Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
NUMERO 707 A 8 C. D O M I N G O 12 D E M A Y O D E 1907. O C H O P A G I N A S E D I C I Ó N i. PAGINA b JJ SilW t -I JiMjtj; l PALERMO. CONCURSO DE LA PERLA DEL MEDITERRÁNEO LLEGADA A LA META DE LA CANOA FLYING- FISH. VENCEDORA EN LA REGATA Fot. Abeniacar. EXPOSICIÓN INTERNACIONAL DE AUTOMOVILISMO, CICLISMO Y DEPORTES RESEÑA ILUSTRADA DE LAS PRINCIPALES INSTALACIONES P 1 A T Inútil nos parece elogiar esta marca. Muy conocida entre los aficionados, su reciente R E R L J E T La casa Berliet ha presentado en el salón unos tipos de coches que n a n g u s triunfo en la Targa Florio demuestra su fundada reputación. El tipo 40 HP. y el mo- tado extraordinariamente. Lo elegantes que resultan, unido á su excelente cons delo seis cilindros que se exhiben en este Stand son el clou de la Exposición. tracción, contribuye á la gran aceptación que tienen. Los señores Urcola, Vignau y Compañía, representantes de esta marca, han necno un hermoRepresenta esta casa el Sr. Lozano, cuya competencia en automóviles es tan conocida, y eso so negocio. Han vendido todos los coches. ya es una garantía para los compradores. Es uno de los síands más visitados por el público. BIBLIOTECA DE A B C 106 UVS DOS BARONESAS 107 ¿Es eso todo? -Todo absolutamente. -No tengáis cuidado, que se hará. Podéis creer que no tengo ganas de com. irometer mi curación. -Tened paciencia hasta mañana; no os inquietéis; concluid vuestros asuntos, y contad con ir á Chantilly de aquí á quince días. ¿No será preciso acostumbrarme á caminar con muletas? -Sí, cuanto más pronto mejor. Y cómo procurarme aquí estas piernas suplementarias? -Aquí sería difícil; pero no os apuréis. Debo ir esta tarde á París; compraré para vos piernas de suplemento, como vos decís, -Querido doctor, ¿cómo podré demostraros mi agradecimiento por todos uestros beneficios? -Es m u y sencillo... no dándome gracias por ellos... Desde hoy pondréis sobre la pierna, en el sitio en que yo las coloco, compresas de vino aromático, que cambiaréis dos veces por día; mañana por la mañana os traeré más, pues ¿lo h a y para tres curas... Vendaréis la pierna sin apretarla demasiado, así... Y el doctor hizo lo que indicaba; después se retiró, prometiendo volver al día siguiente. El agente de negocios acababa de redactar su doble acta. Estaba clara y perfectamente en regla. Un cuarto de hora después, la viuda Pareur se retiraba con su acólito, llevando u n a de las actas firmadas y un billete de i.ooo francos. El resto del precio debía ser pagado cinco días más tarde, contra envío del íicta de venta legalizada. Ya sabemos que Marieta esperaba á Jorge Nerville á las cuatro de la tarde del día siguiente. Todo esto es bien embarazoso. Para tomar un partido h a y que esperar á que este médico levante la consigna, y no me arriesgaré sin caminar sobre seguro. A la comida, la joven baronesa de Tréves se mostró un poco menos triste que de costumbre. L a baronesa viuda continuaba ocultando las uñas; nos parece inútil afirmar que la conversación giraba casi exclusivamente sobre el próximo restablecimiento de Max. Mad. Germana no cesaba en sus elogios al Dr. Luciano d Harblay, á quien se reprochaba de haber juzgado mal en un principio. Leonida escuchaba á su suegra con visible placer, y, por instantes, fugitivo carmín coloreaba sus pálidas mejillas. Después de comer en el salón, la conversación, que se prolongó hasta las diez de la noche, fué terminada por una pequeña escena muy característica é inesperada. La joven baronesa iba á retirarse á sus habitaciones, cuando la baronesa viuda, cediendo, al parecer, á impulso irresistible, se acercó á ella, la tendió las dos manos y le dijo con voz conmovida: No sois de opinión, querida hija, que las faltas se atenúan si se reconocen? H e sido con frecuencia muy injusta, muy cruel, m u y odiosa para vos. iy lo confieso humildemente! ¡Oh, señora... señora... -balbució Leonida, estupefacta y sonrojándose. La baronesa no le dejó tiempo de acabar su frase, y continuó: -Sois más buena que yo, mi pobre niña... Me atrevo á llamar á vuestro corazón, y apelo á vuestra in dulgencia. ¿Queréis perdonarme? Al decir lo que precede, Mad. Germana parecía temblar de emoción: se hubiera jurado que iban á brotar lágrimas de sus ojos. ¡Qué feliz nie hacéis y cuánto bien me dais... -exclamó la joven, tomando las manos que se le tendían. ¡Oh, sí, sí, cien veces con toda mi alma perdono, y hago más que eso... olvido! Leonida se ahogaba. Los sollozos se escapaban de su garganta. La vieja baronesa la atrajo suavemente y la enlazó con sus brazos. ¡Hija mía, hija querida! -murmuró, cubriendo de besos su frente, sus mejillas y sus cabellos. ¡Ahora que se han abierto mis ojos, qué bien voy á desquitaros de mi pasada frialdad... ¡Qué bien voy á pagar los intereses de mi deuda de cariño... ¡Cuánto os voy á querer! Durante algunos segundos las dos mujeres permanecieron enlazadas. Jorge de Nerville contemplaba este cuadro de familia con estupor, más fácil de comprender que de explicar. -Cáspita- -decía para sus adentros. ¡Ya sabía yo que mi tía era lista; pero no la creía tanto. El llamado Judas, de bíblica memoria, cuj a reputación está bien establecida, no la llegaba al tobillo... Leonida se desprendió suavemente del brazo de su suegra, y volvió á tomarle las manos. -Acabáis de darme mucha energía, mucho valor... ¡Gracias, madre mía. hasta mañana! XXlll rvespués de su larga conversación con Marieta Mutel, Jorge de Nerville re- flexionaba al volver al chales. -Ciertamente- -se decía. -una separación me sería útil desde muchos puntos de vista. Aislada Leonida, yo sería su único apoyo. Me haría su consejero íntimo, la acostumbraría á mis ideas y á mis gustos, á vivir, hasta cierto punto, de mi misma vida, á confiarme sin reserva y sin intervención la administración de su fortuna. E n estas condiciones, es indudable que en cuanto se quedase viuda sería mi mujer; pero, ¿se quedará viuda? ¡He aquí el problemal ¡He aquí el enigma! Si este médico, que maldigo con toda mi alma, nó se h a engañado, si mi primo vive, n o podrá continuar dándome mi asignación, pues el Tribunal, al pronunciar la separación, no le concederá más que una pequeña parte de las rentas de su mujer, y me encontraré sin recursos.