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NUMERO 794 A B C. MIÉRCOLES 7 DE AGOSTO DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 6 SABADELL. UN FESTEJO ORIGINAL EL CONCURSO DE BANDERAS Y ESTANDARTES CELEBRADO EL DOMINGO ÚLTIMO, Y AL CUAL CONCURRIERON NUMEROSÍSIMAS SOCIEDADES CATALANAS jámente concertó en ei antepasado Abril aquel convenio mancomunando los intereses de España y Francia en Marruecos, á cambio de la posición pacífica de Egipto, la colonia inglesa del Moghreb, con muy buen sentido, puso el grito en el cielo dando por fenecidas sus aspiraciones; pues el Foreing Office creyó de buena fe que nosotros contrabalancearíamos la impulsiva ambición francesa, y ella sabía con la experiencia de la visión diaria que nosotros, cuando mucho, seríamos unos comparsas detestables. Desde entonces, cada paso de nuestros vecinos, que no son flojos ni perezosos, ha arrancado suspiros de amargura, despechos muy naturales, que si los más los h a n sentido por amor patrio, despojado de todo interés, no puede haber ocurrido lo mismo con el kaid Mac I, ean y demás aventureros que ocupaban una situación única. Cada paso de avance de los franceses, que no han dado pocos, h a hecho suspirar á los ingleses, españoles y alemanes, porque los individuos de esas colonias no tienen por qué resignarse con esas razones de Estado y esos alicatados de alta política internacional que suelen salir muy bien algfunas veces, pero que son m u y desastrosos en la mayoría de los casos. Los ingleses de abajo sabían que los españoles de arriba no harían más que lo que quisieran los franceses, lo cual era la muerte general, y callaron porque Alemania con sus apariciones hacia la política de los oprimidos y limitaba todo progreso exclusivista; pero ya saben que el Kaiser tuvo frases muy afectuosas para Mr. Cambon, que la tirantez de los representantes Regnault y Rosen s e solucionaba trasladando al último, lo cual hace pensar en una inteligencia amistosa, y si Alemania y Francia se entendían, ¿qué iba á ser de todos los demás? España sigue m u y pasivamente pensando por igual que debe y no debe ocuparse de Marruecos, porque tiene y no tiene qué hacer; Alemania e n m a sus africanismos á cambio de Fot. MerUítL relaciones directas con el Banco francés; Inglaterra continúa creyendo que nuestra política sigue siendo la del perro del hortelano, y Francia sigue aprontando millones, destacando una política viril y patriota, y... ¿qué tiene de extraño el sacrificio gustoso, la complicación abultada deliberadamente para despertar á los dormidos? Las agencias telegráficas dijeron que Inglaterra preparaba una manifestación naval, y es de suponer que hará a l g o verdaderamente inglés... 1 No hay efectos sin causas. VANDICK Cádiz, Julio, 1907. BIBUOTECA DE A B C 330 UIS DOS BARONESAS 331 50 gramos de digital. Había que confrontar el libro sobre el cual Mr. d Harblay inscribía la composición de las pociones preparadas por él. E n seguida había que deducir del peso total de los venenos vendidos y entregados, las cantidades empleadas en las pociones. Si estas cantidades, adicionadas á los pesos restantes no reconstituían exactamente los totales, el doctor se había servido de los venenos, sin inscribirlos, de una manera clandestina, y por consecuencia, criminal. Las pociones preparadas habían absorbido: 15 gramos de estricnina. 5 gramos de arsénico. 10 gramos de emético. 00 gramos de digital. El juez había proporaonado balanzas de extremada precisión, y Mr. Godelot pesaba los venenos hallados en casa de Luciano d Harblay. N a d a irregular hubo que hacer constar en el empleo del arsénico y del emético. E n cuanto a l a estricnina y la digitalina no sucedía lo mismo. Las recetas inscriptas sobre el libro del doctor no indicaban como salida sino 10 gramos de estricnina. Ahora bien; de los 50 gramos de Mr. Godelot faltaban 20. Probado estaba, por lo tanto, que 10 gramos de estricnina (con lo que había para matar más de 10 persona se habían empleado d e u n a manera no der clarada, puesto que el libro np l o mencionaba. ii altaba al valor de cuatro gotas en el frasco de digital, y ning una d é l a s recetas señalaba el empleo de este veneno. La evidencia se imponía. Luciano d Harblay, durante semanas y meses, había envenenado lentamente al desgraciado que tenía en él toda su confianza. w o s frascos fueron cerrados y lacrados. Mr. FerouiUat despidió al farmacéutico de Chautilly, y dio la orden de que al día siguiente llevasen á Lucismo d Harblay á su despacho. Desde su llegada á la cárcel de Beauvais, desde su interrogatorio somero y de pura fórmula, Luciano d Harblay había quedado incomunicado. Todas las tentativas que hizo para salir de este estado, resultaron infructuosas. -Pero ¿cuándo seré admitido para justificarme? -preguntaba algunaá veces al llavero que le llevaba de comer. Invariablemente obtenía esta respuesta: -No sé nada... Eso no es cuenta mía... Mr. d Harblay había caído en profunda tristeza. Su salud se alteraba. Pocos días habían sido suficientes para ponerle desconocido. ¿Qué he hecho yo? -se repetía sin cesar. -O más bien: ¿de qué me acusan? p u e s y o bien sé que mi conciencia nada me echa en cara... Yo sé bien que soy inocente. Fuerte con su inocencia, y creyéndose víctima de error incomprensible, se persuadía ue u n a sola palabra le sería suficiente para justificarse y que le devolvcrínii su libertad. ¿Por qué le rehusaban el poder decir esta palabra? Tan monstruosa injusticia le irritaba. L, a indignación le ponía fuera de sí. A esta irritación, que aumentaba cada día, se unía la desesperación de estar separado de Leonida que, sabiendo estaba preso y acusado, dudaba de él quizá y se avergonzaba de haberle amado. Luciano creía enloquecer. Un día, á hora desacostumbrada, abrióse la puerta de su calabozo. El llavero le, dijo: ¡Acusado d Harblay, á declarar... r Esta palabra acusado produjo sobre el doctor la impresión de un bofetón en pleno rostro. Entreabriéronse sus labios para protestar, pero la reflexión le impidió decir ana sola palabra. -Este hombre hace su oficio- -se dijo. -Para él soy un acusado, puesto que estoy preso... ¿A qué incomodarme? ¡Alegrarme es mejor! Al fin voy á saber... Voy ájustifícarme... Dentro de una ñora seré libre y saldré con la cabeza alta de este- lugar de miseria é infamia. Al seguir al gendarme que lo conducía al tribunal, se decía: -Es menester serenidad; tengo que hacer provisión de valor, de sangre fría, de presencia de ánimo, para defenderme... No se trata dé rebelarse contra la acusación, cualquiera que sea, sino de anonadarla. Cuando llegaron al despacho del juez, el gendarme le hizo entrar, le dio en voz baja orden de sentarse y se quedó en pie detrás de él... Con una sola mirada Mr. Ferouillat abarcó, toda la figura del médico y se hizo cargo de los cambios que había sufrido. -Quince días de detención han puesto pálido su rostro y. rendido su cuerpo- -pensó. -El mismo fuego diabólico brilla, sin embargo, en s u s qjos... La voluntad de este hombre es de acero. ¡Será un rudo adversario! Iba á hablar. Luciano no le dejó tiempo. -Caballero- -le dijo, -cuando comparecí ¡delaate de vos durante, cinco minutos, al día siguiente de aquel en que los gendarmes me. echaron la mano al cuello como á un malhechor, os pregunté la causa de mi prisión y no me ha- béis respondido. ¿Queréis responderme hoy? -V o s no estáis aqui para interrogar, y no me toca á mí responderos- -replicó secamente el magistrado. -No tratéis d e invertir los papeles, porque lo h a ríais en vano. Mr. d Harblay tuvo un estremecimiento de cólera, pero se acordó que se nabia propuesto estar sereno y se contuvo. El juez de instrucción comenzó dirigiendo la vista á un pliego que su escrioano acababa de entregarle. -Os llamáis, me habéis dicho, Luciano d Harblay, tenéis treinta años, sois doctor en Medicina... ¿Es todo esto exacto? -Sí, señor. ¿Desde uándo ejercéis la Medicina? -Desde hace cinco años. ¿En qué época habéis venido á íiiaros en Cove?