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NUMERO ABC. VIERNES 8 DÉ JtlÑIÓ DE 1907, OCHO. FAGINAS, EDICIÓN PAGINA 6 BURDEOS, LA EXPOSICIÓN MARÍTIMA INTERNACIONAL j. i 1 ti, t j, f i ¿f íil- -ii. i I. Ul, IJb. -V 1 BU t. ll. rcfr. iadísi ÍSIÜS, h e c h o s w jiarsi nawruir en buu na compañía por u r ii.i r azul manía larrti 1 ¡plóndídr. hay inr, k l u S liO l o s jos al ii: nit- ifiii 1 i 1 hsn n u b e cí -i spLindecii- ulJi. LÍ i nk uj íico di! n- J l k l l 11, l í t. jUS 11 L i í) -lljl lll. il. au á América LII rebocantes de viunf 1 j imiosos sobre l: i: i ¡a; ic. i mesas de elegantísimos coniedi) i lia. y barcos halwi lila. 1. barcos tanque i petiólco, haivo. jii truído. s par. 1 i in. -p i tar ct íxak i.i oos tle lujo, h. uoj r. ij? athíntico i u r i v tic j ucn. i, 1 ii- co ie pesca, bai eos di. eni o ijc... ¡Dio i v o t 1 Á L: IC- v a i y cinco día- cutre rumor de oi ijiic- i.l; s I ULtucán valhts fioiióliL OS cu el salón de mííMCI y chocar de cop. if- K v -ci! iie: i: l.i: i I ui J IL ht k o. 1 IMlO -i lUt ClHlu l i i ili. 1- 11 1 O C- í. 1- ii n U: IÍ. o: n d ui L críU i i. i i l 1 1 i i o i I ui. íi 1 1 ble. n i a j i- h t u o s í i c i u d u l IOIKÍL i -t i I. f cil, la í- oriii 1. 1 Ic; it (jyL- l iiio 1- Y o 111 u l o r. i l n e o V I Í 1 r. -m t. I. i. ti. Mu kl C l l.l f i! K í n i t U i r l l á i n! i, t r í 1 í 1 ÍL! CII, circuí: cou- i ii: cu voz muy baja. t lL A las cinco, una or- j L O L p o r t a, -la nave, coi lcin ¡jlan los modelo. s clinr- m t i! i.li. ck l o 1 ii. -UÍIL- I, MIUUI. I aircí i: lo de un. i inni. i v Xo lii IIL ibio aún, y nu l.i ve jé iHinta probÍRUK u t e I HÍ r OO JU Ijplo TÍO, V como no Ji. y á 11111 3 i! i. ¡i (li íi- i (jii -iiie. ií- f J f S J I I. en una ck j tadas en sus sillas, y codo, absolutamente codo, os- encanta: el oi del quios o, las Jn. rmo. sí- iiuti ordcksasoyeuJíiim i icri y hacen labor i- i- ni, VISTA GENERAL EXTERJOK DEL GRAN- PALACIO; i, VISTA INTERIOR; 3, FACHADA PRINCIPAL -i illl il 11 Í Jl- ilu. l ¡U: 1111, JiaUou d e ¡ii m- sonrío suti íi cii y tr j ¡uil. i, uia- ií- quictuiicnle, voy- i %i cudo á mi modo... MANUEL DE MEND 1 VÍL Burdeos, ¿s- 6- poj. BIBLIOTECA DE A B C 226 LAS DOS BARONESAS 22? -Tienes razón, estaré tranquilo. ¡Sea en buen hora! ¿Han venido á preguntar por mí del chalet de I amorláye? -Dosveces... ¿Quién? -En primer lugar, el mudo que te ha: traído aquí la noche pasada. Un rayo de alegría ilurninó el semblante de Luciano. Suponía que Lepnida había enviado á Santiago. Mád. d Harblay, prosiguió: -El jardinero del chalet vino después... Magdalena es quien le ha hablado. Yo estaba á tu lado, y noquería dejarte. Venía de parte del barón ó de Mad, de Tréves? -preguntó- con voz conmovida el herido. Mad. d Harblay miró á su hija El nombre pronunciado con tanta frecuencia en él delirio de la fiebre, acababa XrUciano de repetirlo con el mismo acento. lia c o m p r e n d i ó líúciano dejó caer la cabeza sobréel pecho. 1- -Tienes que tomar una cucharada de medicamento- -continuóla señora. ¿Quéhpraes, madre mía? -Eronto serán lasoncéymédiá. -Es menester que te yayasá descansar. lío estoy cansada, y pienso yelarte toda la noche. -Y yo te sajlico que no hagas tal... Me siento mucho mejor. No necesito Jiíip: dOrmií. I; a noche pasada no téhás acostado; Te prohibo que gastes así t u s -f u e r z R s v -No s é -h i j o m í o -r e s p o n d i ó s -iEueno, te obedeceré; pero unpoco más tarde... Magdalena está- acabandodé; arreglar abajó; cuando, concluya me acostaré, pero velaráella en mi cuarto llñd t p O ínveste sonó un; aldabonazo álapuerta déla calle. líuciánd y- su mádre; cambiaron lina mirada de sorpresa. ¿Quiíén- puede venir á esta hora? -preguntóse en voz alta madanie d? ÉÍa b lay. aprisa. y Cpffipquieras, madre... É l jbyen. médico había sentido bruscamente aue su corazón palpitaba más: Oyeron qu. e se abría la puerta; -Sin: duda dijo la andana señora- -alguno que no está enterado de lo que f e ha sueedido, y te viene á buscar para un enfermo. Iiúciáno prestaba el; bídb; E s c í i c h a -T m u r n i ü r ó -e s c u c h a Q i a ñ s e p a s o s r á p i d o s é n l a e s c a l e r a Magdalena el cuarto. ¿Qué h a y? -p r e g u n t ó M a d d H a r b l a y -Es una señora queíquiere absolutamente ver al señor, á pesar de haberle aicho que ésta no es hora de visitas, y que, probablemente, el señor doctor El joven médico no perdía ninguna: de estas palabras. Un temblor nervioso agitaba sus- manos. I a criada prosiguió. -í) ebe seruna- señora del ckalei dé Lamorlaye, pues viene con el mudo que antes estuvo aquí. Mad. d Harblay dirigió- á su hijo una mirada interrogadora. r- Haced que suban, madre mía, os lo ruego- -dijo vivamente Luciano. Magdalena salió á cumplir la orden. Mr. d Harblay, transportado, apoyando ambas manos sobre el corazón, que quería romperse, balbució: -Es ella, madre mía... Es ella Leonida, seguida de Santiago Habert, apareció en el marco de la puerta. Al ver Luciano pálido de emoción, los ojos brillando pon un fuego que ella tomó por el de la fiebre, la cabeza envuelta en vendajes, se lanzó hacia él, principió á sollozar, cogió una de las manos que élle alargaba, y exclamó; ¡Ah, Dios mío... ¡Dios mío! Mad. d Harblay había reconocido á lá baronesa de Tréves á pesar del velo, que ocultaba una parte de su cara. Se inclinó- delante de la recién llegada y salió discretamente, cerrando tras sí la- puerta. Santiago Habert sé quedó de pie delante de esta puerta, como si tuviese la nrisión e velar por Leonida y Luciano, Lágrimas de alegría- caían de los. ojos del joven médico. Oprimió contra sus labioseas manos de Leohidá y las cubrió de besos. Bruscamente, al contacto dejos labios de Luciano dicipóse el delirio febril qué acababa de arrastrar á Leonida á través de la obse- idad y de los bosques hasta aquella casa y aquel cuarto. La joven se irguió asustada, temblorosa. ¡Oh! ¡Qué- he hecho! -balbució desprendiendo sus manos para ocultar su rostro enrojecido por el pudor y la vergüenza. -Habéis venido á darme fuerza y voluntad para vivir- -respondió monsieut d Harblay con voz apenas perceptible. -Habéis venido á traerme un poco de. felicidad... Gracias... -No me deis gracias- -replicó Leonida. -Olvidad un paso insensato del que áoy culpable, pero no responsable... He tenido un, sueño horrible... Sabía que estabais herido. Os he visto tendido en esta cama, con la cara manchada d e sangre... Me pareció que ibais á morir y que me llamabais... Me levanté... Me puse en caminó... he venido... para deciros... Al llegar aquí se interrumpió. ¿Para decirme. -repitió anhelante Luciano. -Que si me amáis, era menester vivir y que yo os mandaba vivir... Al terminar estas palabras, Leonida se lanzó á la puerta, que abrió, bajó la iscalera y salió de la casa sin volver la cabeza. Santiago Habert la siguió, y ambos regresaron á I, aiiibrlaye. Una hora después de está inesperada yis ita, dormía. Luciano pacífico sueño. Hasta ese día había vivido en alternativas de esperanza y de duda. Ahora ya no dudaba. Estaba seguro de ser amado.