Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
NUMERO 710 A B C MIÉRCOLES i5 DE MAYO DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN PAGINA EXPOSICIÓN INTERNACIÓN AL DE AOTOMOVÍLISMO, CICLISMO Y DEPORTES RESENA I L U S T R A D A D E LAS PRINCIPALES I N S T A L A C I O N E S Los coches Benz son popularísimos en Alemania; su solidez y su marcha constante (T A. M 1O N DÉ TRANSPORTE En el momento de emprender la marcha á Colmenar con los hacen muy estimables. una carga de 5.000 kilos de carbón, obtuvimos ayer la preLos modelos que figuran en el Salón han llamado la atención del público, que los ha elo- eedente fotografía. El mejor elogio que se puede hacer de este camión, es presentarlo á la vista giado- mucho y en justicia, pues estos carruajes puedensostener sin desventaja la comparación eoa toda la carga. Representan á ia casa constructora los Sres. D. Alfredo Moreno y Compañía, esa domicilio en la calle de Fernando VI, núm. 23. con los de las mejores marcas. 1 t s í LA INSTALACIÓN DE LA CASA BENZ Y CAMIÓN PARA GRANDES PESOS Fors. ABC leía temores á sufrir el más terrible de los sabotajes, Al fin yo me decido, 1 v confiando la miseri 1 cordia divina, entregué mi cabeza en artista. al a tuberculosis, ha dicho un higienista, es- ¡Ah, ciudadano! -di cerne al mismo tiempo principalmente la enfermedad de la obscuParís, Mayo J 907. que. espumaba el jabón sobre mis pálidas meji- ridad. Entre todas las causas que favorecen su Dará huelgas no ganarnos. Los fígaros pari- llas? -ya es hora de que cese esa infame humi- aparición y desarrollo, la más grave, sin duda sienses. amenazan con abandonar él trabajo llación... ¡Una fricción, ciudadano... ¿Quina- alguna, es una habitación malsana. El formidable bacilo de Koch, que es muy si los patronos no conceden un aumento de sa- Portugal... ¿Quiere polvos el ciudadano... lario y la supresión AApourboire, el para be- ¡Pues sí, señor, vamos á hacerles la barba á resistente á los agentes químicos y á los desinfectantes, queda destruido fácilmente con la ber ó propina, ó como ustedes quieran lla- los patronos! -Pero, vamos. á ver- -me atreví á pregun- luz solar; en Cambio, en lo obscuro conserva marlo. Por poco que. esta huelga se prolongue, los tar tímidamente, ¿qué es lo que ustedes todas sus propiedades y toda su violencia semanas y meses enteros. parisienses van á parecer, al menos por lo bar- quieren... -La supresión del pourb oire. laudos, á Marco Aurelio, á Séneca ó á DemósAl buscar casa debe cuidarse que no se halle í- enes. -Pues, francamente- -contesté ya más re- situada al Norte, ni en calles que no tengan 1 En verdad. os digo, que la huelga de los bar- puesto de mi sobresalto, -soy de la misma 12 metros de anchura por lo menos. En las que no lleguen á ese número sólo debe vivirse en beros va á ser una cosa terrible... En rigor po- opinión. Y con toda la solemnidad de que soy capaz, pisos altos. demos pasarnos sin pan tierno, y hasta sin aperitivos; ¡pero, antes la muerte que una bar- pasé ála cause, decidido ano humillar con el Es necesario que el sol entre hasta el fondo ba de cuatro días... Pase el cabello largo, dí- más miserable son la palma de la maño de de las habitaciones. galo si no mi amigo Bellido, el simpático direc- aquel honrado trabajador. Pero, en el momenIlustres higienistas han; hecho constar quetor delDiario de Trun, que queriendo imitar la to de pagar, mademoisette la caissiere me notificó, ía tuberculosis es muy frecuente entre los criacabeza de Musset ¡anda: por estos bulevares de con la más amable de las sonrisas, que los pre- dos, precisamente porque sus habitaciones son cios se habían aumentado. Y sin discutir, las más obscuras. Dios como un Hornero desgreñado. En fin, lo cierto es que un viento de fronda: pagué. En París, dice La Revue, se calcula que exissopla por los salones de la coiffure... Sin embargo, sentí como una especie de ru- ten 5.000 viviendas malsanas, en las que mueTijeras y navajas de afeitar se agitan con bor al marcharme así: la tradición de la propi- ren, por término medio, de tuberculosis un 10 na, llamémosla por su nombre, pesaba como por 100 de sus habitantes. estremecimientos inquietantes. Ayer mismo, en un laiiatory donde hasta ahora una losa de plomo sobre mis espaldas... En Bruselas se ha establecido un Registro habían reinado las más sanas ideas conserva- -De manera- -dije á mi Fígaro- -que ustedes sanitario, y para tomar cuarto se necesita lledoras, oí á uno de los oficiales gritar con voz renuncian a l a propina. var un certificado, convenientemente registratonante: do por médicos higienistas, de no haber vivido Y el artista, irguiéndose, me respondió: -Sí, ciudadano... Pero si monsieur quiere recientemente en casa de malas condiciones ¿El primer citoyen? higiénicas. Sorpresa general. Nadie se mueve. Los clien- puede darme 1 una gratificación... F. MORA tes cambiamos algunas miradas en las que se Todos los propietarios de fincas están obli- gados á inscribirlas en el Registro sanitario para su oportuna inspección. Tan enérgicas medidas han dado por resultado que en Bruselas se registren cada ano menos víetimas de la tuberculosis. p o r fortuna, no se han confirmado los temores acerca del grave estado de salud en que se suponía á Tolstoi. Al contrario dada su avanzada edad, Tqlstoí no puede lamentarse de su estado físico, que el doctor que le asiste halla inmejorable... Tolstoi se levantaJL las ocho de la mañana y se desayuna- con una menestra de legumbres. Después pasea una hora ó dos, haciendo frecuentes descansos, porque aunque su naturaleza es fuerte, Tolstoi no es aficionado á recorrer grandes dictancias. A las diez vuelve á casa, y rodeado de su familia, abre su correo, cartas y. periódicos numerosos que recibejespetialmente: de Amerita. Éntrelas cartas. que. llegan de Rusia, hay muchas de sacerdotes sectarios ó creyentes, que le consultan sobre cuestiones religiosas. Tolstoi contesta en seguida las cartas importantes, personalmente ó dictando á individuos de su familia. Después lee los periódicos hasta cerca del mediodía, retirándose luego á su despacho, donde trabaja hasta las tres; en la actualidad prepara un libro para niños. A las tres, Tolstoi abandona su estudio y da uu largo paseo á caballo, su afición favorita, por los alrededores. A las siete recibe á los muchachos, hiios de h BIBLIOTECA D E A B C 114 LAS DOS BARONESAS 115 -He creído adivinar- -replicó- -que la señora, baronesa es vigorosa en sus enemistades, y que tiene rencores construidos á cal y canto. -Exageráis- -respondió Max, -pero no os engañáis del todo. La baronesa lleva al exceso la ternura maternal; no quiere nada que no sea yo; es celosa y no soporta que mi cariño filial se aminore con otra participación... A la primera mirada lo habéis visto, -doctor, y esto prueba que sois observador y fisonomista. -Uñ médico debe ser una cosa y. otra... Es una de las necesidades de nuestra profesión... Al momento me he hecho cargo de estos celos maternales que obligan á Mad. -de Tréves á que inmute como un crimen el amor que su. nuexa os inspira. -Habéis adivinado. Mi madre está celosa de mi. mujer... Todas las simpa- tías que á mí se dirigen, le hacen sombra, y las que yo puedo sentir, le parecen un robo hecho en perjuicio suyo... Mi madre rio quiere á teonida. -Sin embargo, Mad. de Tréves es muy amable- -murmuró Luciano con mal segura voz. -Su carácter es dulce y conciliador. ¡Pardiez! Tiene todas las cualidades- -interrumpió Max, -pero- no ha sa bidó conquistarse á su. suegra... Mad. Germana de Tréves es aristócrata y mi mujer de origen burgués... Su madre, Mad. Desfontaines, ha contribuido mucho ala antipatía que la baronesa siente hacia su suegra. ¿Y cómo es eso? -preguntó Luciano d Harblay, que lo sabía admirablemente. -Debatiendo, cuando yo me casé, ciertas cláusulas de dinero con una ratérminos de mi contrato de matrimonio, mi madre, si yo llegase á faltar, no recibiría, sobré las considerables rentas de mi mujer, sino una pensión vitalicia insignificante, con la cual le sería imposible sostener su rango... ¡Esto es pequeño... miserable... Con semejante procedimiento se hacen detestar. Estad seguro que. la baronesa hubiese sido mejor para Leonida, si Mad. Desfontaines no hubiese mostrado tan ultrajante é imperdonable avaricia. Pero- -hizo observar el doctor- -Mad. de Tréves no es responsable de los mezquinos cálculos. y. de la, estrechez; de miras de Mad. Desfontaines. -Ciertamente que no, y os concedo que mi madre se ha mostrado muy ir- lusta. U Qué queréis, tiene preocupaciones. -Hubierais. podido combatirlas. ¿Por qué medio? -Por la discusión. ¡Muchas gracias, doctor... ¿Qué hubiese sido de mi tranquilidad? Mi casamiento me aseguraba el bienestar y el lujo. Yo no pedía otra cosa... Si mi mujer llegase á morir, yo heredaría toda su fortuna, y, según todas las probabilidades, viviré más tiempo qué mi madre... ¿Por qué queréis que me atormiente y me cree disgustos? Leotiida y yo tenemos distinto carácter... ¿Qué rae importa? No tengo miedo á morirme, pero adoro la vida... La vida es corta; por consiguiente, hasta donde se pueda no hay que turbarla con ninguna molestia. Lucianopensaba. -Este hombre es un tipo acabaáo áe égoísm N quiere ni a su ma re ai á s u mujer... Sólo se ama á sí mismo, á s u tranquilidad y á s u opulencia. Max prosiguió: -Esto que os digo, querido doctor, puede pareceres singular, pero es la verdad... No finjo, me muestro al desmido. No soy peor que otro cualquiera, pero soy menos hipócrita... ¡Oh, Dios mío. Demasiado sé que he empleado mi vida muy medianamente. ¿Lo sabéis? ¿Lo creéis? -interrumpió Luciano. -Pues bien, todavía es tiempo. -Max meneó la cabeza. -Nó- -dijo en seguida, -es demasiado tarde... Porotra parte, no tengo asnbi- ción, ¿Ambición para qué? Mi nombre debe concluir en mí... ¡Ah! si mi mujer me. hubiese dado un hijo, es probable y easi seguro que la actitud de mi madre con Leonida. hubiese sido, bien diferente... Yo mismo... Pero ¿á qué hablar de esto ante una esterilidad persistente y sin duda incurable? Mr. d Harblay sintió que. le subía la sangre al rostro. J -Sin embargo, ¿amáis á Mad. de. Tréves? -preguntó. -Querido doctor- -replicó, el barón riéndose, -os debo una nueva confesión... El amor en el sentido elevado de la palabra, -me es perfectamente desconocido... Cuándo estaba soltero, lo pagaba y lo tenía de. primera calidad, dándole el precio... Cuando Mlle. Desfontaines fue, mí mujer, compraba ella, mi nombré y mi título y los pagaba bien y al contado, pero no me pedía amor y no me inspiraba ninguno. -Pero, á pesar de todo, Mad. de Tréves os ama... -murmuró Luciano muy conmovido. Max se alzó de hombros. ¿Sabe ella siquiera lo que es amor? -replicóél. -Lo dudo... Creo que también se contentaría con la tranquilidad y no desearía otra cosa... Los enredos y chismes de mi madre la fatigan y la aburren... Amigo, que tenga paciencia... A la larga todo se gasta... Esto se gastará como otra. cosa cualquiera... ¿No hubierais podido aconsejarle que se conciliase con la señora baronesa por medio de un sacrificio pecuniario? -Hubiera. podido, ¿pero para qué? Mi necesidad de paz me prohibía discutir de nuevo enojosos asuntos de dinero. Por otra parte, Leonida conserva un culto por la memoria de Mad. Desfontaines, y. hablar de ella para censurarla, aunque sólo fuese indirectamente, produciría, ano dudarlo, lágrimas y crisis... Bien, están las cosas como están, puesto que, lo repito, según toda apariencia, viviré más que mi madre. A estas últimas palabras siguió un momento de silencio. Max parecía fatigado... Su busto Se doblaba, Su cabeza, sin fuerza yapara sostenerse, se apovaba en ei respaldo delsi- llón... Sus párpados se cerraban. Mr. d Harblay le miró largo tiempo con una esjpetíe de fría cólera. -i yo quisiese, sin embargo, mañana no viviría este hombre- -pensaba. S ¿Quién lo sentiría? Este pensamiento involuntario, hasta cierto punto inconsciente, no hizo más que cruzar por su mente. ünsentimiento dehorrorprofundose- apoderó- deél; preguntóse con. espauío;