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NUMERO 696 A B C MIÉRCOLES i DE ÑÚLYO BE 1907. OCHO PAGINAS. EDI CION i. PAGINA 6 i. v. t? V- í. í- i- M r MADRID. EL INCENDIO DE ANOCHE ASPECTO DE LA CASA INCENDIADA VISTA DESDE LA CALLE DEL PEÑÓN -F o t A B C L PAN EN LAS TIENDAS ¿Se puede expender pan DE ULTRAMARINOS en las tiendas de ultramarinos? Esta cuestión, que ha proporcionado no pocos juicios de faltas á los que por malicia ó ignorancia han infringido las Ordenanzas municipales, y cómo consecuencia de esto, el caso 9.0 delart. 596: del Código penal, se llevo ayer nuevamente al tribunal Supremo con motivo de ocho sentencias dictadas m TRIBUNALES por eljuez de primera instancia del distrito de l a Latina; que revocaron las: del Municipal. correspondiente. Y décimos qué se ha planteado nuevamente ésta cuestión, porque, en efecto, el Supremo tiene ya declarado que el que expen- de pan ea una tienda de comestibles, 1 infringe el. art- 232. de las Ordenanzas municipales, artículo que determínalas condiciones de aseo en que aquél sé hade vender. Todos ó casi todos los dueños de establecimientos dedicados á la venta d. e géneros ultramarinos, alegan, al ser descomisados por lain- fracción referida, que el mostrador del pan se halla separado del resto de los artículos, que la tienda reúne excelentes condiciones de higiene, etc. etc. pero como á pesar de esto no. se cumple todoloquepreceptúan en este punto las Ordenanzas, resulta que incurren los denunciados en la pena que marca el Código para los que de cualquier modo que no constituya delito infringieren los Reglamentos, Ordenanzas ó bandos sobre higiene pública dictados, por la autoridad dentro del circuló de sus atribuciones. Por esta razón, y teniendo sobre todo en cuenta ía doctrina del Supremo que- no es otra que la que en síntesis acabamos de exponer, han condenado y condenan los juzgados municipales áouaatos dueños de tiendas de ultramarinos espenden pan sin licencia. I,o s ocho letrados que se opusieron á los recursos. interpuestos por el fiscal municipal, alegaron que el áift. 234 de las Ordenanzas autoriza á los mencionados industriales para la venta del pan, toda vez qué establece que los panecillos se colocarán á distancia de los restantes géneros, con; lo: cual, decían, implícitamente BIBLIOTECA DE A B C 78 LAS DOS 1 BARONESAS -79 Todo el mundo estaba sentado y él permanecía en pie conio un culpable delante desús jueces. l teonida; comprendió. Se puso encendida; se levantó vivamente, y acercando una silla, dijo: -Tened la bondad de sentaros, Mr. d Harblay. tuciano le dio gracias con una mirada y cogió la silla. ¡Cómo! -exclamó Piedagniel. ¿Rehusaríais la unión de un colega para isistir á Mr. deTréves? De una manera absoluta. Esto es jactancia. -De ningún modo... Es, sencillamente, prudencia. Por otra parte, ¿a qué iéne el discutir? Mr. de Tréves no quiere á sulado más que á mí, le habéis oído expresarse sobre este particular... Así, pues, -la cuestión está resuelta... -Creo deberos, sin embargo, caballero, como mayor que yo, y como amigo de la familia, el daros cuenta de lo que he hecho, de ló que haré y de lo qtie espero. ¿Esperáis curarlo? -preguntó Piedagniel con ironía! ¿I O creéis posible! Ya sabéis que gran número de nuestros colegas, y de los más autorizados, sonde la opinión contraria. -I o sé perfectamente y persisto en sostener que un hombre mordido por tm perro rabioso y curado en tiempo oportuno, puede perfectamente no sucumbir alas consecuencias de sus heridas. Los médicos americanos é ingleses, especialistas distinguidos, lo afirman y lo aprueban. Yo mismo he visto asistir con éxito completo y en condiciones semejantes, á ún- individuo cuya organización y temperamento eran los mismos que los del barón Max. La: casualidad me ha servido. Testigo del accidente, he podido inmediatamente cauterizar la llaga con un hierro enrojecido y ligar el brazo. Una hora más Í tarde; y después dé una primera cura, he puesto á Mr. deTréves, gracias á una poción narcótica, en un estado de somnolencia que le impedía acordarse de lo sucedido, y, por consecuencia, inquietarse. La imaginación hace más. víctimas que la rabia; yo quiero evitar al herido toda emoción capaz de agravar su estado. He ahí por qué he resuelto quedarme sólo con él ó retirarme y cederos mi puesto. t- r- Sí, s e ñ o r r xyii ¿Creéis, por lo visto, que tenéis la ciencia infusa? Pór el contrario, sé perfectamente que tengo necesidad de trabajar mucho y de aprender mucho- -repuso Luciano; -pero nada me haría ceder cuando estoy plenamente convencido de tener razón. -La familia tiene el derecho de llamar al lado del enfermo á su médico haftituaL ya! Pero- -exclamó eíDr. Piedagniel lttego que Ah, muladb su pensamiento tan claramente, ¿os Mr. d Harblay hubo íorsuponéis tan infalible? -El enfermo tiene el derecho de rehusar este, médico -La familia puede prescindir de eso. -Sin duda, pero entonces asume una terrible responsabilidad. -Que no existe si la familia llanta una junta. r -No puede Hacerlo sin el consentimiento del enfermo, cuando éste goza de la plenitud de sus facultades. mental es, como sucede con Mr. de Tréves. r- -En fin- -exclamó la baronesa viuda, levantándose bruscáinente. ¿Cuál es vuestro interés al apoderaros, de mi hijo, al aislarlo, alsecuestrarlo? Luciano palideció, á su vezase puso en pie y replicó: ¿Qué interés, señora? ¡Un interés de vida ó muerte... Quiero salvar ávues tro hijo, al cual mi ápréciablé contradictor declara perdido sin remedio... Lucho por la vida de Mr. de Tréves, y me sorprende tristemente que en esta lwcha lio seáis conmigo, sino contra mí... Sin embargo, no por éso dejare de ii hasta el fin y derecho á él, teniendo plenos poderes de mi enfermo. -Y á esos poderes uno yo los míos- -dijo la baronesa, joven, interviniendo de pronto en el debate. Después de mi marido, es á mí á quien pertenece mandar aquí, y yo pretendo que Mr. d Harblay sea aquí dueño absoluto. ¡Ya me esperaba yo esta coalición! -dijo con rabia la baronesa yiuáa. ¡No podía jnenos de tener lugar... ¡Ah. señora, razón tenía yo en decir que la desgracia ha entrado con vos en esta casa... A pesar de la dulzura resignada que formaba el fondo del carácter dé Leo riida, -sintió que se encendía en cólera. -Esta casa... -repitió con acento de rebelión, ¡olvidáis que es mía... En ella me hé criado- yo, y mi padre ha muerto... en ella conocí la alégfía y el dolor, y ahora conozco el ultraje La desgracia ha eñtrado: en esta casa, señora baronesa, el día que vos habéis cruzado sus puertas No quiero decir más, la indignación me llevaría demasiado. lejos... Oscedo el puesto. Venid, doctor... Y Léonida de Tréves, seguida de Luciano, dejó el salón, La baronesa viuda; sofocada, se dejó: caer en un sillón, levantando las nía nos hacia ej techo y balbuciendo: ¡Lo habéis oído! Nos amenaza, nos insulta. jAh! ¡Yo me vengaré! -Haréis bien, si la ocasión se presenta, querida señora- -respondió Piedagúiel; -y la ocasión se presenta siempre más tarde ó más temprano, cuando se l a sabe buscar... Pero, por el momento, calma, calma, mucha calina... No podemos hacer nada útil contra una resistencia. organizada; aceptémosla situación, tal cual es. Dejad á- ese: pretencioso. y suficiente personaje dueño del ter rreno, puesto que sé cree se gúro dé sí mismo; tal vez consiga dominar élciírso dé la enfermedad durante algunos díaé. Aprovechad ese tiempo para traer; á Max a- que consiga de su ínuj er lo qué vos deseáis, pues és e vid ente que si muriese; nada tériñríáis qué esperar de la viuda fuera de la renta vitalicia: es: i tipulada en el contrato. r ¡Ah! ¡Losé mtty bien! ¡Os decía hace un rato que me aoorrece: ¡Eso salta a l a vista! A. demás, ha hecho causa común con ese d Haratay, que ha comprendido muy bien el carácter del barón Max, y que se aprovecha, como hábil intrigante, de su influencia sóbrela ínoral debilitada del- enfermó... Un día ú otro tomaremos la revancha, ya lo veréis... Ahora os dejo. ¿Ya? -Es necesario.