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NUMERO 716 INFORMACIONES PROPIAS A B C, MARTES 21 DE MAYO DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN PAGINA 6 dos cuenta con más de 2o milloñes dé cabezas. La agricultura yan- A V I D A EN qtii dispone de mayor- 5 Í í número dé caballos ANQUÍ LANque cualquier otro paíss t D 1 A y del mundo, lo que uni- do al perf eccionamién- Los caminos de hieto de su maquinaria, rro en los Estados Uni. la permite pagar ele- dos- tienen más impor vados salarios al jor- tancia que en Europa. nalero del campo. Sin. éllos hubiera sido Los Estados Unidos imposible c o l o n i z a r disponen también de tan- vastos territorios cuatro millones de ex- ni explotar sus pro célente mulos, y de ductos. este modo la relación -i- Pensándolo así los v entre los transportes americanos h a n cuy la tracción está adbierto su país de vías- mirablemente equiii- férreas, hasta tal punbrada. tó q ie por sí solos poSin embargp. la vas- seen casi tantas como ta extensión del país el resto del mundo no ha consentido consComo, además, l a f truir carreteras máspoblación es m u c h o allá del radio de ios? 4- -m más densa que la de centros populosos. Í España, por ejemplo, Él servicio de carji- y las condiciones de nos es deplorable. Los: t la existencia muy di Municipios sólo pué- 1 íerentes de las nues den sostener los gas- tras, es mu difícil es tos de urbanización de; tablecer comparacio i las ciudades, y por lo nes entre los ferrocatanto, el automovilisrriles norteamericamo está limitado á los nos y los nuestros. Por grandes centros. En ejemplo, en América el Norte de América diferentes Compañías no. se puede viajar en pueden h a c e r s e l a automóvil como en competenciaen el misEuropa. mo trayecto, y así reEn camoio, en los sulta que cada una de Estados del Oeste soellas se esfuerza en bre todo, la equitamejorar su material, ción es indispensable en rebajar sus tarifas hasta para las pequey, en una palabra, en ñas excursiones. Ade ofrecer al público las más dé los famosos mayores ventajas. cozo- boys que guardan En Europa, las Comlos rebaños en las inpañías ferroviarias sui mensas praderas, todo fren los rigores de una el mundo, hombres, reglamentación commujeres y niños nion- plicada, ineficaz casi tan á caballo constansiempre para contener temente. los abusos, y valladar Las mujeres monperpetuo de las vertan TM- cajadas, como daderas v e n t a j a s de MADRID. BANQUETE CARLISTA EN LOS VIVEROS los hombres, y, son ¿la competencia. En LA MESA PRESIDENCIAL: SENTADOS, DE IZQUIERDA A DERECHA, SRES. MELLA, AMPUERO, BARRIO Y MlER, ALCOCER como, ellos, intrépidas América, por el con CONDE DE CASTiLLO PIÑEIRO, JUNYENT, BOFARULL, LLOSAS, BORDAS, ALLIER Y NEGUERUELA Fot. A B C. é incansables, manei trario, lo primero que jan él rifle y el revólsorprende al europeo recién llegado es la libertad absoluta que presi- accidentes que parecía natural, merced á gran- place, sin la vigilancia paternal de ningún em- ver con la misma habilidad, y convertidas en Le al funcionamiento de los ferrocarriles ame- des campanas que desde la locomotora anun- pleado, y, en cambio, las Compañías no tienen verdaderos, centauros contribuyen á la fisonoresponsabilidad alguna por los accidentes que finía especial. de aquella vastísima región dé la cian su paso á gran distancia. ricanos. Durante las paradas- -si hay tiempo bastan- su torpeza ó su imprudencia pueda acarrearles. Yanquilandia, en donde no: hay ni puede haber Sólo hay una clase. única para los viajeEl sistemaempleadoparalos equipajes es. seíi- cair ¿inos, en. donde brota la hierba todo el año ros, que pueden circular por los grandes va- te, -los viajeros pueden comer en la calle en gones de pasillo de un extremo al otro del el restaurant que les plazca, entrar y salir, repi- cillo y práctico. Antes de llegar á la estación, sobre Inmensas llanuras, que el ferrocarril únito, libremente. un agente de la Compañía recorre el tren. Se camente; rjuede atráyé sar en- líneas rectas, rígi? tren. Cuando juno de éstos parte, -np iacen falta- Por el campo, la línea del ferrocarril no tiene le entrega el talón y las señas del domicilio das. monótonas é interminables; centenares de portezuelas, y un solo empleado cerca ni valla alguna. Se puede atravesar la del viajero, que al llegará su destino, puede. V s ue recorre el tren es bastante para asegurar- línea por donde y como se quiera, y cada cual desembarcar con las manos en los boisilíosy Nueva York, 3 Mayo cuida de su propia vida asumiendo la respon- sin perder tiempo. la revisión de billetes. Para el servicio interior de las grandes poLaeconomiadepersonal. es enorme, y ios sabilidad de los riesgos que pueda correr. En las ciudades no es menester expropiar blaciones, ios trenes son reemplazados por A LOS COLECCIONISTAS: viajeros no sufren tanta molestia inútil como nada, puesto que se utilizan las calles, y así, los tranvías eléctricos, de precio uniforme (cinco ntre nosotros. -D E LA Mlí) ÉR 1 En las estaciones se entra y se sale con toda trenes llegan hasta el centro con sus viajeros céntimos por asiento) que circulan sin inte, C A S A i ¡ibertad. No están cerradas nunca. En las pe- y sus mercancías, sin necesidad de vías trans- rrupción y en todos sentidos. En cambio, los coches de alquiler son muy O ÉGALO DE Los lectores de A B C que cqquenas poblaciones consiste simplemente en versales ni auxiliares. En el campo no hay gastos de entreteni- escasos y la carrera cuesta un dollar (cinco una oficina situada en el punto más céntrico, T A P A S leccionenlos números del suí en donde se toman los billetes v se facturan miento de vallas y cierres, guardabarreras, pesetas) sin que pueda atribuirse lo elevado! A 2 plemeñto La Mujery la Casa l de estos precios á la escasez de. caballos, pu. es- i recibirángrati- énla primera quincena de Ene- las mercancías. Los trentes atraviesan los po- i pasos á nivel; etc. etc. blados, recorriendo las calles, sin que haya los 1 j Las viajeros pueden subir y bajar cuando les to que el ganado caballar en los Estados- Uní- rode- i908 UNx- i 3 LUJOSAS Y ARTÍSTICAS 4 X. 1 1 4 A: v; V C P 3I BLI 0 TECA D E A B C 126 LAS DOS BARONESAS 12? ¿Me creéis bastante ingrata para agradecer tan mal una prueba de simpatía? -Creo lo que veo probado... Hace tres días que os Habéis negado á recibirme. -Estaba indispuesta. -Soy médico, y era precisatnente ocasión para llamarme y no para alejarme de vos... Tenía que hablaros de cosas importantes. ¿Que conciernen á mi marido? v- -Que os conciernen á vos. ¿A mí? -dijo con sorpresa Leonida. -Si, señora... He hablado largamente con Mr. de Tréves. ¿De mí? -De vos. ¿Y qué os ha dicho? -Nada de particular; pero me dejó comprender que de vos dependía tenei en lo sucesivo vida más tranquila- y sin tormentos, asegurándoos las simpatías de la baronesa Germana. ¿Y me aseguraría igualmente el cariño de mi marido? -preguntó Leonida on amargura Luciano no respondió á esta pregunta. La joven comprendió, ó creyó comprender, la razón de este silencio. ¡Ah- -prosiguió, -bien sé que no! Mr. de Tréves os ha hablado de mí en términos que no os atreveríais á repetirme. ¡Os aseguro lo contrario, señora... -replicó vivamente el doctor. -Monsieur de Tréves os considera como la mujer más honrada del mundo y os coloca muy alta en su estimación. Tal vez no ha usado esas palabras que salen del corazón y atestiguan un sentimiento que, según él me ha confesado, r. o conoció nunca. ¿Qué sentimiento? -El amor... Pero Mr. de Tréves todavía es joven... No es demasiado tarde para inspirarle la ternura que hasta ahora ha ignorado. La voz de Luciano se quebrantaba en la seca garganta. Sin embargo, continuó: -Le he hecho comprender esto mismo lo mejor que he podido, señora. Le ne aconsejado que busque al lado vuestro la única dicha verdadera y durable que puede el hombre esperar. aquí abaio. Leonida se puso muy pálida. ¡Le habéis aconsejado eso vos! -dijo apoyando la mano sobre el corazón, cuyos latidos la ahogaban. -Estaría dispuesto á sacrificar mi existencia, si fuese preciso, para asegurar vuestra felicidad- -respondió Mr. d Harblay. He cumplido mi deber. La joven inclinó de nuevo la cabeza. Un mar de lágrimas se agolpaba á sus ojos. Lo conoció; pero dispuesta á no dejarlas correr, se rebeló contra la punzante emoción que sentía. y repuso cambiando de tono: ¿Me habéis dicho hace un momento que Mr. de Tréves os había dejado comprender que sólo dependía de mí asegurarme una vida sin tormentos v las simpatías de mi suegra? -Sí. señora. ¡Y bien! Yo no pido otra cosa; si los medios de conseguir todo lo qué me falta se encuentran realmente á. mi disposicion... ¿í) e q: ué se trata. ¿Es cuestión de dinero? ¿No lo habíais adivinado? Se, trátá. de dinero. El rostro de Mad. de Tréves expresó eLmás profundo desdén. -Es muy justo- -murmuró en seguida. -Hubiera ¡debido adivinarlo... ¿Qué ameren? ¿A qué precio pnedo comprar mi tranquilidad? -La enemistad de la baronesa se; funda en una cláusula de vuestro contrato de casamiento. -Y a s é l a c l á u s u l a q u e l é s e ñ á l a u n a! r e n t a v i t a l i c i a d e 6.000 f r a n c o s e n c a s o d e l a m u e r t e d e s u hijo... -Eso. es. -La s ú m a l e parece miserable, y de ahí viene su odio... Pero- -añadió Leonida con más amargura- -mi marido no ¡tiene los. mismos motivos de queja, puesto que goza de todas las rentas de mi- fortuna, y s i yo llegase ámorir, esa fortuna le pertenecería por completo, v v -Mr. de Tréves no piensa. en q u e j a r s e ¿Por qué no me h a hecho hacer, disposiciones que aparte del contrato de boda asegurasen á la baronesa- Germana u n a buena posición, si él muriese. antes, que ella? -El tarón de Tréves cree: que vuestro. respeto 3 la. memoria de vuestra m dre os impedirá hacer la más mínima variación, en Ib que ha sido inspirado por ella. Por otra parte, dicequétiene horror alas discusiones. ¿Os ha encargado que me habléis de eso? v- -No, señora... La confianza que me demuestra Mr: dé Tre ves no llega nas: ta investirme de tan delicada misión. ¿Qué me aconsejáis? -Que compréis la felicidad; vos misma. 16. decíais hace uninstante, y; sin regatear. ¡La felicidad! -repitió Leonida cofa. desgarradora entonación, mirando doi lorosamente á Luciano. ¿Creéis realmente que puede ¡existir para mí? -Creo que siempre se pueden- aliviar los dolores, y q u e muchas veces se pueden curar- -respondió evasivamente Mr. d Harblay; ¿Amando á los que nos aborrecen? -Amando álos que nos aman- -iba á responder Luciano sin poderse contener. Pero esta confesión murió en sus- labios, que sólo dejaron escapar indistirito murmullo. Leonida, sin embargo, comprendió lo que él no decía. Conoció que su corazón, qúe: pareóla querer romperse, había sentido inmediato alivio. Pero el pensamiento del deber permanecía en. ella más vivo y dominante. A Volvió á tomar el primer motivo de la conversación. -Cierto- -dijo, -tengo poria memoria de mi madre veneración profunda, i- erdadero culto. Lo que hizo, creyó hacerlo para mi bien, en interés mío; pero ella no me ha quitado el poder disponer de mi fortuna y tampoco hubiera querido quitármelo... Así, pues, daré completa satisfacción á mi suegra con consentimiento de mi marido. Gracias por haber hablado, gracias por iiaber- me dado un buen consejo, que voy á seguir... Sois un verdadero- amifro...