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NUMERO 740 A B G. VIERNES 14 DE JUNIO DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN PAGINA he venido al Escorial... Pero vine asaz temprano ptieé- Race. un fríe? glacial. Áiin áuérme helada la tierra- se. ve obécuro él íiorizonte; Está con; nievelasicrra y viente un aire del monte más frío, que Sánchez Querrá, Ridículo personaje soy, con tiempo tan revuelto... í) e crudo invierno es mi traje y ando por la calle envuelto, en íni manta dé viaje. VLas gentes se. van fijando eá mí, y con burlona risa, se dicen de vez en cuando: ¡Qué señor veraneando... ¡No ha tenido poca prisa... t Claro, es que. deligereza pequé, viniendo. á estos cerros, mas 110 es esto, con franquezá para qué aquí, hasta los p e r r o s me miren cofí- eistrañeza. v Todos c. on. d- esdén profundo me tratan, y yo iracundo soporto, desaires mil, sin poder sacar déí mundo mi rico temo de dril. En fin, caro lector mío, que con la fría avalancha precursora del estío, me he tirado yo una plancha de padre y muy señor mío. Sólo me falta, lector. para colmo de dolor, que cuando vuelva en otoño á la villa del madroño, haga en lacorte, calor, Puesto ya á hacer, tonterías quiizás asi 16 combine, tomándome gentes pías- por el guardia que hace, días se volvió loco en él cinc. Luis- DE TAPIA ANALES DE UN DIPUTADO f? L SR. SUÑOL Se levantó el Sr. Suñol y estuvo un momento silen: íoso, en tanto que 3 os rumores de las Cámara je apaciguaban. Tiene el Sr. Suñol un ancho rráneOj limpio; ante sus ojos hay unas gafas de Dro; es más bien bajo que alto, menudo de Duerpo, con una bárblta corta Sus manos- sotí delgadas- y- largas. En- tsda su persona- hay- un recogimiento, una- escrupulosidad, un aire dé discreción, de viejo erudito, -de hombre- de- libros, de cultura, que aun amando los queridos volúmenes, siente una afección íntima, profun- 1 da, casi dolorosa, por esta vida, por estas agitaciones, por estas pasiones que nosotros los escritores y eruditos vemos transcurrir iunto á nosotros y no podemos gozar. El Sr. Suñol esperaba tranquilo, silencioso, á que los rumores cesasen. Después ha comenzado á hablar en voz queda. ¡Más alto! ha gritado un oyente. El Sr. Suñol sin alterarse, sin interrumpirse, ha ido subiendo poco á poco el tono de suivoz. La Cámara comenzaba á sentir una, Viya, atracción hacia 1 este señor inenuL dito y. reposado. En- las tribunas todos los espectadores se- habían puesto de 4 pie; nadie hablaba nileseribía en. los escaños. Y, el; orador iba h atbJa dó, habÍando... Esta palabra del señor SuStilera suave, -limpia, segura; no -había allí imprecaciones, ni hipérboles, ni gritoá. A veces ocurría que semejaba como si el orador fuera a perder el hilo de su discurso como- si nó fuera á encontrarfia frase exacta, lógica; el espíritu- deloyente vacilaba un poco; pero la frase, elígiroj el vocablo que habían, de fvenir, venían; el orador estaba seguro, muy seguro cíe sí niisiíio. y. ¡este titubeo del oyente, ésta momentánea; y leve ansiedad interior, era cómo Tm encanto ihás. añadido. a l a charla: el encan r to de tener; la certeza- á cada instante desque éste orjadbr, ya nuestro, ya metido, en nuestro espírituisnosjUévába seguramente, sin tropier za, cpii; la: suavidad- de- un médico- experto; por él cainmo deísü ide; o; togÍB; Ip. Sr: Siiñc l já fvéces. se. detenía u n poco, y: bebía un sqrbo de agua. Guando comenzaba, otra vez á hablar; cuando adquiría un poco de caior, süs- mariós largas, y. finas trazaban- en el aire un gesto lento, tranquilo, de profesor. be- ríéyolo. No turbaba éT silencio del salón ni el niás leve ruido! Tenía, en ocasiones, que exponer- el orador una- observación ruda, un poco amarga; -entonces se lé veía dar úh rodeo, cir- cunda- r- de- un- atenuante bondadoso su frase; y expresarla al cabo j como de paso; sin insistir sobreella, sin hacerla notar. No estábamos en -presencia de un orador grandilocuente, de uno de estos retóricos en quiénes las palabras son xttayorés qúejlas ideas; en el Sr. Suñol era todo discreto, tenue, ondulante, casi confidencial. Los libros y la vida ño han pasado en balde por este Chombré. El saber, la cultura están aquí matizados, casi: ocultados bajo apariencias de naundanidacty desencillez. El Sr; 3 tífiolllevaba hablando: veinte minu tos. Ya. -creía él qué, habla hablado bastante. Voy á terminar- -ha dicho- -porque ya creo que he habladórmücho. No, no- -han protestado en todos los lados; de Ta Cámara; -oímos con mucho gusto Y entonces este: erudito, este hombre culto, aliinentado en l a escrupulosidad y en la sinceridad de Taine, h a seguido el curso dé. su discurso y ha estado hablando diez ó doce minutos más. AZORIÑ Posdata: E n El Escorial sigue el Monasterio igual que siempre. Sólo este efecto- notéen su mole total: Que es más chica que eí proyecto de Administeación local. E l E s c o r i a l J u n i o 1907 LAS ACADEMIAS- P 3 R TBLEGHAFO TOLEDO, J 2 -MiJÍ. MADRID. EL CRIMEN DE LA CALLE DE TUDESCOS LA V i d! MA, VICENTA VERDIER. QUE MURIÓ ASESINADA AYER TARDE EN SU D O M I C I L I O f OFLAST EL VIERNES. -V 7.7 NOTICIAS SIN INTERÉS Para los iines: funestos que, el contribuyente sabe, s e h a elegido ya l a grave Comisión- de presupuestos. Está por hombres sabionios la tal Cdmisión formada, y á más la preside Espada... ¡qué bien va á buscar los fondos! De un Santos Dumont la tela rasgóse coitío papel, salvando el hombre que vueta por un milagro la piel... Esto pasó en Bagatelle... ¡Que viva, la bagiteki 1 Cu- uido yo esté en la agonía siente s á mi cabecera... Y habíame del cementerio que Sánchez Toca pioyecta. Para pasar el verano alegre, tranquilo y sano, ü n la. de Infantería. Aprobaron hoy él primer ejercicio: dóit GTíillermóCéspedes Meheses, D. PablodeBaj le Rodríguez, D. Sigfrédo Sáihz Gutiérrez, don. Francisco Ortega Puga, D. Jesús Monnia J ¿folet. D. Fernando Linacero Vara, D. José Iglesias Eópez, D. Benito Otero Btage, D. Estanislar Sanz Vallejo, D. Patricio Ásecsio Aleuo, D Víctor Dávjla Añado; D. Caños Serrano, SaP vador, D. Miguel Crespo B Fran ciseé Reina Cañáis, D. José Cebriá Torrení, D. Luis, Aguirre Beirtegui, D, Carlos I eíamendia Monre, D. Alfredo Mor tal vo González, D. Manuel Becerro Rodríguez, D. Emilio Clemente Huerta, D. Manuel Caberón Caries, D. Ángel Regález Izquierdo, D. Aurelio Ruescá Rubio, don Arturo Alot Eiguesoa, D. Luis Benoch Aldosaro, D. Fortunato Casañas Romero, D. Domingo Balmaseda Sánchez, D. José Massa Aleñad D. Juan Salapania Barrio, D: Teodpmir porr dejuch Cansella, D. Alvaro Armiñán, Ma rfefelz, D. Antonio Benito; Martín y D. l uis Almansá Díaz. v B Í B U O T E C y V D E A j I A 5 D O S BARONESAS 195 V- Sawtiaga Habert y Brigard cogían el cuerpo en brazos, y lo sufrían al: érimer $i s 6- -V se lanzó dentro de la casa. r Mad. d Harblay, cómo su hijo, era enérgica y válp- tósa. Acababa de recibir un choque horrible. 1 V I a violencia del golpe había producido en ella una conmoción- de algunos minutos; pero a l momento se repuso. Mientras encendía luces y preparaba la cama en el cuarto deXuciano, San iiagó Habert y Brigard cogian el cuerpo en brazos, y lo subían al firinierpise En el momento de entrar, los sollozos de Mád. d arblay volvieron á ha cérse oir al ver aquellos ojos cerrados y aquel rostro ensangrentado. ¡Hijo mío! -exclamaba. ¡Oh, mi hijo, mi pobre- b jo! Y se retorcía las manos. Los dos hombres habían tendido el cuerpo sobre la cama. Las almohadas sostenían la cabeza lívida, medio cubierta por una especie ele máscara de sangre coagulada. El guarda apoyó la mano en el lado izquierdo del pecho del doctor. -Está vivo, señora- -dijo al cabo de uninstante. -EÍ corazón late. Esto no es más que una herida sin gravedad tal vez, que es menester reconocer y vendar. Por segunda vez la p a d r e recobró la serenidad dé espíritu. ¡Está vivo! -repitió con la explosión de alegría que sucedía á la crisis, de -i desesperación. Entonces, manos á la obra. Despachemos. Brigard prosiguió: -En, primer lugar hay que desnudarlo... Ya sabéis, las heridas me conocen... Un guarda de monte está acostumbrado... Todos los días Sucede algo á un cainarada, y es necesario cuidarlo mientras llega el médico... Preparad agua, compresas, y haced el favor de darme percloruro de hierro para estancar la sangre, que todavía corre un poco... Andad pronto, señora; pero, ante todo, dadme paños para poner debajo de la cabeza. Mad. d Harblay le dio los paños, y se apresuró á preparar y traer lo que Brigard le pedía Los dos hombres habían desnudado al herido con mucha destreza. En seguida amontonaron sobre el cuerpo mantas y edredones para reanimar el calor vital. Mientras tanto, la desconsolada madre preparaba una jofaina, trapos, esponjas y compresas. -Vamos á saber dónde se encuentra la herida- -dijo él guarda. Con la habilidad de un práctico consumado, lavó la cara de Luciano, despegó los cabellos tiesos por la sangre, y descubrió en el lado: izquierdo u a a herida de casi diez centímetros de ancho. ¡Trueno del diablo! -murmuró mentalmente después de haber examinado esta herida, para darse cuenta de su naturaleza. -Es, por cierto, una bala la que ha dado aquí; pero no ha hecho más qué daflar las; carnes; ha resbalado por la caja del cráneo sin fracturarlo, aunque dejando señal; ¡Tres milímetros más abajo y el doctor estaría muerto! Brigard no se engañaba. Luciano no debía la vida sino á la tempestad, que le obligó á bajar la cabeza para andar contra el viento. ¿Y bien? -preguntó temblando Mad. d Harblay. ¿Realmente no es grave la herida? -Señora, tranquilizaos... La herida no tiene verdadera, gravedad! ¿Estáis seguro? -Tan seguro, como de que me entregaría en cuerpo y alma por vuestro hijo. ¿Pero este desmayo... t i- -Causado por la conmoción... Eso no és nada absolutamente: un desvanecimiento.