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NUMERO 704 A B C. JUEVES 9 DE MAYO DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN i. PAGINA 3 EL CRIMEN DE CARABANCHEL EL VECINDARIO DE CARABANCHELREUNIDO ANTE LA CASA AYUNTAMIENTO MIENTRAS DECLARABA EL ASESINO LA HABITACIÓN DONDE SE COMETIÓ EL CRIMEN, LA X INDICA EL LUGAK EN QUE FUE ENCONTRADO EL A D A V E R DEL INFORTUNADO JUAN QARCIA sus furores bélicos, sepultar enJ uró Ismail, enHartos, como castigo lossus dístre ruinas á á colos caballeros, echando por tierra muros y las torres y pasando á cuchillo á las mujeres y á los niños, víctimas propiciatorios del vértigo de los victoriosos. La feroz espada de Ismail no llegó á los que lograron encerrarse en el castillo. A éste hubiera alcanzado más tarde la matanza, de no interponer su generoso brazo, arriesgando la propia vida, el joven Hohamed- ben- Ismail, hermoso ejemplar de su raza, que á los sentimientos hidalgos unía la perfección hombruna descrita por la leyenda árabe. De las mujeres salvadas, una, al sentirse cautiva del joven africano, lo hizo su esclavo, y el valiente Hohamed prendóse de tal forma de la rara beldad, que al ofrecerla su amor hízolo de su mano, de sus riquezas y de los Estados de su padre. El amor hace poetas, y Hohamed lo fué al declarar sus propósitos á la hermosa cautiva. Empleó tales vehemencias, y tal verdad brotaba de sus palabras, que el amor del arrogante árabe fué correspondido, y en su locura no acertaba á concebir tanta dicha, teniéndose por el más feliz mortal, gozando en la tierra del cielo que Alá prometiera á los muertos. Los amargos días de su vida guerrera los daba Hohamed por bien empleados al dormir sus ilusiones sobre el candente amor de la cautiva, y en su ceguedad de niño, n i u n a ráfaga de traición cruzó por su mente. Ismail, su rey, vino á turbar la felicidad del bondadoso Hohamed. La noticia de la hermosura de la cautiva había llegado á ser comidilla de los cortesanos, y el monarca, en su arrogancia despótica, dispuso de la codiciada presea, destinándola á su serrallo, sin arredrarle las súplicas, las quejas y las amenazas de H o hamed. Las amargas lamentaciones no se escucharon, y á las amenazas se contestó: -Tu amenazar es u n a imprudencia de los pocos años. Ven con los tuyos y arrebátame la cautiva, perla preciada de mis esclavas. Hientras tú y los que te sigan desafíen, yo dormiré en la Alhambra el sueño del amor. e g r a la noche, levantaba gigantes y mons truosos fantasmas al paso del atrevido. La enorme peña, desafiando á las nubes, daba sus picachos para descanso á los repugnantes pajarracos nochamiegos. Ni el más sutil rayo de luz rasgó la densidad de las tinieblas. En tal noche rompía el silencio de la serranía el acompasado trotar de u n bruto llevando sobre sus lomos á gallardo caballero, de rico jaique y alhajado turbante, sin otra compañía que su alfanje y u n puñal de origen damasquino. De penetrar en el pensamiento de aquel hijo de Alá, nos hubiera vencido el horror. Triste era su pensar, dolorosos sus recuerdos, terribles sus propósitos. El caballo, que con su catiallero desafiara cien veces el fragor de las batallas, caminaba á trote de compás, soplando fuísrtemente á cada revuelta, como si contestara á l o s suspiros entrecortados de su dolorido amo. Salvando en las tinieblas los peligros del abismo, ambos, bruto y señor, parecían animadlos de la misma idea. Los guiaba la alevosía del poderoso, la venganza de unos celos, el pufiial q n e cubrían los pliegues del jaique. A Granada iban sin u n a mirada hacia el Hartos de su desgracia, caminando bajo el hado que les era fatal desde la 3 hora en que Ismail pronunció la terrible seiitencia de los amores de Hohamed y la hermosa cautiva. En los primeros albores de u n día llegó nuestro caballero á Granada y algiinos más pasó acariciando ensueños, en tanto tiu imaginación foqaba el rayo que había de herir á su podero so rival. Las desventuras de Hohamecl, contadas con la vehemencia de su apasionado decir, impresionaron á muchos, eme pronto apusiéronse del lado del amor, jurando vengar la. afrenta en el valido monarca. Y así las cosas, circunstaneüas imprevistas hicieron el epílogo de esta narración. alcázares de mar Granada, la que engalanan flores, cristalinas mol, jardines de mil aguas, soberbias murallas, arde en fiestas para recibir al rey de sus encantos. Vuelve el guerrero de sus correrías; síguenle los trofeos del botín, las riquezas de los vencidos, éstos en cadenas de cautivos. La muchedumbre lo aclama enlosniecida. Mohamed lo h a visto cruzar arrogante, desafiando con- su mirar soberano, glorioso, admirado de los suyos. La venganza h a nublado LOS GASTOS DEL PRESUPUESTO ÓMO EVITAR SU El Gobierno se ocupa estos días de los preA U M E N T O? supuestos, y nos parece oportuno dedicar con tal motivo unas cuantas líneas á u n a cuestión que con ellos se relaciona, á la tendencia que tienen los gastos de aumentar continuamente. E s evidente que los progresos de la civilización crean necesidades nuevas y que es imposible fijar un límite infranqueable al presupuesto de gastos, porque circunstancias impre vistas pueden exigir ineludibles aumentos; pero también es cierto que, con el sistema que seguimos e n las discusiones parlamentarias relativas al presupuesto, no pueden hacerse economías. E n Inglaterra, los representantes de la nación no proponen nunca aumentos de gastos; el ministro los pide y el Parlamento los aprueb a ó los rechaza. En España, el presupuesto, presentado por el ministro de Hacienda, pasa á la Comisión correspondiente, busca ésta el medio de conseguir reducciones, y luego la Cámara destruye á veces su labor proponiendo y aprobando aumentos. H e aquí un derecho al cual debían renunciar nuestros parlamentarios. IvOS representantes del país, atendiendo á influencias locales, reclaman gastos que pueden ser beneficiosos para las regiones cuya representación ostentan, pero que, muchas veces, están reñidos con el interés general. Y es que el elector, proponiéndose fines puramente locales, suele pedir al Estado que haga gastos, sin dejar por eso de reclamar, al mismo tiempo, descargos de gravámenes. Si, como en el Reino Unido, el ministro fues quien únicamente tuviese la facultad de proponer aumentos de gastos, los diputados no fomentarían esos aumentos, impulsados por razones electorales, y los electores no tendrían motivos para quejarse de os elegidos. También es un mal que cada año sean distintos los individuos que forman la Comisión de presupuestos. E n esas condiciones, su labor no puede ser provechosa, porque las cuestiones económicas exigen u n estudio detenido y continuo, u n conocimiento profundo d e la complicadísima máquina administrativa, que n o se puede adquirir por el mero hecho de haber sido elegido representante del país. Ya sabemos que esto es inevitable con el régimen parlamentario tal como existe en España; pero aun con ese régimen, algo se podría intentar para evitar el aumento de los gastos. El Sr. Minghetti propuso, cuando fué miuistao de Hacienda en Italia, que n o se abriera nunca un nuevo crédito sin fijar antes la supresión de un gasto equivalente ó sin crear un nuevo recurso. Este procedimiento, aplicado con energía, podría dar resultados. Además, en todas las administraciones públicas existen gastos inútiles, nacidos del desorden y del despilfarro, que podrían economizarse ó aplicarse mejor. Pero los ministros no tienen el tiempo suñciente para fijarse en ellos, aunque en ellos se fijaran, no tienen siempre a energfía necesaria para corregir los abusos. E s más, al cabo de algún tiempo se impregnan, sin darse cuenta de ello, del, espíritu administrativo y consideran necesarias muchas de las partidas del jjresupuesto c ue podrían suprimirse ó disminuirse sin perjuicio del buen íuncionamiento de la labor administrativa. Existe u n remedio que nuestras costumbres públicas rechazan, y ese remedio sería crear u n a Comisión omnipotente, semejante á las que se han creado algunas veces en Inglaterra, que tuviera la misión de examinar de cerca cómo funcionan las administraciones públicas, y al mismo tiempo la facultad de decretar las supresiones que juzgara útiles. A falta de Comisiones de esta índole, la de Presupuestos seguirá realizando su habitual labor, aceptará cifras sin indagar si son absolutamente necesarias. No le faltarán buenos Í) ropósitos, pero sabemos por experiencia que os individuos que la omponen no tienen la energía necesaria para oponerse á las pretensiones de. los representantes de la nación, y mucho menos á la voluntad de los ministros. Existe, además, entre nosotros, u n a costumbre m u y perjudicial y muy arraigada, la de agotar siempre los créditos. Rara vez resultan sobrantes, y si alguna partida, con largueza calculada, deja u n saldo, ese saldo suele aplicarse á otras atenciones, para las cuales los créditos- otorgadoshan sido insuficientes. Eso EL ASESINO MÁXIMO VIDAL A LA PUERTA DE SU CALABOZO Fot. Qoñi. no es legal, pero existen medios para burlar la ley. En todos estos problemas, m u y ligeramente bosquejados por nosotros, porque es imposible en un artículo de reducidas dimensiones ahondar tan arduas cuestiones, deben fijarse las Cortés cuando discutan los presupuestos. No deben olvidar tampoco que al administrar bien el dinero de la nación y al evitar los despilfarres trabajan en favor del crédito público y que éste es la base de la regeneración de los pueblos. ALVARO CALZADO Í SANGRE EN LA ALHAMBRA LEYENDA onoces, lector, á Hartos, la histórica villa q u e consagró l a leyenda, diciéndonos cómo de su peña dieron en la muerte los Comendadores de Calatrava Pedro y J u a n Alonso Carvajal? Ella, como toda la tierra andaluza, evoca recuerdos impregnados de poesía. Pocos lugares de otros países tendrán en sus surcos como los andaluces la señal indeleble de la planta árabe, y en m u y p o c o s también encontraremos la historia de los abencerrajes, plácida y pintorescamente relatada por los humildes pastores de la serranía. Allí, en Jaén, en Córdoba, en Sevilla, en la sin par Granada de los Abderramanes, en la sierra y en las vegas, acariciándonos el aire pictórico de efluvios, cuando juguetea alocado, y la soilibra de los olivares y el dulce resbalar de los arroyos, acude á la imaginación la pasada brillantez de aquellos califatos y las deslumbrantes páginas de una civilización envidiada. Y en el abandono de las llanuras y en las abmpteces de la cordillera, la vista encuentra los encantos de añejas consejas; ilusión que aparenta realidad, ante el paisaje de tanta fortaleza en ruina, agrietadas murallas y de tantos palacios misteriosos, sombras de atardecer, históricas memorias de luchas bárbaras, triunfos gloriosos de aguerridos caudillos. Sentimos rodar por nuestras mejillas las lágrimas de aquel Boabdil, sucesor indigno de Alhamar, cuando la soledad nos abruma, y como horrible anatema leemos en el cielo azul y enervante la profecía de u n a destrucción que se aproxima, cumpliéndose las maldiciones del árabe vencido. Ivlegará tu ruina. Las piedras de t u s castillos, nidos serán de águilas. Tu deslumbrante arquitectura acabará refugiando al errante nómada. Tus arcadas, tus capiteles, tus mármoles formarán el enorme montón de lo destruido. Tus proezas se perderán de la memoria de los hombres, y los poetas no cantarán tus alegrías. De las riquezas que fueron te faltará el rastro. Encontrarás abandonadas y yermas t u s campiñas, borrados esos caminos que gallarda y triunfalmente cruzaran los hijos de Alá para sentarse en el esplendente solio de t u s alcázares. La imaginación revuélvese contra la profecía del árabe; pero la ve en el término de ser cumplida. Granada, Córdoba, Sevilla, reinas de la poesía y de la historia patria, tienen sobre sí la maldición que el tiempo y la desidia ayudan á realizar. Recuerdos y sólo recuerdos. Alhambra y alcázares que hablen de la magnificencia del califato y de los placeres 4 el invasor, acequias que avergüencen á l o s ü t o d e r nos administradores del común, vegas de vegetación exótica implantada por el egoísmo y la rapiña, caminos despoblados, sierras sin arboledas, legiones de labriegos azotadas por el trallazo de la usura. Exclamemos con el poeta: Andalucía, sombra eres de lo q u e fuiste.