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NUMERO 7 i ABC. L U N E S 29 D E J U L I O D E 1907. O C H O P A G I N A S E D I C I Ó N 1. PAGINA 6 MADRID. EN EL CEMENTERIO CIVIL DEL ESTE ENTIERRO DEL CADÁVER DE D. EDUARDO BENOT, EN LA SEPULTURA QUE OCUPO EL DE D. FRANCISCO Pl Y MARGALL, VERIFICADO AYER TARDE Fot. A B C amigos y compañeros en la Prensa Sres. Cárdenas y Soldevilla, nos dirigen el siguiente des- aclio: periodistas españoles. LosDesde Burdeos, nuestros estimados LA EXPOSICIÓN DE BURDEOS Ayer fué día de satisfacción para España. Después de nuestra visita al Ayuntamiento y á larAsqciaciiSn de estudiantes; en aimbos sitios con afectuosísima acogida, se celebró el banquete. dispuestp en, nuestro obset UÍo por el Comité de la Exposición. Presidía el secretario general, cjue tenía la representación del prefecto del Maire, y se hallaban representadas varias importantísimas entidades. A 1 comienzo de la comida una banda tocó los himnos nacionales, que se acogieron con ¡vivas! y aplausos. Los brindis fueron expresivos, haciéndose votos por la prosperidad de España. Después asistimos al teatro. l, a representación se interrumpió, para que sonaran nuevamente los acordes de la Marcha Real. El público la escuchó de pie y en medió del mayor entusiasmo. UN CONGRESO POSITIVISTA POR TELÉGRAFO ROMA, 1 8 J T pvespachos de Ñapóles comunican que se ac tivan los trabajos para celebrar en aquella poblacióii, durante la primera quincena de Octubre próximo, el primer Gongreso positivista italiano. 1,0 presidirá su iniciador, Roberto Ardigó; su inauguración será el 6 de dicho mes, y con- currirán á él, de este país, hombres de ciencia tan conocidos como Lonibroso, Sergi, Ferri, Mantegazza, Bianchi, Morselli y otros muchos también muy eminentes. Del extranjero se espera asista una lucida representación. Trátase de presentar en este Congreso, en síntesis orgánica, toda la doctrina del, positivismo, desde los diversos órdenes en, que, ha ejercido influencia. Los iniciadores quieren que tal Asamblea no sólo sea un acontecimiento científico, sinc que tenga importancia y trascendencia en ¡a esfera social. BIBUOTECA DE A B 306 LAS DOS BAKONESAS 307 -A esto, hija mía, n o puedo responderos. Tengo que limitarme á suposiciones, á conjeturas; pero en cuanto se sepa que habéis llegado, es indudable que os harán, ir al Tribunal, donde os dirán el verdadero motivo de la presencia de los magistrados en vuestra casa. Apresuraos, pues, á volver al chalet Vuestra suegra y vuestro primo están allí todavía, puesto que les habéis concedido ocho días. Ellos sabrán dé este asunto más que yo. -Me voy en seguida... Adiós, amigo mío, ó más bien hasta la vista. Y Mad. de. Tréves, entrando en el carruaje que la había llevado, se hizo conducir á la estación del Norte. Santiago Habert la esperaba. Vio el semblante descompuesto de Leonida y la interrogó con los ojos. -Después... después- -respondió ella. El momento de la salida se acercaba. Leonida se metió en un vagón, y el tren se puso en movimiento. Durante el trayecto de París á Coye, los mas negros pensamientos asaltaban á la joven, sin darla un instante de tregua. Una desgracia se cernía sobre ella, no había duda; pero la incertidumbre hacía su situación más terrible y sus temores más intolerables. El tren se detuvo en Coye. Mad. de Tréves se apeó. Santiago Habert se reunió á ella en el andén. Ambos salieron de la estación. Jorge de Nerville acababa de llegar en un lando. Corrió hacia Leonida, la apretó las manos con tierna emoción y balbució con expresión desgarradora: ¡Ah! ¡Pobre pnma... pobre prima! ¿Qué sucede en Lamorlaye. -preguntó vivamente la joven. -Subid al carruaje, donde os espera mi tía- -respondió Jorge. -En el cami no lo sabréis todo, Leonida ansiaba saberlo. Corrió al carruaje, donde la baronesa Germana la recibió en sus brazos y la llenó de caricias, vertiendo lágrimas de cocodrilo y repitiendo en u n tono de hipóerita dolor: ¡Hija mía... pobre hija... Mr. de Nerville había tomado asiento enfrente de su tía y de su prima. El semblante consternado de Jorge, el llanto de su suegra, redoblaron los temores de la joven. -Pero, en fin, veamos, ¿qué pasa? -preguntó Leonida, lívida de terror. -Cosas espantosas... ¿Cuáles? -Se ha cometido un crimen horrible... Max h a muerto envenenado. L a joven boronesa temblaba de pies á cabeza, y sus dientes chocaban. Hizo un movimiento de duda. ¡No, no... es imposible! -respondió con voz indistinta... -La justicia h a venido al c talei- -dijo á su vez Jorge de Nerville. -Se han apoderado de las recetas del doctor y de lo que quedaba de los medicamentos. Han wllado las puertas de la habitación de m i pobre primo... En fin, han ex humado el cuerpo, lo han ¡levado á Beauvais en un carro fúnebre, para some terlo á la autopsia á fin de determinar la naturaleza del veneno. Leonida sentía ue se volvía loca. -La exhumación... la autopsia... la naturaleza del veneno... -repitió con aire extraviado. -Me parece que esto es un sueño horrible... todo eso es inaudito... no puede haber crimen... ¿Quién había de cometerlo? ¿Quién había de haber muerto á Max y para qué? -Ef procurador de la República y el juez de instrucción nada han dicho, ¿No han acusado á nadie? -En términos formales, no. -Pero, e n fin, ¿qué razones han podido hacerles admitir la posibilidad de un crimen? ¿Sobre qué basan sus suposiciones? -Lo más sencillo es explicaros lo que h a pasado, y voy á hacerlo. Jorge contó detalladamente la visita de los magistrados sin omitir el hecho más pequefipi el detalle más insignificante Leonida estaba aterrada. Súbita idea cruzó p ór su mente. ¡Pero sólo el médico podía ser acusado! -exclamó. Mr. de Nerville no respondió á esta pregunta. -Antes de decidir, hay que esperar los resultados del sumario y los de los análisis- -dijo. -Los magistrados han híiblado de rumores públicos; pero estos rumores pueden ser infundados... Hasta ahora no se podría, sin imperdonable injusticia, hacer pesar una sospecha sobre qtiienquiera qué fuese, La joven baronesa lloraba. El lando atravesó la verja y se detuvo delante de la escalinata áti chalet. Jorge dio la mano para bajarse del carruaje á su prima, que vacilaba, la condujo al comedor. La fuerza física y moral faltaban á la vez á la pobre niña. No sabía lo que la pasaba. Había cesado de pensar y no conservaba sino la facultad de sufrir. Mád. Germana no cesaba de demostrarle el mayor cariño, y trataba de hacerla tomar algún alimento; pero su estómago se resistía, la comida se le atravesaba en la garganta: 1 ¿fue iniposible continuar; quiso subir á su cuarto, y pidió por favor que la dejasen sola. Poco á pócó fué recobraiido relativa calma, y logró ordenar hasta cierto punto sus ideas. No podía olvidar la frase terrible, por ella pronunciada: ¡Sólo al médico podrían acusar... De nuevo se estremeció, y tiró violentamente del cordón de la campanilla. Su doncella se presentó. -Id á buscar á Santiago Habert- -la dijo. El mudo había sabido ya por Pedro Lion la visita de la justicia. Avisado por la camarera, salió, y apresuradamente se dirigió al cuarto de Mad. de Tréves, Leonida salió á su encuentro. ¿Sabes lo que pasa a q u í? -l e preguntó. Un gesto de Santiago respondió afirmativamente. La joven continuó. -Dicen que mi marido h a muerto envenenado. -Sí. ¿A quién acusan?