ha descubierto un vaso entero, á modo de cafetera, con unas semibolas de cobre incrustadas, que revela notable adelanto y señala los comienzos del empleo del metal. Tres son, en suma, las civilizaciones que se sucedieron en la posesión del cerro, cuya situación excelente, junto á tres ríos, en medio de una planicie rica en vegetación y abundante de elementos de vida, favoreció su desarrollo sin otro enemigo que las ambiciones humanas. Primeramente la civilización prehistórica, adelantada y con marcado refinamiento artístico; luego la civilización ibérica, eu la que acaso fue pequeño el elemento céltico y grandes, en cambio el comercio é influencia con las gentes más civilizadas de nuestra península en Levante y Mediodía, por virtud de LOS SUCESOS DE CASABLANCA las colonizaciones griegas y fenicias. Después LA PUERTA DE LA MARINA, LUGAR EN DONDE LOS MOROS ATACARON A LAS TROPAS la civilización romana, que realmente consiFRANCO- ESPAÑOLAS DE DESEMBARCO, Y FUERON PUESTOS EN FUGA POR ESTAS guió levantar sobre la importante ciudad ibéCON UNA BRILLANTE CARGA A L A BAYONETA Fot. F. E. Blanco. rica otra pobre, acomodada, sin duda, á las costumbres indígenas y sin el lujo y bietiesíar de las ciudades del Lacio. De las tres civilizamientos los picos de nuestros obreros han ha- por el arado, con cascos de vasijas de barro ciones dan testimonio sus restos; pero no los liado los restos de aquella ciudad ibérica an- rojo y lustroso de fina manufactura, marcada hemos hallado posteriores, ni visigodos, ni terior y tal cual menguado muro de sus des- por los alfareros con sus sellos, y que entre los arábigos, ni castellanos. Sin duda, la ciudad arqueólogos españoles se denomina saguntinp, truidas casas de adobes y piedras. romana fue abandonada á la caída del pagaDiremos en suma que en este nuestro traba- fragmentos de frascos de vidrio que contuvie- nismo, si no antes. jo de remover la tierra, que es como ojear las ron perfumes; imperdibles (fíbulas) anillos, Tal es lo que nos revela Numancia. Las ruisucesivas etapas del subsuelo histórico, hemos pendientes y otros adornos ó utensilios de descubierto y descubrimos de continuo los res- bronce; trozos de tejas de las techumbres; mo- nas al descubierto se hallan y conservadas lo tosidelas dos ciudades que en, el cerro existie- nedas autónomas, consulares ó de los Césares mejor que se puede. Los objetos, que entré pieron: la Numancia celtibérica de los bravos are- y objetos varios en que también es evidente el zas enteras y fragmentos se cuentan por miles; vacos, que por espacio de veinte años resistie- carácter romano; llenando este conjunto, mez- los vasos reconstruidos, que pasan cíe un cenron á Roma, y al cabo, como es fama, por no clado con tierra casi siempre obscura y húme- tenar, forman ya, coleccionados, agrupados y clasificados, un notable Museo nutnautino, queentregarse á Escipión, se dieron muerte y des- da, los huecos que ofrecen las dichas casas truyeron su ciudad por el fuego, y la ciudad Y en la capa de tierra que se descubre bajo tiene al pie del cerro, en el pueblo de Garray, romana, levantada sobre las ruinas de aquélla, los cimientos de éstas es donde aparece de su instalación provisional, y promete ser. con apareciendo, como es regular, primero los res- continuo á nuestros ojos la comprobación ma- el avance de las excavaciones, uno de los más tos de la ciudad romana, y luego los de la cel- terial, elocuente por cierto, de la catástrofe nu- curiosos de España. Ruinas y Museo son ya simpólo elocuente tibérica. mantina. La tierra, enrojecida por el fuego y Para mayor comprobación üe la existencia formando una densa capa, en la que á cada del indomable brío de la raza ibera. de ambas ciudades, la romana se anuncia en la paso salen, á modo de vetas de aquella cristaliJOSÉ RAMÓN MÉL 1 DA capa de tierra vegetal removida durante siglos zación de la épica catástrofe, carbones de las Ruinas de Numancia, 26 dq Julio de 1907. BIBLIOTECA DE A B C 334 LAS DOS BARONESAS 335 -Sí, señor. ¿Y vuestra firma? -Sí, señor- ¿Para quién ha sido escrita esta receta? -Para el barón de Tréves, el último día de su enfermedad. -El último necesariamente; ¡esta receta contiene sú sentencia de muerte! -Su sentencia de muerte- -repitió Mr. d Harblay. -Sin duda, puesto que dos gramos de estricnina son sufientes para matar dos hombres. ¡Dos gramos! -exclamó Luciano, cuya inteligencia, momentáneamente paralizada, revivía al impulso de este nuevo, choque. -No hay, no puede haber dos gramos, sino 10 centigramos. ¡He ahí lo que habéis escrito, mirad! Y el registro de la farmacia de Golelot reproduce fielmente vuestra receta- -Es falso, caballero, es falso. -Os repito que miréis. -Por lo menos, yo no he querido escribirlo, es una horrible equivocación... ¿Una equivocación? ¡Habláis de una equivocación! -Sí, señor. ¡Un buen médico no las comete semejantes! ¿Qué diríais del hombre que, sacando de su bolsillo un revólver, levantase fríamente la tapa de los sesos á otro cuya mujer y cuya fortuna eodiciase, y dijese en seguida: ¡Ha sido una equivocación! -Protesto... -No es eso todo- -continuó el juez, -necesitabais diez veces la certeza de que vuestra víctima no se os escaparía, pues en la ya mortal poción habéis introducido vos mismo un segundo veneno, ¡la dígitalina... ¡Protestad todavía... -Este juez me cree culpable, y ¿quién no me creería... ¡Estoy perdido... ¡Sin embargo, lucharé! -se dijo interiormente. ¡Ah! -dijo Mr. Ferouillat- ¡No neguéis... ¡Sería inútil! Dos testigos dignos de fe os han visto verter con mano firme el terrible veneno, y aquí está el frasco que lo contenía... -Mr. d Harblay había recuperado en pocos segundos la calma que iba á necesitar para defenderse. ¡No niego nada! -replicó. -Sí, es cierto, lie vertido cuatro gotas de digi talina. -El Codex prohibe su empleo en esta dosis. ¿Qué me importa el Codex? La situación del barón era desesperada... He jugado el todo por el todo, y abandoné la rutina cara hace, Vina audaz tentativa... Creía en el buen éxito. ¡Cuatro gotas de digitalina y dos gramos de estricnina! ¿Llamáis á est una tentativa audaz que podía tener buen éxito? -Os repito que la receta tiene un error... -Del cual sois responsable... -Responsable, sea, lo admito; criminal, lo niego. Verdad es, que las consecuencias de una distracción incomprensible han sido fatales, y Dios sabe si las deploro; pero la intención es la que nace el crimen, y mi conciencia no me remuerde... El farmacéutico que ha preparado la poción con mi receta á 3 a vista, hubiera debido reparar el error cometido por mí. (Vana disculpa! Sabíais muy bien que en la ausencia de Mr. Godelot, la receta sería preparada por un dependiente que, por su estado ordinario de embriaguez, era. incapaz de toda reflexión... ¡Ah! todo lo habéis calculado... era hasta ingenioso el redactar la receta como lo habías hecho, y enviar á preparar la. poción á- Chantilly en vez de prepararla en vuestra propia casa... de ese modo os reservabais la posibilidad de decir: ¡Es un error! como acabáis de hacerlo... Y tranquilamente, sin inquietudes por el porvenir, acababais al enfermo, cuya muerte habíais preparado de antemano! ¡Ah! -dijo Luciano con desesperación. hh sois un magistrado y os está permitido todo... Yo no tengo el derecho de pediros cuenta de vuestras calumnias y de vuestros insultos! Al hablar así, apretaba los puños. ¡Callad! -ordenó el juez. ¡En interés vuestro, callad! ¿Puedo callarme cuando me acusáis de haber preparado la m i le Mr. de Tréves, á quien hubiese querido salvar á costa de mi vida? ¿Cómo explicáis la estricnina encontrada en el cadáver? -No lo explico. ¿Cómo explicáis que de la estricnina que os vendió Mr. de Godelot faltat veinte gramos, de los cuales sólo diez han sido empicados de una manera ostensible? ¿Qué se han hecho de los otros diez? -Yo no me he servido de ellos. Me parece imposible que falten. -He aquí el frasco... ¿Pesaba cincuenta gramos cuando os lo entregaron? -Sí... -Voy á pesarlo delante de vos... Mirad... Hízose la operación. Veinte gramos faltaban ai peso primitivo. -jEs para volverse loco! -exclamó Luciano. ¡Todo lo que veo, todo lo que oigo me aterroriza... ¡Me parece que vivo en una pesadilla! Falta estricnina en este frasco, es claro, y me preguntáis qué se ha hecho de ella... no puedo decíroslo, lo ignoro- ¿Acusáis á alguno de haberla sustraído? -dijo el Juez. Ah, Dios mío! ¡A nadie! ¿Dónde se encontraban los venenos en vuestra casa; 1- -En un botiquín en mi gabinete de trabajo. ¿Cerrado con llave? -Sí, señor- ¿En qué manos estaba esta llave? -En las mías, ¿Os separabais de ellas algunas vecesr- -Nunca- -respondió Luciano, olvidando é ignorando que ha r m hecno uso áe la llave cuando estaba en cama, herida la cabeza. ¿Entonces no han podido sustraeros ese veneno? -No, señor. ¿Y por qué faltan diez gramos? ¿Lo sé yo... 6 más bien, ¡lo sé demasiado; la fatalidad se ceba en mt,