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NUMERO 6 9 6 A B C MIÉRCOLES i. DE MAYO DE i 9 o 7 OCHO PÁGINAS. EDICIÓN i PAGINA 3 I TORNEO DE ESGRIMA EN EL CENTRO DEL EJÉRCITO LOS JURADOS SRES. MARQUES DE HEREDIA, i; SA 1 NT- AUB 1 N, 2; FERNANDEZ VICTOR 1O, 3; LAPOULIDE, 4; MARTÍNEZ FRESNEDA, 5; MACAMPILAC, 6, Y LOS ESGRIMIDORES SRES, CONDE DE ASMIR, 7; PENABELLA, 8; MICO, 9; FARJÑAS, 10, Y SÁNCHEZ, 11. Fot. A B C A B C EN SOMORROSTRO, POR J. M. a SALAVERR 1 A CON- Los carlistas- -conni i r m s tinúa diciendo el FL 1 CTOS S SrAreilza- -habían colocado sus líneas de combate en forma de una doble herradura, de manera que abarcaban las colinas bajas del valle de Somorrostro y cerraban definitivamente el paso hacia Bilbao, desde la mar hasta las montañas. Pues bien, el Ejército liberal, que al principio tenía el mismo número de combatientes que el Ejército carlista, vino del lado de la costa, arremetió contra las posiciones enemigas y se metió en la misma boca del lobo; es decir, que atacó lía línea por su parte media, por el fondo de lá herradura. Y allí fue él morir y el deshacerse los batallones, y el aniquilarse un florido Ejército... Tan dura fue la pelea, tan ciega la obstinación de unos y de otros, que por espacio dé muchos días y semanas, el lugar de la lucha se reconcentró alrededor de una casa, de un collado, de una simple trinchera. Aquel edificio que se ve allá abajo, füé conquistado, restituido y vuelto á conquistar más de veinte veces. Una larga suerte de heroísmos tuvieron lugar en el espacio de un kilómetro. En aquel prado que ahora verdea tan risueño, murieron cientos de hombres. En aquella casita blanca cayó tina granada y destrozó á un mismo tiempo á los generales facciosos Olio y Radica. En aquella ladera fue herido el general liorna; en la otra pendiente cayó herido Primo de Rivera. Y mientras escucho la descripción de tales y tan horrendas muertes, luchas feroces, catástrofes sangrientas, voy yo esparciendo mi mirada por todo lo ancho del paisaje; y mi imaginación se- llena de contrastes violentos, considerando aquel odio de antes y esta calma de ahora, aquella sangre y aquellos alaridos y estos prados! que á mis pies se cubren, de margaritas inocentes. -Pero al cabo- -sigue. diciendo el narradorla lucha terminó por la ley abrumadora del mayor número; y fue que entretanto los carlistas se empeñaban en defenderse y estar inactivos, un nuevo Cuerpo del Ejército liberal acudió al Norte subió por las montañas, amagó á los carlistas por un costado, y entonces los carlistas, viéndose á punto de ser envueltos, huyeron y se ocultaron en la otra parte del Nervión. Y Bilbao fue libertado... Ahora, ya iisted ve, no queda aquí rastro de ninguna muerte ni de la más pequeña desolación. Los campos florecen, pasan los rebaños por esos montes, blanquean- las- lindas casas en la vega, como sinada de horrendo hubiese ocurrido. La Naturaleza... -La Naturaleza- -añado yo- -es la gran indiferente y la hacedora de todos los olvidos; la Naturaleza, como maestra en catástrofes, sabe desde m uy antiguo remover la tierra con los volcanes, asolar los campos y los. pueblos, y luego sabe tender nuevamente las flores, las viñas y los blancos pueblos sobre el mismo lugar de ia muerte. La Naturaleza se ríe de todo lo violento y descomunal; ninguna violencia puede permanecer, sólo es eterno eso... los prados esos, las flores, las casas blancas, las pastoxcülas esíis, que saben también reír ante la DATALLAS buena luz de la primavera y confiar en la eternidad de la vida. Cierto que, según el viejo libro de los hebreos, la vida es una lucha constante ¡Gierto es, en efecto, que el ánimo más sereno queda absorto en profundas dudas, considerando el triste destino de este mundo, -creado para la muerte! He ahí, en todo lo ancho de esas montañas, trabada la lucha entre dos adversarios irreconciliables; el inundo d. e los obreros está frente del mundo de los adinerados, y aunque la guerra no se manifieste en aparatosas batallas, el rencor, la lucha y la rivalidad están siempre alerta y están hostigándose secretamente. La cuestión social... El ánimo del pensador queda absorto y perplejo á la vista de ese problema que ninguna inteligencia ha podido hasta ahora conciliar. Unos que sudan, otros que engordan; masas obscuras y tristes que viven la vida triste de la esclavitud: la esclavitud siempre de manifiesto, á pesar de todas las amorosas leyes de nuestras humanas instituciones. Un conflicto siempre en pie, el conficto de la civilización; que necesita de la esclavitud para desenvolverse magnífica, como esas flores crueles y espléndidas que necesitan de la muerte para desarrollar su hermosura. ¡Oh cruel, espléndida, magnífica civilización! ¡Oh cuan cara nos cuestas á los hom, bres Ci- vilización descomunal, que te abres como una flor divina en tantas maj i encías, en artes tan graciosas, en ciencias ¿an admirables, en obras de mecánica tan sorprendentes; civilización espléndida, cuyo pedestal son las ciudades maravillosas de París, Londres, Nueva York, henchidas de cuantas grandezas pudo figurarse una imaginación oriental; cuyos brazos son el teléfono y el telégrafo, los trenes veloces, las soberbias naves; cuya mente son los libros y los periódicos, las academias y los laboratorios, los parlamentos y las universidades... Sin embargo, civilización, espléndida civilización, tu precio es muy caro. La máquina que produce tan acabadas obras mata al obrero qué la guía, con la misma fría indiferencia de un rayo que abrasa á un niño; la mina que esconde el mineral, fría é indiferentemente, una hora cualquiera se hunde ó se incendia, y mueren centenares de hombres, y. para lograr la soberbia de la ciencia, la finura de las artes, la copiosidad de las famosas poblaciones, hay una multitud de, seres: que viven con el mismo reglamentado automatismo que las multitudes del Egipto ó de Babilonia. Civilización, cuestas muy cara. Y el ánimo del pensador, ante un. conflicto como éste, no sabe sino elevarse p or encima del tiempo y buscar una edad más humana donde las negras complicaciones de nuestra d- vilización se habrán simplificado. Nuestra civilización, aunque sea su aspecto el de un anciano, no es más que un pobre mancebo lleno aún de todas las violencias, arbitrariedades, injusticias y rudezas de la juventud. Luego que la civilización se tranquilice, entonces ¡la huma nidad briscará los términos más sencillos: Libertad, limpieza, blancura, sencillez, simplificación, belleza, mayor amor, odio para cuanto sea humo, rebeldía, ruido, injusticia y bruta lidad... Y así pensando, mientras caía la tarde y se incendiaban los montes con los últimos rayos del sol, he descendido de la colína, y me he marchado camino de Bilbao, dejando á mis espaldas el mundo obrero de las minas, el recuerdo de las batallas, el hervidero de pasiones y conflictos. Aún alcanzo á contemplar por última vez el pueblo extraño de Gallarta, encaramado en la ladera, rojizo y confuso como un pelotón de monstruos rebeldes. A lo lejos, en la falda del monte de Serantes, en aquella sublime soledad y aquel desierto de rocas y zarzales, un rebaño de ovejas está pastando como en los mejores tiempos de la Arcadia; y allí estará el pastor, panza arriba y con los ojos en el cielo, viendo navegar las blancas nubes, ajeno á los conflictos sociales, ignorante de la esplendidez de la civilización, vuelto de espaldas al progresó, con un desdén olímpico. 1 JN LIBRO SOBRE PAUL VERLA! NE Uno délos más antiguos y fieles amigos del delicioso poeta bohemio, Mr. Edniond Lepelletier, se propone dar- muy en breve al publico un interesante volumen sobre el autor de Fétes f- otras bellas obras poéticas. Galantes, la Bonne Ckanson, Sagesse y tantas EL CÉLEBRE AERONAHTA BRASILEÑO, SANTOS DUMONT, QUE HOY LLEGARÁ A MAPRJD, EN SU CUARTO DE ESTUDIO DE PARÍS Fot. Servant. del libro de Mr. Lepelletier, y en él encontrarán los admiradores del gran artista multitud de datos inéditos y curiosos y revelaciones inesperadas y sensacionales acerca del temperamento sencillo, los gestos y aficiones del admirable poeta del barrio latino. Verlaine, dícenos Mr. Lepelletier, no pasó su vida, como muchos suponen, en los cafés del quartier, entre báquicas orgías y desordenadas francachelas, pues en dos ocasiones distintas sus aficiones le llevaron á convertirse en sencillo y pacífico, labrador de las Ardenes, demostrando entonces que era un verdadero enamorado de la vida, mística. Y no solamente amaba la placidez campestre, sino más que todo la verdadera vida. rural. Según esas revelaciones de Mr. Lepelletier, lo que más atraía á Verlaine á vivir en la grandiosa sencillez de los campos con preferencia á las agitaciones, de las ciudades, eran- los grandes paseos, vagos, sin fin determinado, á través de. los campos; -Su placer favorito era caminar sobre la hojarasca quemada por los rayos, solares. Entonces, su paso, generalmente menudo y ligero, convertíase en largo y pesado, en andares inciertos de campesino. Verlaine tuvo en sus mocedades aficiones de cazador y en su edad. madura, dice Mr. I epelletier, más de una ves le encontré- en las Paul Verlaine, sa me et son ceuvre es el título