Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
NUMERO 70- i T A B C. MARTES. 7 DE MAYO DE 1907. OCHO PAGINAS. EDICIÓN 1. PHHIIWI PAGINA 6 EN LA GALERÍA DE MAQUINAS DE BLANCO V NEGRO Y A B C MR. SANTOS DUMONT (x) Y LOS SRES. DUQUE DE SANTO MAURO BARÓN DEL CASTILLO DE CH 1 REL, MR. BLEST GANA, KINDELAN, F LAZA, DEMÁS INVITADOS NUESTRO DIRECTOR, SR. LUCA DE TENA, Y REDACTORES DE A B C Y BLANCO Y NEGRO EN LA VISITA QUE HIZO AYER TARDE EL INSIGNE AERONAUTA BRASILEÑO A LA CASA DE ESTE PERIÓDICO. Fot. ABC. dadesde Marina, -no. porque sean de mayor valer, sino que educados é identificados en el medio y con el armamento con que han de combatir y contra; que han de luchar, necesariamente ha: de poder apreciar mejor las mil circunstancias que ahora no sonde! caso, y que én lá práctica sé han püesto; de manifiesto. ¿Qué necesidad hay dé dos autoridades mir litares en uña misma plaza? NiñgtraaT Ambas representan el poder militar de la Nación; luego una dé las dos está de más. í, a de Marina es indispensable, pues se trata de una factoría naval. Por tanto, ¿á qué obedece el que exista otra autoridad militar independiente? ¿Qué ventajas puede traer? Ninguna, y en cambio, todos los inconvenientes que trae consigo la falta de unidad. Que los cañones estén manejados por. oficiales de. Artillería ó por oficiales de Marina, poco importa; ambos tienen conocimiento del material y nada les costaría á los primeros conocer el material de Marina, por ahora más. adelantado, como en casi todas las naciones. Lo que haría falta sería tener material en las defensas Bastaría que en el primer caso hubiera quien se encargara de observar los movimientos de los barcos enemigos, cuyo conocimiento tiene más importancia que la que se le da. Además no comprendo el porqué de tanta polvareda y el dar tanto vuelo á este asunto, cuya principal consecuencia materiales suprimir un par- de destinos de brigadier, cuando hace pocos años estaban algunos de esos Gobiernos militares. desempeñados por brigadieres de Infantería de Marina, y- no sé por qué los quitaron y- nadie- dijo nada. Dejémonos, püés; -de. p ugilktosrque á nada bueno conducen, y contraproducente es también tratar de sacar á relucir méritos de unos y de otros, pues, no se trata en este asunto dé premiar ni desprestigiar á nadie. Se trata de cabrir un servicio de la manera más útil posible, y los servicios no son para los individuos ni las corporaciones, Sino. éstas y aquéllos pa a desempeñar los. destinos: que por; la superior dirección de la jaación. 5 e les encomienda. BIBLIOTECA DE A B C 90 muera! XAS DOS BARONESAS 91 -No obedeceré... Jamás podré querer bien al hombre que se ha hecho vues- tro verdugo, y siempre desearé su muerte. -Sin embargo, vivirá, pues el Dr. Luciano d Harblay me ha prometido salvaríe; me consolaban... ¡Es á él á quien quieresmatár p. ara- que. yo sea libre... ¡Matar, á. Luciano d! Harblay! ¡Insensato! ¡Entonces- támMén quieres que yo Santiago apretó pon rabia los puños. Leonida prosiguió: -Tengo completa confianza en Mr! d Harblay; es un hábil médico y cumplirá su promesa, El mudo volvió á tomar su pizarra, borró lo que antes había escrito y trazó estas palabras: Yo mataré al Dr. Luciano d Harblay. Mad. de Trévés había seguido los febriles movimientos del; lápiz. Palideció. ¡DesgraciadoI- -exclamó arrancando lá pizarra de las manos de Santiago. ¿Qué es lo que acabas de escribir? ¿Qué horrible pensamiento es él tuyo? Al oir. estas palabras, el. mudo dejó escaparun grito. T, o. acp. g. utúral; sus ojos se redondearon en. las órbitas, y su mirada extraviada se fijó eh Leonida. Al mismo tiempo sus maños temblorosas formaban, signos que áúéríán decir: ¡Morir... vos! i -Sí- -respondió la joven fuera. de sí. -Si. él muere, le. seguiré... ¡Áh! Ahora comprendo lo que pasaba en mi. alma... Tus amenazas, ló; han explicado todo? Se ha hecho la luz... Me siento culpable... Tengo vergüenza; e mí misma. Vete! El mudo replicó or señas: -Muriendo el médico, vuestro marido morirá y quedaréis libre. Leonida comprendió. ¡Tu abnegación es delirio! -dijo: estremeciéndose toda. -No. la acepto... la rechazo... ¡La maldigo! ¡Me das miedo y vergüenza cuando pienso en la monstruosa idea que germina: en tu cerebro y de lá que pareces creer me haré cómplice! ¡Escúchame bien, Santiago, y acuérdate! Te quiero como si fueses mi padre; pero si por tu. causa sucediese alguna desgracia al doctor d Harblay, te acusaría sin vacilar y te entregaría á los jueces, que serían implacables... Conservo esta pizarra en la cual acabas de escribir una frase que te conduciría al patíbulo, si el doctor muriese asesinado... ¡Tu vida pagaría la suya! 331 mudo hizo un gesto de indiferencia y significó estas palabras; ¿Qué me importa? Seríais libre... Leonida sintió que un invencible terror se apoderaba de su alma. Comprendió que se iba á caer. Para sostenerse tuvo que agarrarse al brazo de Santiago, ¿Me desobedecerías? -balbució con voz ahogada. -Santiago hizo un signo afirmativo. ¿Serías capaz dé herir á Mr. d Harblay? -prosiguió Mad. de Tréves. ¡I a cabeza delmudo seinclinó. ¡Pero no ves que eso es demencia! ¡La demencia del crimen... Los ojos del anciano respondieron; -Quiero que seas feliz... quiero que seas libre. En sus miradas se mezclaba la ciega ternura y una voluntad terrible é in quebrantable. Iyeonida dio un paso atrás. ¡El desgraciado se ha vuelto loco! -exclamó con espanto. ¡Quiere cometer un asesinato para que yo sea feliz, y el hombre á quien amenaza es el único que me ha ofrecido una amistad verdadera, que ha sabido comprender mis dolores y mis lágrimas, que ha hecho nacer én mi alma un poco de calma y de esperanza! jAquel cuya voz esta mañana me era tan grata, cuyas palabras El mudo cayó de rodillas. Lloraba. Leonida, que no tenía ya conciencia de lo que decía, continuaba: -Ahora, ya sabes mi secreto, Lo has adivinado en. el momento en que lo adivinaba. yo misma... He sentido que amaba eix los latidos de micorazón, en la conmoción que sentí al ver que amenazabas á Mr. d Harblay... Lo que pasa por mí, me da miedo. Escucha, Santiago, no he dicho nada... tú no sabes nada... El secreto que acaba de escaparse de mis labios en un momento de locura, no debe existir... No quiero que exista... El viejo puso la mano alternativamente en el corazón. y en los labios. Mad. de. Tréves continuó con fiebre creciente: -Mr. d Harblay ha jurado salvar á mi marido; lo salvará... es preciso que lo salve... Mi deber es mandárselo, y el suyo el- consagrarse á. deyolver. la salud al barón... Acuérdate que el doctor debe ser sagrado para ti... Tú le respe; taras, le querrás... en caso de necesidad darás por él tu vida... ¡ÍSTó lo olvides. No. 16 olvides jamás! Santiago se levantó, Leonida le alargó la pizarra, en la cual había escrito: Mataré al Dr. Lucian o d Harblay El mudo la cogió. Con lá vuelta de su manga borróla terrible frase. En su lugar escribió estas palabras: Obedeceré, lo juro. Después, cogiendo la mano de Mad. de Tréyes, la llevó al corazón, míen, tras que gruesas lágrimas humedecían sus mejillas y rodaban. hasta su rada barba. ¿Me habéis perdonado? -preguntó en seguida por señas. -S Í ¿Tenéis confianza en mí? -Sí; pero es tarde, amigo mío, retírate. Santiago obedeció, después de haber besado las manos de Leonida. Apenas la puerta se había cerrado tras él, cuando Mad. de Tréves, ahogada por los sollozos, se dejó caer de rodillas. ¡Dios mío! -balbució, cruzando las manos. ¡Dios- de bondad, Dios de justicia, no aumentéis lo que sufro... ¡Tened piedad de mí! ¡Dadme fuerza para arrancar de mi corazón este desdichado amor que me espanta. ¡Bas-