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NUMERO 785 ABC. LUNES 29 DE JULIO DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 3 EL N A U F R A G I O D E L GLOBO MARÍA TERESA jS ifi í M í- l k I Í E JIS 1 EL PRESENTE DIBUJO FOTOGRÁFICO REPRESENTA EL MOMENTO EN QUE EL CAPITÁN KINDELAN ABANDONO LA BARQUILLA DE SU GLOBO PARA TRATAR DE SALVARSE A NADO. ESTA HECHO CON ESTRICTA SUJECIÓN AL RELATO DEL PROPIO AERONAUTA DE NUESTRO ENVIADO ESPECIAL Brest irán encantados de la acogida que aquí se les h a dispensado. En tanto, los marinos yanquis rabian de celos aparte en la rada de Brest y los despadazados restos de las escuadras rusas gimen amargamente al contemplar las veleidades de esta República, que un día juró amor eterno á sus aliados y, como las cocotes cuando se enamoran, los entregó su corazón... y sus economías. Algunos políticos sensatos, algunos periódicos patriotas, gritan asustados: Conservemos la alianza con Rusia! Pero la alianza toca á su fin, las relaciones se enfrían; la cocote h a comprendido que la querían por interés, el amanté ve que le cierran el portamonedas, y en París y en Petersburgo se comienza á cantar el vals de moda, el vals Quand Vamour meurt: Lors que tout estfini... I Os hombres pequeñitos, enjutos, de color terroso y ojos abiertos con punzón, ven todo esto, sonríen y callan. Silenciosos y sonriendo han estado toda esta noche en la Opera, escuchando á Lina Cavalieri que interpretaba la Ihais, todo lo mal que sabe hacerlo esta protegida del duque Alejo, á la que París entero se empeñó en exaltar u n día desde el escenario de u n music- hall al primer teatro de la capital, para consagrar la alianza franco- rusa. La Cavalieri, entre dos notas desagradables de su voz chillona y rota, miraba iracunda á los japoneses, mientras éstos parecían decirla: No tienes razón para odiarnos. Gracias á nosotros, tu augusto protector ha podido cubrir tu pecho de brillantes Y la aplaudían generosos, sonriendo, sonriendo siempre... JOSÉ JUAN CADENAS íaris, JiUio, A B C EN PARÍS o s MARINOS Yanquis y japoneses han f r a t e r n i z a d o en Brest, J A P O N E S E S cambiando c o r t e s í a s y convites yjurándose amistad eterna. La conquista de Filipinas es cosa que ni siquiera h a pasado por la imaginación de los nipones; el odio á los amarillos es un sentimiento puramente local de la ciudad de San Francisco, pero del que no participan los restantes Estados. Y entre taponazos de Champagne y calurosos toast, los marinos de las dos escuadras, con estas declaraciones, han alejado el peligro de una guerra en él Pacífico. Hecho lo cual, el vicealmirante japonés, con los jefes y oficiales de la escuadra de su mando, han ocupado el tren que el Gobierno francés había puesto á sus órdenes y han venido á París. El Gobierno quiere ratificar á fuerza de agasajos el reciente Convenio franco- japonés y el elemento oficial h a recibido la orden de deshacerse en cortesías para agradar á los marinos japoneses. Durante los tres días que el ¡vicealmirante Ijuin y sus oficiales van á permanecer en la capital francesa no van á tener tiempo de descansar u n a hora siquiera; tal es el número de banquetes, recepciones y fiestas que hay organizados en su honor. No habrán empezado á hacer la digestión del banquete en el Elíseo, cuando tendrán que disponerse á comer el puré de cangrqos en la Embajada, y todavía con el gusto del helado en la boca se sentarán á hacer honor al souper froid que les ofrece el Ministerio. ¡Desventurados marinos! Más los valiera estar corriendo u n temporal que correr estos tres días áe Juerga oficial y privada, en la capital parisina! Sin embargo, este entusiasmo que despierta la presencia en París de los marinos japoneses es excesivamente oficial; el pueblo no particip a de él. poco ni mucho y ve pasar á los amarillos en medio d é l a mayor indiferencia. El pueblo es impresionable y acaba de saber la tremenda injusticia de Corea, ve crecer el poderío y la fuerza de esa raza que ha de ser necesariamente, fisiológicamente, enemiga, y con la maravillosa intuición del peligro que las multitudes tienen, se aleja de estos entusiasmos oficiales, absteniéndose de manifestarse en uno ó en otro sentido. Esos hombres pequeñitos, enjutos, de color terroso y ojos abiertos con punzón, no inspiran simpatías. Son valientes, son instruidos y principalmente saben morir muy bien; pero este mérito de saber morir, aquí no es apreciado en lo que vale; se admira mucho más al que sabe vivir. Los oficiales japoneses no tendrán tiempo de observar el efecto que su presencia produce en el pueblo de París, encerrados como están eu el círculo de hierro que forma á su alrededor el elemento oficial, y cuando regresen á A B C EN BARCELONA %O BRE LA F U T U R A EXPOSICIÓN Hace algunos años T tratanposición en Barcelona. Al principio se habló de que coincidiera con el vigésimo aniversario de la de 1888. No bien indicado este propósito tuvo que reconocerse su imposibilidad para dentro de tan breve plazo. Multitud de consideraciones y obstáculos se oponían á ello. L a situación anormal por lo que al orden público se refería; las grandes obras emprendidas en el puerto de Barcelona, que no terminarán hasta dentro de tres ó cuatro años; la reforma interior, á punto de comenzar, no menos que el proyecto de enlaces con los pueblos agregados; la misma sobreexcitación o fiebre política de este período, todo aconsejaba un aplazamiento durante el cual la d u d a d acabase su transformación material, la idea adquiriese mayor consistencia y madurez y las mareas espirituales de estos años de lucha se aplacaran, descendiendo las aguas hacia u n nivel estable, no expuesto á bruscas alteraciones. Ello no obstante, la iniciativa no fué abandonada, sino que quedó en incubación. Tomóla en cuenta el Ayuntamiento y constituyó una comisión para su estudio. Muchas entidades económicas y de cultura hicieron lo propio. Se vaciló entre la acción oficial y la privada; quién deseaba llevarla á cabo por medio de una empresa particular y anónima; quién consideraba insubstituible, con todos sus inconvenientes secundarios, el amparo del poder público, habida cuenta del aspecto de las relaciones internacionales y de los importantes problemas de crédito que una exposición de tal magnitud h a de abordar y resolver. Últimamente la cuestión h a entrado en una nueva fase. Vino á plantearla un artículo de Pedro Corominas, escrito con tanta prudencia de economista como fuego poético. En resumen: Corominas teme al fracaso de una Exposición Universal por insuficiencia de medios, por exceso de pretensiones, por dificultad de llevar el esfuerzo hasta donde exige la ambición del título. Considera que esas grandes ferias carecen, más cada día, de sentido interior y son abigarramientos ó incoherencias que, en nuestro caso, no pueden expresar la vitalidad efectiva del país, y a que nuestra aportación, incipiente é incompleta, sucumbiría agobiada por la superioridad y plenitud de que pueden hacer alarde las grandes naciones delanteras de la civilización. Viene á decir que sólo las capitales de suprema personalidad mundial, las que son por sí mismas focos y talleres creadores del progreso humano- -Londres, París, Nueva York, -sólo éstas parecen capacitadas, con autoridad plena, para ambición tan vasta, sin riesgo de hacer u n notable papel ridículo. A fin de evitarlo, de restringir esa ambición hasta el límite de la propia potencia y de infundir un sentido que substituya dignamente la vaciedad de las Exposiciones universales, Corominas opone á tal idea la de u n a Exposición del mundo latino, defendiéndola con párrafos llenos de elocuente ardor, desde u n punto de vista sentimental y casi diríamos que exclusivamente literario. Esta visión, que tiene por remate á Montjuich convertido en una nueva Acrópolis, h a seducido desde luego el espíritu exquisito, inflamable y noblemente visionario de Maragall, naturaleza que vive en perpetuo estado poético y en la cual todo se transforma y magnifica en altas alucinaciones esplendorosas. E s fácil que reduzca también á los intelectuales jóvenes, y a que coincide con él sentido neo- clásico ó neo- latino que, más ó menos sinceramente, más ó menos artificialmente, se va apoderando de la lirica catalana. Respecto á la primera parte del artículo de Corominas, casi no se me ofrece nada que objetar. No me apasiono por los nombres de las cosas. Mi repugnancia por todo nominalismo en el pensamiento, en la política y en la vida, es tan añeja como invencible. Jamas el nombre ha creado la substancia, la cosa. Cien años de recitar á todo pasto la palabra libertad no han conseguido dar realidad de vida al hecho de la libertad. Asi, en todo. De manera que el rótulo de Exposición universal no conseguiría comunicarle ese carácter si no lo sacaba de los hechos mismos; ni otro rótulo más modesto, ó más limitado, ó más poderoso, conseguiría quitarle trascendencia, si el buen éxito rebasara de esos términos y rompiese la argolla verbal en que se quiso encerrarlo. Donde nacen las dudas es al reflexionar sobre el verdadero contenido de esa Exposición de la raza latina opuesta al de Exposición univeisal ó internacional ó sencillamente ibérica ó como, en último tériüino, viniéramos á llamarla. ¿Tan completo y poderoso es el vínculo de la comunidad de origen lingüístico para constituir esa hermandad de naciones, para dar pleno sentido diferencial á una gran manifestación del progreso moderno (que tiene, como la iglesia, carácter humano, universal, católico antes que filiación nacionalista) j para que forme un estado de conciencia popular, suficiente á admitirlo y actuarlo? ¿Hasta qué punto acertamos al declararnos herederos directos de la docta antigüedad ó de Grecia y Roma al mismo tiempo? Fácil es, á la distancia de veinte ó treinta siglos, unificar en un solo clasicismo á esos dos pueblos, ofuscados nosotros por la imitación externa de formas literarias ó arquitectónicas del uno en el otro. ¿No puede sospecharse fundadamente que un ateniense de los siglos de oro hubiera visto en un romano del esplendor imperial las mismas diferencias de espíritu y concepto de la vida que se nos antoja ver á nosotros en un inglés ó un yanqui? Falta averiguar lo qwe h a y a de real y lo que h a y a de exclusivamente lírico y subjetivo en los neo- paganismos literarios de Carducci ó D Annunzio para trasladarlos y extenderlos á la sociología y al gobierno d e las Sociedades. Suponiendo que exista ese espíritu latino de que hablaba Castelar con t a n t a complacencia, deberíamos reconocer que Cataluña, histórica mente, participó muy poco de él, y aunque eñ no pocos trances y mauifesta. ciones de su vida pareció algo excepcional en medio de ese pretenso grupo de razas. E n los siglos x y i i y xviii, presentábase á los ojos de escritores castellanos y extranjeros muy renombrados como una pequeña Holanda como urna pequeña Inglaterra La austeridad, en parte desvanecida, de sus costumbres y de s u pensamiento de otros días tendía más al tipo llamado anglosajón, que á su aparente filiación latina. Si hegemonía latina quiere decir estatismo, uniformidad, espíritu oficialista y comunitario nada más opuesto al sentido de actividad espontánea é individualista que caracterizó á nuestros antepasados y al régimen de variedad y franquicia que presidió á la confederación aragonesa. Si, como ha dicho Bourget, no es la centralización más que el error latino por excelencia, muy distante nos encontraríamos d poder encarnar ese espíritu y convertirnos en sus definidores y maestros. Una moda poética no bastaría á improvisar tal representación ni á imponerla al fondo secular del carácter, que h a constituido, en. algunos puntos ca-